MODERNIZACIÓN EN EL ECUADOR: ESCENARIO DE REFORMAS Y DISQUISICIÓN DE POLÍTICAS
2. Características situacionales de la modernización en el Ecuador
2.2 El desarrollo político del proceso de modernización
A partir de agosto de 1992, con el advenimiento del Gobierno del Arquitecto Sixto Durán Ballén y el Economista Alberto Dahik, Presidente y Vicepresidente Constitucionales de la República del Ecuador (elegidos por votación democrática para el período 1992-1996), las políticas internacionales en materia de reformas del estado antes referidas, constituyeron el basamento de la llamada modernización del Estado Ecuatoriano. Fueron instituidas oficialmente como política pública, llegando a posicionarse como medidas rectoras de la actuación de las instancias gubernamentales del sector público y ser, de absoluto interés del sector privado.
En apego al enfoque neoliberal, este gobierno anunció -en términos económicos- luchar contra la inflación en pro de alcanzar la estabilidad económica. Buscó otorgar libertad al mercado y a la tendencia autorreguladora de la sociedad. Formuló críticas al exceso de burocracia, a la descontrolada expansión del gasto fiscal, a la estatización, así como al bloqueo y asfixia provocados a la sociedad por parte del Estado, contraponiendo la relación público-privado como el eje central de la cuestión. Aspecto este último que fue ampliamente difundido y fuertemente posicionado a través de los medios de comunicación; y que, debió ser librado en medio de la renuencia, rechazo y disputa entre los grupos políticos y sociales (dirigentes políticos y militantes de la izquierda, gremiales, estudiantiles) opositores de las medidas neoliberales, que se consideraban representantes y garantes de los intereses de los sectores populares y la mayoría de los ecuatorianos.
Pero tal situación, puso en evidencia la complejidad del juego social por una parte y por otra, colocó a los actores políticos del gobierno, frente al desafío de gobernabilidad.
Indefectiblemente y en lo fundamental, significaba demostrar que los resultados de su gestión, efectivamente los convertiría en garantes oficiales de la democracia y el estado social de bienestar. Es decir, a partir del funcionamiento del Estado en relación e interacción con otros actores públicos y privados, respecto a su proyecto político y su gestión.
Parafraseando a Carlos Matus a ese respecto, su concepción viene a ser reveladora e ilustrativa de la complejidad y envergadura de tal aseveración:
Lo que importa de un gobierno son sus resultados. Los resultados que la gente ilusiona, a pesar de su frustración reiterada con la política y los políticos. El gobierno empeña su palabra que valida con su cumplimiento y el país evalúa por sus resultados. Los resultados son los que encumbran o hunden a un gobierno. Pueden concomitar o distar con lo prometido, y lo prometido puede contrariar los deseos mayoritarios de la población. En América Latina ésta es una historia de desengaños y sueños tronchados. Nuestra democracia es débil y marcada por una tradición de promesas incumplidas. O lo que es peor, a veces, con resultados que apuntan en dirección opuesta a las metas. No se trata de metas fáciles. No son logros que se alcanzan por el simple impacto inexorable de una relación causa-efecto. El resultado no es seguro como en la física o la química determinista. En el juego social no existen tales relaciones mecánicas, precisas y ciertas. Los resultados deben alcanzarse en un medio resistente, generalmente adverso y nebuloso. Gobernar para cambiar las cosas es navegar contra corriente”. (Matus, 2007: 17)23
Conexamente, la búsqueda de mayor eficiencia y eficacia del Estado requería del fortalecimiento de su estructura por doble vía. Por un lado, la reducción de su tamaño y redefinición de los ámbitos de decisión en el poder central y demás niveles político- institucional y territorial. Lo que a su vez presuponía, el contar con cuadros de alta dirección, es decir, elites políticas con liderazgo y capacidad para tomar las decisiones económicas, políticas y administrativas requeridas, contando con una burocracia altamente tecnificada y comprometida.
23 Carlos Matus escribe la obra Los Tres Cinturones de Gobierno, a mediados de la década de los noventa
y se puede apreciar la lucidez del autor en relación al foco de atención sobre lo que el llama “el barbarismo tecnocrático” en los intentos de modernizar el aparato público. (Babino, 2007: 14)
Por otro lado -las anunciadas políticas en su conjunto- requerían de un marco jurídico institucional que las respalden y a la vez, otorguen viabilidad política para su correspondiente implementación e institucionalización, en y durante el período de gobierno actuante y los que se sucedieran. De allí que en materia jurídica, se adelantaron reformas y modificaciones legales no sólo coyunturales, sino que taxativa e implícitamente, se instauraron procesos reformatorios de mayor envergadura y alcance. Creando con ello, condiciones jurídicas necesarias para la modernización e implicada inserción de la economía nacional en la economía mundial.
