Fui a visitar a Pachita al día siguiente. Le había prometido leerle el libro.
Me la encontré en la cocina de su casa acompañada de Memo. Estaban preparando remedios y Pachita me mostró un cuarto contiguo repleto de botellas, sillas, costales llenos de hierbas, matraces, probetas, papeles.
—¡Este es mi laboratorio! —me dijo sonriendo—, aquí hago mis medicinas. Ahorita estamos preparando un líquido especial. Si uno se toma un traguito todas las mañanas y en ayunas, no envejece.
Me lo dio a probar y tosí abrumado por alcohol. — ¡Es puro alcohol!
— ¡No hombre! —rió—, son hierbas y ron y . . . ¡Sí!, Un poco de alcohol pero nada más.
Me regalaron una botella y después de varios días de tomarme mi “traguito” note que mis músculos endurecían notoriamente. Pachita tomaba ese mismo remedio y se veía extraordinariamente joven para sus 78 años de edad.
Empecé a leerle el libro y nunca tuve ni he tenido una audiencia más interesada y luminosa..
El viernes me sentía muy bien y al entrar al recinto de las operaciones lo encontré iluminado y a Pachita platicando.
Era temprano y el Hermano todavía no venía. Aunque había visto varias veces la llegada de Cuauhtémoc, siempre era interesante observar el procedimiento que Pachita usaba para recibirlo.
Armando me dijo al finalizar esa sesión, que las entidades utilizaban un 10 % del cerebro de los mediums porque usar más destruiría la masa encefálica. Era como si una organización energética se apoderara de los axones, dendritas y neuronas del cerebro activando patrones neuronales específicos y controlando Campos energéticos Neuronales.
Pachita pidió la túnica de Cuauhtémoc, se la colocó y se sentó en una silla frente al altar, cerró los ojos y empezó a recitar una serie de oraciones. Bostezó varias veces y después tembló otras tantas. Por fin levantó su brazo derecho y nos saludó:
— ¡En el nombre de mi Padre, yo os saludo!
Por alguna razón, recordé que cuando vivía en Nueva York, en dos ocasiones, yo había penetrado en un remolino gigantesco y al sentir que mi cuerpo empezaba a girar siguiendo las curvas de aquél, había parado el proceso asustado por el misterio.
En ese momento me pareció probable que la llegada de Cuauhtémoc implicaba sensaciones similares para Pachita.
A la mitad de las consultas me empecé a sentir muy mareado. Era como si una energía desorganizada e intensa estuviese interactuando con mi cerebro sacándolo de equilibrio. No quise decir nada y sólo hasta que mis sensaciones sobrepasaron mi capacidad de control comenté en voz alta:
— ¡Hermano, me siento muy extraño y no sé si soy yo o es algo que estoy, detectando!
estás recibiendo energía para poder soportar la lucha. Al terminar su comentario escuché algo muy extraño. Era una especie de gruñido salvaje.
—¿Oíste? —me preguntó el Hermano. — ¡Sí! —afirmé yo extrañado.
—Esos son los Incas preparándose para atacar.
El Hermano se refería a un evento que habíamos vivido dos semanas antes cuando la pareja de sudamericanos se había presentado para consulta.
La mujer, una rubia muy atractiva, había visitado Brasil y le habían hecho un trabajo de brujería. Su compañero estaba muy alarmado y había comentado que su mujer actuaba en forma muy extraña y parecía poseída por una entidad “oscura”.
La pareja había decidido venir el día de hoy y los Incas eran las entidades que poseían a la mujer. Esperamos toda la sesión a la pareja pero no llegaron.
Mientras tanto, la desorganización energética persistió durante varias horas acompañada de súbitos gruñidos.
Tuve que comentar de nuevo mis sensaciones y al terminar las consultas, le volví a preguntar a Cuauhté- moc:
—Hermano, ¿qué es lo que sucede? --Ya te dije mi niño, son los Incas. —¿Tú sientes igual que yo?
—No, yo no siento eso, a mi no me afectan como a ti. — ¡Es que tú eres de acero!
El Hermano se asombraba mucho por algunos incidentes que tenían en común una absoluta ausencia de conciencia bondadosa.
Cada vez que ocurría algo de ese estilo, siempre comentaba el acontecimiento haciendo énfasis que tal nivel era insostenible.
Parecía penetrar en la naturaleza humana y todo el estereotipo con el cual trabajaba (un cuchillo de monte, operaciones, una cama de cirugía, una luz tenue), estimulaba en el ser humano que penetraba al recinto, lo que no era posible controlar y ocultar. Yo aprendía a su lado y veía como allí, entre sus manos, surgían los instintos, lo no resuelto, la porción animal de la conciencia.
