1 ¿Qué son las profesiones?
3. Nacimiento y evolución de la ética de las profesiones
La ética de las profesiones forma parte de la ética de la sociedad
civil y constituye, por tanto, la expresión de una ética cívica, común
a los ciudadanos de una sociedad pluralista, en las distintas activida- des y esferas de la vida social14. Por eso se entiende de algún modo
en nuestros días que la ética profesional permite superar de algún modo el individualismo y el atomismo, al ligar a las gentes en la co- munidad de una determinada profesión. Si cada vez son más necesa- rias las redes que permiten superar la atomización, las comunidades de profesionales, bien entendidas, podrían ser un camino para eludir el individualismo y la soledad. Pero, eso sí, siempre que no sean co- munidades cerradas, sino abiertas al debate de los propios usos con los principios que afectan a la humanidad en su conjunto.
La vida moral no puede estar centralizada, sino que existen diversas formas de moral, según las distintas vocaciones, diversas formas de ética profesional. Por ello es necesario precisar reglas en cada una de las profesiones para alcanzar las metas correspondien- tes a cada una de ellas. Son los propios profesionales quienes deben diseñar las reglas morales de la profesión, deben «autorregularse», para evitar actuar por interés egoísta y de mantener la comunidad, colaborando en la tarea moral de crear un estado de orden y paz.
En nuestros días la necesidad de que la sociedad civil asuma su protagonismo y contrarreste la general dejación de responsa-
13 A. Cortina: «Profesionalidad», en P. Cerezo Galán (coord.), Democracia y
virtudes cívicas. Biblioteca Nueva/Academia de Ciencias Morales y Políticas, Ma-
drid, 2005, págs. 361-382.
14 A. Cortina: Ciudadanos del mundo, cap. 5; A. Cortina: «Presentación. El
bilidades, en términos de falta de confianza mutua y pérdida de calidad humana, subraya la necesidad de revitalizar la virtud de la profesionalidad. Cualquier sociedad que desee evitar orientarse únicamente por el Estado y por el mercado, necesita potenciar las asociaciones intermedias, tanto adscriptivas como voluntarias, así como el espacio de una opinión pública autónoma con respecto a los poderes políticos. Esta es, obviamente, una de las razones por las que en nuestro momento determinados grupos progresistas procuran un fortalecimiento de la sociedad civil, especialmente de aquellas asociaciones de la sociedad civil y del marco de opinión pública que pueden ser fuente de moralización social15.
En este contexto, los colegios profesionales podrían desempe- ñar una importante tarea: desde la realización de actividades de interés para sus miembros, la elaboración de códigos éticos y deon- tológicos, la formación de comités, o también el control monopo- lístico sobre el ejercicio de la profesión, denunciando el intrusismo. En el caso de la elaboración de códigos y la creación de comités los profesionales, que constituyen la base de la autorregulación, deberían contar con los afectados por su actividad. Las cláusulas especiales de que puede gozar un profesional para prestar un me- jor servicio, el hecho de que sean los profesionales quienes mejor conozcan la trama interna de la profesión y, por lo tanto, los que están mejor preparados para determinar qué son buenas prácticas, no puede llevarles a realizar solos esa tarea. Los usuarios son los que experimentan la calidad del servicio prestado y, aunque no co- nocen la trama interna de la profesión, resultan indispensables para determinar qué prácticas producen un servicio de calidad y cuáles no. De ahí que hoy en día los colegios profesionales no puedan ser cerrados, no puedan diseñar sus códigos ni componer comités sin contar con los ciudadanos corrientes, con los beneficiarios actuales o virtuales del servicio que prestan a la sociedad.
En esta naturaleza corporativa de las profesiones se encuentra el germen de algunos de los grandes servicios que pueden prestar a
15 A. Cortina: «Sociedad civil», en A. Cortina (dir.), Diez palabras clave en
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la sociedad, pero también de esa solidaridad grupal a la que se ha denominado «corporativismo». El origen de los colegios se instituye como una asociación de utilidad colectiva y pública, ya que estable- ce deberes de sus agremiados con la sociedad y el Estado, propor- cionándoles protección, promoviendo su elevación moral y cultural, además de definir sus obligaciones y sus derechos. Estas corporacio- nes se caracterizan por defender y reglamentar el cumplimiento de intereses de carácter privado y ejercen una autoridad pública, asu- miéndose como un conjunto de personas que comparten intereses comunes en relación con un oficio, ocupación y profesión, y buscan acceder a ciertos derechos de carácter privado y público. En general, los colegios de diferentes profesiones siguen el modelo establecido desde hace siglos por las asociaciones gremiales europeas. Además, no hay que olvidar que la organización gremial está ligada directa- mente con el desarrollo de las profesiones actuales.
