mujeres bonitas; pero agregó, contestando u n a pregunta mía tampoco se habría a l a r m a d o si Sara le hubiera dicho que i grafo para el que trabajaba le tomaba las fotografías como ¡ estudios y le regalaba algunas copias, pues entendía que la grafos hacían aquello r u t i n a r i a m e n t e para exhibir sus mué; en sus escaparates.
C o n relación al delicado p u n t o de la prueba de amor quel a Sara como condición previa para hacerla su esposa, formulé] dadosamente mi pregunta, rogando a los dioses que Alfonso f cisco entendiera su intención y contestara con acierto, pues p u n t o era en mi concepto u n o de los que más peligrosamet volvían contra el acusado, ya que si se dejaba v i v a en el jura idea de que el reo dudaba de la honestidad de su amada y t de comprobarla cautelosamente por el único procedimiento digi crédito, más iba a tenerlo por un lascivo seductor que por i m o r a d o angustiado por la d u d a .
Formulé, pues, la pregunta sin o l v i d a r el riesgo de que elj se levantara airado para protestar, porque al hacerla estaba] r i e n d o la respuesta al procesado. Pero el fiscal dejó pasar la I rrogación sin protesta. Y el m i s m o Castro López, que sin duda] su práctica y su malicia en las lides del j u r a d o se dio cuenta i m a n i o b r a , se puso f e b r i l m e n t e a anotarla, pero sin clamar o] mí, seguramente con la intención de escamotearle al Ministerid] blico el efecto teatral, al repreguntar a Nagore sobre el punto.
Lo cierto es que la pregunta pasó sin objeción y que Al Francisco la entendió perfectamente, y lo que fue mejor, la corta m u y bien, a l d e c i r m e :
— N o , señor; n u n c a le pedí a Sara que se me entregara cct artera intención de comprobar si era virgen, porque, ¡le juro, que n u n c a t u v e la m e n o r d u d a de que lo era! Le pedí q u e l i mía como u n a prueba de su amor, quizá por impaciencia mia,l que todavía no estaba en condiciones económicas para casarme! ella i n m e d i a t a m e n t e . Y si ella accedió fue por mi presión amcJ pero en caso de no acceder, m e habría conformado y me huti casado con ella. Fue cuando apareció lo que apareció, cuandl me cayeron las alas del corazón; pero cuando me hizo ver quel vez era u n a m u j e r con ciertas peculiaridades anatómicas, dudé,p no quise condenarla sin i n f o r m a r m e con gente que supiera det cosas; fue entonces cuando mis amigos estudiantes de quintos c o n t
de M e d i c i n a me d i j e r o n que el fenómeno era raro, mas no imp¡' e n j,
ble, y me casé con ella.
C o m o él sabía algo de la fuerza del h i p n o t i s m o sobre los suje j. hipnotizados, también creyó la explicación de Sara sobre cómo D a s a i
había retratado desnuda su p a t r o n o el fotógrafo, que era un hip gj j n ,
tizador poderoso; y creyó plenamente q u e su m u j e r no había ¡i t aqU¡
A l f nes l l o r sile lies la car lar seño t r i b i intei
i mía, que ue el foto» mo simples e los foto- muestrarios r que exigió ormulé cui- fonso F r a n - pues este osamente se el j u r a d o la da y trataba i t o d i g n o de por un ena< que el fiscal estaba sugi- ,asar la inte* ; i n d u d a por :uenta de mi lámar contra l i n i s t e r i o Pu- p u n t o , que Alfonso ,r, la contestó regara con la le j u r o , señor, ;dí q u e fuera ncia mía, por- i casarme con :sión amorosa; y me hubiera :ió, c u a n d o se :o ver que tal as, d u d é , pero upiera de esas de q u i n t o año ñas no imposi- )bre los sujetos
sobre c ó m o la era un hipno- no había sido
mancillada por él. Por eso sólo se preocupó por recoger los negativos de las fotografías de su m u j e r desnuda.
