Fui a visitar al operado del Hotel. En una cama llena de cojines reposaba un señor casi calvo, de nariz aguileña, tipo español. Su hijo y su esposa lo cuidaban. Me presenté y lo vi. Antes de la operación no podía hablar y sobrevivía gracias a un aporte de oxígeno. Ahora volteó a verme y empezó a platicarme de su operación. Todavía estaba paralizado del lado derecho de su cuerpo pero el color de su piel era Rosado, ya no necesitaba oxígeno y hablaba, no con mucha claridad, pero lo hacía.
El Hermano le había extraído un tumor cerebral y su hijo después de haber visto la operación, había recuperado la fe.
Al día siguiente fui a visitar a Pachita y me la encontré dando consultas. No estaba en trance y solamente cuando le dictaba las medicinas y los remedios a Enrique, su voz cambiaba.
Auscultaba a los enfermos con sus manos y mientras cerraba los ojos parecía observar el interior de los cuerpos y los detalles de las enfermedades.
S.M. estaba en el recinto y el cuadro de Cuauhtémoc enmarcaba la cabeza pelirroja de la santa. Ella me había prohibido llamarla así y se molestaba cuando alguno de los enfermos llegaba con la idea de que bastaba tocarla para curarse instantáneamente.
—Yo no soy una santa —me había dicho—, mírame más jodida que tú y yo juntos.
—Yo ya me voy de Parral —le decía a S.M.—. No logro reunir el dinero para mi kinder. Además ya ni la amuelan. Ayer vino el padre I. me obligó a ir a misa. Eso no me gusta S.M. ,me hicieron comulgar y yo no soy de esa onda. Yo me compro una alegría en la calle y con eso comulgo en donde se me da la gana y qué misa ni qué ocho cuartos.
El hijo de S.M. pidió consulta. En lugar de pegarle a una pelota de fútbol le había dado una patada a una banqueta y su pie le dolía mucho. Pachita le acomodó un hueso como quien atornilla una tuerca dejándolo listo para caminar sin dolor.
—Tú también comúlgate S.M.— le dijo súbitamente Pachita ¿Por qué nada más yo? Nada más me ven la cara de pendeja y yo no soy de esas ondas, Dios está en todos lados y nadie comulga más que yo.
Lo decía en serio, al final de la sesión llorando amargamente me contó las injusticias que veía. Me habló de las diferencias tan grandes entre ricos y pobres, de los sufrimientos de estos últimos y de la ceguera de los primeros, ¿por qué no reparten todo su dinero? S.M. tiene un empleado con 10 hijos y está enfermo y no le alcanza su sueldo.
Enrique leía un libro de bolsillo mientras apuntaba las recetas, también se quería ir de Parral. “Extraño a mi equipo de Fútbol” —me dijo mientras dejaba a un lado su libro “aquí me desespero mucho”.
Mientras tanto una familia con dos hijos había entrado al recinto. La mamá, una señora grande y obesa se adelantó, saludó a Pachita y se descubrió el pecho.
—Tengo unas bolas aquí y estoy muy asustada. Pachita la auscultó y le preguntó si se había caído.
—No —contestó la mujer—, las tenía en los dos lados. Me salieron después de que me froté con una crema reductora. Todavía le doy de mamar a mi hijo y me duele mucho.
—Zarzaparrilla, raíz blanca tres veces al día y papas
—le dictó Pachita a Enrique —Pomada roja después de la Papa y que el muchacho mame al revés. Lo que tiene es agua no-cáncer, diagnosticó Pachita.
Ahora le tocó el turno al marido. Tenía la piel muy maltratada y llena de llagas.
— ¡Vaselina sólida, té de olivo como agua de uso,!!Después de recetarlo, Pachita le preguntó si acostum- braba ha bañarse en presas o lagos.
—No, sólo en baños públicos.
— ¡Zarzaparrilla, gotas verdes, papaya en las heridas y polilla! ¿Conoces la polilla? Mira, consigues una madera muy apolillada, sacas la madera comida de las polillas, las mezclas con pedacitos de papaya y agua de malva y te lo untas en la piel.
Después entró una mujer. Pachita le tomó la mano y con los ojos cerrados presionó diferentes zonas de la misma.
—¿Se sofoca? Usted suda por insuficiencia del páncreas! ¡Camomila, perejil y mujiga de res, se lo pones en su costado y al día siguiente se lo quita.
Pasaron una mujer y su hija. Después de palpar a la primera le recetó linaza y verdolaga para el estreñimiento.
La niña tenía zafado un hueso de la cadera y Pachita la citó para operación el miércoles.
—Te va a doler un poquito —le dijo con dulzura—, pero hay que acomodar la cadera para que ya te pase la sangre a tu pierna y puedas andar bien.
—Mi hija sufre —dijo la mamá—, se burlan de ella y le dicen chueca.
—Así es la humanidad, mi preciosa niña— le dijo Pachita a la muchacha—, aún de tu misma edad te quieren “tirar”, pero tú debes perdonarlos.
