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El efecto simpático:

In document Manual para una vida de pareja feliz (página 46-51)

Vamos ahora a agregar algunas conclusiones encontradas dentro de uno de los procesos investigativos sobre las diferentes áreas que tienen que ver con la comunicación entre los seres humanos.

Si es usted mujer, imagine que Brad Pitt, George Clooney, Mel Gibson o alguien parecido a uno u otro se acerca hasta usted para, con su mejor sonrisa, solicitarle que por favor le ayude a encontrar esta dirección. Si es usted hombre, imagínese a Pamela Anderson, Julia Roberts, Angelina Jolie o a otra espectacular mujer parecida a cualquiera de ellas en la misma situación descrita…

¿No se convertiría usted en un montón de gelatina alucinada de boca abierta, ojos extasiados y rodillas temblorosas mientras jura que nunca jamás volverá a lavarse la mejilla donde este personaje le ha dado “un piquito” para agradecer su gentileza?

Vamos un poco más allá: este personaje, hombre o mujer, le ha solicitado que… por favor, ¿no podría usted acompañarme en mi Ferrari? Mercedes? o limusina a fin de que no vaya a extraviarme en el camino?

¿No se convertiría usted en el fan número uno, y en el o la enamorada perdida e incondicional de cualesquiera de estos personajes? ¿No se sentiría usted flotando entre nubes durante las siguientes seis horas? ¿No recordaría usted detalladamente y repetiría en forma incansable cada una de las palabras que aquella persona le haya dirigido mientras le sonreía con esa sonrisa que… usted no es capaz de definir?

Y lo más importante: ¿No se olvidaría usted hasta de su propio apellido durante los minutos que estuviera junto a esta personalidad? ¡Ah! ¿No es cierto que no le prestaría ni la más mínima atención a las personas que le ruegan que, por favor, quite ya de su rostro esa jartísima sonrisa embelesada?

Es más, algunas horas después, alguien por fin, le hará caer en cuenta de que usted olvidó hacia donde se dirigía en el momento en que fue felizmente abordado, y por ese olvido… mañana temprano le van a cortar el servicio telefónico y a su hijo lo devolverán del colegio pues ayer era el último plazo disponible para pagar la pensión; ah! y su jefe está furioso ya que ¿Cómo es posible que se le haya olvidado hacer esa consignación tan importante?

Vamos a cambiar de escenario pero no de escena. Es sólo que esta vez en lugar de aquel o aquella persona tan atractiva y famosa, quien se le acerca es una tía solterona bajita y regordeta que hace poco se hizo teñir su cabello de un extraño tinte verdoso, o aquel vecino obeso que presume de que toca bien la batería, sobre todo con dos o tres traguitos encima; o la flaquita aquella, la de los lentes gruesos y las orejas sobresalientes…. Y le solicita que si, por favor, ¿le puede acompañar a ubicar esta dirección?

Y usted con todas esas diligencias que tiene pendientes y sin poder disponer de un solo minuto, que ojalá tuviera tiempito y que con el mayor gusto le acompañaría pero que…

Para ampliar un poco más la idea que queremos plantearles permítannos ahora una anécdota: hace algunos años compartíamos un espacio de trabajo con aproximadamente otras doce personas más, cada mañana uno de aquellos compañeros de trabajo hacía su entrada con una gran sonrisa y preguntándonos a los que habíamos llegado antes que si ya conocíamos el último chiste, el cual procedía a contarnos sin esperar respuesta. Más de la mitad de los presentes solíamos terminar acompañándole en sus sonoras risotadas, mientras algunos dos o tres más fruncían el seño, y se fingían concentrados en sus respectivas tareas.

Algún día nos dimos a la tarea de analizar un poco la razón de los que se molestaban un poco con la simpatía de aquel colega, y encontramos que mientras algunos nos referíamos a él como una persona gratamente extrovertida, de contagioso buen humor,

evidentemente feliz y con un deseo gustoso por compartir, otros lo definían como: una persona poco seria, que no se concentra en su trabajo, que tiene más de payaso que de profesional… y otras cosas parecidas. ¿Cómo es esto posible? Cómo una misma

persona puede generar reacciones tan contradictorias y decididamente opuestas?

