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El médico arregla las cosas

In document Warlock - Oakley Hall (página 59-64)

Jadeando, el médico ascendió apresuradamente los escalones del porche del General Peach y se adentró en la densa penumbra del vestíbulo. Llamó a la puerta de Jessie; le escocieron los nudillos.

—¡Jessie!

Se oyeron sus pasos. Apareció su semblante, pálido a la luz, enmarcado en tirabuzones.

—¿Que ocurre, David? —preguntó ella, abriendo la puerta del todo para que pasara. El médico entró en la habitación. Había un libro abierto sobre la mesa, con una cinta azul por encima para señalar la página. E insistió—: ¿Qué pasa?

—Le han ordenado que destierre a cinco hombres —contestó él, sentándose bruscamente en la butaca que había junto a la puerta. Alzó la mano, con los dedos extendidos, y observó cómo le temblaba de rabia—. Benner, Billy Gannon, Calhoun y Friendly. Y también debe expulsar de la ciudad a Frank Brunk.

—¡Pero no pueden hacer eso! —exclamó ella. —Pues lo han hecho.

Parecía asustada. El médico la vio cerrar el libro con la cinta azul dentro. Permaneció quieta con la cabeza inclinada hacia delante y los tirabuzones caídos sobre las mejillas. Luego se derrumbó en el sofá, frente a él.

—He hablado hasta quedarme sin saliva. Para nada. Ni siquiera había una clara mayoría. Henry, Will Hart y yo nos hemos opuesto; y Taliaferro, por supuesto, que no quiere ponerse en contra de los mineros. El juez ya se había marchado hecho una furia.

—¡Pero es un error, David!

—Aun así lo han hecho —continuó él—. Reconozco que Brunk es un alborotador. Sus actividades podían conducir fácilmente a un derramamiento de sangre, igual que con Lathrop. Se le destierra como medida de protección para los mineros: así es como lo ha explicado Godbold. Y para proteger a Warlock de otra enloquecida turba de zafios mineros con ansias de destrucción; de esa manera lo ha expuesto Slavin. ¿Y si prenden fuego a las galerías de la Medusa? ¿O a todos los pozos, si vamos a eso? Lo único que Charlie MacDonald tenía que decir sobre el asunto era qué pasaría en Warlock si los mineros, capitaneados por Brunk, consiguieran cerrar todas las minas, por despecho. Evidentemente los consideran capaces de hacerlo.

Dio un puñetazo en el brazo de la butaca. «Y así hemos caído en la trampa que nos tendimos a nosotros mismos al traer a Blaisedell», pensó. —¡Qué bien lo han hecho! —exclamó— Pero, Jessie, si tú hubieras estado en la reunión, no se habrían atrevido.

—El destierro de hombres de Warlock no es algo sobre lo que yo pueda... —¡Tendrías que haber ido!

—Iré a verlos ahora, por separado.

—No servirá de nada. Se echarán la responsabilidad unos a otros.

Se retrepó en la butaca, repitiéndose firmemente que no iba a odiar a Godbold, ni a Buck Slavin, ni a Jared Robinson, ni a Kennon ni a ninguno de los demás; sólo intentaría comprender sus temores. Lo que más lo enfurecía era la certeza de que, en parte, tenían razón sobre Frank Brunk. Pero era consciente de que él estaba ahora, ineludiblemente, de parte de los mineros. Bien sabía Dios que los mineros no necesitaban un dirigente tan rematadamente estúpido como Brunk; pero Brunk constituía, de momento, todo lo que tenían. Era como si, al fin, se hubiera enfrentado cara a cara consigo mismo, comprendiendo, al mismo tiempo, que su enemigo mortal era Charles MacDonald, el director de la mina Medusa.

—Pobre Clay —oyó que murmuraba Jessie.

—¡Pobre Clay! ¿No pobre Frank? ¿No pobrecillos...?

Se interrumpió. Ella había dicho que era un error, y ahora comprendió por qué. El ángel de los mineros se había convertido en el guardián de la reputación de Blaisedell. De pronto podía observarla con más frialdad que nunca.

