Tras la reunión del Comité de Ciudadanos, el médico, en compañía de Jessie y algunos más, se dirigió a la estación de la diligencia para despedirse de Goodpasture, Slavin y Will Hart, que iban a Bright's City. Buck los saludó por la ventanilla,cuando el carruaje salió balanceándose de la estación, llevando al General Peach otra desanimada delegación, con otra retahila de exigencias y peticiones. Y con amenazas, esta vez.
Con Jessie cogida de su brazo, se dirigió a la esquina de Goodpasture. La diligencia casi se había perdido de vista entre el polvo que levantaba por Main Street en su rápido avance hacia el este. Jessie, a su lado, guardaba silencio; el médico era consciente de que la reunión no había sido fácil para ella. Apenas había pronunciado palabra, y tenía un aire apático y fatigado. Bajo sus ojos se apreciaban unas manchas de desagradable aspecto.
—¿Y cómo se encuentra hoy el ángel de los mineros? —preguntó MacDonald, alcanzándolos. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, con el bombín gris ladeado sobre un ojo. En su pálido rostro, arrogante y agraciado, se apreciaba un odio desprovisto de pasión. Saludó al médico con una inclinación de cabeza—. ¿Y el matasanos de los mineros?
Jessie no despegó los labios, mirando de soslayo a MacDonald por el borde de la toca. Apretó la mano en el brazo del médico, que contestó: —Observación ociosa. No hay muchos enfermos ahora que han cerrado la Medusa.
—Me han dicho que tienes otro trabajo —dijo MacDonald, arqueando con sorna el labio superior. —¿Me has incluido en la lista de los que tus Reguladores tienen que meter en vereda?
—¡Cállate, por favor! —exclamó Jessie.
Pike Skinner los alcanzó y se puso junto a MacDonald.
—Ya no tienes a los Reguladores —observó Skinner—. ¿Por qué te han dejado, Charlie? ¿Les bajaste la soldada?
—Veo que todos se han puesto en mi contra —repuso MacDonald con voz ronca—. Conozco los bulos que corren. ¡Sé quién los cuenta, quién está conspirando contra mí y en qué pensión! —Señaló de pronto con el dedo, curvando nuevamente el labio superior—. ¡Y sé quién es ahora el principal alborotador!
El médico alzó la vista del dedo, que lo apuntaba a él, y miró a MacDonald. Era evidente que aquel hombre estaba medio trastornado ante el temor de perder su posición. Se encontraba en una situación lamentable, pero no sentía lástima de él. Le habría gustado verlo completamente hundido. Esforzándose por articular claramente cada sílaba, para que no se le quebrara la voz, declaró:
—Charlie, me siento orgulloso de que me cuentes entre tus enemigos.
—¡Oh, dejadlo ya, por favor! —insistió Jessie—. ¿Es que no hay cosas más importantes que esa estúpida discusión sobre la Medusa? ¡Ojalá no existiera esa maldita mina!
—¡Estoy seguro de que se hará todo lo posible para que se cumpla tu deseo, Jessie! —replicó MacDonald—. No me cabe duda de que... Se calló cuando Pike Skinner lo cogió con fuerza del hombro obligándolo a volverse.
—¡Cuidadito con quién estás hablando! ¡Ella te ha pedido que te calles, y tú te callas!
El rostro de MacDonald se cubrió de manchas rojizas, como de fiebre; se quitó de encima la mano de Skinner, se colocó bien el sombrero y, en silencio, dobló por la esquina con paso digno y desapareció.
Mientras observaba cómo se marchaba MacDonald, el médico vio que Taliaferro cruzaba Main Street, seguido de cerca por el pistolero mestizo que, al parecer, lo acompañaba últimamente a todas partes. Vio también al ayudante del sheriff, que iba por Southend Street en dirección a la cárcel.
—El pobre Charlie anda trastornado —aseguró, dando una palmadita a Jessie en la mano.
—Gannon no se acerca por Main Street, según veo —decía Skinner a Fred Winters, en tono áspero. El médico sintió que Jessie le clavaba los dedos en el brazo mientras Skinner seguía censurando a Gannon. —Tengo que ir a un recado, David —le dijo ella, marchándose bruscamente.