Cuando, a través de mi interrogatorio, iba el m u c h a c h o r e v i - viendo todos los episodios de su historia amorosa, se estaba posesio- nando tanto de la situación, al evocar t a n tristes incidentes, que era evidente que se contenía para no l l o r a r , pues su voz era insegura y a veces tan baja que costaba trabajo captar sus palabras, y mucha s veces tuve que pedirle que repitiera sus respuestas.
Tal vez el público de la sala, que no perdía detalle de lo que iba pasando, se sentía desconcertado, y quiza también algunos de los miembros del jurado, a u n q u e su a c t i t u d era hermética e impasible ante la forma en que iba yo l l e v a n d o el interrogatorio; pero es que estaba provocando en el reo, con el tono de mis preguntas y con las objeciones aparatosas que oponía a sus respuestas, un m o v i m i e n t o de rebeldía, una explosión de su carácter, que me era indispensable pata fundamentar lo básico de la defensa planeada.
Con el interrogatorio llegamos al m o m e n t o c u l m i n a n t e del d r a - ma, aquel en que Sara, la hembra bravia y determinada se enfrentó a la situación y pensó, seguramente, que los dos hombres que tenía enfrente y con los cuales se acostaba, por gusto con u n o y por o b l i - gación de esposa con el otro, eran dos sujetos cobardes y desprecia- bles, y empujó a G a l i n d o a confesar que habían sido y seguían siendo amantes; y G a l i n d o envalentonado y posiblemente creyendo que con sus facultades de hipnotista iba a d o m i n a r al m a r i d o ; y ese marido que lloraba ante el j u r a d o los mató.
En estos momentos el d r a m a había llegado a su p u n t o climático. Alfonso Francisco Nagore, sentado entre sus dos impasibles guardia- nes, estaba llorando convulsivamente. M u c h a s mujeres del público lloraban, mientras el resto de la numerosa audiencia guardaba un silencio trágico. El fiscal d o n H u m b e r t o Esquivel M e d i n a , a l m a de- licada de poeta, no ocultaba su emoción. Castro López, abogado de la acusación privada, me dirigía u n a amable sonrisa en la que f r a n - camente se traducía su juicio de que era yo un perfecto imbécil. So- lamente estábamos impasibles el señor juez d o n Juan Castro, los señores que formaban el Jurado y yo, que permanecía de pie en la tribuna dejando que pasara ese m o m e n t o de emoción para continuar interrogando al reo, porque aún no había hecho las preguntas que todo mi duro interrogatorio había venido preparando, y que de ser contestadas correctamente, harían que la sonrisa de Castro López, en lugar de subrayar su juicio sobre mi i m b e c i l i d a d , lo haría sobre este otro concepto: ¡Eres m u y mañoso, condenado panzón!
El juez concedió un receso de cinco m i n u t o s para que la emoción pasara y cuando transcurrieron, me indicó que podía c o n t i n u a r con el interrogatorio. Lo transcribo aquí como aparece en la versión de los toiigrafqs:
9 2 El Jurado resuelve
Pregunta: C u a n d o oyó usted las palabras de Sara y las que seguida pronunció G a l i n d o ¿pensó usted en alguna cosa?
Respuesta: Pensé en muchas cosas, no sé como pude pensar tantas cosas en t a n breve m o m e n t o .
Pregunta: ¿Puede usted decir cuáles eran esos pensamientos! Respuesta: E r a n muchos a la vez, sufrí u n a confusión tremen] no podría, ni ahora, desenredar ese e m b r o l l o .
Pregunta: Lo ayudaré a usted: ¿Pensó en que en esa ocasión] le cerraban todas las puertas para a d m i t i r una de esas ingeniosas] plicaciones de Sara, y que tenía usted que convencerse de que] una m u j e r infiel?
Respuesta: Sí, t a l vez; la cosa era demasiado clara, pero al mil t i e m p o pensaba que no podía ser v e r d a d .
Pregunta: ¿Pero t u v o que a d m i t i r el hecho de que era ama de Galindo?
Respuesta: Desgraciadamente sí. Y sentí un odio feroz contra] Pregunta: ¿Y contra ella?
Respuesta: No sé, no sé. De lo que sí estoy seguro es de qutj no se hubiera interpuesto entre los dos en a q u e l momento, a t a no la hubiera matado.
