TEMAS DEL
LAICISMO
CHILENO
SEBASTIÁN JANS
Sebastián Jans La presente edición reúne un conjunto de artículos y ensayos publicados por el autor en más de 20 años de
difusión del pensamiento laicista chileno en diversos
medios escritos. Incluye también algunos
trabajos inéditos que constituyen un aporte que
enriquece la presente edición. El autor ha escrito en diversos medios escritos nacionales, que destacaron
en su aporte a la democratización chilena, y
ha difundido su pensamiento por medios de
Internet. Actualmente integra el comité editorial de la revista
digital Iniciativa Laicista, de la cual es fundador.
TEMAS DEL
LAICISMO CHILENO
Temas del laicismo chileno © Sebastián Jans
Santiago de Chile, Mayo de 2013. Edición digital de Red Fraternal 2mil14
ÍNDICE.
Proemio Pág. 7
Estado Laico Pág. 9
La Historia del Laicismo en Chile Pág. 13
Humanismo laico en Chile Pág. 22
Laicismo chileno. La realidad actual y sus desafíos. Pág. 26 La perniciosa relación entre política y religión. Pág. 41 Laicidad y laicismo, sin distorsiones Pág. 45 Laicidad y laicismo, sin distorsiones (2) Pág. 50 Agresión de conciencia en las Fuerzas Armadas chilenas Pág. 54 Un fallo que cuestiona la institucionalidad. Pág. 59 La democracia es laica o no es democracia. Pág. 64 El Estado laico en Chile, un logro inconcluso. Pág. 69 La encrucijada de la educación chilena. Pág. 75 El laicismo: una mirada de los jóvenes a la diversidad. Pág. 80 Laicismo y desarrollo juvenil. Pág. 97 La igualdad de género y el aporte laicista. Pág. 107 La república no es católica. Pág. 112 Una mirada histórica sobre la religiosidad en Chile. Pág. 120 A propósito de los 10 años de vigencia de la ley de culto. Pág. 124
El enemigo de la Iglesia. Pág. 147
Laicismo bicentenario. Pág. 153
Significado e importancia del laicismo como medio
para construir la sociedad del siglo XXI. Pág. 158 La crisis de la Iglesia Católica chilena. Pág. 182 La declaración episcopal del 8 de abril. Pág. 186 Como hacer República en el Siglo XXI. Pág. 192 A propósito del Día de las Iglesias Evangélicas . Pág. 198 Consideraciones sobre la despenalización del aborto. Pág. 205 A propósito del Día Internacional de la Mujer 2012. Pág. 216
Salud pública y gestión preventiva. Pág. 228 Una voluntad nacional contra la discriminación. Pág. 234 ¿Qué es la “sociedad docente”? Pág. 240 FF.AA. Los efectos de una polémica. Pág. 246 Conflicto institucional por declaraciones impropias Pág. 252 Un hito para el libre pensamiento. Pág. 258 Ética, política e instituciones. Pág. 264
APUNTES INÉDITOS. Pág. 270
Breve ensayo sobre los fundamentos del laicismo Pág. 271 Multilateralismo y laicismo. Pág. 298
PROEMIO.
El presente volumen es una selección de artículos y ensayos realizados por Sebastián Jans Pérez, en poco más de 20 años, a través de diversos medios escritos nacionales, tantos impresos como digitales. La selección se ha realizado con el claro propósito de rescatar las opiniones vertidas por el autor, bajo la óptica laicista, de los diversos temas nacionales abordados.
Columnista en diversas revistas y diarios, así como de portales web de diversas instituciones ciudadanas, el autor ha esbozado una mirada profunda de los problemas nacionales desde la visión del laicismo, como pocos exponentes de ella lo han hecho en los últimos 50 años. De ello da cuenta cabalmente este libro.
Si bien la mirada que entrega tiene un alcance fundamentalmente chileno, gran parte de las consideraciones expuestas tienen un alcance universal, y se unen con reflexiones que realizan otros autores en distintas parte del mundo.
De esta forma, esta recopilación no viene a ser la demostración de un testimonio, sino de una manifestación concreta de un trabajo comprometido en torno al laicismo, que también se ha expresado en múltiples acciones a favor de su difusión en el ámbito de las ideas y la cultura nacional. En ese compromiso hay varios episodios.
Hace más de una década creó el portal web Temas del
Laicismo Chileno, que fue un activo espacio de difusión de ideas a
alojado en Geocities.ws, donde aún se puede acceder a sus contenidos. En el mismo periodo colabora con el Instituto Laico de Estudios Contemporáneos, en diversas actividades y proyectos.
Poco después constituyó el grupo “Iniciativa Laicista para
la Consolidación de la Sociedad Civil”, que desarrolló por varios
años un intenso trabajo de difusión a través del correo electrónico, y que llegó a contar con una vasta red de distribución. Junto con ello, creó el Blog “Laicismo Chileno” que sigue entregando contenidos a través de Internet y con un regular acceso de lectores y consultas.
Entre 2004 y 2010 fue miembro del Consejo de la Revista “Occidente”, bajo la dirección de Jorge Ibañez Vergara, donde tuvo una activa participación promoviendo la publicación de trabajos de diferentes autores, así como de su propia autoría. En ese contexto, realizó cuatro conversaciones con personajes de la vida nacional, que se tradujeron en artículos, que tenían componentes de diálogos y crónica, que produjeron un interesante impacto entre los lectores. Los personajes que participaron individualmente en esas conversaciones fueron: el científico Humberto Maturana, el ex Presidente Ricardo Lagos (a un mes de dejar el cargo, en lo que fue la primera entrevista concedida después de dejar el cargo), el economista y académico Eduardo Engel; el Ministro de la Corte Suprema, Sergio Muñoz; y el Gran Maestro de la Masonería, Juan José Oyarzún.
El año 2012, lidera la gestación de la Revista Digital
“Iniciativa Laicista”, que se reparte por correo electrónico y que
está disponible en la biblioteca digital www.sribd.com, publicación bimensual, en la cual integra su Comité Editorial, que se ha ido convirtiendo en una activo espacio de reflexión del pensamiento laicista chileno, llenando un vacío que se estaba produciendo desde hace un tiempo y que era necesario llenar de manera concreta, más allá de la simple vindicación de la identidad.
ESTADO LAICO.
Publicado el 23 de octubre de 1990, en la Revista APSI.
Consagrado por la Constitución de 1925, luego de más de 50 años de intenso debate doctrinal, el laicismo del Estado constituyó un logro de modernización extraordinariamente trascendente para la sociedad chilena. Ello trajo como consecuencia notables progresos en la cultura nacional, entendiendo ésta como la manifestación de valores, conductas y relaciones que se expresan en una composición social determinada.
Gracias al Estado laico la sociedad chilena se hizo más libre en su convivencia formal, más rica en su pluralidad vital y más creadora en sus potencialidades intelectuales, con las lógicas limitaciones planteadas por el subdesarrollo, desde luego.
Por cierto, el Estado laico, como resultado de la propia dinámica social, no logró resolver algunos temas fundamentales manifestados por la dicotomía producida entre los lastres del pasado y las ansias de futuro; pero era previsible, entonces, vislumbrar que la propia acción secularizada del Estado iba a resolverlos.
Sin embargo, la entronización de la dictadura de Pinochet significó una enorme vuelta atrás en el carácter laico del Estado, de acuerdo a la Doctrina de Seguridad Nacional, que estableció una concepción distinta, a partir del hecho que el Estado se transformaba en un instrumento de acción contra determinados grupos, personas, ideas, doctrinas, etcétera, que tuvieran una “naturaleza disociadora”.