El recado, comprendió él, tenía que ver con Gannon, cuya destitución del cargo era uno de los objetivos de la delegación que acababa de partir hacia Bright's City. Personalmente no había votado a favor, y tenía la seguridad de que la mayoría esperaba que el despido de Gannon viniera en cierto modo a confirmar que había mentido.
Esperó hasta ver que Jessie entraba en la cárcel y luego se dirigió solo hacia el General Peach, donde iba a celebrarse una asamblea de mineros. Unos huelguistas de la Medusa lo saludaron al cruzar los soportales, y Morgan lo observaba desde su mecedora en el porche del Western Star. Morgan le dirigió una inclinación de cabeza, pero él no hizo caso del saludo.
En el porche del General Peach había unos cuantos mineros ociosos, pero el comedor, donde debía celebrarse la reunión, aún estaba desierto, y avanzó por el pasillo hacia el hospital. Como había dicho a MacDonald, desde el cierre de la Medusa apenas se habían producido accidentes en las minas, y, además, una gran cantidad de pacientes se había marchado del hospital en lo que parecía una señal de protesta contra Jessie por haber salvado a Morgan del linchamiento. Ahora no había muchas camas ocupadas.
Las cortinas estaban recogidas en la alta y estrecha ventana, y la luz del sol inundaba los catres vacíos. Barnes, Dill y Buell estaban sentados en la cama del primero, concentrados en su interminable partida de naipes, y Ben Tittle y Fitzsimmons seguían de pie el juego. Cerca de ellos, Stacey, con el cráneo y la mandíbula vendados, estaba tendido de costado, leyendo un periódico hecho jirones.
—¿Qué ha pasado? —dijo Dill con voz inexpresiva, tirando una carta—. ¿Contra quién han disparado? —¿Qué hay de nuevo, Doc? —preguntó a su vez Barnes-¿Es verdad que los Reguladores se han ido a casa? —Se han marchado —confirmó él.
—¿A quién han asesinado ahora? —inquirió Dill, sin dirigirse a nadie en particular y mirando con resentimiento las cartas que había frente a él en la cama.
—¿Dónde se mete últimamente la señorita Jessie, Doc? —quiso saber Buell, evitando mirarlo a los ojos—. Es como si se hubiera largado, dejándonos aquí olvidados.
—¡Cierra el pico! —exclamó Ben Tittle.
—¡Menudas discusiones ha habido aquí todo el día! —comentó Fitzsimmons. Y seguidamente añadió—: No sé qué pensar de la marcha de los Reguladores. ¿Y usted, Doc?
El médico sacudió la cabeza, y comprendió que Fitzsimmons estaba preocupado por si empezaban a considerar seriamente incendiar la bancada de la Medusa ahora que no había vigilancia; eso era lo que tenía aterrorizado a MacDonald. Fitzsimmons se frotó suavemente las manos, inquieto. Los dedos de su mano derecha parecían salchichas dobladas cuando se apoyaron sobre la izquierda, aún vendada.
—Se han cansado, eso es todo —dijo Dill—. Sin nadie a quien disparar. Y yo diría que esto está muy aburrido, hace más o menos veinte minutos que no se oyen tiros. ¿Es que no han matado a nadie más? —Tiró otra carta y añadió—: Bueno, supongo que no vamos mal, aunque todavía no estamos en paz. Schroeder mata a
Benny Connors, Curley Burne lo mata a él, y Blaisedell liquida a Burne. Pero cuando Morgan mata a Brunk, entonces la señorita Jessie... —¡He dicho que cierres la boca! —gritó Tittle.
Echó bruscamente el brazo hacia atrás y la palma de su mano restalló contra la mejilla de Dill, que se desplomo sobre Barnes, maldiciendo, para luego ponerse torpemente en pie y enfrentarse a Tittle. La larga cicatriz de su frente estaba al rojo vivo. Al verlos pelear, el médico se preguntó si valía la pena molestarse por ellos; se avergonzó al darse cuenta de que ninguno le importaba nada, salvo, quizá, Fitzsimmons. Sólo odiaba lo que los oprimía, y a veces temía que no fuese suficiente.
