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El concepto de capital social

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Mauricio Correa Casanova

1. El concepto de capital social

Cuando en 1776 Adam Smith publicó su ya clásico libro La

riqueza de las naciones, su autor explicaba cómo la riqueza se

constituye sobre la base de tres tipos de capital: el físico (recursos naturales), el económico (recursos financieros) y el laboral (mano de obra activa). Sin embargo, a partir de nuestro pasado siglo xx se ha dado en añadir a la lista un cuarto tipo denominado capital

social. Con esta última expresión la idea fundamental consiste en

reconocer un tipo especial de riqueza que es indispensable para la vida social de las personas. En este sentido, y sin el ánimo de exhaustividad, hemos de responder brevemente a tres preguntas sobre el capital social: qué es, cómo se produce y, finalmente, cuá- les son sus efectos. Al abordar cada una de estas cuestiones nos serviremos de manera aleatoria de lo que han afirmado los espe- cialistas en el tema, siendo conscientes, claro está, de que ninguna ha obtenido todavía una respuesta definitiva y unánime.

1.1. Breve historia y definición del capital social

El capital social tiene una larga historia intelectual que se remonta en sus orígenes a Alexis de Tocqueville, Max Weber y Émile Durkheim. Aunque ninguno de estos autores utiliza la ex- presión capital social, sin embargo, podemos descubrir en ellos una preocupación fundamental en torno a las condiciones sociales requeridas para el fenómeno asociativo o la cooperación social. En sentido estricto, los especialistas coinciden en señalar que la expresión es utilizada por primera vez a inicios del siglo xx por Lyda Judson Hanifan en su escrito «The Rural School Commu- nity Center» (1916)3, donde intenta explicar la importancia de la

participación y el compromiso de los miembros de la comunidad para el buen funcionamiento de los establecimientos escolares de Virginia (Estados Unidos). También se menciona en este sentido a Jane Jacobs y su The Death and Life of Great American Cities

3 Artículo aparecido en Annals of the American Academy of Political and Social

(1961)4, en el que se refiere a las redes sociales en algunos barrios

urbanos y su incidencia en la seguridad pública. Después de estos estudios, el capital social tuvo poca resonancia y hubo que esperar hasta la década de los ochenta para dar inicio a las investigacio- nes más sistemáticas con autores como Pierre Bourdieu5, James

Coleman6, Robert Putnam7 y Francis Fukuyama8, entre los más

renombrados. Podemos sostener que son fundamentalmente estos últimos autores mencionados quienes representan en la actualidad la fuente principal de inspiración de la mayor parte de los estudios sobre el tema del capital social9.

Al examinar la historia sobre el capital social es abrumador constatar que se han formulado muchas definiciones y que, en con- secuencia, no existe un significado aceptado de forma unánime por todos los especialistas. Dado este hecho, aquí no pretendo acabar con la discusión y dar con la respuesta definitiva. Sin atender a

4 Publicado en Random House, New York, 1961.

5 «The Forms of Capital», en J. Richardson (ed.), Handbook of Theory and Re-

search for the Sociology of Education. Greenwood Press, New York, 1986.

6 «Social Capital in the Creation of Human Capital», American Journal of So-

ciology, 94 (Suplemento, 1988), págs. 95-120; «The Creation and Destruction of

Social Capital», Journal of Law, Ethics and Public Policy, 3 (1988), págs. 375-404;

Foundations of Social Theory. Harvard University Press, Cambridge, Mass., 1990.

7 Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy. Princeton Uni-

versity Press, New York, 1993; «Bowling Alone: America’s Declining Social Ca- pital», Journal of Democracy 6 (1995), págs. 65-78; «Bowling Alone Revisited»,

Responsive Community 5 (1995), págs. 18-33; Bowling Alone. The Collapse and revival of American Community. Simon and Schuster, New York, 2000 (trad. cast. Solo en la bolera. Colapso y resurgimiento de la comunidad norteamericana. Ga-

laxia Gutenberg, Barcelona, 2002); (ed.), El declive del capital social: un estudio

internacional sobre las sociedades y el sentido comunitario. Galaxia Gutenberg,

Barcelona, 2003.

