Capítulo 4 Exilio, migración forzada, destierro.
4.2. El exilio chileno.
No existen cifras oficiales sobre la cantidad de chilenos que fueron obligados a exilarse o lo hicieron voluntariamente. Se han formulado cifras fluctuantes, desde alrededor de 30.000, hasta un millón de chilenos que abandonaron el país por razones políticas entre el
11 de septiembre de 1973 hasta 1988 aproximadamente. En estas cantidades señaladas están los chilenos registrados por la dictadura y los organismos de Derechos Humanos como exilados, y aquellos que voluntariamente, y por sus propios medios se fueron del país por razones políticas.
Desde un punto de vista sociológico los exilados provenían de heterogéneos grupos sociales, étnicos y profesionales. Prácticamente el universo plural de la sociedad chilena estuvo representada en el exilio. Lo caracteriza su masividad, dispersión geográfica y su pluriclasismo, ya que afectó tanto a ministros de Estado, altos funcionarios del gobierno de la Unidad Popular, dirigentes sindicales, obreros, estudiantes, campesinos y profesionales que salieron acompañados de sus grupos familiares.
Por su parte ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados) registró en Argentina por lo menos a 9.000 refugiados políticos chilenos y a otros 2.900 en Perú.18
Según la Liga Chilena de los Derechos del Hombre fueron 400.000 los chilenos y chilenas que debieron abandonar el país por razones políticas, cifra que duplica la entregada por otros organismos.19 De acuerdo a las cifras manejadas en 1990 por la Oficina Nacional de
Retorno (ONR), Servicio Universitario Mundial y Comité Intergubernamental para los Migraciones, CIM, los exiliados políticos representaban alrededor de 200 mil personas dispersas entre los cinco continentes y en una diversidad amplia de países. Esta cifra es cercana a la que da la Vicaría de la Solidaridad que calcula que alrededor de 260 .000 personas habían sido obligadas a vivir fuera del país por razones políticas.20
Carmen Norambuena ha sostenido que según los antecedentes y la documentación obrante en la Vicaría de Solidaridad habrían salido 408.000 personas, contándose como principal destino Argentina, con un 50,785% (Rebolledo en del Pozo, 2006:170), lo que no se
18
Ver Rebolledo y Acuña, 1999:2.
19
Ver Bolzman en Rebolledo y Acuña 1999:2Es ilustrativo a efectos de comprender la disparidad númerica en la evaluación del exilio chileno a partir de 1973A continuación transcribimos la nota al pie N° 15 del trabajo de Bolzman, 2006 “Estamos conscientes de que las cifras sobre el número de exiliados son estimaciones, que estas pueden ser bastante variables según la fuente de información y que es muy difícil conocer a ciencia cierta la magnitud del fenómeno. En el caso chileno, que estudiamos más en detalle, observamos de manera concreta y tratamos de explicar la gran variación de las cifras (Bolzman, 1993). En todo caso, el carácter masivo de la emigración no es puesto en duda.
20
Ver Bolzman, 2006:23; Rebolledo y Acuña, 1999:14; Rebolledo, 2006: 170; Prognon, 2006:69; y Rojas Mira, 2006:108.
traduce en la producción historiográfica que aborda el exilio chileno, ya que son muy escasas y acotadas las producciones referentes a nuestro país, como claramente se vislumbra en la compilación de José del Pozo antes referida.
Más allá de las discrepancias de las cifras, la magnitud de éste exilio es importante, al igual que sus efectos en las vidas de múltiples familias y personas. Coincidimos con Loreto Rebolledo, que en mérito a los distintos mecanismos que utilizaron los chilenos para salir del país, a la dispersión en el mundo, a la duración, y también a las causales legales, “es difícil determinar de manera definitiva cuántos chilenos debieron vivir exiliados”. (Rebolledo en del Pozo, 2006:169).
