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EL CIELO QUE PERDIMOS: DESILUSIÓN Y MUERTEl

“El amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte”. Octavio Paz. La llama doble

Síntesis

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Juan Fernando es un hombre sensible y atormentado, que camina en un mundo violento en búsqueda del amor. El hecho de trabajar en la sección judicial de un periódico de la ciudad, le permite enterarse de su acontecer cotidiano y enfrentarse con una realidad de muerte que lo abruma y de la cual no puede sustraerse. Su trabajo, los amigos y los amores, sus conflictos, temores e ilusiones, están influenciados por la problemática social que enfrenta la ciudad de Medellín en los años ochenta.

A la muerte del padre de Juan Fernando, producida por una larga enfermedad, le sucede otra serie de muertes, la mayoría por asesinatos, en una ciudad convulsionada e intolerante donde opera la justicia privada por ausencia o ineficacia de la justicia estatal. La violencia cruza el conjunto de relaciones sociales y se presenta una quiebra de valores. Mueren los hombres y las mujeres por efectos de la delincuencia, de la “limpieza social” llevada a cabo por “escuadrones de la muerte”, por cobro de cuentas pendientes, por asuntos pasionales. Hechos en los cuales están comprometidos policías, paramilitares y población civil; individuos al margen de la ley. En estas condiciones muere también gran parte de las ilusiones del protagonista y de su amigo Daniel, empleado de la Procuraduría, de vivir y trabajar sin miedo, en tanto el periodismo y el derecho se convierten en profesiones en las cuales se arriesga la vida y se lesiona la salud.64

El proceso de esclarecimiento del crimen de una “muchacha”, hecho que enfrenta al protagonista con la violencia de la ciudad, se constituye en el hilo conductor de lo que significa el periodismo investigativo. Juan Fernando y Daniel la habían visto pasar por la calle, descalza y con un vestido de fiesta de color rojo, quedando conmocionados por su belleza y su tristeza. A los pocos días se enteran de su asesinato, involucrándose en la investigación. La muchacha se había separado de su familia para vivir con un hombre acaudalado y partícipe de negocios ilícitos. Él era el principal sospechoso, por su conducta celosa y violenta, y por la declaración de testigos que lo vieron siguiéndola la noche del crimen, pero antes de esclarecer los hechos, se enteran de que le han dado muerte en una cárcel de Méjico. Otro de los presuntos asesinos, “el Dragón”, “voló en pedazos” al tratar de huir de la cárcel. Muertos los implicados, el crimen de la muchacha no pudo salir de la sombra. Ella, durante toda la obra, tiene una presencia sutil que hace eco con las vivencias de amor y muerte del protagonista.

63 Juan José Hoyos, El cielo que perdimos, Bogotá, Planeta, 1990.

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Víctor Bustamente hace la siguiente afirmación refiriéndose a esta novela: “La capacidad de la literatura se ve, entonces, reducida a mostrar simplemente, no a preguntarse por qué los valores éticos de la sociedad se disuelven” (Víctor Bustamente, “El cielo que perdimos ¿Una novela negra?”, en: Babel, (1), Medellín, diciembre-enero 1990-1991, p. 19).

Juan Fernando enfrenta en su vida afectiva situaciones difíciles de sortear; se enamora de Mary, la esposa de Daniel, situación que le da un rumbo nuevo a su vida. Es un amor difícil por los temores e indefiniciones que padecen y por la interferencia real o imaginaria de Adriana, una amiga de Mary, quien en una forma directa y agresiva vela por ella, la protege, la demanda y la cela. Sara, la esposa de Juan Fernando, a pesar de su discreción y silencio ante las ausencias y el ensimismamiento de su esposo, provocados por su relación con Mary, decide abandonarlo. Daniel, por el contrario, alienta la relación de Juan Fernando y Mary, como un medio de propiciar el bienestar y la felicidad de su esposa y de interferir en la relación de ésta con Adriana. Cuando Juan Fernando descubre la intimidad sexual que existe entre Mary y Adriana, rompe la relación. Desilusionado, se embriaga en un sitio del centro de la ciudad, donde es herido por un travesti. Sara regresa a la casa para cuidarlo, reiniciándose su relación matrimonial. Juan Fernando reflexiona a partir de este hecho: "Qué mujer misteriosa: volvió como se había ido. Sin decir una palabra. Sin hacer ruido. Sin agregarle al asunto heridas nuevas. Como si entendiera igual que yo, que la vida ya nos había hecho suficiente daño" (p. 416). Esta relación se afianza con un embarazo buscado por varios años, sueño que fue difícil de alcanzar por problemas orgánicos de Sara.

Al final de la novela se cierra el círculo y los personajes se encuentran de cara a sus realidades: Daniel queda solo, excluido de la relación de Mary con Adriana, pero con la certeza de no ser capaz de vivir sin su esposa. Mary permanece en su relación homosexual, -sometida, prisionera, dominada, bien por el afecto, bien por las seguridades que le brinda Adriana-, a pesar de su búsqueda para obtener una mayor libertad y autorrealización, Juan Fernando acepta el regreso de Sara, con quien tiene una relación poco conflictiva, pero sin la pasión, la ilusión y la inquietud que encontró con Mary. Luego de explorar las emociones del enamoramiento y ante el temor y la indefinición de Mary, retorna a la estabilidad de su hogar, estimulado por la posibilidad de ver realizado su deseo de tener un hijo. Después de tanto sufrimiento, de tanta confusión, reconoce su cansancio y decide renunciar al periódico y dedicarse un tiempo a escribir. Quiere regresar al mundo interior, cortar con todo aquello que lo agobia y buscar un poco de paz.

El desenlace de los acontecimientos y la sensación de ocupar nuevamente su “lugar entre los vivos”, le permiten a Juan Fernando afirmar: "Es difícil saber cuánta paz reposa dormida en algún lugar de uno hasta que no se olvidan todos los propósitos. Para mí, ya no hay otro propósito en la vida, fuera de vivir. No sé si he llegado a esto por derrota(...) Todo existe y nada más sucede eso. Nada de causas. Nada de preguntas. Pero por encima de todo, nada de propósitos, ni de metas, ni de direcciones. Nada de esfuerzos, como el río" (p. 529).

La novela ofrece ricas posibilidades para comprender la complejidad de las relaciones amorosas en una sociedad que enfrenta un cambio de valores. Sus personajes, influenciados por las rupturas sociales, culturales y políticas que vivió Medellín en las décadas anteriores, tratan de confrontar con sus vidas, aún en forma temerosa y conflictiva, las concepciones tradicionales que propugnan por el matrimonio indisoluble, la moral sexual con altos niveles de represión y fundamentada en un modelo heterosexual, y la fidelidad conyugal, especialmente por parte de la mujer. El amor es un asunto oscurecido por una realidad social violenta, y su búsqueda, tal vez porque están presentes el desamor y la muerte, alimenta la existencia de los personajes; sus lazos afectivos están cruzados por la infidelidad, los triángulos amorosos y la homosexualidad. Las relaciones que establecen les implica soltar ataduras con lo convencional, las seguridades y los sometimientos; pero, atrapados en sus miedos e indefiniciones, no asumen las rupturas, volviendo, en consecuencia, a sus anteriores relaciones sin que surjan nuevas propuestas.