Pregunta: ¿Por qué no a ella?
Respuesta: Porque la adoraba, porque era mi vida, porque i a c ¡ ¡r a m
>v:xf i - v _ ella no podría yo seguir v i v i e n d o .
i Y al dar esta contestación a mi pregunta, su voz volvió a temí p a r a
como si fuera a soltarse otra vez en lágrimas.
— V a m o s Nagore — l e dije enérgicamente, domínese. Vamos parar 0
empezar nuevamente. ¿Sabe usted que la base de su defensa conss repetir en que usted mató a Sara y a G a l i n d o en defensa de su honor! (¿^mm
Respuesta: Sí, licenciado; por eso fue.
Pregunta: Pues vea, Nagore, si las cosas no tenían remedio gn( ¿ s - -c
Sara había sido a m a n t e de G a l i n d o y probablemente había sido l i n d o el que recogió sus primicias de m u j e r , si supo que Sara se¡_ siendo la amante de G a l i n d o , matarlos, ¿no era más bien s at ' s l ¡ ;m a r a cj
u n a venganza? Es decir, castigarlos por la ofensa que le habíanim e ]0
cho, pero no defender su honor; porque toda defensa, especialmCgajg £
la defensa de la persona o el h o n o r que la ley a d m i t e como c ú a t g ^ , ^ tancia que justifica el hecho y destruye la culpabilidad, debe r y ] anterior al hecho mismo, debe ser encaminada a evitar que el hetjyyjjg que va a causar el daño se realice; pero cuando el daño se ha t t tm e n t e
zado ya, desaparece la razón de la defensa; y todo acto de vic,let¿s t.a[? a
t o m a el carácter de venganza, de desahogo, si quiere usted hastaj] ajusticiamiento; pero nunca el de defensa de un peligro o riesgo ya se ha consumado. Al matarlos, ¿qué honor estaba usted dtL Q d i e n d o , si su h o n o r estaba m a n c i l l a d o sin remedio, si todas las caj-, habían pasado ya, sin r e m e d i o también? l i n d o , ciado.
Ì
Mientras fui planteando esta pregunta con toda l e n t i t u d , a u n q u e aparentemente mis ojos estaban puestos en el procesado, me f u i dando cuenta de la impresión que estaba p r o d u c i e n d o en la a u - diencia. El señor juez Castro, a u n cuando disimulaba su sorpresa ante una pregunta tan insólita planteada por la_defensa, no apartaba sus ojos de mi. Asimismo el fiscal Medina""Esquivél no d i s i m u l a b a su asombro, pues ambos teníamos y conservábamos una leal estimación y amistad, y tal parecía que yo había perdido el sentido de mi res- ponsabilidad profesional. En cuanto a d o n L u i s Castro, que a u n cuando era un rudo contrincante también era mi amigo y yo lo a d - miraba por su talento, había i n c l i n a d o la cabeza y me escuchaba con deleite, pensando sin d u d a que le estaba sirviendo la suerte d e l reo en una bandeja de plata.
La verdad es que yo me sentía, en esos momentos, m u y preocu- pado, porque era el instante en que debería producirse la explosión de aquella naturaleza del reo, t a n incierta, t a n indecisa, t a n emocional, pero tan tímida; y si aquella reacción no aparecía, era m u y probable que los jurados estimaran que un sujeto t a n desprovisto de carácter como hasta entonces se había revelado Nagore, merecía que u n a muchacha bravia y llena de f e m i n i d a d al m i s m o t i e m p o como pa- téela haber sido Sara, le hubiera adornado la frente con un par de aditamentos boyunos, por i d i o t a .
Yo no había preparado a Nagore para esta pregunta t a n peligrosa para su suerte, ni mucho menos le había a p u n t a d o una respuesta para ella, porque sabía por experiencia lo peligroso que resulta pre- | parar al reo con un interrogatorio de preguntas y respuestas para
rio en el juicio, porque o l v i d a las instrucciones recibidas o las examina conforme a su criterio, y forma su propio juicio sin un p l a n íiejwadorjSérolmlaTa^^ con mi cliente añteTtfer-día del jurado, estuve sembrando en su mente un pano- rama hipotético de cómo se hubiera desarrollado en los días subse- cuentes al de la tragedia su vida conyugal, si el acusado no h u b i e r a matado a los adúlteros, y le estuve envenenando el espíritu — ¡ D i o s I me lo perdone!—, comentando que Sara y el fotógrafo, u n a vez pa- | ado el susto, hubieran seguido siendo amantes riéndose de su m a n - I üdumbre.
