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El escenario general: 1973-2013 Resurgimiento y apogeo del

VI. Estructura de la investigación

1.2. El contexto general y específico del período investigado

1.2.1. El escenario general: 1973-2013 Resurgimiento y apogeo del

neoliberalismo. El sistema global neoliberal

La investigación arranca en el año 1973, que puede considerarse un punto de inflexión histórico, por cuanto en dicho año comenzó la ―crisis del petróleo‖ —dando lugar al final de la ―edad de oro‖ de las economías capitalistas y a los ―Treinta Años Gloriosos‖ imponiéndose un nuevo modelo económico, que era la antítesis del anterior modelo keynesiano— y se consolidó la ruptura del orden monetario internacional que había surgido en la Conferencia de Bretton Woods celebrada en el año 1944. Esto dio comienzo a una nueva época de globalización financiera, con un grado mucho mayor de volatilidad financiera a escala internacional, que fue ganando fuerza por etapas hasta concluir en el estallido de la crisis global de 2007-2008 y sus consecuencias.

Pero, para poder comprender este período histórico iniciado en el año 1973, hay que verlo con perspectiva analizando ciertos antecedentes. En este sentido, hay que tener en cuenta que, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, para restablecer y mantener la paz y la prosperidad, se entendió que había que crear un marco más abierto y seguro para las negociaciones políticas internacionales y el comercio, un marco del que todos pudieran en principio beneficiarse. La principal potencia capitalista de la época —EE.UU— aprovechó su posición dominante para crear, junto con sus principales aliados, un nuevo marco para el orden global. Forzó la descolonización y el desmantelamiento de los antiguos imperios —británico, francés, neerlandés, etc.— y apadrinó los acuerdos de Bretton Woods en 1944 y el nacimiento de las Naciones Unidas en 1945 —el 25 de

abril, cuando aún faltaban unos meses para que terminara la contienda—. Dentro de este proyecto original del nuevo orden económico liberal planetario se incluyó la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), dentro de los acuerdos de Bretton Woods, así como el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD), actualmente una de las cinco instituciones que integran el Banco Mundial (BM). Estas instituciones supraestatales creadas, además de otras como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el Banco de Pagos Internacionales (BPI) de Basilea y grupos de coordinación entre las principales potencias estatales como el G-7 —posteriormente G-8 y actualmente ampliado a G-20— suponían unidades territoriales por encima y más allá del Estado-nación, por lo que los Estados fueron perdiendo y cediendo parte de su soberanía a estas instituciones supraestatales, como indica Harvey1.

En el terreno de la política, en las conferencias tripartidas de Yalta (4-11 de febrero de 1945) y Postdam (17 de julio a 2 de agosto de 1945), se puso claramente de manifiesto que los EE.UU. iban a asumir un papel dirigente en la política europea y que no aceptaban la existencia de esferas de influencia que les restasen protagonismo. Se había

creado un mundo bipolar2.

Además de este nuevo orden mundial, hay que tomar en consideración que, durante los años siguientes a la finalización de la Segunda Guerra Mundial y hasta ese año, hubo un

consenso en Occidente entre los pensadores y los responsables de tomar las decisiones3

—―sobre todo en los EE.UU., que marcaban la pauta de lo que los demás países del área

no comunista podían hacer, o mejor dicho de lo que no podían hacer‖4— sobre que el

Estado podía y debía intervenir ―para limitar la libertad del mercado en nombre del

1 H

ARVEY,DAVID,El enigma del capital y las crisis del capitalismo, Madrid, Ediciones Akal,

2012, pp. 167-168.

2 F

ONTANA LÁZARO,JOSEP,Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945, Barcelona, Pasado y Presente, 2011, p. 37.

3 Hay que tener en cuenta que los actores de tal consenso no eran gente que hoy consideraríamos progresista sino hombres de instinto conservador y elitista —como John Maynard Keynes, Clement Attlee, Franklin D. Roosevelt, Charles de Gaulle—, que habían sentido un genuino horror ante la inestabilidad social provocada por las guerras, y que comprendieron que el mejor modo de cancelar la posibilidad de un retorno a ese infierno era reducir la desigualdad, el desempleo y la inflación, al mismo tiempo que se mantenía un gran espacio para el mercado y las libertades públicas, todo ello bajo una estricta regulación estatal.