8 La gran ruptura. La naturaleza humana y la reconstrucción del orden social.

Atlántida, Buenos Aires-México-Santiago de Chile, 1999; Confianza. Las virtudes so-

ciales y la capacidad de generar prosperidad. Atlántida, Buenos Aires-México, 1996.

9 Para un análisis sobre las teorías y problemáticas del capital social se puede con-

sultar, entre muchos otros, P. Dasgupta and I. Serageldin (eds.): Social Capital: A Multifaceted Perspective. The World Bank, Washington, D.C., 2000; C. Groo- taert and T. Van Bastelaer: Understanding and Measuring Social Capital. The World Bank, Washington, D.C., 2002; J. Field: Social Capital. Routledge, London, 2003.Entre nosotros véase el interesante aporte de A. Cortina: Alianza y Con-

desde el punto de vista del capital social

esa larga lista que sobrepasaría el objetivo de esta contribución, podemos recurrir en buena medida a la definición formulada por Francis Fukuyama, la cual comprende recursos morales (especial- mente la confianza) y mecanismos culturales. Así, por capital so- cial vamos a entender un conjunto de valores, virtudes o normas informales que son compartidos entre los miembros de un grupo y que permiten la cooperación entre los mismos con el fin de alcan- zar objetivos o metas comunes10.

Así definido, entre esos valores podemos mencionar el reco- nocimiento, la reciprocidad o la transparencia; también virtudes como la confianza, la veracidad o la honestidad; y normas como decir la verdad, cumplir las promesas o respetar los términos de un acuerdo. Todo este componente del capital social apunta a las capacidades que son requeridas por los individuos para llevar a cabo con éxito el arte asociativo. Se constituyen, por lo tanto, como recursos relacionales (como nos dice James Coleman) que resultan decisivos entre las personas para que puedan trabajar unas junto a otras, en grupos, asociaciones u organizaciones. Desde esta pers- pectiva el capital social comprende una serie de requisitos de índole moral (y no meramente instrumental o funcional) de los actores sociales que son esenciales para hacer posible la cooperación social destinada a la satisfacción de intereses recíprocos.

Junto al capital físico (el conjunto de medios o instrumen- tos materiales que facilitan la producción) y el capital humano (las habilidades y conocimientos de las personas que a través del trabajo incrementan la producción), el presupuesto fundamental del capital social es que de manera similar se trata de un acerbo de recursos productivos de carácter informal que a nivel social hace posible alcanzar con una alta probabilidad de éxito objetivos comunes que son relevantes para un grupo de personas o para la sociedad en su conjunto. En este sentido, el capital social posibilita una acción colectiva eficiente basada en la cooperación voluntaria sin necesidad de recurrir a mecanismos formales de control –tal como es el ordenamiento legal impuesto por el Estado–, que in-

volucra presiones, premios, amenazas o castigos. Esta expectativa, sin embargo, se cumple solamente donde el capital social impregna de manera relevante el entramado básico de las relaciones inter- personales, a pesar de que algunos individuos actúen de manera estratégica y calculadora.

A la luz de este aspecto, otro de los rasgos reconocidos del capital social es que se trata de un intangible que facilita la acción colectiva. Nos referimos a valores, virtudes o normas, como hemos dicho más arriba, que impregnan las relaciones entre las personas. En este sentido, se diferencia obviamente del capital físico, que es tangible y se localiza en objetos, estructuras, máquinas, etc. Como también del capital humano, que aunque es intangible, habría que decir que radica en las personas mismas como poseedoras de cier- tos conocimientos o habilidades, mientras que el capital social se refiere a las relaciones entre las personas y las acciones que em- prenden de forma colectiva dentro de la estructura social.