Y la explosión que había estado provocando surgió al f i n t a n r o - inda como yo la esperaba; y como la estaba deseando inconsciente- tiente toda esa m u l t i t u d que llenaba la sala de audiencias, y que [ estaba viviendo intensamente el d r a m a .
-1SÍ, señor licenciado! — m e gritó extendiéndose en toda su es- tatura, en un tono agresivo—. Es v e r d a d q u e todo había pasado ya [ j que lo que había pasado no tenía remedio. Pero al m a t a r a G a -
\ lo que había pasado no podría v o l v e r a suceder, señor l i c e n - lo. íMe entiende usted, señor abogado? ¿ M e entiende?
94 El Jurado resuelve
C l a r o que lo entendía. Y le agradecía que él me hubiera i d i d o a mí. Y todo aquel público que estaba anhelante y tenso, i bien le entendía. Los jurados, maravillosamente impasibles, tai lo comprendieron. Pareció como si por la sala hubiera corrido ráfaga de aire refrescante y se sintió ese m o v i m i e n t o de cuej diría también que de espíritus fatigados, que se acomodan i biando de postura para descansar.
Continué interrogando:
— E s decir, Nagore, que cree que si no los hubiera matado| bieran seguido siendo amantes.
Respuesta: Estoy seguro de que si no lo hubiera matado i h u b i e r a n c o n t i n u a d o engañándome.
Pregunta: ¿Cree que si se hubiera contenido y no hubie parado sobre ellos, cuando se h u b i e r a n visto, después de aquel sodio, lo h u b i e r a n comentado calificándolo de t o n t o , de ridícu| de predestinado para ser un m a r i d o engañado?
Respuesta: Eso y más, sin d u d a . Por eso tenía que matarlo,j remediar no las cosas d e l pasado, sino para que no se repitiera el f u t u r o .
Pregunta: ¿"Cree usted que G a l i n d o hubiera sido capaz i m e n t a r con sus amigos el episodio, si hubiera sobrevivido a él?
Respuesta: i N a t u r a l m e n t e ! G a l i n d o tenía que presumir dej quistador y de su fuerza hipnótica, diciendo que con clavarraamp vista nada más, me había transformado de león en un perrito ¡porta
le movía la cola. Por eso lo maté. el j u
Pregunta: También a Sara, por supuesto. U s t e d parece corsquer rar que el único causante de su desgracia era G a l i n d o y que elcoho fue su colaboradora indispensable.
Respuesta: Sí señor; G a l i n d o tenía subyugada a mi mujer, lialgur bía hecho perder la v o l u n t a d por sus artes de hipnotizador. Satfllgu su víctima, y para liberarla, tuve que matar a Galindo. Yo no del i a Sara. Sara se mató a sí m i s m a cuando se interpuso entre Iosj E Pregunta: C u a n d o la recepcionista, al oir las detonaciones, tPuevc a la galería fotográfica, lo encontró a usted de pie, con el ármalo cu en la m a n o y l l o r a n d o . ¿Lloraba usted por el remordimiento? •
Respuesta: ¡ N o , no! Lloraba porque había perdido a Sara,?omp que Sara había m u e r t o , y sentí más odio en contra de Galindaíl juíc Pregunta: En resumen, A l f o n s o Francisco; usted mató nojte ex vengar la ofensa indestructible, sino para que no se produjeran! vas ofensas contra su d i g n i d a d de h o m b r e en el futuro, para a« for
d V a m O T t í v de G a l i n d o , de Vos amigos de G a l i n d o y de " que se f u e r a n enterando de su desgracia. ( ^ f*sF
Respuesta: Señor licenciado: / Q u e sea de mí lo que Dtoi ~ ponga/ Poro creo que /o que A/ce era Ja únJco que podía nactíp»