A continuación incorporamos información de población de Chile, que nos permite entonces atender y contextualizar las implicancias demográficas de la experiencia migratoria:
Año Ambos Hombres Mujeres /Total
Sexos % 1950 6.081.931 3.012.460 3.069.471 50,5 1955 6.775.886 3.353.618 3.422.268 50,5 1960 7.614.410 3.764.875 3.849.535 50,6 1965 8.579.066 4.237.694 4.341.372 50,6 1970 9.504.382 4.690.144 4.814.238 50,7 1975 10.350.412 5.105.117 5.245.295 50,7 1980 11.144.769 5.498.439 5.646.330 50,7 1985 12.121.677 5.982.988 6.138.689 50,6 1990 13.173.348 6.505.617 6.667.731 50,6 1995 14.237.280 7.032.539 7.204.741 50,6 2000 15.271.965 7.543.668 7.728.297 50,6
“El estudio Investigación de la Migración Internacional de Latinoamérica IMILA, señala que en los años 70’s un total de 182.000 chilenos residían en el extranjero; a 1980 las cifras se habrían incrementado a 370.000; y en los 90’s se habría estabilizado en los 363.000.” (En Dicoex, 2005: 23).
Claudio Bolzman, citando a José Donoso, da cuentas del exilio chileno reforzando la imposibilidad de cristalizar la experiencia exclusivamente de acuerdo a la legalidad, sosteniendo: “(…) todos como nosotros, huyendo, algunos perseguidos, la mayoría en exilio voluntario porque ahora resultaba imposible vivir allá si uno quería seguir siendo quien era (…) Pero fueron pasando los años y muriendo las causas y las esperanzas: el olvido adquirió el carácter de bien necesario para sobrevivir” (del Pozo, 2006:24). Aún, considerando la distancia intelectual que expresa el narrador, es dable considerar que su experiencia europea es semejante a las trayectorias de quienes nos narraron su vivir en el NE de Chubut.
Debe considerarse que “(…) el exilio ha tendido a ser conceptualizado básicamente como una experiencia masculina, debido a que la mayoría de las personas con prohibición de ingreso eran hombres. Esto fue reforzado posteriormente por los medios de comunicación de masas, que cuando comienza el retorno destacaron a través de entrevistas la experiencia del exilio de los altos dirigentes políticos del gobierno de Allende. Estos discursos han tendido a hacerse hegemónicos, desdibujando y marginando la experiencia del exilio de las mujeres y niños, así como la de los hombres comunes, creando una “versión oficial” del exilio que lo minimiza al circunscribirlo a los dirigentes políticos.” (Rebolledo y Acuña, 1999).
Del Pozo (2006) destaca el cambio profundo que implicó la presencia de chilenos en el exterior de su país a partir del golpe de estado de septiembre de 1973; y entre las transformaciones y cambios radicales que implicó, señala que involucró a miles de personas, con distintos destinos y en un contexto absolutamente traumático. También ha señalado la carencia de análisis para muchos contextos nacionales, siendo la mayor parte de las producciones con que se cuenta, referentes al exilio en los países centrales como antes sosteníamos.
Es necesario explicitar la coincidencia en la bibliografía consultada, en torno a la consideración del exilio como un tema menor en el contexto de las violaciones a los derechos humanos ocurridos en Chile, razón por la cual ha tendido a ser invisibilizado en el país de origen, y a la fecha, tampoco existe una consideración particular para el período en la región21.
Hasta ahora existen una cantidad apreciable de publicaciones sobre el tema: artículos, monografías, entrevistas, etc., cuyos autores en la mayoría de los casos fueron víctimas del exilio. Los trabajos a los que accedimos mayormente abordan la nobleza del exilio (Meyer y Yankelevich, 2000), es decir las vivencias de intelectuales, artistas y profesionales que militaron y analizaron su propio exilio, lo explicaron y lo denunciaron; y no las particularidades de un colectivo de hombres y mujeres jóvenes, que han sido opacados. “El exilio chileno pareciera ser una temática oficialmente olvidada y a la vez sólo un componente subalterno del discurso de la memoria colectiva de los chilenos que experimentaron la dictadura en el país, y un tema traumático para aquellos que lo vivieron.” (Cancino, 2000).
