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Compartimos la preocupación de Huyssen por la falta de una interpretación convincente que de cuenta de la expansión de las culturas de la memoria, ya que no cabe duda que el mundo se está musealizando, pero todos nosotros desempeñamos algún papel en este

proceso. Éste autor se pregunta ¿por qué “ (…) intentamos contrarrestar ese miedo y ese riesgo del olvido por medio de estrategias de supervivencia basadas en una “memorialización” consistente en erigir recordatorios públicos y privados. (…) ¿Por qué estamos construyendo museos como si no existiera el mañana?” (Huyssen, 2002: 7-24). Por cierto “(...) el giro hacia la historia y la memoria también puede ser leído como un intento de encontrar un nuevo anclaje. La confianza depositada en ella desde la esfera social marca el deseo de resistir a la delimitación de la subjetividad y a la desintegración de la cohesión social. (...) Pero en última instancia, nuestra cultura toda es inquietada por la implosión de la temporalidad en la sincronicidad expansiva de nuestro mundo mediático.” Huyssen, 2002: 276-277).

Recordar y trabajar a favor de una memoria que ha sido invisibilizada, negada, subterránea se expresa muchas veces como deber, institucionalizándose y cobrando al decir de Enzo Traverso cierta reificación. El pasado acompaña al presente, y hay una obsesión por la memoria vinculada a la declinación de la transmisión, en un mundo sin referencias. Esta angustia se expresa como mandato de no olvidar, es una tarea hacia el futuro en las sociedades occidentales, y tiene una intensidad destacable en el contexto latinoamericano. Se produce una suerte de desincronización entre el tiempo histórico y la memoria; deteniéndose en el duelo y la aflicción que se ha perennizado, y que impide que la memoria haga lugar a la historia; es un tiempo que no se sitúa como pasado, especialmente en lo que refiere a las historias de las dictaduras del Cono Sur latinoamericano.

El olvido social frustró la reparación y el reconocimiento, provocando al decir de Ruiz el “encapsulamiento del dolor” (…) “Los trastornos que provocan la impunidad y los olvidos políticos transicionales son gravísimos, pues al ocultarse los hechos y los responsables de ellos, y al negar total o parcialmente la justicia, niegan a la subjetividad de las víctimas contar con las pruebas de realidad suficientes para procesar la experiencia.” (Ruiz, 2005: Ya afirma Tzvetan Todorov en Los abusos de la memoria, que es bajo la presión de los regímenes totalitarios cuando aparece con mayor fuerza el deber de memoria, en tanto implica un modo de resistencia, de supervivencia. (Todorov, 2000).

Paul Ricoeur opone trabajo de memoria a deber, al entender que debe examinarse la relación con la justicia. En clave aristotélica precisa que el deber de memoria, es justamente el deber de hacer justicia; un segundo elemento, es la deuda, que es inseparable de la herencia, en tanto sentimiento de estar obligado respecto a otros que ya no están; y el tercero, lo constituye la prioridad moral que corresponde a las víctimas. Éste filósofo señala que “(...) el deber de memoria funciona como intento de exorcismo en una situación histórica marcada por la obsesión de los traumatismo sufridos (...)”, buscando dotar de voz a las víctimas, lo que constituye un uso, o quizás directamente un abuso. (Ricoeur, 2004: 120-121). Ahora bien, el trabajo de la memoria no es posible si no se asume la pérdida, y no se completa el duelo por su recuperación integral. (Academia Universal de las Culturas, 2002: 75).

Ya Walter Benjamín distinguió la experiencia transmitida que se corresponde con la sociedad tradicional, de la experiencia vivida que es propia de las sociedades modernas, explicando así la emergencia de la memoria como necesidad. Para él la experiencia individual, es más efímera y fluctuante, y su hipótesis, es que el advenimiento de la memoria es producto de la declinación de la experiencia transmitida. Frente entonces a un mundo atomizado y fragmentado, la memoria implica la necesidad de recomponer. Así, frente a la modernidad, y en sus palabras: “Y éste deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado (...) ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán lo empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda mientras que los montones de ruinas crecen ante él, hasta el cielo.”. (Benjamin, 1973: 83).