Por otra parte, el capital social constituye un bien público. En efecto, aunque el capital social depende en buena medida del esfuerzo cooperativo de todos basado en valores y normas recono- cidas mutuamente, de obligaciones y expectativas comunes, esto no sólo beneficia a una persona, sino a todos los que forman parte de una asociación. Sin embargo, aquellos que no han contribuido a su creación y mantenimiento –pensamos en individuos aislados o de baja expectativa social– de igual modo se ven beneficiados. En palabras de Domingo García Marzá: «Aunque su producción de- riva de la participación en redes sociales, también pueden disfrutar de él aquellos que no han aportado su esfuerzo para el manteni- miento de estas redes (…) siempre cabe apropiarnos privadamente de los beneficios de la cooperación social aunque no se haya con- tribuido en nada»11.

Con todo, conviene tener presente que el capital social no debe ser visto como un recurso relacional, intangible y público que es el resultado de hábitos irracionales, la expresión de un interés

11 D. García Marzá: Ética empresarial. Del diálogo a la confianza. Trotta,

desde el punto de vista del capital social

puramente estratégico del tipo individualista o colectivista, o el puro deseo por la eficiencia en la acción colectiva. En este trabajo se asume el capital social desde la perspectiva de un interés ra- cional y ético en torno a valores, virtudes y normas compartidos –siempre que potencien la igualdad, la confianza o la solidaridad–, por cuanto son en sí mismos valiosos para la vida social. Esto nos lleva a decir, como afirma Adela Cortina, que el capital social constituye un éthos, un carácter que se plasma (o ha de plasmarse) en la vida asociativa de las personas por el valor que encierra en sí mismo, ya que es ahí donde radica su auténtica riqueza12.

1.2. La producción de capital social

Ahora bien, un buen número de especialistas coincide en afir- mar que el capital social se produce, mantiene y reproduce en la so- ciedad civil. Como se sabe, la sociedad civil representa aquel espacio social entre el Estado (poder político) y el mercado (poder económi- co) que se caracteriza por los lazos o redes asociativos que pueden estar inspirados en fenómenos como la religión, la experiencia his- tórica compartida y otras tradiciones culturales muy arraigadas13.

A nivel social esto se manifiesta a través de una compleja mezcla de asociaciones intermedias tales como la familia, asociaciones cívicas (mal llamadas ong), escuelas y universidades, clubes, sindicatos, en- tidades caritativas, iglesias, empresas, etc.14.

Para alcanzar sus fines propios cada una de estas asociaciones intermedias o micro-sociedades requiere de una arraigada porción de capital social. Esto hace que, a su modo, se conviertan a su vez en auténticas escuelas de socialización donde se adquieren los

12 Cfr. A. Cortina: Alianza y Contrato, pág. 99.

13 Cfr. F. Fukuyama: «Capital social y desarrollo: la agenda venidera», en R.

Atria (comp.), Capital social y reducción de la pobreza en América Latina y el

Caribe: en busca de un nuevo paradigma. cepal, Santiago de Chile, 2003, pág. 42.

14 Entre la abundante bibliografía sobre la sociedad civil, podemos destacar los

trabajos de A. Cortina: La ética de la sociedad civil. Alauda-Anaya, Madrid, 19952; Los ciudadanos como protagonistas. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lecto- res, Barcelona, 1999; «La sociedad civil», en 10 palabras clave en Filosofía políti-

recursos relacionales destinados a la cooperación social. Por ejem- plo, en la familia aprendemos la confianza, la lealtad o la virtud de la veracidad, en los juegos con amigos reconocemos el valor de la transparencia, o también la norma de no hacer trampa, la cual es reforzada en la escuela al no engañar a nuestro profesor copiando en los exámenes. Antes de que adquiramos la conciencia de lo que son las sanciones jurídicas, cada uno de estos comportamientos es avalado generalmente por mecanismos informales de sanción que excluyen a los mentirosos o los tramposos.