Todas las profesiones que operan al servicio de las personas tienen que desarrollar su función en una sociedad en rápida trans- formación a nivel cultural, institucional, político, económico. Ante esta complejidad, la brújula que puede ofrecer orientación sobre los valores es la ética. En los últimos años se han multiplicado los códigos deontológicos de las profesiones. La exigencia de normas éticas que garanticen el respeto a los valores fundamentales surge de la necesidad ante la complejidad de las situaciones para evitar dar prioridad a los medios, olvidando los fines. Por ello es nece- sario reforzar la responsabilidad del profesional en una cuádruple dimensión: 1) ante la persona; 2) ante la profesión; 3) ante las organizaciones y las instituciones; 4) ante los otros profesionales. 1. La realización del bien común es la razón de ser de las profe-
siones. Por tanto, la acción de los profesionales ha de tender a promover la realización de este bien común. La actividad pro- fesional debe promover un ejercicio equilibrado de los dere- chos y deberes. En este sentido, deben promoverse todas las condiciones que favorezcan la tutela de los derechos y deberes personales: información, orientación, acompañamiento, priva- cidad, confianza, equidad, calidad profesional, participación. El
derecho a la información significa que todo ser humano tiene derecho a manifestar su propio pensamiento y sus propias elec- ciones a partir de una información objetiva y completa sobre los riesgos, las posibilidades y las condiciones de eficacia de las soluciones propuestas. Para garantizar la orientación y un idóneo acompañamiento, todo profesional debe tratar de su- perar las desigualdades en el acceso a los servicios. Estas des- igualdades afectan sobre todo a los sujetos menos capaces de utilizar las informaciones disponibles, de expresar su propio pensamiento y de hacer valer sus derechos. Toda persona debe poder elegir libre y conscientemente, no coaccionada o presio- nada, sino asumiendo la propia elección y la responsabilidad. Las personas han de contar con el respeto a la personalidad, a la intimidad, al propio cuerpo, a los sentimientos. Los servicios deben organizarse a partir de criterios de igualdad y justicia, evitando situaciones de privilegio y desigualdad en el trato. 2. El profesional tiene la responsabilidad de desarrollar lo me-
jor posible sus conocimientos y habilidades para garantizar actuaciones eficaces y correctas respecto a las propias compe- tencias profesionales. Todo profesional está llamado a actuar en coherencia con los principios, valores y normas –incluso no escritas– de la propia profesión y a respetar los paradigmas científicos, metodológicos y técnicos que la caracterizan. El profesional tiene el deber de actualizarse para difundir co- rrectamente el conocimiento de la propia profesión. Mediante la investigación, el aprendizaje y la experiencia el profesio- nal debe contribuir al desarrollo y a la continua actualiza- ción de los contenidos científicos de la profesión. La rápida evolución de las necesidades sanitarias, sociales y educativas, así como los nuevos retos debidos a la presencia creciente en la sociedad de diversas culturas, obliga a los profesionales a adaptar los contenidos y las metodologías profesionales a las necesidades reales y a los derechos de todos los ciudadanos. Debido a la evolución de las necesidades de la sociedad, el profesional tiene la obligación de recibir formación continua, personal y profesional, para profundizar en los valores comu-
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nes a las profesiones y para debatir conjuntamente cuestiones deontológicas y resolver dilemas éticos. El profesional tiene la responsabilidad de respetar la imagen de su colectivo profe- sional para ofrecer a los ciudadanos una imagen de cualidad que pueda suscitar confianza. Por ello, es responsabilidad de todo profesional informar a los órganos competentes acer- ca de cualquier abuso sobre el que tenga conocimiento en el ejercicio de la profesión. Sólo desde una sólida y clara identi- dad profesional es posible cooperar con otros para construir proyectos. La defensa y la afirmación de la identidad y au- tonomía de cada una de las profesiones ha de garantizarse tanto en las relaciones de colaboración con otras profesiones, como ante la opinión pública y los medios de comunicación. El profesional es consciente de las responsabilidades que se derivan de su autoridad, así como de los riesgos y los daños que pueden derivarse de su incompetencia.
