John M Keynes (1937) * Introducción
6.2 EL EQUILIBRIO PROPUESTO POR LA NUEVA MACROECONOMETRÍA
ESTRUCTURAL (
NME)
Por principio de cuentas debemos señalar que la nueva econometría estructural (NEE) es la que define a la NME y es la que aquí adoptamos, y pretende conseguir –en todo momento– un equilibrio entre las siguientes entidades:
• Fortaleza de los argumentos provenientes de la teoría económica. • Búsqueda de utilidad social y científica de la práctica econométrica.
• Análisis de las características estadísticas particulares de cada serie involucrada en la es ti ma ción, con el fin de darle la debida importancia a la estructura de los datos en la prác ti ca econométrica.
• Seguimiento de una estrategia progresiva y rigurosa de estimación.
El trabajo (esfuerzo) econométrico consiste, pues, en transformar el modelo teórico en un modelo estimable que balancee los argumentos señalados. No puede subordinarse ninguno de ellos. De lo contrario, no se tendrá una buena aproximación al PGI y ello puede conducir a erro- res importantes en la inferencia y, en consecuencia, en la propuesta de políticas económicas. Estas características no le quitan a la econometría su carácter ad hoc –que a fin de cuentas es inevitable–, el cual fue totalmente aceptado por el mismo Hendry (1980: 26) al cuestionar seve- ramente a la econometría tradicional y compararla con la alquimia. Pero él mismo afirma que en la medida que se realicen las pruebas de correcta especificación que sugieran con un alto porcentaje de confianza que el modelo cumple con las exigencias de la econometría moderna, estaremos dentro de las exigencias del método científico.
Este enfoque plantea que la modelación macroeconométrica es una estrategia progre- siva de búsqueda8 y, por lo tanto, esencialmente dinámica que exige la contrastación de los
7 Mismos que se presentarán y discutirán al especificar sus ecuaciones constitutivas. 8 De ahí su carácter heurístico en los términos ya definidos.
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CAPÍTULO 6 Hacia una nueva econometría estructural
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modelos, cualquiera que sea su metodología, con el fin de detectar los malos modelos9 y producir otros cada vez mejores. En esta búsqueda de relaciones, esencial y naturalmente complejas, resulta indispensable la representación de un sistema económico a través de las ecuaciones necesarias.10 Esto es, la búsqueda actual no es contraria a la filosofía original de la CC en cuanto a que la comprensión de una realidad compleja requiere abordarla des- de el enfoque de sistemas, cuyos elementos están interrelacionados internamente y con el exterior. Lo que hace ahora es dotarla de mayor fuerza proveniente de la teoría estadística, con lo que presumiblemente tendrá mayores probabilidades de mejorar y aumentar sus alcances.
De los cuatro factores señalados que deben equilibrar la práctica econométrica, ya hemos tratado el primero. Los dos últimos serán el objetivo central de este capítulo, por lo que ahora conviene hacer algunas anotaciones sobre el segundo, el que se refiere a la utilidad social y científica de la práctica econométrica. Aquí defenderemos el principio de que, al igual que cualquier otra actividad humana, el trabajo científico debe tener o generar un beneficio directo o indirecto para la sociedad. En este sentido, defendemos la postura que aboga por la utilidad social en términos de que la ciencia potencialice la sobrevivencia planetaria y contribuya al mejoramiento de las condiciones generales de vida de todos los organismos existentes, en un contexto de equilibrio y sustentabilidad. La economía en general y la econometría en particular deben tener siempre un sentido claro de utilidad social, a partir de mantener un estatuto científico y humanístico. Lo ideal es que abarquen estos propósitos, aunque no es fácil. Pero no por ello deben perderse de vista.
No está de más decir que por el hecho de no haberse resuelto, ni con mucho, los prin- cipales problemas sociales y económicos que aquejan a la mayor parte de la población mundial, en los últimos años se ha cuestionado severamente la razón de ser de la ciencia económica y, sobre todo, de la econometría. Cassidy (op. cit.: 17) plantea que con frecuen- cia el público común y corriente critica el que muchos economistas estén involucrados en esfuerzos intelectuales que guardan poca relación con los problemas señalados. Por lo tanto, llega a ocurrir que el trabajo de investigación y en ocasiones también el de la práctica económica se reducen a un gigantesco y caro juego intelectual que se ha ganado fuertes cuestionamientos en cuanto a lo que se está haciendo en y por la disciplina, en particular con los recursos sociales que se le asignan. En este tenor, Cassidy (ibid.: 19) consigna que el célebre economista Gregory Mankiw considera que no hay correspondencia entre el financiamiento que se recibe en la profesión para hacer investigación y los progresos que ésta ha hecho para elevar el bienestar de la humanidad. Sin embargo, ello no debe con- ducirnos a concluir que lo mejor sería acabar con la investigación económica, sino a una profunda reflexión que conduzca a una reorientación fundamental.
