I
Sentado en la mecedora de asiento de mimbre, a la sombra del porche del hotel, Morgan observaba el ambiente matinal de Warlock. No había mucha gente por la calle: un buscador de oro, con barba semejante al nido de un pájaro, estaba sentado en el banco que había frente a la Oficina de Ensayo; un camarero con delantal blanco barría la acera a la entrada del Billiard Parlor; estacionado a la puerta del Almacén de Forraje y Grano había un carromato, al que Wheeler y un mexicano llevaban abultados sacos que los hijos de Burbage iban amontonando en la cama del vehículo. Al suroeste, los Dinosaurios resplandecían débilmente a la luz del sol. Parecían muy próximos en el aire límpido, pero increíblemente mellados, con sombras demasiado recortadas, de forma que parecían pintados, como un caprichoso decorado de teatro. Los Bucksaw, más cercanos, eran lisos y de color terroso, y Morgan distinguió una caravana de carromatos que ascendía por el tortuoso camino de la mina Sister Fan.
Se desperezó y bostezó con ganas. A su espalda, en el comedor, oía el metálico repiqueteo de la vajilla y la cubertería; era un sonido agradable. Observó a la señora Egan, que venía afanosamente con la cesta de la compra, limpia y rozagante con su almidonado vestido de algodón de cuadros azul celeste, el rostro oculto por las aletas de la toca. Por su forma de andar, adivinó que desafiaba a cualquier hombre a que le dijera algo a ella.
Sonrió, extrañamente conmovido por el fresco y luminoso color de su vestido. Había descubierto que últimamente le causaban impresión los colores. Ayer había admirado el suave castaño oscuro del calcinado Glass Slipper, y el negro aterciopelado de sus carbonizadas vigas. Ahora, en la descolorida fachada del Billiard Parlor, donde estaba el rótulo que Sam Brown había quitado para volverlo a pintar, había un rectángulo de pintura fresca, preservada del sol: el amarillo era un color bonito. Había empezado a recordar colores, también; en su memoria resaltaba vividamente el de la hierba en las praderas de Carolina del Norte, y la diversidad de tonalidades de los árboles en otoño: mil matices diferentes; recordaba asimismo los árboles de Luisiana, el brillante y cálido verde oscuro de los troncos cuando dejaba de llover; y los de Wyoming, reluciendo al sol tras una tormenta de nieve, cuando el mundo entero parecía de cristal y todo transmitía una impresión de quietud y fragilidad; y recordaba las súbitas franjas de tierra rojiza al oeste de Texas, por donde la monótona llanura empezaba a perderse en el desierto.
—¿Permite que me siente en esta otra mecedora, señor?
Era el viajante que había llegado el día anterior a la ciudad, y se alojaba en su mismo pasillo, en la habitación de enfrente. Tomó asiento. Llevaba un bombín y un traje a cuadros, ajustado y barato. Iba pulcramente afeitado, y tenía una papada carnosa y sonrosada.
—Hermosa mañana —dijo cordialmente, ofreciéndole un cigarro que él cogió, olió y tiró al polvo de la calle. Sacó uno de los suyos del bolsillo superior de la chaqueta, se volvió y lo miró a los ojos hasta que se lo encendió.
—Me pregunto si podría indicarme quién es Blaisedell, en caso de que pasara por aquí —prosiguió el viajante, con menos cordialidad—. Nunca he estado antes en Warlock, y he oído hablar mucho de Blaisedell. Prometí a Sally, mi esposa, que vería a Blaisedell para luego contarle...
—¿Blaisedell?
—Sí, señor, el pistolero —confirmó el viajante. Ceceaba un poco—. El que manda aquí. El que mató a aquellos forajidos en ese corral de ahí, junto a la estación de la diligencia. Ayer me paré allí delante, cuando salí a dar una vuelta.
—Aquí no manda Blaisedell. —Volvió a mirarlo a los ojos—. Sino yo. Parecía que el viajante aspiraba aire con la boca cerrada.