Esto significaba, a la sombra de esta concepción del militarismo, que Chile era una nación definitivamente homogénea, absolutamente singular en su composición, cristiana y occidental, elementos que debían reflejarse en el Estado y en las obligaciones de éste para “rescatar, proteger y cautelar” tal patrimonio descubierto en el ser chileno.
Por tanto, el Estado dejaba de ser neutral frente a las ideas y se transformaba en agente promotor de los valores mencionados.
El diagnóstico de la acción sostenida, bajo ese prisma totalizador, es hoy motivo de estudio de diversas instancias, grupos de interés, personas, etcétera, en busca de alternativas para recuperar la condición intrínsecamente democrática que contiene el Estado laico. De hecho, para muchos chilenos (…) existe la plena convicción de que la única forma de garantizar una democracia verdadera, es a través del establecimiento de un Estado absolutamente neutral, en relación con las diversas ideologías, creencias y doctrinas, que constituyen la pluralidad nacional.
Sostenemos que solo en la medida que el Estado esté liberado de funciones evangelizadoras, concientizadoras o misionales (y con esto no me refiero solo a las confesiones), podrá ir asumiendo en forma más efectiva su rol nacional y representativo del espíritu y la voluntad de la sociedad a la que le corresponde regir.
Pensamos en relación con ello, que la acción del actual gobierno – elegido para restituir una verdadera convivencia social y para reconstruir la democracia – debe recoger vigorosamente el principio inspirador de la neutralidad necesaria, que es exigible al gobierno de todos los chilenos, sobre todo cuando se trata de temas que tienen que ver con la libertad de conciencia.
En ese sentido, debe ser especialmente cauteloso para que ninguna institución o grupo – por muy prestigioso que sea – pueda imponer sus preceptos en perjuicio de los preceptos de otros.
Reclamamos, por lo mismo, ante el compromiso gubernamental establecido por el Ministro del Interior, con una fe, con una visión confesional específica. Discrepamos, en el mismo contexto, con ciertas medidas apresuradas, relativas a cuestiones morales en discusión. Lamentamos que las posibilidades de recuperación del Estado laico no se vislumbren.
Creemos que este gobierno es producto fidedigno de la pluralidad de Chile, que rescata precisamente esa pluralidad como una cualidad del ser nacional, que la valida y la potencia, por lo cual, debe tener la prudencia de
no posesionarse en ciertas continuidades que se vuelven ambivalentes a los signos de la dictadura, que se mantienen latentes en la institucionalidad y actuantes a partir de ella.
LA HISTORIA DEL LAICISMO
EN CHILE.
El presente artículo corresponde al contenido central de una disertación efectuada en la Acción Comunal de Ñuñoa, en 1996.
Chile ha tenido una larga tradición de laicismo, desde sus orígenes mismos como República. A modo de ilustración haré un somero bosquejo sobre algunos de los antecedentes más destacados. Cuando Chile emerge como Nación, luego de la Independencia, recibiendo toda la herencia cultural y social, que caracterizó a la España colonizadora, la influencia religiosa y conservadora, predominó en la clase dirigente, en toda la primera parte de la centuria, en que Chile logra la independencia, y se consolida como emergente República.
En la Constitución de 1813, se estableció categóricamente, que la Religión Apostólica y Romana, era la religión oficial del Estado de Chile. Este planteamiento fue refrendado, posteriormente, por las cartas constitutivas de 1818, 1822 y 1833.
La influencia laica, dentro de ciertos personeros de la emergente clase dirigente de la época, ya estableció ciertos
hitos, que denotaban la preocupación por la hegemonía de la Iglesia Católica, sobre la sociedad global, y la inexistencia de derechos en las minorías de conciencia. Una personalidad digna de destacar en ese período, fue la figura sobresaliente de José Miguel Infante, escéptico en materias religiosas y persistente promotor del federalismo.
Mención especial, empero, corresponde al Director Supremo, Bernardo O'Higgins, que en la redacción de la Declaración de la Independencia, objetó que se estampara en su texto, alusiones de carácter religioso, dado que una profesión de fe "podía chocar algún día con nuestros principios políticos", añadiendo que "los países cultos han proclamado abiertamente la libertad de creencias"; para reflexionar luego que " proclamar en Chile una religión excluyente significaría prohibir la emigración hacia nosotros de una multitud de talentos y brazos útiles que abundan en el otro Continente (Europa)".
En su breve gobierno dictó el decreto que estableció los cementerios de disidentes, es decir, para aquellos que no eran parte de la iglesia o religión católica; de la misma manera que contrató al pedagogo protestante Diego Thompson, de nacionalidad inglesa, para introducir en nuestro país el sistema de enseñanza lancasteriano; también, como una contribución al conocimiento, eximió del pago de derechos aduaneros a toda clase de libros e impresos.
Sin embargo, la visión de O'Higgins no fue compartida por sus contemporáneos, que refrendaron en las
Constituciones Políticas la idea de proclamar la religión católica como la única y exclusiva de la República de Chile, asignando a los jefes de gobierno del deber de proteger y conservar esta religión. La Constitución de 1833, incluso indicó taxativamente "la exclusión del ejercicio público de cualquiera otra". Los atisbos de liberalismo fracasaron en la contingencia de la época, a poco de emerger, siendo uno de sus hechos más relevantes el intento constitucionalista de 1828.
El liberalismo doctrinario, representante de las nuevas clases motoras del proceso económico-social del siglo XIX, a partir de la década de los 50, no podía escapar a una visión laicista de la sociedad, si querían representar fielmente el signo de los tiempos. Ello porque, al frente, entronizado en el poder, tenía al conservadurismo y tras él, el apoyo de la jerarquía de la Iglesia Católica, en un compromiso férreo de oponerse a los cambios que el progreso del país demandaba, en el plano cultural y social.
El liberalismo representó, entonces, la necesidad de liberalización de los espíritus, la posibilidad de ejercer derechos de conciencia que hasta entonces estaban vedados. Así, las llamadas "leyes laicas", no solo representaban un anhelo de dar satisfacción a necesidades reales de modernizar la legislación, producto de la nueva realidad económico-social, sino también daban respuesta a las minorías (religiosas, culturales, políticas, etc.) cuyos derechos eran desconocidos por el sistema legal entonces existente.
El gran apóstol laicista de mediados del siglo XIX, sin discusión alguna, fue Francisco Bilbao, quien abrirá los fuegos de su lucha inclaudicable con la jerarquía católica, al lanzar el ahora casi legendario escrito "Sociabilidad Chilena", su primer intento de estudiar la realidad chilena, sometida aún al letargo colonial español, desde un punto de vista ético y cultural, y que le significó la persecución casi inquisitorial del clero y la condena judicial de blasfemo e inmoral.
Luego de su viaje a Europa, Bilbao volverá empapado de una mayor convicción en sus principios, luego de su relación con los más eruditos pensadores laicistas de Francia, con algunos de los cuales mantendrá intercambio epistolar por mucho tiempo.