Después de la Segunda Guerra Mundial, la Shoa y Ausbwicz se transformaron en la metáfora del siglo XX, instalándose como nuevo paradigma la memoria, y emergiendo la figura del testimonio o testigo que ingresó en el campo de la investigación, perturbando la práctica de los historiadores, pero aportando un conocimiento que sería inaccesible con otros métodos. Se produjo entonces una identificación del testigo como víctima en la base

del holocausto, son los vencidos quienes emergieron. Ahora, esto implicó un problema epistemológico, en tanto los verdugos estaban ausentes.

Enzo Traverso al revisar la irrupción del testigo, que se ha instalado en el centro del sistema de representaciones, y ante la consecuente identificación, que ha desplazando entonces al vencido, entiende que la memoria se ha tornado una cuestión política, que ha tomado la forma de un mandato ético. En sus escritos destaca las implicancias de lo que Novick ha acuñado como religión civil, en tanto ha establecido lugares de memoria, dogmas, iconos, ritos, pero advierte, justamente a partir de la problematización que la historia le plantea a la memoria, siempre considerando su carácter subjetivo, y en permanente transformación; y precisando la singularización que esta le plantea a la disciplina. El historiador debe inscribirla en el contexto global, para procurar esclarecer las causas, las condiciones, las estructuras, la dinámica de conjunto, sin descuidar la recuperación del esquema planteado por Henry Rousso y Paul Ricoeur, que nos advierten también sobre las pasiones que nos atraviesan como historiadores.(Franco y Levin, 2007) (Lorenzano: 2007).

Parafraseando a Cuesta Bustillo sostenemos que debemos distinguir entre el deber de memoria y el compromiso disciplinar, que supone dotar de inteligibilidad, conocimiento y verdad al proceso abordado. (Cuesta Bustillo: 2007, 18). La historia como ciencia construye un discurso crítico, y aunque el historiador aprende de la singularidad, no reduce su trabajo a la memoria, la respeta, y tiene el deber de no someterse a ella, debe mantener una verificación objetiva y crítica, documental, factual, develando sus contradicciones, omisiones y silencios; no debe desprenderse del universalismo, tendiendo a una Historia Total. (Hobsbawm, 1998 – Pla, 1988).

Vezzetti cuando se detiene en la relación que se plantea entre la historia y la memoria, considera que hay dos componentes a destacar: el componente intelectual que implica la voluntad de conocer, y repudiar, y entender; y un componente ético que se despliega sobre la sociedad y los sujetos involucrados, que es el compromiso de la memoria con las tareas y las responsabilidades del presente. Frente a la falta de alguno de estos componentes,

alerta sobre los riesgos de la repetición, que puede transformarse en una alucinación y no en una rememoración eficaz. (Vezzetti, 2002: 35).

Antes nos referimos a la relación entre el deber de memoria y la justicia, y es preciso considerar que en Chile, la política de reconciliación planteo durante mucho tiempo una impunidad, que al decir de Rojas Baeza “ (...) es capaz de provocar trastornos tan graves como la tortura (...) y (..) es por sí misma, un crimen de lesa humanidad.” (Rojas Baeza, s/f: 5). La impunidad implica una memoria bloqueada que conlleva un duelo patológico que provoca un sufrimiento particular a las víctimas, y a toda la comunidad.

Sostiene Antoine Garapon que “el resentimiento es una memoria bloqueada, rencorosa, estéril, opuesta en todo sentido a la memoria apaciguada, la que surge después de que se ha hecho justicia. (...) la justicia debe saldar la deuda asumida por los que prometen un Estado de Derecho, es decir, un mundo justo. Para que, en esta forma, la memoria pueda recobrar su libertad.” (Academia Universal de las Culturas, 2002: 93).

Por cierto la justicia repite la historia y la hace comparecer para restituirle su verdad moral. El proceso integra en el presente un hecho pasado, y la sentencia fija en la conciencia colectiva una versión oficial y definitiva, deteniendo simbólicamente al mal. Tiene una función restauradora del orden público y de las víctimas. Los damnificados a través de la instancia judicial buscan librarse de la soledad moral en la que estuvieron subsumidos. Quienes fueron afectados pueden describir, contar, pero no son reconocidos como tal por la colectividad política total antes del dictamen judicial, sólo se puede superar lo que se estableció oficialmente. El historiador y el juez se enfrentan al pasado de un modo distinto, ya que este último se pronuncia en un plazo limitado, mientras que el historiador puede buscar nuevas interpretaciones. (Academia Universal de las Culturas, 2002: 99). La apertura a la reescritura marca la diferencia entre el juicio histórico provisional y la sentencia judicial definitiva.” (Ricoeur, 2004: 419).