—Puede decirle a Sally, su esposa, que ha visto a Tom Morgan —le dijo. Se sintió complacido, al ver el pánico en los ojos del viajante, pero el estómago se le contrajo casi como en un espasmo. Sacudió el cigarro hacia los pantalones a cuadros del recién llegado—. No vaya diciendo por ahí que Clay Blaisedell es quien manda en Warlock.
—No, señor —musitó el viajante.
La carreta cisterna pasaba por Broadway, con Bacon encorvado al pescante, la fusta alzándose y cayendo sobre las caballerizas. La herrumbre del depósito lanzaba destellos rojizos bajo el agua derramada. El rojo del óxido era un color bonito. Cuando el carro de riego hubo pasado, vio que Gannon venía hacia él por los soportales.
—Largúese de aquí. Ahí viene otro que cree que manda en Warlock.
El viajante se puso en pie y se marchó a toda prisa; Morgan se rió al oír el eco de las botas que se alejaban, sin apartar la vista de Gannon, que cruzaba Broadway. El sol arrancó a la estrella prendida en su chaleco una esquirla de luz que brilló por un momento. El ayudante del sheriff subió al porche y se sentó en la mecedora que había dejado libre el viajante.
—Buenos días, Morgan —saludó, frotándose nerviosamente la mano vendada en la pierna. —Y lo son.
Cruzó las piernas y bostezó.
—Va a hacer calor —repuso Gannon con el ceño fruncido, como si se le acabara de ocurrir. —Apuesto a que sí.
Asintió y miró de soslayo las esbeltas y tensas facciones de Gannon, su nariz ganchuda, sus hundidas mejillas. Se llevó despacio el dedo a la cara, esperando que el ayudante se armara de valor.
—He encontrado a dos personas —dijo Gannon al finque lo vieron volver a la mañana siguiente del asesinato de McQuown. Él no contestó. Sacudió la ceniza gris del cigarro.
—Lo oí pasar no muy lejos de mí —prosiguió Gannon, con la mirada fija frente a él—. Un poco hacia el este, por donde yo venía. Pero no puedo decir que lo viera.
—¿No?
—Me gustaría saber por qué lo hizo —dijo Gannon, casi como pidiéndole un favor. —¿Qué hice?
Gannon suspiró, hizo una mueca, se restregó la palma de la mano en la pierna. La culata de su Colt sobresalía, como una oreja caída, junto al asiento de la mecedora; si quería desenfundarlo, tendría que luchar contra la mecedora como si fuese una boa constrictora.
—Creo saber por qué —prosiguió—. Pero en un tribunal parecería ridículo. —Déjelo estar, ayudante —le sugirió Morgan, en tono amable.
Gannon lo miró. Tenía un ojo más grande que otro, o, más bien, de diferente forma, y su nariz parecía tallada en madera con un cuchillo desafilado. Era, en realidad, un rostro muy semejante al de aquellos rudos cristos tallados por indios mexicanos con más pasión que talento. Una cara a la que sólo una madre podía
querer; o Kate.
—Ayudante —dijo Morgan—. No tiene usted ningún triunfo en la mano. Ha encontrado a dos hombres que me vieron llegar a caballo, pero yo sé, y usted también, que por muy satisfechos que se pongan si resulta que maté a McQuown, los vaqueros del valle tienen las manos atadas porque han ido jurando por todas partes que fue usted. Ellos se pueden permitir hacer el ridículo, pero usted no. De manera que abandone la partida y descanse mientras los que tienen los triunfos en la mano terminan de jugarla. Esto no es asunto suyo.
—Sí que lo es —repuso Gannon.
—No lo es. Le queda tan lejos que sólo lo oirá pasar. Un poco hacia el este. Probablemente, ni lo oirá. Permanecieron un rato en silencio. Morgan se meció. Finalmente, Gannon dijo:
—¿Se marcha usted de aquí, Morgan?
El jugador miró al brillante rectángulo amarillo del Billiard Parlor.