—Sí —prosiguió—. Es un tremendo error. ¿Crees que podrías convencer a Blaisedell de que no debe hacer una cosa así? —Lo intentaré —contestó ella, asintiendo con la cabeza, como si Clay Blaisedell fuera el objeto de las preocupaciones de ambos.

—Sí —convino él—. Porque si hace eso con Brunk, ¿en qué se diferenciaría de Jack Cade, a quien contrataron para que hiciera lo mismo con Lathrop? Y tú sabes cómo es Frank tan bien como yo. Creo que Brunk no se irá aunque se lo ordenen; y entonces, ¿qué va a hacer Blaisedell con él? Frank no maneja la pistola.

Le lanzó una mirada por debajo de las cejas. Estaba rígidamente sentada, con las manos cruzadas en el regazo. Sus grandes ojos parecían llenar el delicado triángulo de su rostro.

—¡Ah, no! —dijo, dando un respingo como si no hubiera estado escuchando pero se diera cuenta de que debía contestar algo—. No, no deben permitirle hacer eso. Por supuesto que no deben. Sería una terrible equivocación.

—Me alegro de que estemos de acuerdo, Jessie.

—Pero si no puedo convencerlo de... —dijo ella, frunciendo severamente el ceño— de que desobedezca al Comité de Ciudadanos, entonces Frank tendría que marcharse. Y no hay más. Se irá si se lo pido yo, ¿verdad, David?

No estaba seguro, y así lo dijo. Ella anunció con decisión que primero quería hablar con Brunk, y él salió a buscarlo. Tras cerrar la puerta de la habitación, permaneció en el vestíbulo, con una mano apoyada en el pecho y los ojos ciegos en la profunda oscuridad. Él había creído que Jessie quería a un hombre, pero ahora vio, casi compadeciendo a Blaisedell, que sólo se había enamorado de un nombre, como una colegiala estúpida.

El médico avanzó despacio por el túnel de sombra hacia la iluminada sala del hospital. Al entrar, las caras de los postrados se volvieron hacia él. En la cama de Buell había cuatro hombres jugando a las cartas: Buell, Dill, MacGinty y Ben Tittle. El joven Fitzsimmons estaba de pie, mirando, con los gruesos bultos de sus vendadas manos cruzados sobre el pecho.

Se produjo un coro de saludos.

—¿Qué pasa con los salteadores de caminos, Doc? —le preguntó uno. —¿Ha desterrado ya Blaisedell a esos vaqueros?

Él afirmó con un breve gesto de cabeza y preguntó si alguno había visto a Brunk.

—Está con Frenchy, arriba, en la habitación del viejo Heck, me parece —contestó MacGinty.

—¿Quiere verlo, Doc? Iré a decírselo —se ofreció Fitzsimmons, marchándose con las manos en alto, para protegérselas. —Eh, Doc, ¿a cuántos han desterrado? —preguntó uno de ellos.

—A cuatro —contestó él. Alguien soltó una carcajada; hubo una oleada de conjeturas. El médico añadió—: ¿Puedo hablar un momento contigo, Ben?

alzó la vista y sonrió con aprensión, y él se acercó a ella y alargó la mano para ponérsela en el hombro. Pero no llegó a tocarla, y, al bajar la mirada por la curva de su mejilla y su pelo brillante por el cálido resplandor de la lámpara, se le hizo un nudo en la garganta, de lástima Por ella. Se dio la vuelta y sus ojos tropezaron con el oscuro grabado de Bonnie Prince Charlie, con falda escocesa, gorra con borla, empuñando la espada con noble y absurda bravuconería. Escuchó unos pesados pasos que bajaban por la escalera.

—Adelante, Frank —dijo, cuando Brunk apareció en el umbral. —Señorita Jessie —saludó Frank al entrar—. Doc. ¿Qué ocurre, Doc?

—El Comité de Ciudadanos ha decidido por votación que se te expulse de la ciudad por alborotador —le dijo.

Y vio cómo a Brunk se le empequeñecían los ojos y se le comprimían los labios hasta formar una pálida línea, semejante a una cicatriz. —Así que ya lo han hecho —repuso el minero con voz ronca. De pronto sonrió—. ¿Va a matarme el comisario, señorita Jessie? —No seas estúpido, Frank.