Comparándolo con el exilio uruguayo o argentino, podemos seguir a Eugenia Allier Montaño en tanto ha señalado: “(…) a pesar de la importancia numérica del fenómeno del exilio, su discusión y su memoria han quedado básicamente ausentes del espacio público (en Dutriénit Bielous, Allier Montaño y Coraza de los Santos 2008:228), lo que tal vez se vincule a que esta historia traumática, refiere a un nosotros que no se ha insertado aún en la historia; al hecho de haber sobrevivido, lo que los excluye de la condición de víctimas, y también por cierto el imaginario proyectado por las distintas dictaduras, que buscando menoscabar su valiente acción de denuncia los depositó en el lugar del refugio dorado, a lo que se suman las políticas instrumentadas en torno al retorno. Aún nos faltan muchos estudios para poder vencer este olvido
Es muy interesante la afirmación de M. Brodsky (Yankelevich, 2004) que considera que el exilio fue un salvoconducto hacia la vida –el alivio de seguir vivo-. Aún en las
21
Exceptuando los trabajos de Nicoletti sobre la Pastoral de Migración en Neuquén indicados en la bibliografía, y los de Baeza y Palma Godoy en Comodoro Rivadavia.
circunstancias más adversas ellos pudieron elegir el destino, fue una migración con características específicas: la imposición de partir, y el no poder volver, para preservar la libertad y la vida misma. Fue una alternativa para quienes pudieron costearse el viaje, o contaban con contactos políticos o personales para la salida, y es de destacar que la mayoría de los chilenos con los que trabajamos salieron en forma clandestina o abierta, sin ninguna protección, con la condición legal de turista o inmigrante.
“El exilio chileno vino a ser uno de los episodios finales de la guerra fría. Un subproducto de las revanchas en una larga lucha de clases que también experimentó con otras formas de evaporación de las oposiciones. Encaja también en la lógica de todo un proceso de reestructuración económica y social, en donde para lograr los fines imperiales, “todo estaba permitido”. El exilio masivo fue una cuestión de método en la fundación del modelo. Se creaba con ello un espacio para las “manos libres” del mercado y permitir así el nacimiento del primer estado latinoamericano verdaderamente “globalizado”, con reglas del juego que todavía operan, confirmadas en su rigor por los propios ex exiliados. La historia de la implantación de las prácticas expulsivas, hace en su astucia que el exilio termine burlándose de si mismo. Ese es el significado “objetivo” señala García Morales, (enActas de Ciel, 2001:4).
El universo exiliar está constituido por procesos individuales que remiten a condiciones de huida, pero que por su volumen masivo y sus características desorganizadas es difícil de aprehender. Mayormente se cuenta con testimonios del exilio más organizado, pero las experiencias que recabamos no se inscriben en esos parámetros.
El desarraigo, la pérdida de los lazos de pertenencia, el extrañamiento respecto a una comunidad distinta a la propia y la nostalgia respecto al lugar dio origen al desarraigo, a la pérdida de los lazos de pertenencia, al extrañamiento respecto a una comunidad distinta a la propia, y generó una nostalgia respecto al lugar de origen. Es aquello que Jensen bien señala como una forma violenta de ser extranjero. (2002).
¿Qué señales podemos encontrar para afirmar que este exilio fue un hecho colectivo? Sabemos que fue epílogo de las prácticas terroristas del estado: hay vínculos o experiencias
individuales de la violencia ejercida, que creó las condiciones para el exilio. En algunos casos fue una decisión vinculada a las posibilidades de trabajo, y en otros como consecuencia de la intimidación directa que multiplicó el terror. Aquí fue una alternativa para las clases populares, a diferencia de muchos de los exilios europeos. (Yankelevich, 2004).
Sin duda la mayoría de los chilenos que abandonó el país durante la dictadura militar lo hizo por su cuenta y riesgo, (Pérez, 1996), por lo menos como medida precautoria. Fue una huída en busca de refugio, un destierro para escapar en un contexto autoritario y dictatorial. Al decir de Dutrénit Bielous, como toda condición exiliar, “estas circunstancias estuvieron indisolublemente unidas al sentimiento de dolor por el desprendimiento de lo propio –de los afectos personales y colectivos-, por la derrota y la incertidumbre de un viaje a lo desconocido. (…) –y- alcanzar un refugio significaba ganarle, en lo individual, la batalla a la represión.” (Dutrénit Bielous, Allier Montaño y Coraza de los Santos 2008:11) Patagonia funcionó aparentemente como frontera abierta donde potencialmente al menos se podía empezar la vida de nuevo, y hacer lo que uno quiere de uno mismo como bien ha sostenido Peter Bloss. (En Grinberg y Grinberg, 1984: 257).