—Un día de éstos —contestó—. Primero he de que ocuparme de ciertos asuntos. Tengo que hacer un favor a Kate. Esperó, pero Gannon no le preguntó de qué se trataba, una muestra de cortesía por su parte. De manera que prosiguió:
—Ella piensa que está usted a punto de enfrentarse con Clay. Le he prometido que lo vigilaré como a una criatura. Gannon se aclaró la garganta. —¿Por qué haría algo así?
«Pues por una razón —pensó—, porque vi cómo se le clavaba un percutor en esa mano cierta noche»; pero en voz alta contestó:
—¿Quiere decir que por qué le haría un favor? —Volvió la cabeza y miró a Gannon a los ojos—. Porque fue mía durante seis años. Toda mía, aunque la alquilaba de vez en cuando.
Se avergonzó de haber dicho eso, y luego se enfureció consigo mismo al ver que Gannon entornaba los ojos como si hubiera comprendido algo. —Esa no es razón suficiente —repuso Gannon con calma— Aunque sí sería un motivo para matar a Cletus.
Le chocó que Kate se lo hubiera contado al ayudante. O quizá no lo habría hecho, porque era algo que cualquiera podría haber oído en el French Palace tomando una copa.
—Eso no fue en su territorio, ayudante —le dijo—. Déjelo estar, eso también.
Gannon parecía confundido, y Morgan comprendió que se había referido a Pat Cletus. Sintió una punzada de preocupación, y pensó que lo mejor sería ponerlo a la defensiva. Se desperezó y le preguntó:
—¿Va a convertir a Kate en una mujer decente, ayudante? El semblante de Gannon se tiñó de rojo vivo.
—Vaya, qué bien —dijo Morgan, sonriendo—. Le firmaré el documento de cesión, tanto de la parcela como de la explotación de la mina. Y oficiaré de padrino de boda, también. ¿O no quiere que me quede tanto tiempo?
—No —contestó Gannon, desviando la vista—. No quiero que se quede, ya que lo pregunta. —¿Me está expulsando de la ciudad?
—No, pero si no se marcha tendré que llevar hasta el final la cuestión que he venido a aclarar. —Y no quiere hacerlo.
—No quiero, no —dijo Gannon, sacudiendo la cabeza—.
Y como dice usted, no creo que llegue a parte alguna. Pero tendré que seguir investigando.
—Podría dejarlo tal como está, ayudante —le sugirió—. Quedarse un poco al margen. Pasarán algunas cosas, y otras se olvidarán, y ninguna de ellas será de su incumbencia ni de nadie más. Me marcharé cuando me parezca.
Gannon se puso en pie, flaco como un palillo y algo cargado de hombros. —¿Un par de días? —insinuó tercamente.
—Cuando me venga bien. Gannon se dispuso a marcharse.
—No me destierre, ayudante —susurró Morgan— Esa no es tarea para usted.
Consideró lo que acababa de decir. Ni siquiera lo había pensado antes de decirlo; o quizá sí, y había decidido hacerlo. Pero ésa era la respuesta, ¿no?, pensó con impaciencia.
Y a lo mejor aún podía salirse con la suya, dejando a Clay en buen lugar a ojos de los demás. Empezó a repasarlo todo, haciendo cálculos como si fuera una mano de póquer cuyo contenido conocía, pero dirigida por un contrincante que no jugaba con las mismas reglas que él, e incluso que no practicaba el mismo juego.
II
Más tarde se sentó a esperar a Clay a una mesa cerca de la entrada del Lucky Dollar. Se puso a observar los sesgados rayos de sol que se filtraban por el enrejado de listones, desbaratados, cada vez que un cliente entraba o salía, en una confusión de luces y sombras cambiantes mientras las puertas se abrían y cerraban en arcos decrecientes. Luego quedaban nuevamente estacionarias, y volvía a formarse la luminosa rejilla. Por la tarde la luz iría deslizándose poco a poco sobre el encerado suelo de madera de Taliaferro, hasta apagarse cuando se ocultaba el sol y otro día tocaba a su fin.
Hoy no pensaba más que probar el agua con el pie, para ver lo fría que estaba.