Sin embargo, es relevante mencionar las características de la profunda crisis política y consecuente inestabilidad democrática que marcaron el acontecer de la vida nacional en la segunda mitad del período 1992-2003. Pues si bien el Gobierno de Durán Ballén y Alberto Dahik del Partido Unión Republicana (PUR) iniciaron el mandato en 1992 y concluyeron en 1996, es decir, en los términos previstos en la Constitución Nacional, le sucedió el gobierno de Abdalá Bucaram Ortiz del Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE) y Rosalía Arteaga del Movimiento Independiente Rosalía Arteaga (MIRA) que inició su mandato en 1996 y que fue defenestrado en 1997.24
Sobrevino el gobierno interino de Fabián Alarcón (1997-1998), quien al momento de producirse el nombramiento de Presidente del Ecuador, ostentaba la Primera Magistratura del Congreso Nacional. A ello se suma la reforma constitucional de 1998 que expidió una nueva carta política. Y en seguida, el gobierno de Yamil Mahuad del Partido Democracia Popular (DP) quien asumió el poder en 1998 y a mitad de su mandato (21-01-2000) también fue derrocado y destituido por el Congreso Nacional. Asumiendo la primera magistratura su binomio Gustavo Noboa Bejarano (independiente y en ese entonces Vicepresidente de la República) mediante sucesión constitucional para el período 2000-2003.
24 El Gobierno de Abdalá Bucarán Ortiz, fue derrocado por golpe de estado en 1997. La Vicepresidenta
de la República le sucedió en el poder únicamente por pocas horas, es decir, mientras el Congreso Nacional Ecuatoriano - aduciendo la existencia de un vacío constitucional- pactaba el interinazgo de Fabián Alarcón, quien fuera nombrado por el poder legislativo, el nuevo Presidente de la República del Ecuador.
Seguidamente Lucio Gutiérrez Borbúa del Partido Sociedad Patriótica (PSP) conjuntamente con Alfredo Palacio (Independiente), luego de haber sido elegidos por votación democrática y popular, asumieron el mando gubernamental -en alianza con el Movimiento Pachacutik- en enero de 2003.25 Pero éste gobierno, al igual que los anteriores, también fue defenestrado. El 25 de abril de 2005 el Congreso Nacional destituyó a Gutiérrez de la Presidencia de la República y en su reemplazo, el Congreso Nacional, procedió a posesionar al Vicepresidente en funciones.
Tales hechos pusieron en escena y evidencia pública, la recurrente actuación de los actores políticos principales26 que, rayando en la corrupción, indefectiblemente y sin excepción, marcaron el desprestigio de los partidos políticos y la volatilidad del sistema de partidos. Lo que en términos de Simón Pachano “expresa ausencia de vinculaciones fuertes entre el electorado y los partidos, así como lealtades muy débiles o incluso prácticamente inexistentes dentro de éstos.” (Pachano, 2002: 78).Al mismo tiempo que exacerbaron la desconfianza y animadversión ya existente en la población, respecto no sólo de los políticos, sino también de la política.
A este respecto de la volatilidad -según cita textual resumida por Pachano- “a criterio de Alexandra Vela del Movimiento Patria Solidaria (ex militante de la DP y funcionaria del Gobierno del Ex Presidente Yamil Mahuad en el Palacio de Carondelet)”, señala lo que sigue:
El sistema de partidos ecuatorianos es un sistema de (…) alta fragmentación (…) con un muy bajo grado de institucionalización. (…) Marcado por el populismo, (…) es un sistema que he llamado de participación alternativa porque a pesar de que (…) originalmente fue un sistema exclusivo de partidos, en estos momentos tenemos movimientos independientes, alternativas a la de los partidos (…) pero dentro del mismo sistema; [y éste] es un sistema de gran volatilidad. (Pachano, 2002: 79).
25 El Movimiento Pachacutik es el brazo político del Movimiento Indígena. Decidió posteriormente
suspender esa alianza con el fin de salir del conflicto político en el que se hallaba el país. Y mediante comunicado oficial, exige la renuncia del Presidente Gutiérrez el 15 de febrero de 2005.
26 De acuerdo con la propuesta teórica metodológica de la PES, los gobiernos son actor político
principal, parte del juego social e identificatorio de toda autoridad gubernamental, institucional u organizacional. Lo que a su vez, tiene directa relación con el ámbito del que emergen las decisiones.
Otras percepciones como la del Político Colombiano Antonio Navarro de Polo Democrático Independiente (PDI), sobre los partidos políticos y el sistema de partidos en Colombia, también no sólo que resulta ser muy ilustrativa, sino que refleja que las prácticas políticas ya referidas al escenario ecuatoriano, no son ajenas, ni diferentes, ni desconocidas en el escenario político situacional de la región:
El sistema político está lleno de personalismos, por eso no hay partidos; a lo sumo hay carpas donde cada uno tiene su microempresa. En general, ha sido una política totalmente individualizada (…) con una relación muy directa entre el elegido y el elector, pero también (…) altamente clientelizada. [Además], es un sistema muy disperso. (Antonio Navarro, Polo Democrático Independiente)”. (Bleier y Arévalo, 2004:55)
Así, entre 1992 y 2003, si bien los gobiernos ecuatorianos -excepto el de Fabián Alarcón- se sucedieron por vía electoral. El primero, puso de manifiesto importantes niveles de gobernabilidad y se caracterizó por una sucesión del poder político en forma ordenada y estable, en contraste, con los subsiguientes que estuvieron cargados por episodios de profunda inestabilidad política y de ingobernabilidad.
Mientras tanto, los ecuatorianos y ecuatorianas, en el marco de la invocada estabilidad democrática, inexorablemente debieron cumplir con su rol de electores. Tal como lo registra S. Pachano “han debido pronunciarse en cuatro plebiscitos o consultas populares (1986, 1994, 1995, 1997) sobre temas políticos referidos a los partidos, a las elecciones, a las funciones y forma de elección de los diputados y en general, a los mecanismos y formas de representación” (Pachano, 2002: 72) y hasta el 2003, en sucesivas elecciones presidenciales y seccionales.