4 H

OBSBAWM,ERIC, Historia del Siglo XX, Buenos Aires, Argentina, Crítica (Grijalbo Mondadori, S.A.), 1998, p. 276.

interés público‖5

, y ese consenso se mantuvo; fueran demócratas o republicanos quienes gobernaran en EE.UU., o socialdemócratas o democratacristianos quienes lo hicieran en

los países de Europa, no hubo grandes disensiones6, teniendo todos una fe similar en el

Estado activista, la planificación económica y la inversión pública a gran escala.

Sin duda, el legado de la Gran Depresión, con las dudas que generó sobre la capacidad del régimen capitalista basado en el mercado para autoequilibrarse, y la fortaleza y

oportunidad de las ideas de John Maynard Keynes (1883-1946), en su Teoría General

del Empleo, Interés y Dinero7, llevaron a la aceptación de este papel activista de los Estados en la conducción de los asuntos económicos. Ya que la economía de mercado, por sí sola, no aseguraba el alcance y sostenimiento de un equilibrio estable, el Estado con sus instrumentos de política económica se encargaría de guiarla y suplementarla, pasando de un papel pasivo a un papel activo en la gestión económica.

Esta aceptación cuasi universal del Estado como planificador, coordinador, promotor,

árbitro, proveedor, celador y guardián se basó en que casi todos tenían algo que ganar de las oportunidades que el Estado les proporcionaba en cuanto a ingresos e influencia. Por eso, la fe en el Estado se extendió a través de prácticamente todas las orientaciones políticas, y las diversas formas estatales tuvieron en común la aceptación de que el Estado debía concentrar su atención en el pleno empleo, en el crecimiento económico y en el bienestar de los ciudadanos, y que el poder estatal debía desplegarse libremente junto a los procesos del mercado —o, si fuera necesario, interviniendo en él o incluso sustituyéndolo—, para alcanzar esos objetivos.

Con base en esta concepción activista de las responsabilidades de los Estados, éstos intervinieron de manera activa en la política industrial y se implicaron en la fijación de fórmulas establecidas de salario social diseñando una variedad de sistemas de protección (asistencia sanitaria y educación, entre otros), como señala David Harvey8. Los Estados —cada uno en mayor o menor medida, naturalmente, dependiendo de su

5 J

UDT,TONY,Algo va mal, Madrid, Taurus, 2010, p. 56.

6 Los partidos e intelectuales liberales de Alemania e Italia, al igual que un reducido grupo de partidarios del libre mercado del Partido Conservador de Gran Bretaña, no participaron de ese consenso, pero, en aquel momento su influencia era bastante escasa. Visto en JUDT,TONY, Postguerra. Una historia de

Europa desde 1945, Madrid, Taurus, 2006, p. 530.

7 K

EYNES, JOHN MAYNARD, The General Theory of Employment, Interest and Money, London, Macmillan & Co., Ltd., 1936.

8 H

cultura política y sus posibilidades— debían proveer infraestructuras, medios de transporte públicos, subsidios al desempleo, viviendas protegidas, sanidad subvencionada, acceso a la cultura y límites de precios. El Estado debía ser ―benefactor‖ —Etat-providence9, según la terminología empleada por Pierre Rosanvallon—, para quien había que comprender este Estado ―dentro de la evolución del Estado-nación moderno‖, ya que suponía la ―profundización y la ampliación‖ del Estado-protector clásico, si bien el Estado benefactor, mucho más complejo que el Estado protector, ―no sólo tenía la función de proteger los logros (la vida o la propiedad), sino que apuntaba también a acciones positivas (redistribuir la riqueza, reglamentar las relaciones sociales, tomar a su cargo ciertos servicios colectivos, etc.)‖10.