El entramado de luz se había vuelto a romper; alzó la vista y saludó con la cabeza a Buck Slavin, que acababa de entrar. Slavin le devolvió el saludo, con hostilidad. «Cuidado —pensó con desdén—; podrías convertirte en piedra.»
—Buenas tardes —dijo Slavin, siguiendo a lo largo de la barra.
«Cuidado, podrías corromperte si se te ocurriera hablarme.» Veía las caras que lo miraban por el espejo a lo largo del mostrador; sentía el odio como polvo picándole bajo el cuello de la camisa. De cuando en cuando aparecía Taliaferro en la puerta de su despacho: para ver si había empezado ya la partida de faraón, y Haskins, el pistolero mestizo del French Palace, lo vigilaba desde la barra, de perfil, con su fino bigote y la cicatriz cruzándole el moreno rostro como el costurón de un zapatero, el Colt remetido en la cintura.
Hizo a Haskins una inclinación de cabeza con exagerada cortesía, se sirvió un poco más de whisky en el vaso, y dio un sorbo mientras contemplaba las estructuras luminosas. Oyó el retumbar de ruedas y cascos en la calle al paso de una carreta, el restallar de la fusta y los gritos. Las franjas de sol cobraron el lechoso tinte del polvo.
Cuando entró Clay se le removieron fríamente las tripas. Retiró con el pie la silla que había junto a él y Clay se sentó. El camarero salió apresuradamente por el extremo de la barra y les llevó otro vaso. Morgan sirvió whisky a Clay y levantó su vaso mientras observaba el rostro del comisario, que tenía una expresión grave. — Salud —brindó.
—Salud —repitió Clay con una inclinación de cabeza.
Bebió y sonrió ligeramente, como si pensase que era lo que tenía que hacer, y luego echó un vistazo por el Lucky Dollar. Morgan vio que las caras del espejo desviaban la vista. Escuchó el reposado y múltiple entrechocar de fichas.
—Esto está muy tranquilo últimamente —observó Clay.
—Insípido, con McQuown muerto —repuso Morgan, asintiendo.
Supuso que Clay lo sabía, aunque era imposible decirlo. Estaba dando vueltas al vaso entre las manos; la base del recipiente resonaba levemente sobre el tablero de la mesa.
—Sí —convino Clay, sin mirarlo.
—Fíjate en el de la cara cortada. Lew no se decide a lanzarlo contra mí. Clay alzó la vista y Haskins lo vio mirar. Su moreno semblante enrojeció. —Antes de que yo vaya por Lew —concluyó Morgan.
—Te pedí que lo dejaras correr, Morg.
—Mira —suspiró—, no es fácil cuando un hijo de puta te incendia el local. Y resulta difícil ver a los mineros tan satisfechos porque creen que han sido ellos. Clay rió entre dientes.
«Bien —pensó—, ha desistido.»
—Anoche vi a Kate. Está chalada por ese ayudante del sheriff. Kate y sus malditos perritos. Éste me recuerda un poco a Cletus. —No veo por qué.
—Sólo por cómo se están poniendo las cosas, supongo. El rostro de Clay se ensombreció. —Me parece que no sé lo que quieres decir. No tengo idea de lo que estás hablando. ¿Qué ocurre, Morg?«Me duele la barriga —dijo para sus adentros—, y además se me están helando los pies.» No creía que pudiera hacerlo ahora.
—Bueno, pues es que me he puesto a recordar cosas —dijo—. Sentado todo el tiempo, sin mucho que hacer. Supongo que me pongo a hablar sin explicar lo que estoy pensando. —Se retrepó en el asiento, tranquilamente—. Por ejemplo, ahora me estaba acordando de cómo desplumé aquel viejo tejano en una partida de póquer, allá en Fort James. Le gané la ropa, y allí estaba, pisando fuerte por la ciudad, con unos calzoncillos largos sucios y repugnantes, la canana y las botas: lo que no apostó. ¿Lo recuerdas? Se me ha olvidado cómo se llamaba.
—Hurst —dijo Clay.
