LAICISMO CHILENO LA REALIDAD ACTUAL Y SUS DESAFÍOS.
4. El diagnóstico de la hegemonía confesional.
Uno de los aspectos que habitualmente reclama o reivindica el poder confesional, es el origen católico de nuestro país. Frente a ello es necesario tener presente que Chile no surgió como República bajo el alero de la Iglesia Católica. Más bien fue a contrapelo de ella, tanto por lo que decían y hacían las jerarquías locales, como en la propia posición papal sobre el proceso emancipacionista de América. Ella recién logra imponerse con la república pelucona, y la política restauradora de Portales, y experimentará un profundo retroceso con la república liberal. Luego, con la república parlamentaria, recuperará su influencia.
La formulación constitucional de 1925, pretenderá superar la continuidad histórica de la influencia y vinculación del clero católico, apostólico y romano con el Estado, pero, en los hechos, pasados 80 años, lejos de aminorar, se aprecia una marcada presión del confesionalismo católico que tiene arraigada su influencia en instituciones que, por ser teóricamente de todos los chilenos, debieran responder a una conducta limpiamente imparcial frente a cuestiones de orden religioso.
Empero, el confesionalismo de inicios del siglo XXI no busca, en lo fundamental, el control del Estado. El concepto del poder se ha diferenciado respecto de lo que ocurría hace 100 años. Por cierto, la complejidad de la sociedad contemporánea muestra una versatilización de las
formas de poder, que lo ha llevado a asumir distintas variables en las conductas y los espacios de hegemonización. Hoy, el confesionalismo reconoce que el poder del Estado es menor, por lo que prefiere influir en las estructuras económicas y culturales (especialmente en la educación), las cuales son determinantes en la conformación social de nuestro tiempo.
Las finanzas, las corporaciones, los medios de comunicación, los colegios, las universidades, son espacios e instancias en que acendran fuertemente un proyecto de hegemonía, que termina por eliminar la libre concurrencia de las ideas y el derecho a la libertad de conciencia, eliminando toda visión de sociedad multiconfesional o plural.
Resulta sorprendente por lo mismo, que, iniciándose la campaña presidencial, en el año 2005, el Comité Permanente del Episcopado chileno, haya hecho un diagnóstico acusativo sobre la pobreza y el problema de la distribución de la riqueza en el país, que apuntaba al vacío, cuando la opulencia desmedida y los protagonistas del poder económico, que burlan las leyes sociales, que crean empresas de contratación externalizada para burlar las leyes laborales, los que crean cotidianamente condiciones de desigualdad, son los que hacen día a día el proyecto de hegemonía confesional.
Pero, no por ello el confesionalismo abandona la influencia que ejerce sobre instancias del Estado que considera su feudo particular. Verbigracia, las FF.AA.,
teniendo en el Ejército y en la Armada a verdaderos enclaves de determinismo confesional. Es un hecho que, para acceder a la condición de Oficial General – Generales y Almirantes -, las juntas calificadoras de esas ramas tienen como condición no escrita que sean ascendidos solo oficiales con un fuerte compromiso católico. ¿Con que derecho, si son instituciones que pertenecen a todos los chilenos y a la diversidad que compone la chilenidad? ¿Con que derecho en las naves de la Armada hay imágenes y altares que responden a una sola visión religiosa y hace sinonímica la condición de oficial con la de creyente católico? ¿Con que derecho actúo el general Cheyre durante la tragedia de Antuco, haciendo gala de su opción religiosa, por sobre los hombres a su mando, que en su gran mayoría no respondían a ese credo?
Para entender la determinante presencia actual del poder confesional sobre el Estado, no solo debemos considerar que deviene de lo que fue la acción de la dictadura y su modelo económico-social, y de quienes han controlado la economía chilena, sino también del proceso de transición a la democracia. Es un hecho que, así como hubo una parte de la Iglesia Católica que validó la dictadura, también hubo otra parte que se le opuso – aquella más vinculada al Concilio Vaticano II -, liderada por la enorme figura moral del Cardenal Silva Henríquez, la que consolidó lazos con las fuerzas que realizaron la democratización.
Así, el sello de los gobiernos de la Concertación ha estado marcado por la influencia de un sector del clero, que tiene profundas raíces con aquel sector de la clase política que llevó a cabo la transición, y que muchos han calificado como un “partido transversal”, donde están personeros de los distintos partidos concertacionistas. Ese núcleo dirigente ha sido ampliamente receptivo a las influencias clericales, antes que a los poderes fácticos del confesionalismo, pero, que, por la misma influencia de determinados clérigos, se convierte también en un posicionamiento del talante confesional.
Aun así, debemos reconocer la existencia de una parte importante de la clase política, que se define en términos valóricos como “humanista laico”. De hecho, en una entrevista a un periódico, durante la campaña presidencial de 2005, la ahora Presidente de la República, Michelle Bachelet, señalaría su referencia valórica en el humanismo laico.
Es importante reconocer y potenciar esas posiciones, sobre todo cuando se avecinan debates significativos en torno a la agenda valórica, que tienen que ver con los métodos anticonceptivos de emergencia, con la ley sobre el genoma humano y la clonación, con la discusión sobre la fertilización y la concepción, la criopreservación; los derechos de las minorías sexuales, etc. Un universo de temas que requieren de una posición valórica, donde el confesionalismo está dispuesto a mover todo su poder e
influencia para imponer los rígidos parámetros de su particular opción de conciencia a toda la sociedad.