la doncella; pero se q u e d a r o n , sin embargo, impresas en su m e m o r i a . Trabajó después la chica como recepcionista d e l fotógrafo G u s - tavo Galindo. Estaba contenta porque a u n cuando el sueldo era corto, el trabajo era poco y d i v e r t i d o . El también estaba contento y la iba a esperar, vanidosamente e n f u n d a d o en su u n i f o r m e de cadete de la escuela m i l i t a r , los días en que podía escaparse de ella, a la salida del estudio fotográfico, y fue f o r m a n d o u n a hermosa colección de fotografías de la m u j e r amada, que ella le obsequiaba con f r e - cuencia tan repetida, que en alguna ocasión le preguntó c ó m o era que tantas veces la retrataba su jefe. Sara explicó que como gustaba mucho de verse reproducida en fotografías t a n bonitas como las que hacia su jefe, pagaba su precio descontándolo de su sueldo.
Ciertamente no era m u y práctico que la chica gastara su salario en hacerse retratar t a n frecuentemente; pero si ése era su gusto, el novio no tenía nada que objetar. M a s la explicación de t a n t a y t a n t a fotografía y el modo de obtenerlas, también quedó archivada en la memoria del enamorado. Y he aquí c ó m o , paradójicamente, las explicaciones que daba Sara de sus actos y que t a n f i r m e m e n t e establecían la honestidad de todos los episodios de su conducta, se enredaron en la mente de A l f o n s o Francisco y lo l l e v a r o n , i n a u d i - tamente, a pedir a su novia que santificaran sus amores, pero que previamente le diera una prueba de amor.
La ingenua y enamorada novia otorgó la prueba pedida; y resultó que no era virgen.
lAmbos quedaron estupefactos!
El, porque se hacía añicos la diosa forjada al caer d e l altar de su fe; ella, porque no podía entender c ó m o podía ser aquello. Re- proches y lágrimas del m i l i t a r c e t e y anonadamiento y confusión de la muchacha que no podía explicarse eso t a n extraño, puesto que ella no había hecho nada, nada de que avergonzarse, y muchas, m u - chas lágrimas fluyendo como torrente de sus ojos hermosísimos. Y él, enamorado irredento, comenzó a consolarla. ¡Pobre Sara, su Sara! Entonces la muchacha apuntó u n a idea extravagante, y A l f o n s o Francisco se asió a ella como a un madero f l o t a n t e en el naufragio: la ciencia médica admite la existencia de casos de a n o r m a l i d a d ana- tómica en algunas mujeres que presentan un aspecto de desflora- miento falso, cierta atrofia o ausencia de membranas que calumniaba a vírgenes auténticas de veintiún quilates.
Aquello parecía extraño sí, ciertamente; pero si la m e d i c i n a a d - mitía la posibilidad de estos casos, el enamorado debía aceptarlo, pese a sus dudas. En rigor, la situación d e l enamorado m u c h a c h o era difícil; no podía condenar sin correr el riesgo de cometer u n a injusticia con Sara, la que, por otra parte, le había dado la prueba que él había pedido, lo que no hubiera hecho si h u b i e r a t e n i d o algo
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El Jurado resuelveq u é ocultar. No era él t a n crédulo para tragarse así como así ¡ bola; pero tampoco era un perito científico para no admitirla! b i l i d a d de la tesis. U n a tesis de un caso en m i l , en un millón! vez; pero, ¿acaso no pensaba A l f o n s o Francisco que Sara era i m u j e r única, distinta a todas las demás? ¡Averiguaría! Y si si vencía de aquello podía ser, se casaría con Sara, porque lo maj y él la adoraba.
Por lo pronto hicieron vida m a r i t a l ; pero el joven, fiel a su] bra y sobre todo a su amor, con más o menos t i n o , más o menos] cubriendo la pregunta para que no fuera a filtrarse la verdad d situación, solicitó las luces de la ciencia médica. Preguntó a amigos, algunos estudiantillos de medicina, si era verdad que e ciencia médica se reconocía la existencia de casos como el del
A q u e l l o s galenos en potencia o p i n a r o n doctoralmente: ni frecuente, era más bien raro, no conocían ellos ningún anteceda» pero imposible no era. ¡ V a m o s , un fenómeno antitético al üs u
complaciente de la m u j e r que podría llamarse falso desflorarme! Su e,
¡ O h , aquellos galenos en ciernes y su ciencia!
La v i d a conyugal se fue desenvolviendo sin ningún acoríc i o n.^
m i e n t o que merezca especial mención, y A l f o n s o Francisco se i c o r rJc
sideraba un h o m b r e feliz. Salía de casa en las primeras horas del grafía para ir al cuartel donde estaba alojado el regimiento de Cabal "u s c
en el que servía. Pasaba toda la mañana atendiendo sus obligjdepe nes de soldado, y a eso de las tres de la tarde regresaba a casa ar: de ver, besar y abrazar a Sara que lo esperaba como buena mujaR enamorada; pero antes de llegar al domicilio, era costumbre d i * '6
jóvenes oficiales d e l regimiento ir en g r u p o a tomar una copa ecosti centro de la c i u d a d , donde el cantinero les hacía crédito hasatencia, día que cobraban su sueldo. O c u p a b a n así cosa de una horatposter pasaban jugando u n a p a r t i d a de dominó, cruzándose bromas, rtsi hab v i e n d o problemas de alta técnica m i l i t a r ; esto último especialtrasus jei c u a n d o al grupo de la mesa de los oficiales se unían algunos jóveque lo paisanos, a los q u e había que impresionar con la importancia dicionó, profesión de guerreros.
Fue en u n a de esas reuniones de mediodía, mientras se tonamena e l aperitivo, cuando u n o d e los amigos n o soldados, tratando — i " a p a n t a l l a r " a los contertulios, sacó d e l bolsillo un paquete dei No jetas postales en que aparecían fotografías de mujeres desmanaba diciéndoles: " ¡ M i r e n que despampanantes desnudos artísticos!'íjja fu fotografías comenzaron a circular entre los del grupo, pasando¡>liCaci<
m a n o a m a n o ; y de p r o n t o A l f o n s o Francisco, al poner los ojosjí se \ u n o de aquellos "desnudos artísticos", sintió como si una desagf' e]¡;i
eléctrica lo atravesara d e l cráneo a los pies: una de las mujere>je' ]a s tratadas e n cueros era, i n d u d a b l e m e n t e , Sara, s u mujer. Por lo^ j0 :u más, para confirmación de ello, en el borde inferior de las fotograf