La vía de la justicia legal es fundamental en el tratamiento institucional de violaciones masivas de derechos humanos, pero también creemos que es importante prestar atención al proceso paralelo de constitución de la verdad que llevamos adelante periodistas, historiadores, cientistas, organismos, ya que aparte de los testimonios somos

fundamentales para la elaboración de la verdad. Pero, por cierto, sin justicia y sin castigo, la verdad no esta legitimada e institucionalizada. Joutard ha sostenido que como historiadores debemos ayudar a que las identidades se muestren como parte de una narrativa, reuniendo testimonios y otorgándoles sentido. (Joutard, 1986).

Las bases de las violaciones a los Derechos Humanos deben rastrearse en la cotidianeidad y aceptación tácita de la violencia generalizada, ya que aunque éstos derechos inalienables estaban formalmente enunciados, carecían de significación profunda, y no se habían instalado en la cultura política local. El temprano modelo neoliberal de Chile resquebrajo en muchos la fe moderna en el desarrollo y el progreso.

Ahora, como bien señala Dominique Schnapper “(…) desde el punto de vista político, no debemos seguir combatiendo a un enemigo ya vencido y permanecer ciegos a lo que se desarrolla ante nuestros ojos. La historia continúa. El mal ha adoptado nuevas formas. No es lícito que, en nombre de la memoria –aún de la más legítima-, descuidemos las nuevas encarnaciones del mal ni encubramos los peligros del presente. Los muertos no deben impedir a los vivos seguir viviendo.” (Academia Universal de las Culturas, 2002: 79). Parafraseando a Andreas Huyssen, tal vez sea tiempo de recordar el futuro y atender que lo importante no es olvidar o recordar, sino cómo hacerlo, y cómo manejar las representaciones del pasado recordado. (Huyssen, 2002: 86).

Capítulo 2 .Metodología.

Como historiadores no sólo establecemos hechos, sino que los seleccionamos y disponemos relaciones no sólo buscando la verdad, sino procurando establecer el bien, y estando atentos a los peligros actuales (Todorov, 2000: 49); no nos ponemos en el lugar de los otros, sino que trabajamos para comprender sus actos.

No recuperamos, creamos a partir de indicios; estando anclados en un presente que nos interpela; nuestro trabajo tiene que entrar en diálogo con la dinámica que viven nuestras sociedades, no sólo para producir consensos, sino aportando, para propiciar cambios. Se trata de comprender y “(...) poner al descubierto el significado vital, corrosivo, agresivo y rebelde de muchos de sus actos en apariencia más nimios”. (Gilly, 1986:104). Nuestra disciplina es una herramienta para pensar, para entender el presente, y asumir que el mismo puede ser modificado, ya que no es un hecho natural; estudiamos el pasado, pero mirando hacia delante, como dice Josep Fontana.

Trabajamos con un enfoque interpretativo que privilegia las experiencias y creencias, rescatando matices y prácticas sociales; reconstruyendo percepciones, y discursos, que permiten recuperar sujetos históricos colectivos que muchas veces han permanecido en la opacidad.

En nuestra disciplina, los desarrollos posteriores a los años setenta muestran un claro desplazamiento de intereses y preocupaciones, lo que permitió la generación de campos de estudio nuevo: la historia de sectores populares, la historia del presente o historia del pasado reciente, y un giro importante se produjo en torno a la historia oral, lo que ha implicado un viraje en torno de los presupuestos que venían sustentándola; son nuevos posicionamientos que ya no consideran a los relatos como pruebas, sino que fundamentalmente buscan registrar las representaciones que los sujetos construyen acerca del pasado.

Desde nuestra perspectiva, cuando incorporamos las memorias, es porque entendemos que enriquecen la reconstrucción histórica, reflejando una relación que no escinde el proceso de recreación, del mundo de interacciones en los cuales los sujetos, cuyas historias reestablecemos, resignifican sus experiencias. Trabajamos procurando fundar un

intercambio cuestionador que no excluya los principios críticos y normativos de la historia, rescatando correlativamente la complejidad subjetiva.

Distintas disciplinas nos aportan instrumentos teóricos y metodológicos, habiendo recurrido incluso al psicoanálisis, lo que nos ha permitido definir una metodología para el problema en estudio. El trabajo que desarrollamos se halla en la encrucijada entre la historia del pasado reciente, la historia desde abajo, la historia oral, y la memoria; y es desde allí, que planteamos nuestra investigación.