Esta intervención gubernamental en la vida cotidiana parecía inevitable, quedando, por tanto, inhabilitado lo que quedaba del Estado del laissez-faire tras la Segunda Guerra Mundial. Por distintas razones, los políticos, los funcionarios e incluso muchos hombres de negocios occidentales estaban convencidos durante la posguerra de que la vuelta al

laissez-faire era impensable11. Determinados objetivos políticos —la contención del comunismo, el pleno empleo y la modernización de unas economías atrasadas o en decadencia— gozaban de prioridad absoluta y justificaban una intervención estatal de la máxima firmeza. Incluso regímenes consagrados al liberalismo económico y político, como EE.UU. y Gran Bretaña, pudieron y tuvieron que gestionar la economía de un

modo que antes hubiera sido rechazado por ―socialista‖, según explica Hobsbawm12.

Por otro lado, también debe señalarse, de acuerdo con Harvey, que una condición de acuerdo posbélico, en casi todos los países, fue que se restringiera el poder económico de las clases altas y que le fuera concedida a la fuerza de trabajo una mayor porción del

9Conviene recordar que, forjada por pensadores liberales hostiles al crecimiento de las atribuciones del Estado, la expresión Etat-providence aparece en francés durante el segundo Imperio (1850-70). El término inglés Welfare State (Estado de Bienestar, o Benefactor) es más reciente, datando de los años 1940. La expresión alemana correspondiente, Wohlfahrstaat fue utilizada a partir de 1870 por los "socialistas de cátedra", aunque también se hablaba de Sozialstaat (Estado social) para calificar las reformas emprendidas por Bismarck en los años 1870. Fue en Alemania donde aparecieron los primeros elementos de política social que abrieron el camino al Estado benefactor moderno. Visto en: REVUELTAS, ANDREA, ―Las reformas del Estado en México: del Estado benefactor al Estado neoliberal‖, Política y

Cultura, número 3, invierno, 1993, Universidad Autónoma Metropolitana, México, pp. 216.

10 R

OSANVALLON,PIERRE, La crise de l‘Etat-providence, París, éditions du Seuil, 1981, pp. 20-22 y 141 y ss.

11 Ya en 1926, Keynes se refirió en un ensayo al fin del laissez faire. [K

EYNES,JOHN MAYNARD, Essays

in persuasion, London, Macmillan & Co., Ltd., 1931, p. 213]

12 H

―pastel económico‖. La mayor parte de la población pensaba entonces que una redistribución moderada de la riqueza, que eliminase los extremos de ricos y pobres, beneficiaría a todos. En EE.UU., por ejemplo, la porción de la renta nacional del 1 % de quienes percibían una mayor renta, cayó de un 16% en el período prebélico, a menos de un 8 % al final de la Segunda Guerra Mundial, y permaneció rondando este nivel durante casi tres décadas. Mientras el crecimiento fuera fuerte, esta restricción no parecía ser importante, ya que se disponía de una participación estable de una ―tarta‖ creciente. Pero, cuando en la década de 1970 el crecimiento se hundió, los tipos de interés reales fueron negativos y los dividendos y beneficios exiguos se convirtieron en

la norma, ―las clases altas de todo el mundo se sintieron amenazadas‖13.

Las políticas presupuestarias y monetarias, basadas en la teoría económica keynesiana —por lo que generalmente se las llamó ―keynesianas‖— fueron ampliamente aplicadas para amortiguar los ciclos económicos y asegurar un práctico pleno empleo. Por regla general, se defendía un «compromiso de clase» entre el Capital y la fuerza de trabajo como garante fundamental de la paz y de la tranquilidad en el ámbito doméstico. Y, por otra parte, en las tres décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, economistas, políticos, analistas y ciudadanos coincidían en que un gasto público alto, administrado por las autoridades nacionales o locales con libertad suficiente para regular la vida

económica a distintos niveles, era una buena política, como expone Judt14. Y, en torno a

1960, esta tesis se había convertido de facto en la política de gobierno en casi todos los

países occidentales.

La fórmula de la intervención estatal funcionó, afirma Judt15. Como apunta Hobsbawm,

en EE.UU. y Gran Bretaña se redujo la brecha entre ricos y pobres, Alemania se levantó de dos derrotas en una sola generación, Francia, ―hasta entonces un paradigma de atraso económico, acortó distancias con respecto a la productividad de los EE.UU. más que ningún otro de los principales países industrializados‖, vio cómo el empleo se volvía seguro y en el norte de Europa se forjaron sociedades muy estables16. Pero, con la llegada de esta gran crisis del modelo económico de posguerra, en 1973, cuando todo el mundo capitalista avanzado cayó en una larga y profunda recesión, combinando, por

13 H

ARVEY,DAVID,2007,ob. cit., pp. 20-21. 14

JUDT,TONY, 2010, ob. cit., p. 69.

