El Salvador era hombre en el más perfecto y verdadero sentido de la palabra; pero era también infinitamente más de lo que competía a la naturaleza que por nosotros había tomado; era el ser por excelencia, puesto que era Dios. La prueba concluyente nos la dan sus milagros, los cuales hablan asimismo poderosamente a nuestro corazón, de tres maneras distintas, considerándolos con relación a la fe, al amor y a la confianza.
Innumerables fueron los milagros que hizo el Salvador en el orden invisible de los espíritus y de la verdad, por medio de las profecías, y en el mundo visible, con prodigios de todas clases. El fin que pretendía al obrarlos, como lo manifestó repetidas veces (Jn 5. 36; 10. 25;11, 42), fue confirmar con ellos su doctrina, principalmente en lo relativo a su divinidad y misión divina, para que creyésemos en ella. La fe es el primero y más indispensable requisito para alcanzar la salvación, y el milagro es el medio más sencillo, más rápido y, para muchos, el único que conduce a la fe. Porque donde interviene un milagro verdadero para confirmar una doctrina, allí está Dios que da testimonio de ella, y lo que Dios dice, es verdad infalible. Y lie aquí por qué apela el Salvador tan a menudo y con tanta solemnidad a sus milagros como prueba de su doctrina y de su misión, porque todo el edificio de nuestra fe descansa sobre la realidad de esos milagros. De aquí podemos deducir de cuánta importancia son para nosotros y cuánto agradecimiento le debemos por ellos.
Es, por otra parte, hermosa y sorprendente la conexión que tienen con su doctrina. Muchas de sus enseñanzas las confirma en seguida con un mi- lagro correspondiente. Yo soy la luz del mundo, dice, y da vista a un ciego; afirma que él es la resurrección y la vida, y resucita un muerto; se llama
pan de vida, y obra el prodigio de la multiplicación de los panes; para probar que tiene el poder de romper las cadenas del pecado, cura al paralítico. — Otros muchos milagros son imágenes y profecías de lo que ha de suceder en la Iglesia. Así las curaciones de los ciegos, sordos y mudos prenuncian los efectos del bautismo; la curación de los leprosos y la resurrección de los muertos, son imagen del sacramento de la penitencia; la multiplicación de los panes le es de la Eucaristía; la navecilla de Pedro representa a la iglesia. De suerte que los milagros son otras tantas manifestaciones de su doctrina, de sus obras y de su persona. Y esta hermosa e íntima correlación y dependencia entre sus enseñanzas y sus milagros, así como esclarece y fortifica nuestra fe, así también es motivo poderoso de amor hacia aquel que, con tanta sabiduría, con tanto poder y con tal solicitud lo ha dispuesto así para nuestro bien.
Además, los milagros de Jesucristo excitan nuestro amor; pues nos revelan, no ya su poder temible, sino su inmensa caridad. Vino el Redentor a la tierra para salvarnos, y como Salvador, debía libertarnos del poder del demonio, quien juntamente con el pecado había traído al mundo toda clase de miserias, aun corporales, de enfermedades y con ellas la muerte. Y este campo tristísimo fue el escogido por el Salvador para manifestar su poder, y ante él huyen todas las calamidades, los dolores, el imperio del demonio, la muerte. Sus milagros llevan unido al carácter sobrehumano y divino el sello de la bondad y de la amabilidad más exquisita, pues todos son pruebas del más puro amor a los hombres, y por lo mismo estímulos poderosos para que le amemos nosotros a él.
Y este carácter amabilísimo de sus milagros, influye a su vez, en la fe; porque como la materia de la fe son verdades que superan el alcance de nuestro entendimiento, la voluntad interviene de una manera necesaria para hacérnoslas aceptar; y los beneficios hechos por Cristo a los hombres por medio de sus milagros inclinan eficazmente la voluntad bien dispuesta. De buen grado creemos a los que nos muestran amor. Y este es el modo cómo la bondad del Señor que resplandece en sus milagros obra también en el terreno de la fe y atrae a sí todo ll hombre por la fe y el amor.
Finalmente, los milagros de Jesucristo excitan en nosotros gran confianza. Dos milagros son en sí mismos pruebas de un poder infinito, y los de Jesucristo manifiestan ese poder por manera clarísima e irrefragable mostrando el dominio que tiene sobre todas las criaturas, racionales e irracionales, sobre vivos y muertos, sobre los ángeles y los demonios, como Señor supremo y absoluto de todo cuanto existe. No hay padecimiento ni desdicha que no pueda conjurar; aun las puertas de la
eternidad se abren a su imperio. En cualquier trabajo y necesidad en que el hombre se encuentre puede levantar sus ojos al Salvador y decirle: «Señor, si quieres puedes venir en mi auxilio y salvarme.»
Prueba hermosísima es el hecho de la resurrección del joven de Naím. Le llevaban ya al sepulcro, y su madre iba desolada detrás del cadáver. Los numerosos amigos no hallaban otro consuelo que repetirle: «No llores.» Pero llega el Salvador, pronuncia esas mismas palabras y con ellas resucita al hijo y le devuelve a la madre (Lc 7, 13). Y cuando se hallaba delante del sepulcro de Lázaro, y las hermanas y amigos de éste y multitud innumerable postrados a sus plantas lloraban, esperando únicamente de él el remedio en su aflicción, lloró también él de compasión; pero no fueron sólo lágrimas las que tuvo para su amigo Lázaro, sino infinitamente más: resucítale con una palabra, devuélvele a los brazos de sus hermanas y amigos y cambia en gozo tan gran tribulación. Ahí tenemos el consuelo que da el Salvador, y él es el único que puede darlo. Para todos prodiga su poder y amor, que ningún provecho personal recibe de sus milagros. Pues también ahora tiene el mismo poder e igual amor, y su amor es omniscio y su poder infinito; ¿quién, si cree en Cristo y le ama, ha de desconfiar? La muerte es el postrer mal de este mundo, y también él la ha vencido, y nos asistirá en ella con su gracia victoriosa. Por eso concluye sabiamente la Imitación de Cristo: «En vida y en muerte confía en Aquél que nunca te abandonará, aunque todos te abandonen.»