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LA TERCERA REVOLUCIÓN NORTEAMERICANA Y LA DEMOCRACIA

In document GEORGE NOVACK democracia y revolución (página 198-200)

BONAPARTISMO, DICTADURA MILITAR Y FASCISMO

LA TERCERA REVOLUCIÓN NORTEAMERICANA Y LA DEMOCRACIA

Los americanos tienen el derecho constitucional de instar un cambio revolucionario hoy día en los Estados Unidos. Sin embargo, el estado y las autoridades federales buscan continuamente contener dicho derecho decretando y aplicando estatutos de sedición. La minoría monopolista que representan se resistirá ciertamente hasta la muerte a cualquier intento de las masas o de su dirección de organizar y emprender la lucha contra su dominación.

Su oposición y la represión no impedirán que los descontentos consideren cada vez más la posibilidad de la acción revolucionaria como única forma de progreso para el país. En este siglo, la mayoría de los americanos creyó durante mucho tiempo que la revolución no tenía nada que ver con ellos. Convulsiones así podrían ocurrir e incluso estar justificadas en países más atrasados y menos afortuna dos, pero no parecía haber necesidad de una revolución en la opulenta «tierra de la libertad»,

Esa complaciente perspectiva ha comenzado a cambiar durante la década de 1960 con el ascenso de las luchas de liberación de los afroamericanos y de los pueblos del Tercer Mundo, la radicalización de los estudiantes, las protestas masivas contra la guerra y el movimiento de liberación de las mujeres. La necesidad de una transformación radical de la sociedad americana es ahora reconocida por millones de americanos negros, morenos, rojos y blancos, cuyo número irá creciendo conforme se intensifique la crisis del sistema imperialista.

Ciertas cuestiones acerca de las perspectivas de la democracia en caso de una revolución socialista surgen inevitablemente en la mente de los rebeldes que se plantean seriamente la cuestión. ¿Qué garantía hay, preguntan, de que con el cambio de la dominación monopolista a la de la clase obrera los americanos tengan más libertad y no menos? ¿No estaremos sometidos a los mismos peligros de tiranía totalitaria que se dieron bajo Stalin y sus sucesores en la Unión Soviética una vez que el capitalismo sea eliminado aquí? ¿Cuales son las posibilidades de que una minoría burocrática arrebate el poder al pueblo y ejerza una dominación despótica sobre sus vidas y sus ideas? La verdad es que no lucharíamos para arriesgarnos a todo eso.

Estas dudas son comprensibles a la vista de la falta de democracia y de las limitaciones de la soberanía de las masas que se da en las sociedades postcapitalista existentes. Es imposible no salir al paso en estas cuestiones sólo porque las pongan sobre la mesa gente que se opone a la revolución socialista, desde los ultraconservadores hasta los reformistas y los anarquistas. La predicción categórica de que la revolución socialista debe llevar a una pérdida de libertad es la principal carta que juegan los defensores del statu quo al argumentar contra el marxismo.

Consideraciones de este tipo pueden tener menos peso entre el pueblo afroamericano y los pueblos del Tercer Mundo, que soportan la carga de opresión y explotación del sistema existente, que entre los americanos blancos, que gozan de más derechos y privilegios; igualmente tienen menos influencia ideológica y política entre las masas de los países subdesarrollados que entre las de las metrópolis industrializadas. Las primeras piensan que tienen poco que perder y mucho que ganar.

En cualquier caso, estas cuestiones merecen un tratamiento serio porque constituyen barreras donde tropieza el progreso del movimiento socialista, y plantean problemas de la máxima importancia a la teoría y la práctica políticas en la transición del capitalismo al socialismo.