De regreso al país, Bilbao insistió en la necesidad de sacar al país de la rémora colonial, y promovió los cambios a través de la ahora ya mítica Sociedad de la Igualdad, hasta verse obligado a abandonar al país, producto de las persecuciones desatadas por la insurrección anticonservadora del 20 de abril de 1851
A fines del gobierno de Montt, el liberalismo accedería al poder a través de la Fusión
liberal-conservadora, un pacto de gobernabilidad entre sectores de
los dos partidos, que logró establecer algunos hitos iniciales, en favor de una perspectiva laicista del gobierno. De esta forma, en 1865, el gobierno del Presidente José J. Pérez, dictó la ley que autorizaba a los no católicos para practicar sus cultos en recintos privados, de la misma
manera que les permitía fundar y sostener escuelas privadas para sus hijos, bajo la religión familiar. Bajo el gobierno del Presidente Domingo Santa María, se promulgó la ley de cementerios laicos (1883), la ley de matrimonio civil (1884) y la de registro civil (1884).
La ley de registro civil y de cementerios laicos, enfrentó no solo derrotó rotundamente la posición conservadora, sino que privó a la Iglesia Católica de los privilegios que la situación anterior le brindaba, donde las actas de bautismo constituían el único medio legal de inscribir a un recién nacido, y los cementerios existentes eran los que administraban los párrocos.
Y este no fue un hecho intrínsecamente chileno. Lejos de ello, la misma situación abarcó a gran parte de la América hispano- parlante. Fue un proceso que agitó las aguas de la política y la sociedad de todos los países desde México al sur, produciendo una profunda crisis en las sociedades en que se manifestó. En América del Norte, donde la Iglesia Católica tuvo menor presencia, y donde primó un fuerte concepto laicista en la estructuración del gobierno y la ley, en cambio, no hubo crisis.
Empero, fue en la lucha por la instrucción primaria obligatoria, donde se dio una de las batallas más duras, en el campo de las ideas, entre los sectores laicistas y aquellos que representaban el conservadurismo y el clericalismo. Fue el parlamento el escenario principal en que se enfrentaron los argumentos, en que participaron los más sobresalientes tribunos de ambas posiciones, y que se
prolongó por varios años, culminando el 20 de agosto de 1920, en que se dictó la Ley de Instrucción Primaria, Gratuita y Laica, que, en 1929, cambió su nombre por "Educación Primaria". En ella se establecía que la enseñanza de la doctrina cristiana sería optativa y de decisión de los padres o apoderados. En 1950, la jerarquía católica volvería a poner en debate el tema, tratando de reimponer en los colegios la obligatoriedad de las clases de religión católica, intento que fracasara tras un intenso debate parlamentario.
La Constitución de 1925, sancionó desde el punto de vista institucional, la ruptura entre la Iglesia Católica y el Estado, poniendo fin al tutelaje que la primera había mantenido sobre el sistema político chileno. Ambos poderes, el civil, representado por el Estado, y el religioso, marcharían en adelante en forma independiente, y dedicados a sus definidos propósitos. En su artículo 10, el texto constitucional indicó que la carta aseguraba "a todos
los habitantes de la República, la manifestación de todas las creencias, la libertad de conciencias y el ejercicio libre de todos los cultos que no se opongan a la moral, a las buenas costumbres, o al orden público".
Sin duda, esta Carta Fundamental fue uno de los grandes logros en la modernización del país, consecuencia de un largo proceso de confrontaciones, que, en el plano político, se dio entre los liberales y conservadores, y en el plano moral, entre la Masonería y la Iglesia Católica.
Las décadas siguientes a la entrada en vigencia, de la Carta de 1925, fueron dominadas en su escenario político-social por partidos de tendencia liberal (Partido Liberal y Partido Radical), y aquellos de tendencia agnóstica (Partido Socialista y Partido Comunista), lo que se manifestó en un mayor nivel de libertades de conciencia, sin embargo, nunca prospero, por ejemplo, una ley de divorcio, producto de la presión religiosa sobre la clase política.
El reciente régimen militar, desde sus orígenes, se declaró ideológicamente cristiano, aunque chocó permanentemente con gran parte de la Iglesia Católica, por la acción de las fuerzas armadas en el campo de los derechos humanos. En los hechos, más que buscar un accionar laico, este se produjo como consecuencia de la propia realidad. La Constitución de 1980, impuesta por el régimen de Pinochet, en su art. 19 Inc. 6, establece la libertad de conciencia y el ejercicio libre de todos los cultos.
Empero, en 1983, el gobierno de Pinochet dictó el Decreto # 924, reglamentó las clases de religión en todos los establecimientos educacionales del país. Si bien el decreto posibilita la libre elección de los padres, respecto de cual religión debe entregarse a sus hijos, en los hechos tal derecho no se ejerce por una falta de neutralidad de las direcciones de los colegios con respecto al tema. Así, el laicismo en la educación ha dejado de existir.
El fin de una dura época en la historia de nuestro país, como lo fue el régimen militar, ha significado
reconstruir el sistema democrático, en un proceso paulatino y gradual, que no ha estado exento de dificultades. Estas se originan en gran medida, por un sistema electoral que no posibilita la real expresión democrática, y por la presencia de poderes fácticos, que actúan permanentemente, contra la opinión mayoritaria del pueblo.
Entre estos poderes, la jerarquía de la Iglesia Católica, ha expresado abiertamente su presión sobre los partidos políticos y la clase política, respecto de temas de conciencia en que el sentir mayoritario del país, se inclina por la modernización. Entre estos temas, se encuentra la hasta ahora fracasada legislación sobre divorcio vincular, y el veto a toda discusión sobre el aborto terapéutico.
La experiencia dolorosa de 1973, y su secuela de dramas en la sociedad de chilena, han conducido, luego de reimpuesta la democracia, que la llamada "política de los consensos" sea la que determine la forma de resolver los grandes temas nacionales, buscando evitar las confrontaciones que puedan ser traumáticas para la convivencia armónica de la sociedad.
La buena perspectiva de esa línea de acción, sin embargo, en aquellos aspectos relativos a las cuestiones de conciencia y en el debate de las ideas, ha resultado nefasta, porque inevitablemente se ha tendido a la homologación y la hegemonía de determinados actores de conciencia, que no garantizan precisamente la pluralidad y la libertad en todo su contexto.
Conviene resaltar, al poner término a esta breve visión histórica, que la lucha laicista en Chile, no fue violenta, no hubo muertos, ni provocó guerras, y que los escenarios de confrontación siempre estuvieron dentro del marco de la ley y en el exclusivo estadio de las ideas.
HUMANISMO LAICO EN CHILE.
Publicado en el diario digital “Voz al Mundo” en febrero de 2006.
Los énfasis en el debate que se desarrollaron con vistas a las elecciones presidenciales en Chile, pusieron en las distintas definiciones, con las cuales los candidatos se presentaron ante la opinión pública, una diferenciación conceptual y ética, que no se puede dejar pasar.
En el contexto de los lugares comunes y el cuidado manejo mediático, que por lo general impide distinguir las diferencias entre un candidato y otro, por lo menos, en algún momento se abrió un pequeño espacio para que ciertas definiciones éticas aparecieran, para elevar el contenido de las ideas de fondo que estaban en juego.
Frente a las propuestas que se conocieron de las candidaturas presidenciales, advertimos que hay cierto consenso en que las estructuras institucionales del Estado, expresados en sus poderes públicos, deben potenciar aquellos objetivos que permitan a los chilenos realizarse en plenitud, libres de los desequilibrios que imponen las condiciones económicas, que se diagnostican con una dramática desigualdad en el ingreso, lo que ofende toda
concepción ética, cualquiera sea su naturaleza. La acumulación de la riqueza, bien sabemos, se expresa también en torno a ideas, conceptos y creencias, que repiten reiteradamente su expresión a lo largo de la historia chilena.
