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Resumen y conclusión

In document La vida espiritual, MESCHLER (página 78-81)

Se infiere de todo lo que llevamos dicho, que tenemos que hacer un firme propósito de vencernos, y este propósito, junto con la máxima de entregarnos siempre a la oración, ha de ser una de las bases sobre que se asiente nuestra vida espiritual, y uno de los principios fundamentales de ella. Así, pues, debemos tenerlo bien fijo, y no perderlo jamás de vista a pesar de todas las recaídas en que incurramos. Sin duda serán muchas las veces que lo quebrantemos, pero no nos perjudicarán gran cosa mientras tengamos este propósito muy firme y asentado; al contrario, las faltas serán cada vez menos frecuentes, y él llegará al fin a señorear y dominar gloriosamente en nuestra vida.

Pero el día en que dejemos a un lado este principio estamos perdidos para la vida sólida del espíritu y para la perfección. Sólo con orar no se llega al fin; contentarse con orar sin ejercitarse en el propio vencimiento es uno de los puntos de esa empalagosa ascética moderna que pretende hallar a Dios y unirse con él sin otro camino que el de la oración. ¡Lástima de trabajo empleado! Después de muchos años y rodeos, se halla uno donde empezó. No, la oración y el vencimiento propio tienen que ir unidos entre sí, exactamente lo mismo que para volar son necesarias dos alas y para lavarse las manos se necesitan las dos. Una y otra, oración y mortificación, deben ayudarse, apoyarse y completarse; ambas deben ir siempre unidas. Sin abnegación es imposible orar, y para la oración es indispensable la abnegación; de otra manera, aunque se ore, no se halla a Dios. El hombre inmortificado busca a Dios en la oración, mas no le halla; en cambio, al que es mortificado, Dios mismo le sale al encuentro, porque su corazón está limpio y preparado para unirse con él. Mucho más que nosotros mismos desea Dios unírsenos y comunicársenos; lo único que pide es un corazón puro y abnegado. — De la misma manera, no nos mortificaremos si no oramos; mortificarse es cosa dura, y sólo la gracia de Dios puede hacérnosla posible y aun suave, y la gracia sólo se alcanza con la oración y por la oración. El que sea, pues, prudente y desee edificar su casa en sólidos cimientos, fúndela en la roca de la oración y abnegación.

Sin duda que es dura la palabra mortificación y más duro es aún recorrer su camino; pero nosotros mismos somos los que con el pecado nos hemos puesto en él y tenemos que andarle, cueste lo que costare. Pero no olvidemos que no es más suave, sino mucho más áspero el sendero del

vicio y el yugo de las pasiones desordenadas. Eos pecados no los evitamos si no es mortificándonos: sólo nos queda elegir entre mortificarnos o pecar. Se nos hace difícil el camino sencillamente porque no nos resolvemos de veras a andarlo. Hagamos un propósito generoso y confiemos que la senda de la propia abnegación llegará a hacérsenos con el tiempo, no sólo fácil, sino aun agradable. De la muerte sale la vida, y del fuerte la dulzura (Judit 14, 14ss). Y así es que la planta de la mortificación no sólo produce espinas, sino también rosas de alegría y consolación espiritual; sólo que esta consolación hay que ganarla luchando, como todo lo grande y hermoso de acá abajo. La dificultad y el cansancio desaparecen ante el gozo que produce el heroísmo. Este es el lado risueño de esa mortificación que tanto espanta.

Objeciones contra la mortificación suelen ponerse no pocas. «En nuestro siglo — dicen — es imposible; no la resisten la salud ni las ocupaciones.» Pongamos una distinción: la mortificación interior no puede omitirse jamás, y por otra parte no daña a la salud, ni impide trabajar; y aun de la exterior puede decirse que en nuestro siglo habría mejor salud si se la ejercitara un poco más. El trabajo es, a no dudarlo, una buena mortificación; pero aun para trabajar seriamente y a conciencia hace falta mortificación, pues de otro modo se ocupará el hombre en cosas inútiles y se dejará llevar del capricho, lo cual no es trabajar. — «Es que esa ascética ya ha pasado de moda.» Pero, si no nos equivocamos, el mundo es hoy el mismísimo de antes sin cambiar cada. Tampoco Cristo ha cambiado; y el fin y el camino que a él nos conduce son los mismos que antes. De manera que hay que resignarse a la mortificación de los tiempos antiguos. — «La mortificación interior, pase, pero la exterior...» Algo hay aquí de verdad, y es que la mortificación interior es en todo caso mejor y más necesaria que la exterior; pero de ahí no se sigue que haya de descuidarse del todo la exterior. Sin ninguna mortificación exterior, la interior no puede existir. Despreciar y estimar en poco la mortificación exterior, a más de no ser conforme al espíritu de Cristo, acusa completa ignorancia acerca del estado y condición a que el primer pecado nos redujo. La mitad de nuestros pecados y dificultades provienen del cuerpo. Más: según la doctrina católica, no es tan sólo nuestro cuerpo instrumento del pecado, que hay que tener a raya, sino que viene a ser la mirra preciosa de la penitencia y satisfacción por nuestras culpas y las de todo el mundo, el valor y precio para alcanzar mayores gracias, más luces y méritos para la vida eterna. De ahí que las almas más inocentes sean las más señaladas en la mortificación exterior. — «En los comienzos puede venir bien la

mortificación exterior, pero no después.» Así como nunca podemos huir de nuestra sombra, así tampoco podemos sustraernos a nuestro cuerpo y a su influjo en el alma. La abnegación propia es el A B C de la vida espiritual: no hay que olvidarlo jamás.

Lo que hay de cierto es que la propia abnegación es penosa al hombre caído, y que se necesita esfuerzo continuo para ejercitarla. Pero esto es precisamente lo que nos hace falta para vencer el mal y adquirir fuerzas para el bien. Áspero es el camino, pero el fin grande y glorioso, y por un gran fin el hombre generoso se sacrifica con gusto. Por eso cierra el Kempis sus instrucciones sobre el camino real de la santa cruz con estas palabras: «Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea esta la postrera conclusión, que por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el reino de Dios.» Pero para sobrellevar la tribulación es necesario el vencimiento propio, y no como quiera, sino fundado, universal y constante.

In document La vida espiritual, MESCHLER (página 78-81)