—¡Deja de hablar así, Ira! —exclamó Tittle—. ¡Maldito seas, Ira! ¡No quiero oírte más! Dill lo insultó, y Fitzsimmons puso un pie en el larguero del catre, entre los dos.
—Hemos estado hablando, Doc —explicó Buell con aire de disculpa— Y nos hemos acalorado un poco antes de que usted viniera. Ira y yo sosteníamos que Frank Brunk tenía razón, porque resulta duro encontrarse en una casa de caridad. Dése cuenta, Doc.
—¡Pues pagad para que os atiendan! —exclamó Tittle—. Quiero decir que si podéis pagar, hacedlo. O si no, callaos. Que me ahorquen si entiendo por qué mantiene a unos cabrones tan desagradecidos y mal hablados.
—¿Y qué es lo que habéis decidido Ira y tú, Buell? —inquirió el médico.
—Bueno, esto es una pensión y la señorita tiene que ganarse la vida con ella —explicó Buell—. Por otro lado, no está bien vivir de la caridad. Así que estábamos comentando que los que puedan pagar, deberían hacerlo.
—Muy bien, hacedlo.
—No hay uno que tenga dinero ahorrado para pagar —observó Fitzsimmons—. Hablan por hablar. Lo que en realidad les preocupa es encontrar el modo de avergonzar a la señorita Jessie por lo que hizo por Morgan.
—Hablas demasiado para ser un mocoso —le advirtió Dill, y Fitzsimmons sonrió al médico. —Sí, les parece bien que les salve la vida... pero no a quienes no les gusta a ellos.
—Eso es, Doc —terció Dill—. Sabemos quién le gusta a ella. Me parece que su melenudo pistolero huele mejor que nosotros. —¡Te voy a matar, Ira! —gritó Tittle, abalanzándose hacia él.
—¡Quieto, Ben! —dijo el médico, perplejo por la furia que vio en el rostro de Tittle.
Indicó la puerta con la cabeza, y Tittle, en actitud sumisa, dio media vuelta. Fue renqueando hacia el pasillo, con la ropa colgándole holgadamente sobre el descarnado cuerpo.
El médico se volvió hacia Dill, que lo miró a los ojos de mala gana.
—Entiendo que tú eres uno de los que no pueden pagar, Dill —le dijo—. ¿Qué quieres que haga ella, exigirte el pago de lo que le debes para que puedas insultarla?
Dill no dijo nada.
—Otros que parecían pensar como tú han tenido la decencia de marcharse de aquí —prosiguió, con la mirada fija en el grotesco semblante del minero—. Te sugiero que hagas otro tanto. No eres digno de sus cuidados, ni de la molestia que yo me tomo contigo. No mereces que nadie se ocupe de ti.
—Bueno, pues me iré —repuso Dill—. Sé cuándo no me quieren en un sitio.
—Lo que puedes hacer es comprar unos lapiceros en la tienda del señor Goodpasture y venderlos por la calle. Así no dependerás de la caridad.
—A lo mejor lo hago. No crea que no soy capaz. El médico dio un paso hacia Dill, que retrocedió. Al ver que Jimmy Fitzsimmons lo observaba con inquietud, el médico hizo un esfuerzo para no levantar la voz.
—Deja que te diga una cosa, Dill. No sé lo que habrás estado diciendo, pero si llegas a hacerle el más mínimo daño con tu estúpido rencor, haré lo que esté en mi mano para romperte esa cabeza que yo mismo te he curado.
—Tranquilo, Doc —murmuró Fitzsimmons.
—¡Y lo digo completamente en serio! —añadió el médico, y Dill retrocedió—. ¿Me oyes, Dill? —Igual que Morgan hizo con Stacey, ¿eh, Doc? —dijo Dill.
—Exactamente.
Dill se encogió de hombros con arrogancia y se dirigió a su catre, desde donde se lo quedó mirando con el rabillo del ojo. —¡Venga, Dill! —le gritó el médico—. ¡Fuera de aquí!
Oyó que Ben Tittle lo llamaba desde el umbral, y dio media vuelta. —La señorita Jessie desea verlo, Doc.