No todos los exiliados debieron partir como consecuencia de la militancia previa, ni tampoco todos militaron en las organizaciones del exilio. Las relaciones con las organizaciones políticas en que militaron en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular se vieron bastante cortadas. Los chilenos aquí desarmaron las valijas. No fueron la high society del exilio. Enrique Pérez, cuando se refiere a la partida de Chile habla directamente de “huir o emigrar”. (Pérez, 1996).
Rebolledo y Acuña sostienen que “Una imagen recurrente entre los exiliados/as es que el tiempo del exilio fue un tiempo transitorio, un tiempo vivido entre paréntesis a la espera del regreso, la metáfora de la "maleta lista" da cuenta de esa transitoriedad, de ese estar a la expectativa del regreso."Llegamos al exilio con la idea de que al otro año nos vamos [dice Carmen Lazo, ex diputada, exiliada en Colombia], así es que vivimos arrendando, con un televisor en blanco y negro y nunca compramos nada, nada, porque nos veníamos. Como decía un amigo mío, vivíamos con la maleta debajo del catre" (Rodríguez 1990).”
(Rebolledo y Acuña, 1999:7). Evitando todo tipo de generalizaciones es dable señalar que se trató de un transplante. Nancy Morris, cuando se refiere al síndrome de vivir con las maletas, siguiendo a Hamid Naficy, alude a la “liminalidad” de los exiliados, en tanto los sujetos están en un estado intermedio y precario entre el propio país y la nueva sociedad, que puede suponer distintos límites temporales. (Morris en Del Pozo, 2006:154).
Como señala Coraza de los Santos estos sujetos ante la posibilidad del retorno hoy enfrentan conflictos propios, a los que deben sumar la reacción de su entorno. “La relevancia relativa evidencia y refleja un proceso de olvido protagonizado por múltiples actores que trae como consecuencia que el exilio esté reservado a la memoria individual no existiendo ni en la memoria social ni en la memoria histórica. (…) Un fenómeno recurrente que podemos observar en aquellos países que han vivido esos períodos de violencia, en cuanto al ánimo y visión que se tiene de los que se han exiliado, es que se los ve como los que "se salvaron", a los que "no les fue tan mal", los que "conocieron y disfrutaron en el exterior", tanto por parte de aquellos, que los ven como "los traidores" por hablar mal del país fuera, como los que también los consideran "traidores" por no haberse quedado y sufrido como ellos lo hicieron. De esta forma tanto por parte de quien regresa como del que los recibe va extendiéndose un manto de silencio provocado que intenta exorcizar a la memoria para que no se instale, para que no se extienda, y poco a poco vaya generando la "apariencia de olvido" que según muchos, es el "necesario paso hacia la reconciliación nacional". (Coraza de los Santos, 2001).
Al igual que en Uruguay existieron coyunturas que vincularon el caudal migratorio con la represión focalizada contra sectores políticos y sociales, lo que también debe relacionarse con la decisión política de las distintas organizaciones en relación a abandonar el país o tratar de resistir al golpe; a lo que por supuesto deben sumarse las decisiones individuales. (Dutriénit Bielous, Allier Montaño y Coraza de los Santos 2008:26).
El retorno supone no sólo “recuperar un país, una familia, unos amigos, sino también recuperar una utopía política. (…) está cubierto de silencios por los desencuentros y desilusiones sufridas por los que volvieron y es un tema del que no se suele hablar en público” (Rebolledo en Del Pozo, 2006: 168 169).
El retornado guarda siempre en sí mismo al exiliado, escribe Ana Pizarro, y si lo intenta olvidar puede haber murallas que se lo recuerden: “los retornados también son extranjeros”, decía un rayado escrito en un muro de Chile. (Rebolledo en del Pozo, 2006:192).