Hay una experiencia que nos señala que el sesgo que impone cierta comprensión del humanismo, particularizada en una visión confesional, pretende ciertas cauciones y acentos que siempre terminan coartando los derechos a la libre opción de conciencia y a las condiciones de respeto necesario para las potencialidades de todos los componentes de la sociedad. Eso lo indica nuestra larga experiencia republicana. Los grandes desequilibrios siempre han tenido en la opulencia una identidad doctrinal y confesionalmente definida.
Esa constatación histórica nos compromete a reconocer hoy la presencia alternativa de una robusta opcionalidad en nuestra clase política, que señala en este tiempo y circunstancia, su adscripción al humanismo laico.
Nadie debe pretender que esa definición incorpore una discriminación basada en posiciones anticonfesionales o antirreligiosas. Sería una soez pretensión querer adjudicar que, en esa comprensión de humanismo, se esconde un oculto riesgo o un simulado interés, que pueda conculcar mínimamente los derechos de conciencia de los creyentes. Por el contrario, allí se hace concreta una plena garantización de los derechos de todas las confesiones, para expresarse y difundir sus postulados, con el respeto
absoluto a sus concepciones y credos, en el mismo derecho que se valida con aquellos que opcionan en torno a la duda o a la no creencia.
Por cierto, la visión laica ha evolucionado, desde aquellas primeras visiones que señalaban la no injerencia del clero en la cosa pública, a una comprensión más integral de la fenomenología social, en la medida que la sola ausencia de vinculación con el Estado de cualquier clero, no bastan para garantizar la autonomía del poder público frente a aquellas conductas que pretenden un posicionamiento totalizador sobre la sociedad, a partir de una fe.
La complejidad de la sociedad contemporánea da cuenta de una condición de versatilidad de las formas de poder, y distintas variables en las conductas y los espacios de hegemonía de las opciones de fe, que pretenden convertirse en rectoras de la sociedad. Las finanzas, las corporaciones, los medios de comunicación, la educación, ciertas estructuras del Estado que gozan de relativa autonomía, son espacios e instancias en que hoy, cualquier visión confesional, puede acendrar fuertemente un proyecto de hegemonía, que termine por eliminar la libre concurrencia de las ideas y el derecho a la libertad de conciencia, postergando o eliminando precisamente aquella visión común de sociedad basada en el hombre.
Corresponde valorar entonces, que miembros de nuestra clase política, manifiesten su adhesión al humanismo laico, porque ello implica que se está poniendo
sobre la mesa del diálogo ciudadano una opcionalidad que garantiza a todos los componentes de la sociedad, el derecho a la libertad de conciencia, a que cada cual pueda promover sus valores particulares en consonancia con los valores comunes del colectivo social, tolerando sus diferencias.
Se garantiza también que se arbitrarán los medios para impedir el uso perverso de las distintas formas de poder, para imponer visiones sesgadas que apunten a hegemonías confesionales. Con ello se señala una voluntad para hacer que los instrumentos institucionales del Estado, sean concurrentes a ese objetivo superior.
LAICISMO CHILENO. LA REALIDAD
ACTUAL Y SUS DESAFÍOS.
Disertación efectuada en el Centro Cultural Galileo Galilei, en la sede de la Acción Comunal de Ñuñoa el 19 de abril de 2006.
1. A modo de introducción: la percepción externa de nuestra sociedad.
Para cualquier ciudadano medianamente informado, no pudo pasar por alto los comentarios de la prensa internacional, cuando la actual Presidente de la República, Michelle Bachelet, fue elegida para el cargo o cuando asumió sus funciones. Para los observadores internacionales llamó profundamente la atención, que una mujer, separada y agnóstica, hubiese sido elegida como Jefe de Estado y de gobierno, en uno de los países más conservadores de América Latina.
Los hombres de negocios, los turistas, los profesionales y académicos, los analistas, que visitan nuestro país, no dudan en comentar en sus países de radicación, los perfiles tradicionalistas y conservadores que
predominan en los medios sociales chilenos. Resulta increíble que sea la misma impresión que tuvo hace 180 años, la inglesa Mary Graham cuando visitó nuestro país1, y por los mismos motivos.
En el mismo orden de consideraciones, conversaba con un profesional australiano hace algunas semanas, al que le llamó profundamente la atención el rol preeminente que tienen las jerarquías católicas en los actos oficiales, y como el clero interviene tan abiertamente en las decisiones y debates públicos, para imponer cauciones sobre el actuar de las autoridades.
Sin embargo, yo trataba de retrucar que, parece ser que Chile, es una sociedad de profundos contrastes, lo que no quiere decir necesariamente que sea una sociedad realmente pluralista. Y es una sociedad de contrastes, porque culturalmente conviven enormes latencias de un pasado conservador, junto a abruptas expresiones de un liberalismo audaz. El recato convive con la audacia, pugnando dentro de la espiritualidad individual y colectiva, al punto de neutralizarse el uno con el otro.
Como demostración de ello, le recordaba que siendo un país más bien pacato en muchos aspectos, el fotógrafo Spencer Tunick en ningún país ha tenido tantos miles de personas desnudas, para realizar una de sus performances fotográficas, como ocurrió en Chile. Una sociedad de contrastes porque los laicistas más radicales mandan a sus
hijos a estudiar a colegios católicos, argumentando su mejor calidad educacional, aún cuando éstos no sobrepasen el mediocre estándar de la educación chilena.
Sin embargo, en conciencia, creo que efectivamente, aún en sus contrastes, que no son sino expresiones de lo irresoluto de varias problemáticas morales históricas, que inhiben las capacidades de libertad de las personas, en los hechos, sí, Chile es un país que no ha resuelto su pasado de un modo decidido, y la autocomplacencia frente a los contrastes no es más que el temor a abordar los conflictos espirituales, que devienen de una incapacidad ética de liberarse del sojuzgamiento que impone un concepto transicional válido para una fase de la democratización, pero, no para el empoderamiento democrático, y que se ha resumido en una especie de rígido sayo: “en la medida de lo posible”.
2. Aspectos que perfilan el laicismo de hoy.
Una de la cuestiones que emerge como un lugar común, en quienes se acomodan en el empoderamiento democrático de nuestra República, y que no quieren entrar en conflicto con el poder confesional, y que les desacomoda toda crítica a la hegemonía que este ejerce sobre las instituciones del Estado, es la tendencia a señalar que el laicismo es una cosa del pasado, decimonónica y añeja, y que ya resulta trasnochado el debate con el clericalismo.
Frente a ello, partiremos con una afirmación que hacía el español Juan Francisco González Barón, presidente del movimiento “Europa Laica”, en un artículo elaborado especialmente para la revista “Occidente” , a mediados del año pasado. Allí señalaba que “el laicismo
sostiene un compromiso ineludible, allí donde se encuentra: posibilitar las condiciones políticas, jurídicas y sociales idóneas para el pleno ejercicio de la libertad de conciencia, carácter que lo enfrenta inevitablemente a toda configuración del Estado, del gobierno o de la sociedad civil, que anule o restrinja dicha libertad en cualquiera de sus manifestaciones”. Luego agregaba que el contenido
irrenunciable del laicismo se identifica “con los derechos
humanos de reclamación individual, garantes de la integridad física y psicológica o moral de los seres humanos tomados de uno en uno, concebidos como conciencias libres y como voluntades autónomas. La libertad de conciencia no es, por lo tanto, para el movimiento laicista, uno más entre los derechos fundamentales, sino el eje vertebrador que da sentido a los mismos”.