Su furia se apaciguó de pronto. Casi lo sintió por Dill y los demás, cada uno librando su batalla solitaria para mantener un remedo de orgullo. Pasó al lado de Tittle, salió de la estancia y fue al final del pasillo. Allí se habían congregado unos cuantos mineros, hombres con aire de preocupación y rostro severo que llevaban ropa limpia de color azul, varios de ellos con un revólver metido en el cinturón. Todos lo saludaron gravemente. Algunos de ellos, él lo sabía, eran personas responsables, con dignidad, capaces de desenvolverse por sí mismos si se les mostraba el camino. Se preguntó por qué era siempre tan brusco con ellos.
Llamó a la puerta de Jessie, y entró cuando ella le contestó. Estaba de pie, mirándolo de frente, con los puños apretados a los costados, y lágrimas asomando en sus redondos ojos. Nunca la había visto tan encolerizada.
—¿Qué pasa, Jessie? —le preguntó, cerrando la puerta.
—¡Ese ridículo hombrecillo! ¡Oh, ese despreciable y envidioso individuo! —¿De quién hablas, Jessie?
—¡Del ayudante del sheriff! —exclamó ella, como si fuera un estúpido por no adivinarlo—. ¡No veo por qué no podía hacerlo! ¡Es tan envidioso! ¡Tan insignificante! El...
—No sé de qué hablas, Jessie. ¿Qué es lo que Gannon no ha querido hacer?
Ella hizo un esfuerzo por recobrar la compostura. Las comisuras de su boca se fruncieron, y era, pensó él, como si aquellos músculos diminutos tiraran de su propio corazón.
—¿Qué ocurre, Jessie? —le preguntó, con más delicadeza.
—Fui a decirle que Henry, Buck y Will han ido a Bright's City a pedir su destitución —explicó ella—. Le dije que... que no sabía si lo conseguirían o no. Y... bueno, pensé que se marcharía si yo se lo pedía, David.
—Ah, ¿sí? —repuso él, preguntándose cómo era capaz de pensar tal cosa, y qué esperaba ganar con ello.
—Me pareció que si se lo pedía yo... —repitió ella. Las lágrimas volvieron a aflorar a sus ojos; se las enjugó con el pañuelo—. Creí que si le hacía comprender... —entonces añadió, con furia—: ¿Sabes lo que me contestó? ¡Que Clay no podía desempeñar ese cargo!
—Le pediste que dimitiera para que Blaisedell pudiera ser ayudante del sheriff —resumió él, y, aunque asintió con la cabeza, comprendió que Gannon tenía razón. Había muchos motivos por los que Blaisedell no podía desempeñar ese cargo, pero hubiera preferido abofetearla antes que entrar en razones con ella.
—¡Despreciable hombrecillo, envidioso y petulante! —exclamó Jessie.
Se llevó el pañuelo a la boca en lo que parecía un injustificado acceso de amargura. —¿Qué pasa, Jessie? —insistió él, pasándole un brazo por los tensos hombros.
—¡Ah, es Clay! —murmuró ella—. Clay le ha dicho que yo había mentido, y él estaba tan petulante. ¡Oh, cómo lo odio! —Se apartó de él y se dejó caer sobre la cama. Sollozó en la almohada. Él creyó oírla decir—: ¡Si se marchara, nadie se enteraría!
Fue a sentarse a su lado, y al cabo de un tiempo ella cogió su mano entre las suyas, la apretó fuerte y se la llevó a la húmeda mejilla. —Ay, David —murmuró—. Qué bueno eres conmigo, y yo soy tan horrible...
—No eres horrible, Jessie. —Le mentí. Y él lo ha descubierto.
—¿Blaisedell? —le preguntó, pues no estaba claro.
Jessie asintió; él notó en la mano el calor y la humedad de las lágrimas. —Le mentí sobre lo que Cari Schroeder había dicho.
Se quedó mirando los tirabuzones caídos, en silencio; suavemente, con torpeza, los acarició con la mano izquierda. Ella volvió a sollozar. —Le expliqué que había mentido por él. Por eso se enteró. ¡Pero lo hice por él! Pensé que si le pedía al ayudante que...