Definitivamente, cada reacción depende de lo que cada persona tiene adentro. Esto significa: lo que esa persona que usted tiene delante de sus ojos, o lo que su pareja le hace sentir, le provoca o le inspira… depende de usted mismo.

Si lo que tenemos delante de nuestros ojos es una mujer bellísima, culta e inteligente, o un hombre especialmente atractivo, de gran carisma y simpatía, es fácil imaginar que sentiremos una grata disposición y una marcada inclinación a escucharle, atenderle, servirle, colaborarle, acompañarle, creerle, admirarle y casi, casi a obedecerle. ¡Es tan difícil decirles que no!

Pero si la persona que tenemos ante nosotros, nos ha generado alguna molestia, disgusto, incomodidad o enojo, y si además no tiene, o no le reconocemos, ningún atractivo que nos incline a su favor, sentimos automática e instantáneamente una inclinación a no aceptarle, a no tener tiempo para compartirle, no nos interesa lo que tenga para decirnos, de todas maneras no le vamos a prestar atención y definitivamente no vamos a creerle nada de lo que diga.

Y a esta persona no le vamos a creer, casi sin evaluar si lo que dice es cierto, importante o útil de alguna manera. Sencillamente estamos cerrados para ella.

Pero, tampoco vamos a evaluar ni analizar lo que aquella persona simpática y atractiva nos está diciendo, la respuesta instintiva e inmediata es sí, independientemente del valor de lo que diga.

Es fácil entender que esto influye decididamente en nuestra comunicación. Si la persona con quien estamos hablando goza de nuestra aceptación y simpatía, si estamos contentos y felices de tenerle a nuestro lado… puede ser muy importante cualquier cosa que quiera compartirnos, le escucharemos con atención y aceptación. Esta buena comunicación no necesariamente dependerá de la capacidad de exposición

de nuestro interlocutor, como estamos tan abiertos de corazón y de mente, la información fluirá.

En cambio si esta persona, nuestra pareja, nos ha generado algún enojo últimamente, si no pasamos por un buen momento de nuestra relación, si estamos molestos u ofendidos con ella… nada de lo que nos diga nos parecerá lógico, importante ni entendible, no la escuchamos con empatía. Esta deficiente comunicación no depende de la capacidad de exposición de la persona interlocutora, depende de que su información no nos llega de manera entendible ni aceptable. Estamos cerrados e impenetrables.

Por consiguiente, debemos analizar si no nos estamos comunicando debido a deficiencias en las vías comunicacionales o en las afectivas. Será importante descubrir si no nos llega la información a través de los oídos o no nos fluye el mensaje a través del corazón. ¿Como dice el refrán? “No hay peor ciego que el que no quiere ver, no

hay peor sordo que el que no quiere oír”.

Conclusión: No vamos a poder comunicarnos, integrarnos, entendernos, razonar, aclarar ni negociar positivamente nuestras diferencias si no logramos desarmar nuestros corazones, deponer nuestros resentimientos y abrir el corazón al diálogo.

Y para entrar en la recta final de este importantísimo capítulo, piense y considere lo siguiente: no necesariamente su pareja le puede estar entendiendo mal por falta de Buena Voluntad. También es posible que usted no se esté comunicando adecuadamente. Es mucho más fácil pensar que la otra persona no quiere entendernos que cargar con la responsabilidad de que no sabemos hacernos entender. ¿Tiene usted alguna razón para pensar que sabe comunicarse con exactitud, increíble fluidez y absoluta claridad? ¿Tiene usted alguna clave que le permita asegurarse de que siempre utiliza las palabras, la composición de ideas, la argumentación y el tono de voz exacto para que su pareja le escuche con la debida atención y sobre todo, con total entendimiento? No ¿verdad? Entonces ¿por qué no se arriesga a que la falta de comunicación y entendimiento con su pareja puede ser algo que usted mismo podría mejorar, sin pretender que sea la otra persona la que deba hacer algo?

¡Es que se lo he repetido hasta el cansancio! ¡Le he dicho una y mil veces! ¿En que idioma se supone que debo hablarle a usted para que me entienda? Si alguna vez

usted ha utilizado estas frases u otras similares, permítanos informarle que cada una de ellas, y las que se les parecen, son inhibidoras, bloqueadoras, obstaculizadoras y destructoras de mecanismos de comunicación.