15 Ibídem, p. 59.

16 H

primera vez, bajas tasas de crecimiento con altas tasas de inflación —fenómeno que se llamó ―estanflación‖—, todo cambió.

Inicialmente, los problemas de los años setenta se vieron solo como un episodio transitorio. Muchos gobiernos dieron por supuesto que los problemas eran temporales. En uno o dos años se podrían recuperar la prosperidad y el crecimiento. No era necesario, por tanto, cambiar unas políticas que habían funcionado bien durante una generación. Pero gradualmente se hizo patente que había comenzado un período de dificultades duraderas y los países capitalistas buscaron soluciones radicales, en muchos casos ateniéndose a los principios enunciados por los teólogos seculares del mercado libre sin restricción alguna, que rechazaban las políticas que habían dado tan buenos resultados a la economía mundial durante la ―edad de oro‖ pero que ahora parecían no

servir, como explica Hobsbawm17. Parecía que la única alternativa que se ofrecía era la

propugnada por la minoría de los teólogos ultraliberales.

Favorecida, pues, por la situación de crisis generalizada de los países capitalistas

desarrollados consecuencia de los shock petrolíferos a partir de 1973, la teoría

neoliberal, que había perdido terreno frente a las políticas keynesianas de redistribución del ingreso que legitimaron el intervencionismo estatal, como se ha comentado, encontró el momento y las condiciones oportunas para volver a escena, y paulatinamente ir imponiendo su dominio como la solución única para hacer frente a la crisis. Ciertamente, la teoría (neo)liberal —que tras haber dominado una parte de la escena histórica del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, había conocido un período de eclipse desde mediados de la década de los años treinta, y que había aglutinado alrededor del filósofo político austríaco Friedrich von Hayek (1988-1992) y

su Société du Mont-Pèlerin18, creada en 1947, a Ludwig von Mises (1881-1973), al

17 Ibídem,p. 19.

18

Recuérdese que esta sociedad se fundó tras el encuentro celebrado en abril de 1947 en el Hôtel du Parc de la localidad de Mont-Pèlerin, cerca de Vevey, Suiza. En dicho encuentro participaron 36 economistas y filósofos de derecha de diferentes ―escuelas de pensamiento‖. Este encuentro fue financiado por banqueros y patronos de la industria suiza, enviando delegados tres importantes publicaciones de EE.UU.

(Fortune, Newsweek y The Reader‘s Digest). Al finalizar este encuentro se fundó la Sociedad de Mont-

Pèlerin, ―una especie de francmasonería neoliberal, bien organizada y consagrada a la divulgación de las tesis neoliberales, con reuniones internacionales regulares‖. ANDERSON,PERRY, ―Historia y lecciones del neoliberalismo‖, Deslinde, Universidad de California, Los Angeles. [Disponible en: http://www.cipstra.- cl/download/transformaciones/Historia%20y%20Lecciones%20del%20Neoliberalismo%20%20Anderson ,%20Perry.pdf, consulta realizada el 15 de septiembre de 2015]. La Sociedad de Mont-Pèlerin se constituiría en un think tank de la contraofensiva neoliberal. TOUSSAINT,ERIC, « Révolution keynésienne et contre-révolution néo-libérale », Mondialisation.ca, 24 junio 2009, [Disponible en : http://www.-

economista Milton Friedman (1912-2006) e incluso, durante un tiempo, al filósofo Karl Popper (1902-1994), entre otros notables de la época— emergió con fuerza en los últimos años de la década de 1970 como ―antídoto para las amenazas al orden social

capitalista y como solución a los males del capitalismo‖19

. Las proposiciones de Hayek

recogidas en su clásico Camino de servidumbre (The Road to Serfdom), escrito en 1944,

se convirtieron en referencia fundamental y una auténtica doctrina para los neoliberales. Por otro lado, debe resaltarse que, como ya se ha comentado en la ―Introducción‖, al concederse el premio Nobel de Economía, creado en el año 1969, a Friedrich von Hayek en el año 1974, se respaldó al neoliberalismo, e igualmente al otorgarlo, dos años después, a otro defensor militante del ultraliberalismo económico, Milton Friedman. Hay que tener en cuenta que, antes de 1974, este premio había sido concedido a

personajes significativamente no asociados con la economía del laissez-faire.

