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II. MARCO TEÓRICO

1. MORAL FUNDAMENTAL

1.3. El discernimiento

“…no os acomodéis al mundo presente,

antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios:

lo bueno, lo agradable, lo perfecto”

(Rm 12,2)

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Si hasta el momento se ha dicho que para el estudio o acercamiento a la moral fundamental es necesario partir de una base antropológica sólida, que permita concretizar la unicidad del individuo, desde su condición natural entre lo humano y lo divino como

participación gratuita de su Creador y que además cuenta con la facultad de formar y dejarse formar en su conciencia la cual va permitiendo adquirir identidad propia de acuerdo a su comportamiento tanto personal como comunitario. Es oportuno entonces, abordar el

discernimiento como la categoría que ayuda a trazar un derrotero que facilita generar procesos de acción mediante un camino coherente del actuar del ser humano, especialmente el cristiano.

Esta metodología quizá no es muy reciente, porque en el cristianismo ya se puede vislumbrar en el apóstol Pablo y su afán de enfatizar la acción del Resucitado en todo aquel que se adhiere a la fe en Cristo Jesús, de aquí su insistencia especialmente en la carta a los Gálatas a que se reconozca que el ser humano ha sido llamado a ser libre y que en función de ello Cristo ha realizado su obra salvífica (Cfr. Gal 5,1.13-18)33, pero no solo el gran apóstol, sino en la

tradición de la Iglesia encontramos muchos hombres y mujeres que se valieron de esta

metodología para buscar la unicidad con el creador y hacer partícipes a sus condiscípulos de este camino espiritual entre ellos Santo Tomas de Aquino, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, pero en especial San Ignacio de Loyola.

331Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la

esclavitud. 13 Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto

para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros. 14 Pues toda la ley alcanza su plenitud en

este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo…18 Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo

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Si bien es cierto, San Ignacio de Loyola, uno de los grandes maestros en cuanto a discernimiento se refiere, titula su autobiografía como el peregrino, no solamente por sus múltiples viajes a otras tierras sino que introduce de inmediato a su experiencia de búsqueda interior constante de lo que a Dios agrada, lo bueno, lo perfecto, según lo dice el apóstol Pablo en su carta a los Romanos (Cfr. Rm 12,2), es por eso que la espiritualidad ignaciana da un lugar privilegiado a la metodología del discernimiento en cuanto que ayuda al ser humano a progresar en su conciencia moral y por ende en su buen obrar.

En su escrito Moral fundamental, discernimiento cristiano Misfud, S.J (2002), adopta y presenta en tres tiempos el proceso de discernimiento ignaciano donde se dice:

el primer tiempo es cuando Dios mueve y atrae la voluntad humana de tal manera que no cabe duda sobre el camino a elegir como en el caso de san Pablo y san Mateo. El segundo tiempo es cuando se tiene claridad y conocimiento del camino a elegir mediante la experiencia de la consolación y de la desolación y por la experiencia de la discreción de varios espíritus. El tercer tiempo es tranquilo

(…), considerando primero para qué nació el hombre (…), y deseando elegir una vida o un estado dentro de los límites de la Iglesia para que sea ayudado en servicio de su Señor y salvación de su alma ( p. 585).

Estos tres tiempos presentados por el autor van unidos a los tres niveles de la existencia humana, como son, el hombre en relación con Dios, consigo mismo, y con el mundo. Hay que concebir el discernimiento no como algo que se logra de una vez por todas sino que es un proceso que constantemente está siendo realizado por el ser humano especialmente el cristiano que busca en esta metodología configurarse cada vez más con Cristo Jesús y desde ahí, poder obrar según la voluntad o querer de Dios.

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López (como se citó en Misfud, 2002) escribe que para generar discernimiento se

requieren unas condiciones básicas para llevar a cabo el ejercicio, como son: “estar en proceso de

conversión, adquirir una nueva mentalidad, ser contemplativos en la acción, mantener una actitud de apertura, tener una recta intención, estar atentos a los frutos del espíritu, la

confirmación de la vida diaria y se ha de estar dentro de la comunidad de creyentes” (pp. 590- 591) Todas ellas se pueden identificar con las actitudes que debe tener todo educador y que permitiría entender su papel formador en la conciencia de sus educandos.

Se puede decir también que el discernimiento versa siguiendo la tradición tomista, sobre tres etapas: la deliberación, el juicio y la actuación, estas tres etapas ofrecen una clara visión de lo que se busca con el discernimiento, más que alcanzar un fin lo que pretende hacer es mostrar el camino a seguir para llevar a cabo la voluntad del Trascendente, que se va develando a medida que se va madurando.

Así mismo, Misfud (2002) afirma que:

La formulación del discernimiento como reflexión sistemática de la teología tiene un triple referente, el objeto, es la realidad misma en cuanto que su reflexión se realiza a partir de y en función de ella; la perspectiva, es desde Dios en la persona de Jesús el Cristo, definiendo lo cristiano en la

formulación ética; y el contexto del discernimiento es la comunidad misma en su formulación de Iglesia como pueblo de Dios y en cuanto al método discerniente en la elaboración del discurso ético el autor propone formularse desde el mirar-iluminar-proponer y evaluar haciendo consonancia con el método teológico del ver juzgar y actuar (p. 598).

El discernimiento se constituye de este modo, en un garante del buen obrar del ser humano especialmente el cristiano ya que tiene en cuenta no el fin, sino el proceso que lleva a realizar dicho fin, encarnando las situaciones en contextos reales mediante su mediación entre la

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razón y la acción, permitiendo con esto una unicidad de proceder en el ser humano de acuerdo a su condición de filiación con sus semejantes en relación con la divinidad. En sintonía con estos tres referentes y para una mejor apropiación de un discernimiento, se puede pensar en una dimensión celebrativa en la cual lo individual y lo comunitario se relacionan y se enriquecen, ya que en el compartir mismo de las experiencias individuales y las comunitarias se hace una revisión y actualización de las comprensiones que se tienen, logrando también un cierto carácter de validez.

Ahora bien, si se ha dicho hasta el momento que el discernimiento tiene por objeto llevar al ser humano especialmente al cristiano a obrar según la voluntad o querer de Dios y que su procedimiento le permite asociar lo reflexionado con lo vivido por el individuo en una comunidad concreta, se puede concluir diciendo que el ser humano, enfáticamente el cristiano, ha de apoyarse en ésta metodología con el fin de vivir a plenitud su humanidad en relación con su ser creador, sin ser ni sentirse ajeno a su condición de hombre y el desarrollo que se genera en

su estructura de “Ser” que constantemente está aprendiendo a través de los avatares de la vida especialmente de aquellos que no hace conscientes, es por ello necesario que se aborde

seguidamente el desarrollo moral en cuanto que ofrece una perspectiva de proceso llevado a cabo por el ser humano en cuanto que esencialmente es un ser relacionado con sus semejantes y con el mundo que lo rodea y en ellos con su Creador.