Si usted realmente sabe comunicarse, si se esfuerza un poco por mejorar sus hábitos de comunicación, si pone su corazón, su buena fe, y toda su mejor Buena Voluntad al

servicio de su comunicación, jamás tendrá necesidad de utilizar estas frases, ni ninguna que se les parezca.

Por lo aquí expuesto, es por lo que queremos concluir este importante capítulo con un razonamiento que le sugerimos tomar en consideración y asumir con responsabilidad: “Si realmente usted quiere comunicarse con su pareja, podrá encontrar

excelentes recursos para poder hacerlo relativamente fácil. Si usted no logra comunicarse con la inteligencia y con el corazón de su pareja… no es un problema de comunicación, es un problema de amor, de afecto, de verdadero interés y de buena voluntad”.

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Extracto del libro “Emociones que hieren” de Maria Jesús Álava Reyes. Psi. - Pág: 24 – Círculo de Lectores. 2005.

Aprender a dominar la comunicación y las relaciones personales. Si no aprendemos a comunicarnos bien, es imposible que seamos suficientemente felices.

Resulta paradójico, nacemos sabiendo comunicarnos y, a medida que crecemos, cada vez somos más torpes en nuestra comunicación.

Ya hemos comentado que comunicar no es hablar; a veces el lenguaje lo único que consigue es confundir, más que aclarar o transmitir.

Nos comunicamos con todo nuestro cuerpo, pero parece que solo prestamos atención a lo que se dice con palabras. Sin pretenderlo ¡cómo empobrecemos nuestra comunicación!

Muchas personas apenas se atreven a mirar de frente o lo hacen de forma impertinente; no tocan a los demás o tocan demasiado, chillan en lugar de conversar; utilizan un tono monocorde y aburrido, sin enfatizar, resaltar ni motivar. Al final, no consiguen comunicar, pero con frecuencia confunden su incapacidad para transmitir con la insatisfacción que les producen las respuestas de los demás; no son conscientes de que si ellos no se han comunicado en forma adecuada, difícilmente los otros pueden responder a lo que no han entendido.

Familias enteras son ejemplos permanentes de comunicaciones incorrectas, parejas que se quieren, personas que se agradan, amigos que intentan ayudarse. Todos sienten las dificultades de la comunicación; la impotencia ante esas barreras que se alzan en medio y terminan separando y distanciando lo que debería estar unido.

Cuántas veces vemos a nuestro alrededor discusiones absurdas. Personas enfrentadas sin darse cuenta de que quieren decir lo mismo, incapaces de escucharse y entenderse. Cuando somos observadores, nos resulta más sencillo ver los errores que cometen quienes nos rodean, pero, qué ¡incapacidad mostramos cuando actuamos en directo, cuando somos nosotros los actores!

Por muy claras que tengamos las ideas, por muy maduras que sean nuestras decisiones, por mucha objetividad que alcancen nuestros razonamientos, si no somos capaces de transmitir lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hemos elaborado, no nos habremos comunicado. De nada nos servirán los procesos previos, si fracasamos en el tramo final.

Podemos querer intensamente a una persona, pero si no somos capaces de trasmitírselo de forma clara e inequívoca, si no sabemos escuchar, observar y analizar objetivamente lo que la otra persona nos quiere comunicar, la relación fracasará. Y fracasará a pesar de que tengamos los sentimientos a favor, a pesar de nuestra firme determinación de seguir adelante pase lo que pase, a pesar de todo, no lo conseguiremos.

De la misma forma, no nos sentiremos bien en el trabajo o en los estudios. Aunque los compañeros que tengamos nos valoren y nos respeten; pero si no sabemos interpretar sus mensajes y transmitir adecuadamente los nuestros, de nuevo fracasaremos y nos confundiremos con argumentos absurdos y problemas surgidos de nuestras mentes, no de nuestros corazones.

Cualquier relación importante en nuestra vida podrá venirse abajo si previamente no hemos avanzado en ese maravilloso y difícil arte que es comunicarse bien.

¿Conviene que aprendamos a comunicarnos y a relacionarnos? No sólo es conveniente, es imprescindible, y cometeríamos un error imperdonable si no fuéramos capaces de otorgarle al tema la importancia que tiene.

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