El siglo XIX se convirtió en la edad de oro de la supremacía capitalista, gracias a la conquistas de todas estas revoluciones coronadas por su propia revolución industrial. Presenció el florecimiento del libre comercio internacional, la difusión sin igual de las relaciones capitalistas, el triunfo de la cultura burguesa y sus valores y la preeminencia del parlamentarismo y del liberalismo.
Estas circunstancias históricas fomentaron en el mundo occidental el convencimiento de que la sociedad burguesa era la más propicia para la libertad política y que la propiedad privada, la competencia y la libre empresa traían irresistiblemente la democracia en su tren. Esta proposición iba a llegar a ser cada vez menos mantenible conforme el siglo siguiente avanzaba. Pero tuvo una validez limitada incluso durante la época más exuberante de la expansión capitalista y de las manifestaciones más pletóricas del revolucionarismo burgués.
No todas las clases capitalistas nacionales se hicieron portaestandartes y promotoras de un estado democrático. Ni mucho menos. Sólo en aquellos países en que la lucha de las clases contendientes explotó en guerra civil, la burguesía radical fue impulsada por sus propios intereses vitales a aliarse con los plebeyos sublevados de las ciudades y el campo hasta vencer la resistencia del viejo régimen.
La mayoría de estos ataques burgueses completos tuvieron lugar en la época del capitalismo comercial, cuando ese sistema acarreaba consigo las esperanzas de todas las fuerzas potentes de la nación. La Guerra Civil americana fue la única victoria sobresaliente de la burguesía radical en el período de ascenso del capitalismo industrial.
Por medio de esta consolidación internacional de la producción y el poder capitalista, la democracia burguesa experimentó un desarrollo extremadamente desigual. No tenia que conquistar un país feudal para convertirlo en capitalista. El cambio de un conjunto de relaciones económicas y sociales a otro podía avanzar por dos caminos diferentes: bien a través de una revolución popular que resultara en un régimen más o menos democrático, como en los Estados Unidos, o a través de una transformación relativamente ordenada desde arriba que terminara con gobiernos imperiales aburguesados, como en la Alemania y el Japón del siglo XIX.
La segunda vía de desarrollo político llegó a ser más practicable a medida que el mercado mundial y las fuerzas de producción capitalistas alcanzaron un nivel más alto. Los pioneros de la sociedad burguesa habían tenido que luchar con uñas y dientes para conquistar la supremacía política e incitaron a todo el populacho a desbaratar la resistencia levantada por los defensores del viejo orden. Las atrasadas burguesías alemana y japonesa, que llegaron a la palestra en fecha más tardía, fueron capaces de efectuar la transición a base de hacer un trato con un sector de la aristocracia
terrateniente, sobre un programa que concedía a cada burguesía lo que necesitaba sin aplastar a los propietarios hacendados.
La Restauración Imperial Meiji (1862-1912) eliminó las trabas existentes sobre el libre movimiento de personas y de bienes y fomentó el desarrollo económico según patrones capitalistas. En 1869 el gobierno declaró la igualdad ante la ley de todas las clases sociales, abolió las barreras territoriales impuestas al comercio y a las comunicaciones y permitió a las personas individuales adquirir derechos de propiedad sobre la tierra. La repentinamente ascendente burguesía japonesa consiguió, por tanto, establecer un estado fuertemente centralizado bajo su tutela que procedió a crear un ejército de reclutamiento obligatorio, una marina moderna, una industria pesada y un sistema bancario. Adquirieron por la legislación gubernamental muchos de los derechos y poderes que a los iniciadores de la senda burguesa, como los ingleses y los franceses, habían costado el conseguirlos sangrientas batallas.
Sin embargo, las naciones que evitaron levantamientos revolucionarios tuvieron que pagar caro el tránsito facilitado a condiciones burguesas. En aquellos casos en que la burguesía compartió el poder con fuerzas arcaicas, el progreso económico estuvo combinado con un régimen represivo. Sin ser revolucionado, el gobierno no podía llegar a ser democratizado. Ni los capitalistas alemanes ni los japoneses se hicieron portadores de ideas democráticas o creadores y mantenedores de instituciones democráticas. El acomodo a que llegaron con una parte de los feudalistas incluía el mantenimiento de la forma monárquica de gobierno, el señoritismo y el militarismo. El gobierno alemán de después de 1870-71 no fue liberal burgués. El poder ejecutivo continuó residiendo en la nobleza hacendada prusiana, aunque esta última tuvo que apoyarse cada vez más sobre la burguesía, que tomaba todo el poder económico en sus manos.
Como indicó Hajo Holborn, «la burguesía alemana nunca había luchado por o aspirado a un gobierno democrático»,10 ni en 1848 ni durante la lucha constitucional de la década de los 60. Cargada contra su voluntad con un régimen democrático tras 1918, lo consideró siempre como una amenaza a su posición social y económica y prestó su apoyo en 1933 al partido y al hombre que destruyeron tal régimen.
A la burguesía comercial e industrial hay que admitirle en su mejor momento considerables capacidades para la acción política progresista y, cuando estuvieron asociadas en la lucha con las masas populares, para logros revolucionarios en el impulso de la democracia. Pero no se sintió atraída invariablemente por ella y, por supuesto, no se ligó constitucionalmente a la democracia.
Como cualquier otra clase poseedora y privilegiada, los capitalistas, estuvieran en una situación de dominio o secundaria, colocaron la preservación y la promoción de sus intereses económicos por encima de la devoción a las libertades democráticas. Cuando estas dos consideraciones divergían y chocaban, escogieron invariablemente defender su propiedad sin hacer caso de la agresión hecha a los derechos populares.
La burguesía demostró ser una poderosa, aunque no persistente ni confiable, fuerza en pro de la democracia sólo durante el ascenso del capitalismo mundial y ello sólo en los países más ricos de Europa Occidental y Norteamérica. Cuanto más alcanzaba el capitalismo la madurez y ejercía la supremacía mundial, más conservadores y menos inclinados a la democracia se volvían los hombres de dinero.
La guerra Civil americana marcó el Great Divide (Gran línea divisoria) entre los dos períodos de la evolución de la política burguesa. Resultó ser la última explosión de firme voluntad revolucionaria exhibida por la burguesía mundial. Desde entonces, en ningún sitio se ha colocado la alta burguesía a la cabeza de las masas rebeldes, las ha llevado a la victoria y ha realizado las tareas democráticas de la revolución. Ha temido levantar o dirigir a los trabajadores y campesinos insurgentes porque tenía mucho más que perder que ganar en términos sociales.
Las experiencias de la Alemania y el Japón del siglo XIX expresaron el auténtico carácter y prefiguraron la trayectoria política posterior de la burguesía, mucho más que el ejemplo de los Estados Unidos. Incluso la burguesía francesa, que pudo actuar de manera revolucionaria en 1789, se hizo cada vez más conservadora y se volvió reaccionaria durante los relanzamientos del fermento revolucionario en 1830, 1848 y 1870.
A medida que el capitalismo mundial entraba en la era del imperialismo, sus principales representantes no pudieron ya afrontar los riesgos de embarcarse en acciones revolucionarias sobre sus suelos patrios. Como Plejanov señaló, refiriéndose a Rusia y Asia, la burguesía se vuelve más cobarde conforme más avanza hacia el Este. En los países coloniales y semicoloniales, los débiles, pusilánimes y dependientes elementos burgueses nativos, que mediaban entre las finanzas extranjeras y su propia economía nacional, se iban a mostrar incluso menos capaces que las clases burguesas de los países avanzados para revolucionar los regímenes arcaicos y establecer la democracia.
CAPÍTULO 6