—¡Calla! No tan alto, Jessie. Todo irá bien. —¡Clay me odia, debe de odiarme! —Nadie podría odiarte, Jessie. Llamaron a la puerta. —Es la hora de la asamblea, Doc. —Era la voz de Fitzsimmons.
—Un momento —contestó. Pasó la mano por el cabello de Jessie y, sin pensar siquiera en lo que decía, repitió—: Todo irá bien, Jessie.
Bajó la vista hacia los cabellos castaños que estaba acariciando. Jessie había hecho algo indigno de ella: por el bien de Clay Blaisedell. Estaba entregada a él. Rogó con súbita rabia por que volvieran los días en que no había ningún Clay Blaisedell en Warlock.
—¿Y qué voy a hacer ahora? —dijo Jessie—. ¡Si Gannon se fuera nadie le creería! No le contestó, porque Fitzsimmons volvió a llamar.
—¡Están empezando, Doc! Será mejor que venga.
Jessie sollozaba mansamente cuando la dejó, y Fitzsimmons pareció aliviado al ver al médico. —¡Vamos! ¡Daley nos está guardando un sitio!
Habría unos treinta hombres en el comedor. Se sentaban en mesas y bancos de tablones arrimados contra la pared y en dos filas de sillas al fondo de la estancia, más allá de las cuales estaban Frenchy Martin y el viejo Heck, en la mesa de Jessie. Algunos permanecían en pie. El médico advirtió que, si bien en su mayor parte eran de la Medusa, también había un contingente de la Sister Fan y, según parecía, un representante como mínimo de las demás minas. Eso constituía el esqueleto del Sindicato de Mineros, establecido bajo la dirección de Lathrop, sin actividad desde hacía bastante tiempo, pero en modo alguno olvidado.
Daley les había reservado dos sillas en la primera fila. Fitzsimmons se sentó muy envarado, poniéndose cuidadosamente las manos delante del pecho, y el médico conocía la costumbre del minero de colocarlas así con objeto, en parte, de llamar la atención sobre ellas, como un soldado con sus heridas: una especie de prueba de madurez e iniciación ante sus compañeros.
El viejo Heck agitó el brazo al fondo de la sala, y la puerta se atrancó con cerrojo. Heck miraba bajo las fruncidas cejas, grises e hirsutas, mientras daba palmadas en la mesa reclamando silencio. Tenía un feo moratón a un lado de la cabeza, y unos rasguños en la frente que le conferían una furibunda expresión. A su lado, Martin tenía un ojo magullado, y, con su largo y engominado bigote, ofrecía el mismo aspecto de fiereza.
—Los Reguladores ya se han ido. Hemos ido a comprobarlo. Allí sólo queda una recua de capataces y una barricada que han levantado en el camino, pero eso es todo. Y ahora, todo el mundo sabe la cuestión que vamos a tratar aquí.
—Yo estoy a favor —dijo alguien en voz baja, y el médico volvió la cabeza y vio que se trataba de Bigge. Tenía en mejor concepto a Bill Bigge, que se sonrojó al encontrarse con su mirada.
—Yo estoy a favor —declaró Frenchy Martin—. Ya está bien de que nos lo traguemos todo. Ahora nos toca morder, ¿eh? Fitzsimmons se puso en pie.
—¿Quién ha dejado entrar a ése? —gruñó alguno.
Fitzsimmons permaneció erguido, con las manos quemadas frente al pecho, y dijo: —Me gustaría preguntar su opinión al médico, si todo el mundo está de acuerdo.
Hubo una andanada de aplausos. Gritaron su nombre, al parecer con buena disposición, aunque debían de saber lo que iba a decirles. Se levantó y buscó con la mirada a Daley, Patch y Andrews, que lo habían invitado a asistir.
—Muy bien —dijo—. Me parece que todos sabéis lo que voy a decir. ¿Empiezo? —Adelante, Doc —lo animó Daley.
—¡Deles fuerte! —murmuró Fitzsimmons.
—Os diré que más vale que lo penséis bien antes de dar un paso, cosa que ya deberíais saber. Y también que tenéis muchas más posibilidades de conseguir lo que queréis por medio de la razón antes que por la fuerza. A menos que lo que pretendáis sea desencadenar una violencia irracional, en cuyo caso habéis procedido