Aunque las instituciones sociales son importantes para pro- ducir capital social en el marco de la sociedad civil, hay que hacer notar con realismo que no todas ejercen siempre una influencia positiva. Es un hecho, por ejemplo, que las mafias, las familias patriarcales o las instituciones sociales con fines fraudulentos, también requieren para su funcionamiento una porción de capital social que, no obstante, reproducen relaciones de sometimiento, dominación o engaño15. En los ejemplos mencionados salta a la

vista la obediencia y lealtad sin restricciones ni cuestionamientos que exige el jefe de la mafia o el patriarca de familia, como tam- bién la estafa de los miembros cooperantes en que incurre una institución caritativa, como puede ser el caso. Con todo, es un he- cho que tales prácticas no producen ni optimizan el capital social a escalas más amplias poniendo en grave peligro la autonomía y creatividad de las personas.

Estos y otros ejemplos negativos nos vienen a demostrar cómo el capital social puede sustentar asociaciones que en oca- siones aparentan ser exitosas, pero que en realidad disminuyen y hasta destruyen el capital social introduciendo la dominación, la desconfianza, la insolidaridad y, en las situaciones más extremas, el

15 Como sostiene V. Pérez Díaz: «En general, es imposible imaginar ningún

agrupamiento estable sin alguna forma de Capital Social, sin vínculos de confianza o reglas de cooperación. Ni micro sociedad como las familias ni macro sociedades como las naciones pueden prescindir de él. Incluso grupos como las mafias, las familias patriarcales sometidas a un déspota y los partidos totalitarios poseen al- guna variedad de Capital Social» («De la guerra civil a la sociedad civil: el capital social en España entre los años treinta y los años noventa del siglo xx», en R. Putnam (ed.), El declive del capital social, pág. 432).

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temor y la indiferencia social. Hay que reconocer, en consecuencia, que en ocasiones el capital social puede ser requerido para fines perversos y quedar inutilizado para fines socialmente beneficiosos. Pero al mismo tiempo conviene reconocer también que no todas las asociaciones son capaces de producir capital social, al menos del tipo requerido para hacer más fácil vivir en sociedad. Entre esas asociaciones podemos mencionar las siguientes: 1) aquellas cuya organización está basada en relaciones asimétricas de jerar- quía y dependencia introduciendo restricciones internas arbitra- rias a la libertad individual; y 2) aquellas cuyos objetivos fomentan la intolerancia, la marginación o la exclusión de otros miembros de la sociedad.

A este tenor, algunos especialistas como Putman distinguen entre dos tipos de capital social, a saber, el «vinculante» (o inclusi- vo) y el «que tiende puentes» (o exclusivo)16. El «vinculante» (bon-

ding) se refiere a la interacción horizontal que se lleva a cabo entre

individuos similares dentro de un mismo grupo. La base de esta in- teracción se produce a través de un rasgo de identidad compartido por todos los miembros, tales como el parentesco, la etnia, la edad o, como veremos, una determinada profesión. Este tipo de capital social es fundamental para generar un nosotros cuya colaboración se asienta en demandas y objetivos semejantes. Por su parte, el capital social «que tiende puentes» (bridging) se hace cargo de la interacción social entre individuos diferentes reduciendo la distan- cia entre unos y otros. Opera sobre la base de la heterogeneidad permitiendo actividades sociales cooperativas asentadas en el re- conocimiento y la corresponsabilidad entre nosotros y los otros. De este modo, como nos dice Robert Putnam, el capital social que une (bonding) actúa como una especie de «cola», mientras que el capital social que enlaza (bridging) actúa como un «lubricante»17.

Con todo, debemos prestar mucha atención al hecho de que tal como es posible producir el capital social (ya sea vinculante o que tiende puentes) de forma que los miembros de una sociedad

16 Cfr. R. Putnam: Bowling Alone, pág. 22. 17 Ibíd., pág. 23.

tengan la capacidad de emprender tareas cooperativas con altos niveles de éxito y beneficio para todos, también es posible el movi- miento contrario, esto es, que el capital social se vea tan disminui- do que resulte muy difícil reproducirlo allí donde se ha perdido. En tiempos en que la sociedad civil se va deshilvanando, el capital social es un bien escaso y, por tanto, requiere de una gran inver- sión de tiempo y energía por parte de todos para su producción y mantenimiento18.