La pregunta es, entonces, ¿quién define qué tipo de investigación es la adecuada y, por lo tanto, cuál debe ser financiada? ¿Es acaso sólo la que produce recomendaciones especí- ficas de política? ¿O, por el contrario, debe ser aquella que genera conocimiento básico sin ningún efecto aparente o inmediato sobre la realidad concreta?
Aun cuando no pretendemos aquí –de ninguna manera– perfilar respuesta alguna, lo importante es por lo menos tener presente que esta disyuntiva existe y se le plantea a los investigadores.
Sobre este difícil punto, Hendry (op. cit.) cita a Keynes: “Si el método no puede probar o desaprobar una teoría cualitativa y si no puede dar una guía cuantitativa al futuro ¿vale la pena? Por supuesto que no es una manera lúcida de describir el pasado” y nosotros añadiríamos que no sólo eso, sino que es inútil para actuar sobre el futuro, que es el que
9 En términos generales, podemos decir que es más fácil distinguir el error que obtener el acierto o, aún más,
hacer el aporte; asimismo, es más fácil detectar una mala metodología (o un mal modelo) que proponer una mejor.
10 No puede plantearse de antemano cuántas. Nuevamente, éste es un asunto pragmático que se resuelve
al hacer econometría, al tratar de responder las preguntas que va planteando la realidad o el modelo mismo.
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Econometría aplicadaen el sentido más elemental de sobrevivencia nos debe ocupar. Finalmente, alguien tiene que hacerlo.
Con frecuencia ocurre que en artículos académicos o en congresos científicos se con- fiesa que después de hacer diversas estimaciones (del tipo que sean, pero que impliquen algún grado de exigencia estadística o matemática) no se obtuvieron resultados concluyen- tes, lo que lleva a reflexionar sobre la pertinencia del esfuerzo y la financiación que se reci- bió para llevar a cabo el proyecto en cuestión. En último caso, la obtención de un resultado sólido es la única justificación de haber asignado tiempo y recursos. ¿Se puede decir, con honestidad, que hay alguna otra?
Sin embargo, tenemos que ser muy cuidadosos como para afirmar con contundencia que la no obtención del resultado buscado es necesariamente un fracaso. Bien podría ocu- rrir que en el proceso de investigación aparecieran cosas, resultados o datos no previstos que exigieran una explicación a partir de instrumentos, pruebas o metodologías diferentes a los planteados originalmente y que incluso no fueran conocidos por el investigador, lo cual obligara a realizar un aprendizaje forzado sobre la marcha que no concluyera felizmente. Pero también podría deberse a una mala práctica científica, econométrica en nuestro caso. También cabría pensar que, en muchos casos, estos no resultados o resultados negativos podrían deberse a que no se consideró la importancia del equilibrio propuesto y que, en su lugar, se privilegió uno o algunos de los cuatro argumentos ya mencionados. En este caso, y solamente en éste, el resultado negativo o el no resultado deben entenderse como algo inadecuado, producto de una mala práctica o de una metodología incorrecta. Tampoco está de más decir que con frecuencia se deben a sofisticaciones excesivas que muchas veces rebasan los requerimientos necesarios para cubrir el objetivo propuesto.11 Tal es el caso de la práctica sobrada que se pierde en el preciosismo de ciertas técnicas, sin considerar las propiedades y las estructuras reales que están detrás de los datos o también de la aplicación de hipótesis muy alejadas de lo que supone la realidad (el PGI) en cuestión.
En suma, el no resultado es un resultado que el analista tendrá que asumir, reflexionar y analizar con mucha profundidad, y que deberá discutirse ampliamente en la disciplina para probar su validez y de esta manera contribuir en el avance de nuestro conocimiento de las cosas.12 Frente a esta circunstancia, relativamente común en el trabajo aplicado, a decir de Pérez (1998: 85), es necesario proponer una economía y una econometría para actuar, que debe alejarse del “cientificismo a ultranza en que ha incurrido la profesión y que ha conducido a una cierta encefalitis económica, en la que la cabeza pensante se ha distraído en las más diversas elucubraciones y ha descuidado mandar instrucciones precisas para el movimiento de las terminales nerviosas que son las que finalmente generan actividad”.