Importa mucho tener claro los tres espacios que González Barón señala: el Estado, el gobierno y la sociedad civil, para diagnosticar que ocurre en Chile hoy con ellos, porque a poco andar en cualquier análisis sobre las tendencias que se advierten en el control del Estado, sobre lo que hacen sus instituciones en el plano de las libertades de conciencia, encontraremos hallazgos
sorprendentes sobre como son vapuleadas, precisamente, por órganos del Estado, aún a contrapelo de lo que la propia Constitución establece.
En uno de los eventos organizados por el ILEC (Instituto Laico de Estudios Contemporáneos, Philippe Grollet, presidente del Centro de Acción Laica de Bélgica, ponía el acento en que “no basta con establecer en la
Constitución que la República es laica o que el Estado es neutro, para satisfacer efectivamente el deber de imparcialidad de los poderes públicos” y que “el Estado viola la regla de imparcialidad, olvidando principios fundamentales que debe respetar, cada vez que otorga dineros estatales sin que ello se ajuste al principio de equidad”. Como condición fundamental, insistía en que
“todos somos ciudadanos de pleno derecho, aprovechamos
los mismos beneficios y estamos sometidos a las mismas obligaciones”2.
No puede escapar para cualquier observador lo que ocurre en Chile, donde tales enunciados, que se sustentan incluso en declaraciones que constituyen reglas para la comunidad internacional, han sido y son reiteradamente avasallados por el poder de un credo, que tiene profundas ramificaciones y que impone sus términos sobre el Estado, el gobierno y la sociedad civil, sin ningún remilgo, y que tiene sus raíces en el proyecto refundacional que
2 Philippe Grollet, presidente del Centro de Acción Laica de Bélgica. Primer
dictatorialmente impusiera Pinochet. Un poder de naturaleza conservadora, autoritario, económicamente neo-liberal, dogmático y oligárquico.
3. Consideraciones en torno al clericalismo y al confesionalismo en Chile.
El conservadurismo que advertimos en nuestro país, se sustenta en dos variables de una misma visión de hegemonía espiritual – y en consecuencia, moral y cultural -, que tienen sus propias trayectorias, especialmente, con los procesos históricos vividos por el país, a través de su historia más reciente. Ellos son el clericalismo y el confesionalismo.
El clericalismo, en su concepción tradicional, dice relación con la influencia y predominio del clero sobre el poder político. El confesionalismo dice relación con la influencia y predominio, ya no solo de los clérigos, sino de un dogma religioso y de las estructuras de poder fáctico que éste genera en los distintos niveles de la sociedad. ¿Cuál es la diferencia y el matiz que separa al clericalismo y al confesionalismo? Simplemente el carácter protagónico de sus miembros. En uno, el protagonismo descansa en los clérigos y en la estructura jerárquica que los sostiene. En el otro, el protagonismo radica en los creyentes que tienen poder corporativo y que, a través de ese poder, pretenden imponer su visión dogmática a la sociedad.
El clericalismo ha tenido sus momentos históricos significativos, y en algunos momentos re-emerge con singular potencia. Pero, lo que viene a imperar más potentemente en las últimas décadas en nuestro país, es el confesionalismo, y no uno de carácter genérico, sino uno específico: católico, apostólico y romano.
Hasta antes de la dictadura de Pinochet, la opción del confesionalismo siempre se expresó relativizadamente, producto de una concepción del poder donde hubo una influencia laicista significativa. De hecho, podemos decir que, desde la República Liberal hasta 1973, siempre hubo factores de equilibrio que impidieron la consolidación de la visión confesional. Fue un siglo de condiciones de pluralización, que constituyó un patrimonio moral reconocible en toda América Latina. Con muchos problemas de otro tipo, pero, donde hubo espacios para reconocer el buen sentido de políticas de gobierno en la educación, en la salud, etc. donde primó en las distintas visiones políticas predominantes, cual más cual menos, un contexto ético centrado en el hombre.
De muestra, un botón. La píldora anticonceptiva entró a Chile en los años 1960, en pleno gobierno de un partido de denominación confesional, pero, nadie pensó en considerar que las políticas públicas que la masificaron no estaban bien encausadas, aún con las expresiones hostiles de la jerarquía religiosa. A contrapelo, podemos comparar lo recientemente ocurrido con la llamada “píldora del día después”.
Al sobrevenir la dictadura de Pinochet, comienza a expresarse un ascendente confesionalismo. La concepción portaliana que propone ideológicamente la dictadura, no es ajena a ese aspecto refundacional que tiene un inconfundible matiz confesionalista. Enfrentado Pinochet a una jerarquía clerical que tiene un manifiesto compromiso con el Concilio Vaticano II y con las encíclicas sociales, recurre a los creyentes con poder económico para afirmar su visión confesional como núcleo conceptual valórico de su ejercicio autoritario. En alguna oportunidad podríamos analizar ese aspecto con mayor profundidad, es decir, la lectura católica de Pinochet y su aporte refundacional al confesionalismo chileno.
Entonces, el confesionalismo se nutrió y creció a través de una apuesta de poder específica, generando un modelo de sociedad, un modelo de Estado, un proyecto de hegemonía, que se hizo independientemente de la jerarquía clerical, en un primer momento, del cual el núcleo de poder de la dictadura desconfiaba, por lo que, alternativamente, potenciaron al sector más tradicional del clero. Ese confesionalismo fue capaz de desarrollarse y mantenerse al margen de la rectoría institucional de la Iglesia, incluso, podemos decir al margen del clero predominante, por mucho tiempo. Esa situación marcaría la forma como el confesionalismo se desenvolverá con posterioridad
Ello lo hará muy independiente de las jerarquías diocesales y propenderá a crear instancias compartimentadas y autónomas, desligadas de la estructura
eclesial regular. Es lo que ha favorecido los cultos cerrados en torno a determinados dogmas u organizaciones confesionales autónomas. Por ejemplo, movimientos, prelaturas, órdenes religiosas, grupos de estudio, adoraciones especiales, etc. Ello es lo que ha favorecido el crecimiento del Opus Dei y los Legionarios de Cristo, los distintos “Encuentros del Espíritu” (matrimoniales, juveniles, etc.), los cursillistas, los carismáticos, etc.
Esto ocurre hasta cuando se consolidó el papado de Juan Pablo II y los sectores tradicionalistas, que venían de vuelta del Concilio Vaticano II, comenzaron a ganar poder dentro de la Iglesia Católica chilena. La comunión entre el tradicionalismo y el poder económico se hará de un modo natural, porque en doctrina y política, aspiraban a lo mismo.
Ello redundará y fortalecerá el hecho que, el confesionalismo en Chile, no sea un fenómeno exclusivamente espiritual y ético, sino que tiene una naturaleza económica, cultural, política y social. Tal pues, que se encuentra predominando tras las estructuras del poder económico, en las finanzas, en las instituciones del Estado, en la opulencia. Cuando analizamos los desequilibrios en la distribución del ingreso, por ejemplo, lo que se advierte entre quienes hegemonizan la riqueza y la opulencia, es su sello confesionalista.
4. El diagnóstico de la hegemonía confesional.
Uno de los aspectos que habitualmente reclama o reivindica el poder confesional, es el origen católico de nuestro país. Frente a ello es necesario tener presente que Chile no surgió como República bajo el alero de la Iglesia Católica. Más bien fue a contrapelo de ella, tanto por lo que decían y hacían las jerarquías locales, como en la propia posición papal sobre el proceso emancipacionista de América. Ella recién logra imponerse con la república pelucona, y la política restauradora de Portales, y experimentará un profundo retroceso con la república liberal. Luego, con la república parlamentaria, recuperará su influencia.