3. El profesional se inserta en un contexto institucional y orga- nizacional del que es protagonista activo y es responsable en dar a conocer los principios éticos, deontológicos y metodo- lógicos de la propia profesión. La institución a la que perte- nece el profesional tiene el deber de tutelarlo en el ejercicio profesional y de garantizarle las condiciones que le permitan ejercer plenamente su función. Las diversas profesiones tienen normas éticas y deontológicas, expresadas en códigos, decla- raciones, cartas, o también no escritas, que orientan y guían su trabajo. Su conocimiento es responsabilidad ética de cada profesional para comprender mejor los valores y principios operativos, los deberes a los que se vincula cada profesión. En la colaboración entre profesionales es necesario que se ejer- cite una cultura que respete la especificidad y autonomía de cada profesión y la igual dignidad de cada profesional y que se tienda a superar la gestión jerárquica de la toma de deci- siones. En el trabajo interdisciplinario se deben respetar los paradigmas científicos, metodológicos y técnicos de cada una de las disciplinas, considerando las diferencias disciplinares como una riqueza.
4. Las figuras profesionales que operan en un determinado terri- torio, en la misma institución u organización laboral, tienen la responsabilidad de desarrollar una cultura profesional, una mentalidad, un estilo de trabajo, que favorezca la puesta en práctica de determinadas competencias. Todo profesional ha de ser consciente de que hay situaciones que requieren que su
saber ser – saber – saber hacer – saber convivir se complete
con el de otros profesionales, a quienes debe pedir consejo y colaboración. En el informe La educación encierra un te-
soro se recoge una clasificación de las competencias que los
ciudadanos deben dominar y manejar adecuadamente con el fin de lograr sus plenos derechos y mantener una vida social y personal satisfactoria en países democráticos como son los de la Unión Europea. Estas competencias se dividen en cuatro ámbitos: 1) aprender a ser, es decir, desarrollar la persona- lidad para actuar con una mayor capacidad de autonomía, juicio y responsabilidad personal; 2) aprender a saber, esto es, compaginar una cultura amplia con la posibilidad de estudiar a fondo algunas materias; 3) aprender a hacer, de modo que se puedan afrontar las diversas e imprevisibles situaciones que se presentan; 4) aprender a convivir, a vivir juntos, compren- diendo mejor a los demás y conociendo las interdependencias que se producen en todos los niveles16. Estas competencias se
entienden como «un conjunto de conocimientos, destrezas y actitudes esenciales para que todos los individuos puedan te- ner una vida plena como miembros activos de la sociedad»17.
Es decir, se trata del conjunto de conocimientos, destrezas, ha- bilidades, actitudes y valores que capacitan a la persona para desenvolverse con un nivel de calidad satisfactorio en los dis- tintos ámbitos en los que se desarrolla su vida. Estas compe- tencias pueden ser de tres tipos: 1) instrumentales, orientadas a la adquisición de habilidades cognoscitivas, metodológicas,
16 J. Delors: La educación encierra un tesoro. Santillana/Ediciones Unesco, Pa-
rís, 1996.
17 Dirección General de Educación y Cultura: Las competencias cla-
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tecnológicas y lingüísticas; 2) interpersonales, referidas al de- sarrollo de capacidades individuales y sociales; 3) sistémicas, centradas en la capacidad de integración18.
En definitiva, las competencias constituyen un componente de carácter integrador de conocimientos, procedimientos y acti- tudes, orientado a la deliberación y a la aplicación de los sabe- res en todos los ámbitos de la vida. Entre aquellas competencias que podrían favorecer el desarrollo de una ética profesional en nuestras sociedades, la competencia comunicativa es central y su desarrollo podría contribuir no sólo a que la sociedad civil asu- miese su protagonismo –haciendo llegar sus propuestas a través de diversos mecanismos, como el debate abierto en la esfera de la opinión pública, los referendos o la posibilidad de hacer llegar te- mas al debate parlamentario–, sino también y principalmente a re- vitalizar la virtud de la profesionalidad, potenciando la capacidad de los individuos de entrar en una deliberación auténtica sobre la decisión que se debe tomar, siempre y cuando esta esté justificada en términos convincentes.