Brunk extendió las manos y bajó la vista hacia ellas. Luego, alzando la cabeza con un movimiento poderoso y triunfal, miró fijamente al médico y dijo: —Bueno, pues creo que tendrá que hacerlo, Doc. ¿Sabe? Los muchachos no se movilizaron por Tom Cassady, pero a lo mejor lo harían si... —¡No seas tonto!

—Vamos, Frank, escúchame —dijo Jessie en tono firme y seco, levantándose y acercándose a Brunk—. Voy a pedirle que no lo haga, a pesar de lo que haya decidido el Comité de Ciudadanos. Pero si yo...

—¡Ah! —la interrumpió Brunk—. ¡El ángel de los mineros! —¡Compórtate, Brunk!

El rostro de Brunk se ensombreció de rubor. El minero se mesó el pelo e inclinó la cabeza, como en señal de respeto. —Bendita sea, señorita Jessie —agradeció—. Vuelvo a estar en deuda con usted.

—He prometido intentarlo —prosiguió Jessie—. Pero como estaba diciendo cuando me interrumpiste..., si no lo consigo, debes prometerme que te irás. —¿Marcharme? —exclamó Brunk—. ¿Huir?

—¿Es que siempre tienes que esmerarte en ser grosero?

—Doc, intento comportarme como un hombre. Pero ella no me deja, ¿verdad? Quiere salvarme. ¡Es un ángel muy embarazoso! A Tom Cassady no le permitió morir cuando él lo suplicaba. Y a mí no me deja... —Se interrumpió, y la comisura de sus labios se curvó bruscamente hacia abajo. Y concluyó—: Si yo tuviera valor suficiente... Pero quizá no lo tenga.

—No sé de qué estás hablando, Frank.

—Yo tampoco sé lo que digo. Porque no se movilizarían ni siquiera por mí, y yo quedaría en ridículo. Pero ¿qué haría usted en mi lugar, Doc? —Creo que haría lo que ella dice —contestó el médico, sin mirar de frente a Brunk.

—Pero si no me queda más remedio, ¿verdad? —repuso Brunk—. Me ha estado manteniendo desde que me despidieron de la Medusa. Me ha aguantado, me ha dado de comer. Pero señorita Jessie..., usted dijo que a Jim Lathrop le faltaba valor. ¿Por qué no me deja demostrar el mío? A lo mejor yo sí lo tengo.

—Sigo sin saber de lo que estás hablando —declaró Jessie—. Pero si no quieres hacerlo por tu propio bien, y yo comprendo que los hombres han de tener su orgullo, entonces, Frank, debes hacerlo por mí. Espero que no sea necesario.

Brunk se la quedó mirando.

—Pero entonces, me pondría en ridículo, ¿no? —dijo con su voz profunda, infinitamente amarga, sin dejar de mirarla—. Y además sería un ingrato, porque lo haría por usted, señorita Jessie. Pero ¿es que no lo ve, Doc?

El médico fue incapaz de decir palabra, y, en un gesto de simpatía, Jessie puso la mano en el brazo de Brunk. Pero el minero se apartó con brusquedad y salió de la habitación. Sus pesados pasos volvieron a subir despacio la escalera.

—No lo entiendo —dijo Jessie con voz trémula.

—Ah, ¿no? Brunk sólo quería ser un héroe, y sabe que no puede serlo. Es difícil empeñarse en ser héroe cuando, en cambio, se tiene miedo de hacer el ridículo. ¿Crees que podrás convencer a Blaisedell?

Ella no respondió. Lo miraba de forma extraña, tirándose del pequeño medallón que llevaba al cuello.

—Es muy importante que lo consigas. Por lo que los mineros pensarían de ti si Blaisedell cumpliera el mandato. Tanto si Brunk se marcha, como si no. Y también por lo que todo el mundo pensaría de Blaisedell.

Le pareció sentir una presencia extraña; se dio la vuelta y se vio a sí mismo en el espejo: un hombre de corta estatura, gris, con hombros encorvados y un raído traje negro, de indefinible apariencia, sin distinción, en ningún modo heroico, casi viejo. Los ojos que le devolvían la mirada desde el espejo eran como los de un afectado por una peligrosa fiebre.

