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EL MISTICISMO, PANTALLA DE CONTRADICCIONES

In document GEORGE NOVACK democracia y revolución (página 91-94)

Todos estos abigarrados componentes de la ideología democrática burguesa tenían en común una característica insuperable. Estaban envueltos en misticismo metafísico. El reinado por la gracia de Dios había rodeado al monarquismo de un aura que los teóricos del gobierno representativo hicieron todo lo posible por disipar. Para ellos, la república burguesa era el modelo de racionalidad política.

Realmente, la república era un sistema mucho más razonable y equitativo que otro basado en el principio de la sucesión dinástica. Sin embargo, la pretensión de que las instituciones e ideas de la democracia burguesa tenían un carácter de estar por encima de las clases, invistió a este tipo de pensamiento y de organización política de una naturaleza inherentemente formalista e idealista. Abstracciones absolutistas del tipo de su principio de la igualdad ideal estaban en desacuerdo con los hechos fundamentales de la vida capitalista. Como el ingenio colonial observó:

«Todos los hombres son creados iguales pero difieren grandemente a partir de entonces». (All men are created equal, But differ greatly in the sequel)

La ideología democrático-burguesa ha estado empapada de misticismo desde su nacimiento, debido a las evidentísimas discrepancias existentes entre sus pretensiones de igualdad y la persistencia de las desigualdades a todos los niveles de la vida social. Esa falsa conciencia está encapsulada en su concepto acientífico del régimen democrático sin clases. Esta concepción clave de la escuela liberal es un fraude y una ficción. Todas las formas históricas de democracia política han tenido una base multiclasista y han estado dominadas por alguna clase gobernante. La teoría política del socialismo está basada en el reconocimiento de esa verdad. Pero los demócratas burgueses se niegan a reconocer que la minoría capitalista ejerce su dictadura social tras la pantalla de una igualdad formal en los aspectos jurídicos y parlamentario.

Tales rasgos metafísicos fueron implantados en los cimientos de la ideología política burguesa por sus pioneros teóricos. La teoría empírica del conocimiento de Locke emanaba de la negación de la existencia de ideas innatas y de la afirmación de que todas las ideas dependan, en primer lugar, de la experiencia sensorial. Sin embargo, en su obra Dos disertaciones sobre el Gobierno, Locke dejó de lado este credo fundamental de su filosofía empírica al asumir que tanto los derechos naturales como la ley de la razón eran ideas innatas. La existencia de la ley natural, escribió, está completamente «impresa en los corazones de toda la Humanidad». Era un alejamiento obvio de sus principios filosóficos elementales.

Tal conflicto entre los supuestos fundamentales de su teoría del conocimiento y sus premisas sociológicas y políticas fue sólo un aspecto de la multitud de incongruencias de su filosofía. Como recalcó Laslett, el editor de la edición más completa de sus disertaciones «Locke es, quizás, el menos consistente entre todos los grandes filósofos.»8

Los mismos regímenes democrático-burgueses contuvieron tantas inconsistencias como sus ideólogos. En Gran Bretaña coexistieron una monarquía, la iglesia estatal y la Cámara de los Lores con la supremacía de la Cámara de los Comunes y un Partido Laborista. Hasta la Guerra Civil, la Constitución de la modélica democracia americana legalizó la esclavitud. La práctica de toda democracia burguesa en la realidad ha violado las más elementales ideas de igualdad. En los Estados Unidos, a las mujeres, que constituyen la mitad de la población, no se las dejó votar en las elecciones nacionales hasta 1920, y medio siglo después, a los jóvenes de 18 a 21 años, que pueden ser reclutados para ir a la guerra y morir, se les negaba el derecho al voto en la mayoría de los estados.

Pese a todos sus defectos y contradicciones, la ideología democrático-burguesa conquistó una masa de seguidores más amplia que ninguna otra doctrina o movimiento político antes de la aparición del marxismo. Su programa, traído consigo por el ascenso de la civilización burguesa, fue un estímulo para la ilustración y el progreso en todos aquellos

sitios en que las clases comerciales e industriales, urbanas y rurales, entraron en colisión con el absolutismo real y eclesiástico.

Las ideas de la democracia burguesa llegaron a ser más que una filosofía y un programa políticos. Proyectaron una manera de enfocar el mundo, una visión del desarrollo histórico y una interpretación del destino humano que cautivó las mentes y prendió la imaginación de las sucesivas generaciones de individuos idealistas. Esta fe secular llegó a adquirir más fuerza de convicción que ninguna creencia religiosa, sirviendo como credo de sustitución para los liberales que la fomentaban y las masas que se agarraron a ella. Los presupuestos de la democracia abstracta eran venerados como valores intocables, como premisas de toda actividad política racional. Al tiempo que los devotos del liberalismo se burlaban de los crédulos que seguían creyendo en la caducada teología católica, ellos exhibían una actitud comparablemente dogmática para con los fanáticos de la democracia burguesa. Sus esquemas les parecían tan coherentes como los axiomas de Euclides que aparecían entonces en la geometría plana. Quien osara cuestionar su aplicabilidad o su conveniencia universal sería considerado un oscurantista, como los que defendieran que la tierra era plana.

En ningún sitio estuvo tan profundamente arraigada ni tan persistentemente mantenida esta creencia en las virtudes absolutas de la democracia burguesa como en los Estados Unidos. El historiador americano del siglo XIX, George Bancroft, planteó la democracia yanqui como objetivo hacia el que todos los otros pueblos estaban destinados a ir. Aunque sus sucesores del siglo XX fueran algo más sofisticados y estuvieran algo desencantados, no dudaron en mantener que los Estados Unidos seguían siendo el modelo del «mundo libre» y su democracia, superior a cualquier otra forma de gobierno en vías de realización o practicada en el planeta.

Thomas Jefferson escribió que «la mente del hombre es perfectible hasta un grado del que no podemos hacernos ni idea» y que hablan falsamente quienes insisten en «que no es probable que se descubra nada mejor de lo que conocieron nuestros padres», Pero los devotos liberales del culto a la democracia Jeffersoniana renuncian a aplicar este concepto del progreso también al proceso constitucional del siglo XVIII. Se vuelven contra el espíritu del evolucionismo y el revolucionarismo de Jefferson al negarse a admitir «nada mejor» de lo que conocieron los padres fundadores de la patria, en las estructuras políticas y sociales.

CAPÍTULO 7

In document GEORGE NOVACK democracia y revolución (página 91-94)