La formulación constitucional de 1925, pretenderá superar la continuidad histórica de la influencia y vinculación del clero católico, apostólico y romano con el Estado, pero, en los hechos, pasados 80 años, lejos de aminorar, se aprecia una marcada presión del confesionalismo católico que tiene arraigada su influencia en instituciones que, por ser teóricamente de todos los chilenos, debieran responder a una conducta limpiamente imparcial frente a cuestiones de orden religioso.
Empero, el confesionalismo de inicios del siglo XXI no busca, en lo fundamental, el control del Estado. El concepto del poder se ha diferenciado respecto de lo que ocurría hace 100 años. Por cierto, la complejidad de la sociedad contemporánea muestra una versatilización de las
formas de poder, que lo ha llevado a asumir distintas variables en las conductas y los espacios de hegemonización. Hoy, el confesionalismo reconoce que el poder del Estado es menor, por lo que prefiere influir en las estructuras económicas y culturales (especialmente en la educación), las cuales son determinantes en la conformación social de nuestro tiempo.
Las finanzas, las corporaciones, los medios de comunicación, los colegios, las universidades, son espacios e instancias en que acendran fuertemente un proyecto de hegemonía, que termina por eliminar la libre concurrencia de las ideas y el derecho a la libertad de conciencia, eliminando toda visión de sociedad multiconfesional o plural.
Resulta sorprendente por lo mismo, que, iniciándose la campaña presidencial, en el año 2005, el Comité Permanente del Episcopado chileno, haya hecho un diagnóstico acusativo sobre la pobreza y el problema de la distribución de la riqueza en el país, que apuntaba al vacío, cuando la opulencia desmedida y los protagonistas del poder económico, que burlan las leyes sociales, que crean empresas de contratación externalizada para burlar las leyes laborales, los que crean cotidianamente condiciones de desigualdad, son los que hacen día a día el proyecto de hegemonía confesional.
Pero, no por ello el confesionalismo abandona la influencia que ejerce sobre instancias del Estado que considera su feudo particular. Verbigracia, las FF.AA.,
teniendo en el Ejército y en la Armada a verdaderos enclaves de determinismo confesional. Es un hecho que, para acceder a la condición de Oficial General – Generales y Almirantes -, las juntas calificadoras de esas ramas tienen como condición no escrita que sean ascendidos solo oficiales con un fuerte compromiso católico. ¿Con que derecho, si son instituciones que pertenecen a todos los chilenos y a la diversidad que compone la chilenidad? ¿Con que derecho en las naves de la Armada hay imágenes y altares que responden a una sola visión religiosa y hace sinonímica la condición de oficial con la de creyente católico? ¿Con que derecho actúo el general Cheyre durante la tragedia de Antuco, haciendo gala de su opción religiosa, por sobre los hombres a su mando, que en su gran mayoría no respondían a ese credo?
Para entender la determinante presencia actual del poder confesional sobre el Estado, no solo debemos considerar que deviene de lo que fue la acción de la dictadura y su modelo económico-social, y de quienes han controlado la economía chilena, sino también del proceso de transición a la democracia. Es un hecho que, así como hubo una parte de la Iglesia Católica que validó la dictadura, también hubo otra parte que se le opuso – aquella más vinculada al Concilio Vaticano II -, liderada por la enorme figura moral del Cardenal Silva Henríquez, la que consolidó lazos con las fuerzas que realizaron la democratización.
Así, el sello de los gobiernos de la Concertación ha estado marcado por la influencia de un sector del clero, que tiene profundas raíces con aquel sector de la clase política que llevó a cabo la transición, y que muchos han calificado como un “partido transversal”, donde están personeros de los distintos partidos concertacionistas. Ese núcleo dirigente ha sido ampliamente receptivo a las influencias clericales, antes que a los poderes fácticos del confesionalismo, pero, que, por la misma influencia de determinados clérigos, se convierte también en un posicionamiento del talante confesional.
Aun así, debemos reconocer la existencia de una parte importante de la clase política, que se define en términos valóricos como “humanista laico”. De hecho, en una entrevista a un periódico, durante la campaña presidencial de 2005, la ahora Presidente de la República, Michelle Bachelet, señalaría su referencia valórica en el humanismo laico.
Es importante reconocer y potenciar esas posiciones, sobre todo cuando se avecinan debates significativos en torno a la agenda valórica, que tienen que ver con los métodos anticonceptivos de emergencia, con la ley sobre el genoma humano y la clonación, con la discusión sobre la fertilización y la concepción, la criopreservación; los derechos de las minorías sexuales, etc. Un universo de temas que requieren de una posición valórica, donde el confesionalismo está dispuesto a mover todo su poder e
influencia para imponer los rígidos parámetros de su particular opción de conciencia a toda la sociedad.
6. Palabras finales.
Por lo tanto, no debemos llamarnos a engaño. Nuestra responsabilidad es promover el laicismo, asentarlo como práctica social, deslindar el dogmatismo, contener las visiones hegemónicas unilaterales, pluralizar las miradas en un marco de auténtica tolerancia. Esto significa que no debemos convertir el laicismo en un producto intelectual de consumo interno, en un tema especulativo que favorezca cualquier calistenia anticlerical.
Lejos de ello, la tarea es asumir actividades significativas y evidentes, que favorezcan la laicización de nuestra sociedad, de todas las instituciones del Estado, de todos los espacios en que se hace sociedad, en que se recrea la condición de país, de comunidad nacional. Impedir que las políticas públicas se tiñan con determinados acentos confesionales es una tarea cotidiana, sobre todo con la actual agenda valórica que entra en discusión de un modo relevante, en un país que ha superado los traumas de su transición a la democracia.
Los grandes temas de la democracia, en los próximos años, estarán marcados por discusiones valóricas, de allí que movimientizar el laicismo es un requisito fundamental, para poner a raya las visiones hegemónicas que la dictadura y las limitaciones de la transición democrática
tanto favorecieron. En ese esfuerzo, el laicismo debe constituir el afluente ético que riegue de ideas y de conductores, a quienes requieran de luz, frente a las controversias valóricas de este tiempo, producto de la oscuridad que impone el confesionalismo.
No es una controversia que tenga solo que ver con nuestra realidad nacional, sino que se expresa en gran parte de la realidad occidental. No nos olvidemos lo que ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos, donde la clase política también ha estado hegemonizada por concepciones religiosas sectarias, que llevan a una visión hegemónica y excluyente, que busca denodadamente imponer su empoderamiento de un modo contrario a toda concepción pluralista y democrática.
La defensa y promoción del laicismo, tiene que ver, entonces, con una concepción de sociedad que es mucho más amplia que el sesgo coyuntural y particular que algunos pretenden darle, y que está demasiado presente en el debate postmoderno. Puede que su motivación sea de antigua data, pero, lo añejo que algunos pretenden imputarle, no oculta sino de desidia o la ignorancia frente a lo que realmente está en juego: la libertad espiritual del hombre.
LA PERNICIOSA RELACIÓN
ENTRE RELIGIÓN Y POLÍTICA.
Artículo publicado en el diario digital “Voz al Mundo” en Agosto de 2006.