Así, cuando una señora obesa acompañada de su hijo, se acostó boca abajo en la cama para ser intervenida de su columna vertebral y en un continuo grito se quejaba y quejaba, el Hermano comentó que una madre no debía asustar de tal forma a su hijo y por lo menos tener conciencia de las consecuencias de su falta de control y ausencia de fe.
El prestigio de Pachita era muy amplio y cada día la visitaban enfermos de regiones muy alejadas. Nueva York mandaba pacientes y la última operación de la noche fue de un muchacho llamado Carey, quien acompañado de su novia, una joven puertoriqueña, venían desde Nueva York especialmente para ver a Pachita.
Me di cuenta que la energía que había estado recibiendo durante la sesión, había tenido como propósito prepararme para ésta, la operación más difícil de ese día.
Armando platicaba con el Hermano cuando anuncia ron que Carey y su novia esperaban su turno. Me habían dicho que Carey tenía artritis y yo lo había creído.
Cuando le pregunté al Hermano si operaría a Carey de su artritis, se rió junto con Z., como contestación. Yo todavía no diferenciaba los “daños” de las “verdaderas” enfermedades y la risa del Hermano me hizo comprender que Carey estaba “dañado”.
Cuando penetró al recinto con su novia, noté que esta última despedía vibraciones extremadamente sensuales. Su cuerpo era el de una felina y una bolsa negra que cargaba descuidadamente y que mantenía colgada en la posición de sus genitales, la hacían aparecer como desnuda e incitante seductora.
Ambos venían vestidos de blanco y eso resaltaba aún mas el efecto que he descrito.
El Hermano hizo sentar a Carey en la orilla de la cama y lo “miró” fijamente. Después, se frotó las palmas de sus manos y con un movimiento rápido y en dirección a Carey le lanzó “luz” mientras decía:
—Te ordeno que té presentes, te exijo que aparezcas y si es voluntad de mi Padre que lo tomes por completo y si no, que salgas de su cuerpo...
Carey mientras tanto empezó a oscilar su cabeza y de pronto a tartamudear. De su boca salían sonidos extraños similares a los de algún dialecto indio.
Las palabras de Carey estimularon aún más al Hermano.
—Esa no es la forma de tomar un cuerpo. Toma “luz” y déjalo, te lo ordeno, recibe mi “luz” y cambia, aléjate de él y déjalo en paz.
En ese instante sentí que Carey se iba a desmayar.
Oscilaba y cabeceaba y tartamudeaba y sus piernas empezaron a temblar. Su novia, mientras tanto, respiraba profundamente y se quejaba.
El Hermano volvió a frotarse las palmas y a dar “luz”:
—. . . sal de ese cuerpo, te lo ordeno por última vez.. No fue suficiente y Candelaria empezó a lanzar bálsamo sobre nuestras cabezas y prácticamente empapó a Carey y a su novia.
Por fin, el Hermano dio la orden de hacer una cadena de protección y todos excepto Armando, nos tomamos de las manos.
El “daño” estaba localizado en las rodillas de Carey. Este era maestro de karate y siempre se había quejado de dolores muy intensos en sus piernas. El Hermano tomó el cuchillo de monte y abrió la rodilla derecha mientras Carey gemía de dolor y su novia lanzaba exclamaciones nerviosas. Sentí que debía salirme de la cadena y tomar las manos de Carey pero no pude. Le dije que tomara mi brazo y lo apretó fuertemente. La operación seguía y los gemidos del muchacho indicaban un dolor intensísimo.
Candelaria nos lanzaba bálsamo y el cuchillo penetró la rodilla izquierda. Yo me sentía muy energetizado y recordé que después de las consultas le había preguntado al Hermano:
—¿En qué forma te ayudo?
Cuauhtémoc me había preguntado si alguna vez yo había visto un mar encrespado. Al responderle afirmativamente me había dicho que la energía que daba durante las operaciones era como una ola gigantesca de un mar.
Seguramente el Hermano detectó mi nivel energético porque súbitamente me llamó y me pidió que sacara los “daños”
Me aparté de la cadena y le pedí a la gente que me había tomado de las manos que las apoyara contra la pared para que ésta última sirviera de continuidad protectora.