En este contexto, conviene adelantar aquí que una de las insti- tuciones importantes de la sociedad civil está representada por las actividades profesionales, motivo por el cual su ejercicio, siempre que sea excelente, contribuye a producir y reproducir el capital so- cial en el sentido que es exigido para el desarrollo de un pueblo. A mi entender, tener esto último muy presente es crucial para comprender correctamente el papel público de una ética de las profesiones, sobre todo, como nos recuerda Adela Cortina, porque hoy «las distintas

profesiones toman conciencia de que van olvidando sus fines pro-

pios y perdiendo, en consecuencia, el sentido de la profesión»19.

1.3. Los efectos del capital social

Por último, en relación a los efectos del capital social gene- ralmente se considera que nos convierte en personas con una alta capacidad de participación y cooperación, lo cual se manifiesta en la existencia de una variedad de redes sociales, asociaciones, insti- tuciones y organizaciones que dan vida a la trama de la sociedad civil. Así también, produce efectos positivos como la confianza, la cohesión social o la solidaridad. Desde esta perspectiva es fácil entender por qué el capital social resulta ser fundamental para la sociedad civil, pues ella descansa sobre la capacidad asociativa que pueden establecer los individuos entre sí conforme a un conjunto de valores, virtudes o normas compartidos.

18 Cfr. C. Díaz: El capital social y la conciencia del empresario. Ediciones Ruz,

México, 2004, capítulo V (especialmente pág. 119).

19 A. Cortina: Ética aplicada y democracia radical. Tecnos, Madrid, 19972,

desde el punto de vista del capital social

En este contexto, hay que advertir que no siempre el éxito de un grupo en relación a sus objetivos depende de la existencia de capital social. Como afirma Francis Fukuyama, pueden existir grupos exitosos con ausencia de capital social. Esto suele suceder cuando las relaciones están basadas en herramientas de control que buscan la coordinación social a través de mecanismos forma- les tales como contratos, sistema de reglas, etc. Lo importante en este caso consiste en que la existencia de valores, virtudes o nor- mas informales proporciona ventajas que minimizan los costos de implementación de esos acuerdos formales a escala social20.

Al respecto, no se trata sólo del mérito intrínseco de ciertos va- lores, virtudes o normas, las cuales bien pueden chocar frontalmente con nuestras elecciones individuales –posibilidad siempre latente en las relaciones humanas–, sino del valor que poseen para cualquier grupo en el logro de sus objetivos comunes como el resultado de un emprendimiento cooperativo. De este modo, el éxito se convierte en el resultado de un emprendimiento social y no meramente ins- trumental. Esto demuestra que la confianza, por ejemplo, resulta crucial al hablar de capital social. Si cada uno de los miembros del grupo acepta que los demás miembros se comportarán en forma co- rrecta dando cumplimiento a su parte del esfuerzo cooperativo, en- tonces, todos terminarán por confiar los unos en los otros. «La con- fianza –nos dice Fukuyama–, es como un lubricante que hace que cualquier grupo u organización funcione en forma más eficiente»21.

En síntesis, el capital social es fundamental para la trama asociativa que caracteriza a la sociedad civil, y esto es así porque supone una riqueza fundamental en las instituciones u organiza- ciones que pone de manifiesto la capacidad de las personas para establecer relaciones sociales cooperativas sobre cierto tipo de compromisos morales que les permiten alcanzar objetivos comu- nes. En este contexto, como hemos advertido más arriba, el capital social se incrementa cuando se consolidan relaciones de confianza, reciprocidad, reconocimiento, etc., en los diversos ámbitos socia-

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