La estrecha relación de la religión con la política, ha sido la causa de dolorosos y permanentes episodios en la historia de la Humanidad y en todas las civilizaciones. Con recurrencia, a través de los siglos, en muchos momentos, siempre ha ocurrido que, cuando las motivaciones religiosas trastocan en opciones políticas, terminan ahogando las libertades y desencadenan la violencia y la confrontación irracional. No solo la historia post-renacentista europea es una demostración de ello, con aquellas guerras religiosas que produjeron tantas muertes y desolación. Los ejemplos abundan en todas las épocas y en todos los lugares del planeta.
Dentro de las argumentaciones que relacionan la religión con la política, en torno a objetivos hegemónicos, es difícil discernir cual se sirve de la otra para sus propósitos. Siendo procesos de discernimiento que pasan por la conciencia de quienes actúan vinculados a ambos
factores, es muy difícil determinar si el religioso se vuelve político para imponer la hegemonía de su fe, o si es el político el que se vuelve religioso para consolidar ideas fuerzas que logren consolidar su pretensión hegemónica.
Es un hecho, efectivamente, que el factor religioso reditúa efectos políticos significativos. El discurso religioso es un mensaje de fácil comprensión, confiable, que no requiere esfuerzos intelectivos, y que produce un efecto galvanizador en lo social, sobre fundamentos sencillos y directos. Hay pocos conjuntos de ideas que tengan efectos aglutinadores tan inmediatos y relevantes en el actuar gregario, como lo que ocurre con el mensaje religioso.
Frente a ello, en las últimas décadas, la civilización occidental ha sido testigo de mucha reflexión sobre la exacerbada relación entre política y religión, a partir de la irrupción del fundamentalismo islámico y el derrame integrista por todo el Medio Oriente, y que insufla a innumerables grupos políticos violentos en el espacio geográfico que detenta las más importantes y estratégicas reservas petroleras del mundo. Sin embargo, poco se ha escrito y reflexionado sobre la estrecha relación entre la religión y política que se ha dado contemporáneamente en el hemisferio occidental.
De allí que el libro “The Mighty and The Almighty.
Reflections on América, God and World Affairs”, escrito
por Madeleine Albright, constituye un relevante aporte a la reflexión sobre esa promiscua relación, y los efectos que
ello tiene en el mundo de hoy. Publicado hace poco, es un significativo aporte para constatar los efectos del absolutismo religioso en la política mundial, a partir del compromiso confesional del Presidente Bush y del grupo que forma parte de su gobierno.
No debe pensarse que la autora sea parte de la tradición laicista de la intelectualidad norteamericana, ya que, por el contrario, ha sostenido una crítica a las tradiciones laicas europeas, a las que considera un obstáculo para la libertad de culto. De allí que su opinión sea muy importante, sobre todo porque fue parte de gobiernos de Presidentes activamente confesionales.
Albright, que fuera Embajadora y Secretaria de Estado del gobierno de Clinton, expresa sus aprehensiones por la forma como el actual Presidente norteamericano mezcla sus creencias religiosas con sus decisiones políticas, y como establece su a partir de ellas sus categóricas concepciones sobre el bien y el mal.
Bush se considera depositario de una verdad absoluta y no oculta la importancia que tienen sus creencias religiosas en sus decisiones de gobierno. Algunas de sus aseveraciones confesionales han sido señalar que Dios le aconsejó realizar la invasión a Irak, o que Dios deseaba su elección como Presidente de la Unión.
No distantes de aquellas expresiones, Bush padre ha sostenido la idea que EE.UU. es el “segundo pueblo
elegido”, mientras la derecha conservadora que sostiene al
exterior, que se fundamenta en una retórica cristiana profundamente radical, que se sustenta en la afirmación de que EE.UU. tiene una misión asignada por Dios, para proteger la libertad y la democracia en el mundo. Un senador de esa corriente, Albert Beveridge, sostenía ya en 1998, que Dios le había asignado a EE.UU. un papel relevante en la historia del mundo. Estas aseveraciones han estimulado el absolutismo religioso de Bush, llevándolo a cometer los peores desastres de la política exterior norteamericana, según Albright.
La crítica y las evidencias de los planteamientos del libro, tienen una profundidad indiscutible, considerando que su autora valora la potencialidad cultural y el impacto social de las creencias religiosas, cuando entran en sana relación con la política. Ella sostiene la imposibilidad de separar la religión de la política, y valora esa asociación cuando se utiliza de un modo correcto, lo cual, sostiene, tiene una positiva incidencia moralizadora que favorece la justicia y la paz.
La conclusión que podemos sacar, es que el libro permite una mejor comprensión de la política seguida por la principal potencia mundial, permitiendo entender los fundamentos que han llevado al debilitamiento de la política internacional, producto de la polarización que impone una concepción fundada en comprensiones confesionales absolutas, cuyo efecto ha sido pernicioso para la paz mundial y para la resolución negociada de los conflictos.
LAICIDAD Y LAICISMO,
SIN DISTORSIONES.
Artículo publicado en el diario digital “Voz al Mundo” en Julio de 2007.
De un tiempo a este parte, el Papa Ratzinger ha entrado a un confuso debate lingüístico, precisando una supuesta diferencia de propósitos y formas entre “laicismo” y “laicidad”. Así, verbigracia, en un discurso ante un grupo de juristas católicos, el pasado 09 de diciembre de 2006, expresó: “En el mundo de hoy, la laicidad se entiende de
varias maneras: no existe una sola laicidad, sino diversas, o mejor dicho, existen múltiples maneras de entender y vivir la laicidad, maneras a veces opuestas e incluso contradictorias entre sí” (www.corazones.org).
Por cierto, la afirmación no puede ser más confusa, pero se explica en el contexto de una tendencia que la jerarquía católica trata de establecer entre laicismo y laicidad, entendiendo al primero como una hostilidad o una indiferencia tendenciosa contra la religión; y al segundo, como un respeto o un talante de aceptación validante entre
el Estado y la Iglesia, fundamentado en una indefinida autonomía de cada parte.
Frente a lo expuesto en esa reunión con juristas católicos, hay algunos comentarios que hacer, ante lo que supongo no es un acto de mera disquisición lingüística del Papa Ratzinger, y que inducen a una confusión a su comunidad de creyentes y a quienes no han manifestado una madura reflexión sobre la penetración de las confesiones en cuestiones del poder temporal.
Es bueno tener la cercana referencia de las consecuencias que son posibles de percibir en aquellos países, donde la vinculación clerical musulmana ha penetrado las instituciones políticas y sociales, produciendo una hegemonía sobre el Estado y la sociedad civil, que ha destruido las libertades y los derechos de las personas. La herencia de Ruhollah Khomeini y su impacto en la hegemonía política de los clérigos, es un tema que ha convulsionado a una buena parte de Asia y África, con consecuencias dolorosas para naciones y pueblos.
Mirando nuestra historia Occidental, no es tan lejana la participación de los clérigos católicos, por más de un milenio, en una dolorosa historia que tuvo su epicentro en Europa, con no pocos efectos en América, que puede constatarse en un tránsito de guerras y persecuciones de distantes propósitos de fe, sin siquiera recurrir al extremo expediente de la Inquisición.
Si hubo una corrección en el mundo occidental, ante la pertinaz influencia del clero en las estructuras de poder
de las sociedades y naciones, debe reconocerse que ello fue posible en la medida que se impuso en la conciencia de la sociedad civil la necesidad de la laicización de las estructuras de poder, y por la acción de una sana doctrina que tuvo la virtud de hacerlo posible: el laicismo.