Llevé mi mano derecha a la rodilla izquierda de Carey y junto a la punta del cuchillo sentí una especie de huesecillo alargado y terminado en punta. Lo tomé entre mis dedos y traté de extraerlo. No pude al primer intento y me enojé. Empecé a gritarle a aquel hueso y con un esfuerzo tremendo lo saqué de la rodilla. Armando se acercó con un papel negro y coloqué el “daño” en el interior del mismo.
Ahora me acerqué a la otra rodilla y volví a sentir un huesecillo similar al otro pero en el momento de palparlo se apartó de mis dedos. Parecía vivo y el Hermano introdujo el cuchillo de nueva cuenta y volví a sentir la punta del hueso. Otra vez me enojé y le grité y con un tirón tremendo lo saqué de su lugar.
Carey respiró profundamente y cesaron sus gemidos.
Armando vendó las dos rodillas y yo acaricié la frente de Carey intentando tranquilizarlo.
Cuauhtémoc se dirigió a la novia del “dañado” y le dijo que si ella quería podía curarla de su pulmón. La muchacha se negó diciendo que ella era Santera y que podía curarse sola.
A mí me extrañó mucho aquello y sentí que el “daño” de Carey tenía relación con su novia. Cuauhtémoc le habló a Carey.
—Tú eres un buen hombre y además eres un médium. Tienes capacidad curativa y un médico de una época Antenor a la de Cristo va a introducirse en tu cuerpo y va a curar utilizando tu materia. Debes aprender a comunicarte con él y dejarlo pasar a través tuyo.
—¿Cómo?, ¿Cómo hago eso? —preguntó Carey. —Debes aprender a meditar.
La novia interrumpió la conversación y dijo que el día anterior el espíritu había aparecido y durante cuatro horas había dialogado con ella.
Cuauhtémoc no la atendió y siguió hablando con Carey.
—Debes colocar —le dijo—, una flor blanca en la cabecera de tu cama y debes purificarte. Mientras Armando seguía ‘vendando’ el Hermano se despidió de todos y se sentó junto al altar.
Durante un período corto nadie habló y de pronto y después de varias convulsiones, el cuerpo de Pachita fue ocupado por una nueva entidad.
—Mala, mala, mala —decía en voz grave y entrecortada—, salte de aquí, vete. Después habló en mexicano puro y sentí que hacía burla de la novia de Carey.
Por fin, Pachita apareció y yo le pedí a la novia que saliera del recinto. Estaba seguro que ella tenía algo que ver con el “daño” y le pregunté a Armando su opinión. Estuvo de acuerdo conmigo, lo mismo que Pachita, después de relatarle lo que había sucedido.
Me sentía con la obligación de decírselo a Carey y no sabía cómo. Me acerqué a él y Armando me acompañó.
—Dile —me dijo Armando—, que su camino es de “luz” y el de su novia no compagina. Ella necesita sexo, drogas y “oscuridad”. Él, en cambio, será ocupado por una entidad de “luz”, la que utilizará el 10 % de su cerebro y le enseñará a curar.
Carey no lo podía creer y me enseñó un collar que su novia le había regalado especialmente para aquella ocasión.
Lo tomé y por poco pierdo el conocimiento. Se lo pasé a Armando y él sintió lo mismo. —Este collar está “trabajado” —dijo con firmeza.
Enseguida Armando colocó el collar en el suelo y con una botella de alcohol regó el contenido de la misma alrededor del collar y le prendió fuego. Luego hizo varias cruces con alcohol y también las prendió. Por último bañó el collar con bálsamo y me lo dio. Las vibraciones negativas habían desaparecido.
—Dile —me dijo Armando—, que se lo regrese a su novia y que no le diga nada de lo que comentamos acerca de ella a riesgo de que si hace lo contrario morirá. Carey me mostró otro objeto y me pidió mi opinión acerca de sus vibraciones.
—Está muy bien —le dije con seguridad.
¿Cómo sientes la diferencia de vibraciones? —me preguntó enseguida. —No lo sé —contesté—, simplemente las siento.
Despedimos a Carey y le sugerimos no dormirse, sino hasta después de las 12 de la noche. A la mañana siguiente Carey me habló por teléfono a mí casa.
—Sabes —me dijo—, me estoy dando cuenta que mi novia tiene algo muy negativo, pero la quiero tanto que la estoy convenciendo de ser operada por el Hermano.
—Ojalá y logres convencerla —le contesté—, eso solucionaría el problema y así no tendrían que separarse.
—Gracias por todo —se despidió—, y te juro que cuando venga el médico y yo aprenda a curar, haré algo por ti...