En su novela Carlos Bongcam Wyss, quien nos ha sensibilizado y aportado pautas y herramientas para comprender las vivencias del exilio y del retorno, proyecta en el protagonista de su obra Retorno imposible, lo que ha significado la vuelta a Chile: “A su regreso del sur, familiares y amigos bombardearon a Bruno con preguntas acerca de cómo había encontrado al país después de tanto tiempo, y si pensaba retornar. Él respondió que no pensaba retornar, agregando algunas críticas a la situación del país. Ante su sorpresa, sus interlocutores saltaron como tigres en defensa de Chile, diciéndole: —Desprestigias al país al tergiversar la realidad nacional. No puedes negar que la política económica de los militares ha levantado al país. (…) —Lo que pasa es que tu vives en el pasado. —No se olviden yo soy economista. —Tú estás amargado con lo que te sucedió. Bruno no quiso seguir la discusión, pero aquella experiencia lo dejó desconcertado. Unos días después, cuando otro grupo de personas le hizo las mismas preguntas acerca del país, intentó no responder para no volver a ser estigmatizado. Ante la insistencia de sus amigos y para que lo dejaran tranquilo, les respondió que la situación del país le había parecido maravillosa y que estaba pensando seriamente en regresar.” (Bongcam Wyss, 1999: 193).
Algunos de nuestros entrevistados lo han intentado, pero cabe consignar que de los casos que conocemos esto ha supuesto la desmembración del núcleo familiar. En palabras de un joven que ha vivido el extrañamiento a partir de las urgencias de sus padres, tal vez cierta hibridación marca la tensión entre una identidad chilena suspendida en el tiempo; y una identidad argentina que no termina de asumirse. Fue alumno nuestro, y entonces en off the record, en un clima de confianza sostuvo: “somos chilotes aquí y le pedíamos a Mamá que si invitábamos amigos no hiciera ñaco22; y en Chile somos argentinos bolu”. Loreto
Rebolledo bien señaló que “(…) el chauvinismo y nacionalismo chilenos, exacerbados por el régimen militar, fue la causa de que los estereotipos negativos sobre los otros países
22
latinoamericanos fueran proyectados en los niños retornados.” (Rebolledo en del Pozo, 2006:178). En nuestro análisis no lo abordamos específicamente, pero si han dado cuenta de las dificultades que supuso para distintos jóvenes: les han marcado sus diferencias, en un contexto en el que se privilegia la homogeneidad al interior de los grupos sociales. El individualismo y el consumismo resquebrajan la utopía solidaria construida en el país de acogida, potenciando más allá de los afectos recuperados, la sensación de soledad y aislamiento.
Es necesario seguir trabajando para obtener información, y explicar las distintas coyunturas de represión, y en este sentido adscribimos a lo sostenido por Silvia Dutriénit (Dutriénit Bielous, Allier Montaño y Coraza de los Santos 2008:28), en tanto no podemos probar de modo definitorio; pero claramente advertimos que la radicación de militantes chilenos en las comunidades del valle inferior del río Chubut contaron con resguardos que no existieron en otros contextos argentinos; cabe destacar que los primeros chilenos desaparecidos en el exilio –secuestrados por carabineros en nuestro territorio, con complicidad de la gendarmería argentina- fue en nuestra provincia, en una localidad fronteriza del sur, Río Mayo, ya en Octubre de 1973.
“En el correr de 1976 Argentina se convirtió en la principal base de operaciones del Cóndor. En un antiguo taller mecánico, de un barrio bonaerense, oficiales de inteligencia de Uruguay, Argentina, Chile, Paraguay y Bolivia desplegaron todos los métodos del terrorismo de Estado en una escala supranacional. En ese centro clandestino de detención conocido como Automotores Orleti fueron interrogados, torturados y asesinados exiliados bolivianos, uruguayos, chilenos, brasileños y hasta diplomáticos cubanos (Blixen en Dutriénit Bielous, Allier Montaño y Coraza de los Santos 2008:36).
Con nuestra tarea procuramos aportar a una historia del exilio, que aún debe sortear muchos silencios; asumiendo que la huida es un componente significativo de la historia de Chile, y que en realidad fue un movimiento que debe y puede ser analizado más allá de las condiciones objetivas; ya que fue resignificado desde cada una de las subjetividades individuales, familiares y grupales; y las condiciones pudieron suponer desde el ser represaliados directos o indirectos, pero, el avasallamiento de las libertades supusieron un
marco articulador al que nos hemos referido en capítulos anteriores. Esto también supone atender a las implicancias de pensar la derrota en el ámbito de lo privado, más que en lo