Si hay laicidad en las sociedades más libres y consolidadas institucionalmente, fue porque esa doctrina supo hacerse realidad en la voluntad de los hombres que protagonizaron la lucha por la emancipación respecto de la tuición clerical, lo que John A. Hall, evalúa como un complejo balance entre el consenso y el conflicto, construido de manera penosa a lo largo de los siglos XVII y XVIII en Europa, donde la sociedad civil vino a ser el resultado de la separación entre el poder ideológico y el poder político, producido por la separación entre la Iglesia y el Estado.
En fin, lo que Ernest Gellner llama la derrota de las pretensiones moral-imperialistas de la Iglesia Católica y el surgimiento de espacios de tolerancia religiosa, donde la crítica a la religión dominante creó la tradición cultural de la reflexividad y la valoración de la autonomía y la capacidad individual, en contraposición a la conformidad pasiva a las reglas político-religiosas.
El laicismo no es un ideología como pretende tipificarla el Papa Ratzinger, tal como lo hiciera su antecesor, quien planteara, luego de la caída del muro de Berlín, que derrumbado el comunismo ateo, la tarea era hacer lo propio con el laicismo.
El laicismo, seamos objetivos, es una doctrina sin la cual no habría laicidad. Esta última es una consecuencia, el hecho, el efecto, que se desprende de la aplicación de la doctrina. Por lo mismo, pretender que la laicidad sea solo expresable en el ámbito de relación Estado-Iglesia es una mirada extraordinariamente reduccionista, ya que una efectiva laicidad abarca también su correspondencia en la sociedad civil y en el mercado.
Una sociedad donde existe una efectiva laicidad, es aquella en que opera la libre concurrencia de las diversas opciones de conciencia, no solo aquellas relativas a las confesiones, y donde ninguna de ella tiene el privilegio para sobreponerse hegemónicamente, para desde allí imponer formas de exclusión.
En años recientes, por ejemplo, en Chile hemos tenido una pertinaz acción de la Iglesia Católica, que quiere imponer sus puntos de vista a toda la sociedad, a través de presiones y cuestionamientos a todo aquello que busque garantizar los derechos a la diversidad y a la libertad de conciencia. Recordemos, por ejemplo, las presiones e intervención clerical en torno a la discusión de la ley de divorcio o más recientemente, en torno al uso en políticas de salud públicas de la píldora del día después.
En un plano más global, ¿acaso no fue un planteamiento del Papa Ratzinger, hace unas pocas semanas, que planteaba un principio que irrumpe contra cualquier perspectiva de respeto confesional, al señalar que la Iglesia católica "es la única Iglesia de Cristo" y el Papa
debe ser aceptado como autoridad suprema por todos los cristianos, agregando que las iglesias ortodoxas orientales y las "comunidades" protestantes no son siquiera iglesias y que permanecen apartadas de la verdad? ¿Eso es lo que explica formas distintas de vivir la laicidad o las distintas formas de entenderla?
Desde luego, toda religión está en su derecho a proclamar su credo, cuestión que el laicismo reconoce como condición inalienable de la libertad de conciencia, y que la laicidad debe hacer tangible en el medio social. La laicidad, como acción, como hecho, como materialización del laicismo, no niega el derecho de las confesiones a la interpelación moral, pero, valida la igualdad de derechos a todas y a cada una, pero, también garantiza el derecho de quienes no tienen la obligación de sentirse interpelados por confesión alguna.
Para ello, la institucionalidad del Estado y la práctica de convivencia de la sociedad civil, tienen que crear los medios y las formas que garanticen la igualdad de derechos y la libre exposición de las ideas, pero, especialmente, el resguardo de las opciones de conciencia. Eso es laicidad.
Corresponde a quienes sustentamos la doctrina del laicismo, promover y coadyuvar para que ello sea posible. Quien acuse al laicismo de otras perspectivas o intensiones que no sean estas, es querer poner en entredicho su evidencia concreta de tangibilización social e institucional, que se manifiesta en el vocablo “laicidad”.
LAICIDAD Y LAICISMO,
SIN DISTORSIONES (2).
Artículo publicado en el diario digital “Voz al Mundo” en Julio de 2007.
Hace algunos días, leía un mensaje de Agustín García-Gasco, arzobispo de Valencia, aparentemente dirigido a los files de su arquidiócesis en el año 2005, pero, que, dado su disponibilidad en Internet, le da una condición vigente, más aún con el planteamiento realizado por el Papa Ratzinger hace solo un semestre ante un grupo de juristas. Por lo demás se trata de una distorsión que ha venido presentándose como estrategia, especialmente en España y Francia, frente a las políticas gubernamentales que pretenden corregir los problemas derivados del uso nocivo de la fe, para fines estrictamente políticos.
¿Qué dijo Agustín, arzobispo de Valencia, como gusta de firmar? “Laicidad si, laicismo no” (www.archivalencia.org).
Como monseñor es español y un hombre culto, no cabe duda que su afirmación es claramente política, al
punto de querer burlar las reglas de nuestra lengua, para imponer una distorsión en la comprensión de las gentes, que sea ideológicamente utilizada por quienes se incomodan con la ola de sentido común, que insufla la profundización democrática de Europa.
Por cierto, quienes usamos el lenguaje de Cervantes, sabemos que el sufijo “dad”, implica y está relacionada siempre con una cualidad, en los sustantivos abstractos que derivan de adjetivos. La regla se aplica en los casos de palabras con dos sílabas, con la forma “idad”.
En el caso de “laicidad”, hablamos de un sustantivo abstracto, derivado del adjetivo “laico”, acepción que en nuestra lengua señala define a aquel o aquello que “es independiente del cualquier organización o confesión religiosa”. No se refiere a aquel o aquello que “no es religioso”, como gustan de decir los sacerdotes católicos, sino que a aquel o aquello que “es independiente” de lo religioso, e “independiente” en nuestra lengua es aquel o aquello que “no tiene dependencia, que no depende de otro”, que es “autónomo”, “que puede sostener sus derechos u opiniones sin intervención ajena”.
El verbo “laicizar” implica “hacer laico o independiente de toda influencia religiosa”, por lo cual, cuando laicizo estoy realizando una acción para que algo o alguien sea independiente de toda influencia religiosa. Quien realiza esa acción es un “laicista”, es decir, alguien que sostiene fundamentos y propósitos basados en el “laicismo”, concepto o “doctrina que defiende la
independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”.
Lo que busca el laicismo es una sociedad laica o un Estado laico, es decir, que impere de manera significativa la “laicidad”, calidad que caracteriza a una institución o institucionalidad que se ha liberado de la tuición confesional, para garantizar, desde esa condición, la libre existencia de los credos, y la capacidad individual y colectiva de actuar de acuerdo a lo que la libre exposición de ideas establece como consenso social.
Es cierto que la acepción “laicidad” aún tiene una condición de neologismo, puesto que aún no adquiere presencia oficial en el diccionario de nuestra lengua, pero, ello no impide aplicar la regla de la gramática normativa española Por lo demás, en Francia, el uso del concepto
“laicité” es de antiguo uso, que, para efectos prácticos,
epistemológicamente tiene amplia validez para el conocimiento contemporáneo.
Entonces, frente a las afirmaciones de Agustín, arzobispo de Valencia, y las de los propugnadores católicos de una estrategia distorsionadora, que apunta a confundir a las personas comunes y corrientes, usurpando a la doctrina laicista el uso de sus conceptos para hacerlos ambiguos e invalidantes, lo que corresponde es poner las palabras en sus justos términos.
Cuando los sacerdotes llaman laicos a los seglares, están haciendo un uso mañoso del concepto, porque un