—Ahí viene Clay —murmuró Jessie, cuando se oyeron pasos en la acera, bajo su ventana.

—Te deseo suerte con él, Jessie —le dijo, saliendo de la habitación en el instante en que Blaisedell entraba en el vestíbulo.

Un pequeño haz luminoso que salía por la puerta abierta del cuarto de Jessie centelleó en el pelo del comisario cuando se descubrió el sombrero. —Buenas noches, Doc —lo saludó con gravedad.

—Disculpe —dijo el médico, y Blaisedell se echó a un lado para dejarle paso.

Fuera, se detuvo un momento en el porche, respirando profundamente el aire fresco, y alzando la vista hacia las brillantes y frías estrellas que cubrían el cielo de Warlock. A su espalda, oyó que Blaisedell decía:

—¿Querías verme, Jessie?

Un aviso

En la cárcel, Cari Schroeder, Peter Bacon, Chick Hasty y Pike Skinner comentaban las recientes expulsiones, mientras desde la puerta del calabozo, Al Bates, de la parte norte del valle, los observaba con la hirsuta barbilla apoyada en uno de los barrotes transversales.

—¿Creéis que la noticia habrá llegado ya a San Pablo? —preguntó Hasty.

—Dechine estuvo aquí —informó Bacon desde su silla del fondo—. Y volvió ayer al valle. Creo que, en prueba de buena vecindad, pararía donde McQuown de camino a casa para comunicarle la agradable noticia.

—No vendrán —afirmó Schroeder con el ceño fruncido, inclinándose sobre la mesa y arañando el tablero con la punta de un lápiz. —Supongo que Johnny estará muy preocupado por si se presenta Billy —aventuró Hasty.

—O por si queda mal con Abe McQuown —terció Skinner—. Ése...

—¡Calíate! —cortó Schroeder—. ¡Estoy harto de oír cómo te metes con Johnny Gannon! —Arrojó el lapicero sobre la mesa—. ¡Él se presentó a que le pusiera la estrella, y tú no! ¡Déjalo en paz, señor Skinner, miembro del Comité de Ciudadanos!

—¿Se encargará MacDonald de que el Comité despida a Blaisedell por negarse a hacer lo que le decían con ese minero, Pike? —preguntó Hasty, mirando a Skinner por debajo del ala del sombrero.

—Ha hecho bien —contestó Skinner con el rostro agrio—. Nadie ha pensado en despedirlo. MacDonald despidió a ese cabrón de Brunk hace bastante tiempo, pero todavía sigue por aquí armando alboroto. Es competencia del comité expulsar a todos los elementos perturbadores, pero Blaisedell no puede enfrentarse a un cretino que ni siquiera sabe lo que es un revólver.

—El viejo Owen me contaba que oyó a unos mineros decir que si el comité despedía a Blaisedell, ellos podían unirse y contratarlo por su cuenta —dijo Schroeder— Y su primera medida sería expulsar a MacDonald.

Los demás rieron.

—Corre el rumor de que la señorita Jessie tuvo algo que ver con que el comisario cambiara de opinión sobre Brunk —intervino Hasty. —Por donde yo vivo dicen que se van a casar a escape —apuntó Bates desde el calabozo—. Hacen buena pareja.

Guardaron silencio durante un rato. Finalmente, Bacon suspiró y dijo: —¿Pensáis que van a venir los cuatro a enfrentarse con él? ¿O no? —No van a venir —repitió Schroeder con aspereza.

Empezó a rayar otra vez la mesa con el lápiz.

De pie en el umbral, Skinner sacudió la cabeza con preocupación. Se volvió cuando el entarimado de la acera crujió sonoramente bajo unos pasos que se acercaban.

—Ahí viene el juez —dijo Bates—. Corriendo con la muleta para fastidiar bien a todo el mundo.

El juez entró, pasando por delante de Skinner. Con los hombros encorvados por la muleta, y los faldones de la levita ondeando, parecía un pájaro negro, grande y torpe. Al detenerse, sus ojos congestionados lanzaron furiosas miradas por la estancia.