Por ello, tras 1974 los partidarios del libre mercado pasaron a la ofensiva, aunque no llegaron a dominar las políticas gubernamentales hasta 1980, con la excepción de Chile, donde una dictadura militar basada en el terror permitió a los asesores estadounidenses instaurar una economía ultraliberal, tras el golpe de Estado del general Augusto Pinochet y el derrocamiento, en 1973, del gobierno democrático de Salvador Allende, convirtiendo a Chile en el laboratorio de experimentación del modelo neoliberal ortodoxo, en la experiencia piloto para el nuevo neoliberalismo que se fue imponiendo en los países avanzados de Occidente a partir de 1979 —con los gobiernos de Margaret Thatcher (1979-1990) en Inglaterra y, un poco más tarde, Ronald Reagan (1981-1989) en los EE.UU.— demostrándose, de paso, que no era necesaria una conexión entre el mercado libre de la economía del laissez-faire y la democracia política20. También en Argentina, después del golpe de 1976, se impulsaron reformas estructurales.

En este contexto, resulta de interés la teoría de Naomi Klein, quien sostiene que a principios de la década de 1980, aun con Reagan t Thatcher en el poder y con Hayek y Friedman como influyentes asesores suyos, ―no estaba ni mucho menos claro que un programa económico radical como el impuesto con tan feroz virulencia en el Cono Sur

mondialisation.ca/r-volution-keyn-sienne-et-contre-r-volution-n-o-lib-rale/14080, consulta realizada el 15 de septiembre de 2015].

19 H

ARVEY,DAVID, 2007, ob. cit., p. 25.

20 Para ser justos, debe aclararse que Von Hayek, a diferencia de los propagandistas occidentales de la Guerra Fría, no sostenía que hubiese tal conexión.

pudiese siquiera ser posible en Gran Bretaña o en Estados Unidos. […] La catastrófica primera legislatura de Thatcher parecía confirmar que las radicales y altamente lucrativas políticas de la Escuela de Chicago no podían sobrevivir en un sistema democrático. […] Parecía evidente que para que la imposición de una terapia económica de shock resultara exitosa era necesaria la concurrencia de algún otro tipo de conmoción‖. La Guerra de las Malvinas fue la que proporcionó a Thatcher la ―tapadera política‖ que necesitaba ―para instaurar, por primera vez en la historia, un programa de transformación capitalista radical en una democracia liberal occidental‖. El exitoso manejo de la Guerra de las Malvinas por parte de Thatcher supuso la primera prueba definitiva de que era posible aplicar un programa económico inspirado por la Escuela de

Chicago sin necesidad de dictaduras militares, apunta Klein21.

A partir de ahí, como bien explica Perry Anderson22, las ideas neoliberales pasaron a ganar terreno, conquistando un espacio creciente, llegando a dominar ampliamente el pensamiento económico y político de las décadas siguientes. Las raíces de la crisis, afirmaban von Hayek y sus compañeros, estaban localizadas en el poder excesivo y nefasto de los sindicatos y, de manera más general, del movimiento obrero, que había socavado las bases de la acumulación privada con sus presiones reivindicativas sobre los salarios y con su presión parasitaria para que el Estado aumentase cada vez más los gastos sociales. La culpa de la endémica recesión económica y de sus consecuencias era del ―Estado de grandes dimensiones‖ y del peso muerto que, mediante los impuestos y la planificación, depositaba sobre las energías y la iniciativa nacionales, como señala

Tony Judt23. Hayek pensaba que la mejor manera de defender el liberalismo y una

sociedad abierta era mantener al Estado alejado de la vida económica y que toda injerencia del Estado era una pendiente hacia el totalitarismo.