—Hurst. El sheriff lo interpeló por ir con esa pinta por la ciudad. «¡Indecente!», le gritaba. «Pero Sheriff, es que ya llevo tres años cosido a estos calzoncillos y no estoy seguro de que me haya quedado piel debajo. Y si me los hubiera apostado, ¿qué habría sido de mí?» ¿Te acuerdas? —dijo, echándose a reír, y le dolió ver que Clay se reía con él—. ¿Lo recuerdas? —insistió—. Estaba pensando en eso. Y en cómo la gente acaba cosida a cosas más sucias y repugnantes que los calzoncillos de Hurst.
Antes de que Clay lo interrumpiera, se apresuró a continuar:
—Y me estaba acordando de la vez en que me cogieron aquellos estranguladores de Grand Fork. Me encerraron en una habitación del hotel con un guardián, mientras ellos trataban de dar caza a George Diamond para colgarlo conmigo. Kate echó una lata de queroseno por la parte de atrás, prendió una cerilla y subió corriendo las escaleras gritando que había fuego, con lo que todo el mundo se arremolinó y bajó a ver, y entonces ella sacó una pequeña Derringer que tenía y apuntó al vigilante que me guardaba. Ella me salvó de aquel lío. Como hiciste tú aquí; tú y Jessie Marlow. Nunca me ha gustado la idea de morir ahorcado, y a Kate le debo una, y a Jessie y a ti os debo otra.
—¿A qué viene eso de deber? —dijo Clay con aspereza. Se sirvió más whisky—. También lo puedes ver al revés, Morg: aquella vez que Hynes y los otros me encañonaron antes de que yo desenfundara. Pero nunca he pensado que hubiera deudas entre nosotros.
«¿No?», pensó él. Antes le habría gustado saber que no se debían nada el uno al otro; ahora no le agradaba, porque las deudas podían saldarse, pero si no había, difícilmente podrían cancelarse.
—Bueno, algunas hay —dijo despacio. Y seguidamente añadió—: Me refiero a Kate. Las mejillas de Clay enrojecieron intensamente.
—Creía que te conocía bien, Morg —dijo con voz insegura—. Pero ya no te conozco. ¿Qué...?
—Es sobre el ayudante del sheriff —aclaró. No se sentía capaz de hacerlo, pero continuó, despreciándose a sí mismo—: Tiene miedo de que el ayudante y tú acabéis enfrentándoos.
—¿Y has dado tantos rodeos para pedirme eso? —Yo no te pido nada. Es lo que Kate me ha pedido a mí. —Entre el ayudante y yo no habrá problemas — aseguró Clay, con frialdad—. Puedes decírselo a Kate. —Ya se lo he dicho.
Clay asintió; el rubor desapareció de su rostro. La línea plana de su boca se arqueó levemente. —Tonterías —sentenció. —Tonterías —convino Morgan—. Vaya, lo que me ha costado decir algo claramente, ¿eh?
Las facciones de Clay se relajaron. Acabó el whisky que le quedaba en el vaso. Luego dijo bruscamente: —Jessie yo vamos a casarnos, Morg. Si te quedas, podrías ser el padrino, ¿te parece?
Lo veía venir, y consideró que había tardado mucho. Pero no iba a ser padrino de Clay. —¿Cuándo? —preguntó.
—Dentro de una semana, más o menos, según dijo ella. Tengo que traer a un predicador de Bright's City. —Creo que no me quedaré tanto tiempo. —Ah, ¿no? —dijo Clay, y pareció decepcionado.
No podía quedarse para ser el padrino, y hacer al mismo tiempo el adecuado regalo de boda a los novios; las dos cosas, no.
—No, me parece que no puedo esperar —dijo—. Antes de que estés acabado te casarás media docena de veces; un tipo maravilloso como tú. Ya te haré de padrino en otra ocasión. Además, hay un viejo refrán que dice: quien gana una esposa, pierde un amigo. Eso decía un tipo con quien viajé durante un tiempo. Me contó que se había casado dos veces, y que en las dos ocasiones le pasó lo mismo. La primera se fugó con su socio, y la segunda lo obligó a montar un alboroto con otro: lo