—¿Dónde está el ayudante del sheriff? —¡Aquí! —contestó Schroeder.

De mala gana, se levantó de la silla del juez, y se apoyó en la puerta del calabozo. —Tú, no. El otro. —Durmiendo, supongo. Anoche se quedó hasta muy tarde.

—Se acabó lo de dormir —dijo el juez.

Soltó la muleta y, apoyándose con una mano en la mesa, se sentó con un gruñido. La muleta fue a parar al suelo. —¡Ah, por favor, juez! —protestó Hasty—. Déjenos descansar de vez en cuando. No tenemos muchas distracciones. El juez movió la silla con un chirrido para colocarse frente a los otros.

—Se hundiría el mundo y seguiríais durmiendo sin daros cuenta —declaró.

Se quitó el sombrero utilizando ambas manos, y lo colocó frente a él. Lanzó una mirada furiosa alrededor.

—Por Dios, juez, cómo apesta usted —dijo Skinner-¿Por qué no se viene al Corral Acmé y entre Paul, Nate y yo le damos unos buenos restregones en el abrevadero?

—Pero yo no apesto de la misma manera que vosotros. —El juez se frotó los ojos rezongando para sus adentros. De pronto preguntó—: ¿Dónde esta Blaisedell? ¡Anda evitándome!

Todos se echaron a reír.

—¡Reíros! —exclamó el juez—. ¡Sabed, pobres ignorantes, podridos hijos de perra, que me tiene miedo! —Ha ido a buscar sus pistolas de oro, juez —dijo Schroeder—. Luego vendrá.

Volvieron a soltar la carcajada, pero la risa se cortó bruscamente cuando en la puerta de la cárcel se proyectó una sombra. Apareció Blaisedell, agachando un poco la cabeza al cruzar el umbral. No llevaba chaqueta, sólo una limpia camisa de lino y una ancha canana de cuero repujado, con un Colt con cachas de madera de cedro enfundado sobre el muslo derecho.

—Juez —saludó, inclinando la cabeza hacia los demás—. Ayudante. Muchachos. ¿Me buscaba?

—Así es —contestó el juez, y Bates se rió por lo bajo—. Se lo advierto, comisario. Se ha quedado usted solo y desprotegido. El Comité de Ciudadanos ha decidido inhibirse ante todo aquel que pretenda imponer la ley en esta ciudad. Le habían ordenado algo que, además de ilegal y nocivo, era una puñetera y absoluta atrocidad. Y usted también se ha inhabilitado a sí mismo al negarse a cumplir sus instrucciones —y en tono triunfal concluyó—. ¡Ahí lo tiene!

Blaisedell se quitó el sombrero y lo sacudió despreocupadamente contra la rodilla. Tenía a la vez un aire divertido y arrogante. —¿En nombre de quién está hablando, juez? —preguntó en tono amable.

—Hablo... —empezó el juez. Su voz se tornó aguda—. Hablo en nombre de... ¡Sólo le estoy avisando, comisario! —¡Mira cómo le pincha! —murmuró Bates—. ¡Menudo zorro está hecho, el viejo juez!

Blaisedell le lanzó una mirada y Bates pareció avergonzarse.

—Acaba de imponer usted solo —prosiguió el juez, con más calma— una orden arbitraria, una ukase, a esos cuatro muchachos. —¿Una qué? —inquirió Blaisedell.

—Juez, espere un momento —empezó a decir Schroeder.

de la bandera, y a usted con ella. Porque se ha esfumado el apoyo que lo sustentaba, y que en cualquier caso usted ya había desechado. ¡Le advertí que eso era lo único que tenía! Que no era mucho, pero ni eso le queda ya.

—No haga caso a esa boñiga de vaca, comisario —dijo Skinner, en tono conciliador— Va un poco cargadito y desvaría. No habla en nombre de nadie. Y desde luego no habla por el Comité de Ciudadanos.

—Estoy hablando en nombre de su conciencia —replicó el juez—. ¡Si es que su orgullo le permite oírla!

—Pero si lo oigo perfectamente, juez —protestó Blaisedell. Permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada, mirando al juez con las cejas enarcadas, y la boca, bajo

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