Sólo una aproximación histórica y materialista puede dar respuesta satisfactoria a estas preguntas. Es necesario revisar una vez más los factores específicos responsables del estancamiento y el ahogo de la democracia obrera tras los heroicos primeros años de la revolución soviética y que han impedido el desarrollo de las instituciones y normas democráticas en los estados obreros establecidos desde entonces. Esto puede sentar las bases para investigar si podrían darse las mismas causas en una América postrevolucionaria y en qué medida. Las perspectivas reales de la democracia pueden clarificarse y calibrarse con este método de contraste. Los capítulos precedentes analizaron las principales trabas contra el florecimiento de la democracia y las circunstancias que facilitaron la toma del poder por las formaciones

burocráticas en la Unión Soviética y otros regímenes postcapitalistas. Pueden ser resumidas en la siguiente lista: el fracaso en ser extendida la revolución a países más altamente industrializados; el posterior aislamiento del primer régimen de obreros y campesinos en un mundo de estados capitalistas y el bloqueo contra él por parte del imperialismo; el bajo nivel de su economía y sus deficientes fuerzas productivas; el predominio del campesinado sobre la clase obrera en su población; el atraso cultural; la ausencia de una revolución democrática previa, cosa que actuó primero como un estímulo para la conquista del poder proletario pero que luego fue un freno para el desarrollo de la revolución; una inadecuada productividad agrícola; el agotamiento de la guerra civil y la necesidad de mantener unas fuerzas armadas grandes así como de realizar inmensos gastos militares; escasez continua de bienes de consumo y de servicios, lo que generaba grandes y crecientes desigualdades y privilegios y convirtió al incontrolado Estado en un arbitro todopoderoso en el terreno de la distribución. El elemento político crucial de este proceso fue el fracaso o la ausencia de una dirección suficientemente consciente, capaz de alertar y movilizar a las masas para combatir los perniciosos efectos de las adversas condiciones objetivas en que la revolución nacional y mundial tuvieron que desarrollarse durante un extenso período.

El hecho de que las primeras victorias de la revolución anticapitalista y los primeros experimentos de construir una base para el socialismo tuvieran lugar en los países menos preparados para los nuevos métodos de producción y de política, impusieron hándicaps y dificultades tan inmensos a las revoluciones que tuvieron que sacrificar la democracia política como precio de la supervivencia de sus conquistas socioeconómicas. Si volvemos a la actual situación de los Estados Unidos y al conjunto más favorable de circunstancias que tiene que acompañar la lucha en ellos por el poder obrero, ni uno solo de los factores nocivos que han dificultado el desarrollo armónico de las revoluciones precedentes y engendrado malformaciones burocráticas tan crueles ejercerá una influencia equivalente en la venidera revolución americana. Realmente, las condiciones básicas nacionales e internacionales que rigen la lucha de clases y su desenlace en suelo americano deberán tener un peso y un impacto muy diferentes. Analicemos estas fuerzas componentes una por una. El lugar ocupado por los Estados Unidos en la secuencia mundial de revoluciones socialistas será muy diferente del de los primeros participantes en ese proceso. Como primera en romper el capitalismo y el imperialismo, la Unión Soviética tuvo que pasar las duras penalidades de ser pionera en casi todos los campos del esfuerzo socialista. Esto ha seguido siendo cierto para los demás estados revolucionarios que se han dado en países atrasados.

La tercera revolución americana, por el contrario, se desarrollará no en el período inicial y más difícil del proceso socialista sino en su fase culminante. Emergerá en un punto mucho más maduro en el progreso del movimiento socialista mundial y sería capaz de sacar plena ventaja no solo de sus propias fuerzas y recursos más altamente desarrollados sino también del apoyo y los logros de sus predecesores. Así como la Revolución Francesa se dio en el momento álgido del estallido democrático e hizo pedazos al feudalismo europeo, el derrocamiento del imperialismo en su último baluarte dará el golpe decisivo al capitalismo mundial.

La revolución socialista americana no se quedará sola en un mundo hostil, ni puede ser cercada y puesta en cuarentena por amenazadores poderes imperialistas, como lo han sido la Unión Soviética, China, Vietnam y Cuba. ¿Que poder sobre la tierra podría desafiarla?

In document GEORGE NOVACK democracia y revolución (página 198-200)