Entraron dos muchachos, uno de ellos en silla de ruedas.
—Me dispararon y la bala me cortó la médula, los médicos quisieron sacarla pero me dijeron que un pedazo se había quedado dentro.
— ¡3 botellas de jerez, extracto de nuez de cola, aceite de nuez, manzanilla, ajenjo, savia y ruda.
—¡Vamos a ver si todavía tienes la bala!. Pachita tocó la espalda con los ojos cerrados. Volteaba la cara y parecía esforzarse por permanecer concentrada.
—No hay bala pero los nervios están pegados a la columna. La sangre no baja y no sientes ni cuando orinas ni cuando defecas. El miércoles, si mi Padre nos da licencia, te conectaremos tu nervio para que sientas tu orina. Para tus llagas sacas la madera apolillada, las juntas con pedazos de cáscara de papaya y malva y que tu hermano te aplique la mezcla en tus heridas.
Después pasó una señora, nos miró muy apenada y se sentó frente a Pachita. — ¡Me duelen las piernas y la espalda y el cerebro!
—¿Borracheras? —¡Sí!
— Té de olivo para el resto de su vida como agua de uso! Eso te ayudará a tu circulación porque está muy deteriorada.
La mujer salió y en su lugar una muchacha joven y ciega fue ayudada a sentarse por una amiga que la acompañaba.
Con una lámpara de mano Pachita alumbró sus ojos después de quitarle unos lentes oscuros que traía puestos.
— ¡Está caliente! —¿Qué viste? — ¡Un clarito!
—Ha mejorado —dijo Pachita—, nada más que no quiere abrir sus ojos.
estrellitas como puntos luminosos.
La mujer que siguió se quejó que no podía dormir.
Ponte una palangana de agua debajo de la cama para que te chupe tus malos pensamientos y te deje dormir y así tu espíritu se sienta libre para mejorar. Déjalo que viaje a donde deba para arreglar tus asuntos!
El siguiente enfermo me impresionó. Se trataba del operado del corazón. Su hermano dijo que comía bien, su corazón andaba parejo.
— ¡Primeramente Dios y para arriba, buen hombre!
— ¡Cuándo vea agua en un arroyo, corte una flor roja y vea como el agua se la lleva! Esa es buena medicina —le dijo muy seria Pachita.
El padre del operado, un viejito que no oía de un lado y que también fue operado se adelantó. —Me duele mi ojo y todavía no oigo
—Si quiere se lo componemos —le dijo Pachita—, pero usted dijo que prefería seguir sordo y ya no sufrir dolor con el cuchillo.
Yo había estado tomando notas y cansado dejé de hacerlo por un momento. Pachita volteó a verme y me acuso.
— ¡A ver si trabajas, huevón!
Me reí y tomé la pluma para anotar que una viejita con el cuello hinchado regañaba a Pachita. —Me operaste y mira, estoy igual.
—Pero ya no duele, ¿verdad madrecita?
—Pero está igual de hinchado, ¿ahora qué hacemos? —Pues vamos a mocharle su pescuezo.
—¿Qué me va a hacer?
— ¡Pues mocharle su pescuezo!
—Bueno, oiga Pachita —le dijo la mujer—, véngase a Canotilla o mejor a Durango, a la hacienda de Villa. Allí vivía la mujer y la dirección fue una respuesta a una pregunta de Pachita.
—¿Ya reconstruyeron la casa de mi viejo? — Sí!
- bueno, para que quede como museo.
A un señor que pasó después, Pachita le detectó una úlcera.
—Está usted anémico y tiene úlcera —le dijo—. Venga el miércoles y se la quitamos. —¿Y cuánto me va a costar?
— ¡Ochenta mil pesos!
— ¡Ay! —se quejó el hombre—, no tengo dinero.
—No-hombre, no me pague nada. Me paga cuando se cure. La próxima vez que venga yo a Parral, entonces sí lo persigo para cobrarle.
Después entró el americano de la rodilla postiza.
—Es necesario quitarle la osteomielitis —les dijo Pachita a su acompañante y traductor—. Dile que venga el miércoles y lo operamos.
Después un señor con sus ojos malos.
—Necesita usted lavarse los ojos con manzanilla. Venga el miércoles para quitarle la catarata que trae en el ojo.
Un señor muy cansado y con una curación en su cuello entró más tarde. Traía una carta. —Léela Enrique —le dijo Pachita a su hijo—, léela porque yo no sé leer.
—Tiene un pulmón enfermo.
—Cáncer —le dijo Pachita—, cáncer en el pulmón. Pachita le palpó la espalda y le pidió que hablara. — ¡Hierba para la tos en leche, alumbre en agua!
—Vamos a operar ese pulmón, venga usted el miércoles. ¡Berenjena y gotas verdes!
Le había comprado una grabadora a Pachita para que oyera música y grabara sus memorias. Le había ahorrado un dinero para su kinder y le entregué ambos presentes cuando nos quedamos solos después de las consultas.
Me miró y empezó a llorar.