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La oración mental

In document La vida espiritual, MESCHLER (página 32-35)

La oración mental, llamada también interna, es otro de los modos de orar.

Dícese interna, porque en ella no se hace uso de fórmula determinada de oración ni se pronuncian las palabras; mental, porque es, ante todo, una reflexión atenta de las verdades de la fe, a fin de enderezar conforme a ellas nuestra vida. Sin esta mira a la vida práctica, la meditación sería sencillamente un estudio de teología. Se llama finalmente oración, porque la consideración no es, hablando con propiedad, sino una preparación para orar y para tratar con Dios más fervorosa e íntimamente. La oración es siempre una conversación con Dios; por donde, si se quita a Dios de la oración, vendrá a ser ésta, a lo más, una consideración o una conversación consigo mismo.

Ante todo, hay que guardarse de pensar que la meditación es cosa demasiado sublime y difícil y por lo tanto inasequible. De seguro que todos meditamos muchas veces sin saberlo. Pensar, por ejemplo, si hemos de encargarnos de algún negocio y cómo hemos de llevarlo a cabo, ¿qué otra cosa es sino una meditación bien seria? Pues supongamos que ese negocio se refiere a la vida espiritual, y que al pensar en él oramos, y tendremos ya una verdadera meditación.

Varias son las prácticas de meditar que suelen darse. Algunos ascetas se contentan con proponer una serie de pensamientos, actos virtuosos, reflexiones, v. gr. de adoración y reverencia ante su divina Majestad, actos de fe, esperanza, caridad, etc., por medio de los cuales puede uno entretenerse con Dios. San Ignacio enseña el método que consiste en aplicar las tres potencias del alma, memoria, entendimiento y voluntad, a una verdad de la fe o a algún misterio de la vida de Jesucristo. La memoria propone brevemente la verdad o el hecho histórico con una ligera ojeada a la composición de lugar hecha por la imaginación; el entendimiento especulativo procura penetrar en el misterio para comprender bien su verdad, excelencia, belleza y dulzura, y el entendimiento práctico lo aplica a la vida. El sentimiento excita a la vez sus correspondientes actos de amor u odio a lo ya conocido, y la voluntad abraza la doctrina meditada ante todo por medio de firmes propósitos y luego pidiendo gracia para ponerlos por obra. A todo suele preceder una breve oración preparatoria, en que se pide gracia a Dios para meditar debidamente. Lo esencial, pues, de esta

meditación, consiste en la aplicación de las potencias del alma a una verdad de la fe o a un hecho histórico que, según su contenido, puede di- vidirse en diversos puntos, en cada uno de los cuales pueden considerarse las personas, palabras y acciones. Este método de meditación es sencillo, fácil, como dado por la naturaleza, muy eficaz, puesto que en él se empeña el hombre todo, con todas sus fuerzas, en alcanzar, con la ayuda de Dios, la verdad divina y aplicarla firme y definidamente a la práctica. Para los principiantes aprovechan las reglas; pero poco a poco va uno habituándose a meditar, y van siendo más fáciles y duraderas las aplicaciones.

San Ignacio nos enseña además otros tres métodos de oración mental. Consiste el primero en recorrer los misterios de la vida de nuestro Señor, aplicando sobre ellos y sobre las virtudes que en ellos relucen, los sentidos interiores y exteriores, la vista, el oído, el tacto, etc. Es un método sencillo y práctico (lite limpia y santifica nuestra fantasía, endereza la voluntad y lince que penetre el entendimiento en el santuario de los sentimientos y virtudes del Redentor. Aun los grandes santos ejercitaron este modo de oración.

El segundo método consiste en ir recorriendo los mandamientos, los deberes propios de nuestro estado, los sentidos internos y externos, y ver cómo andamos, arrepintiéndonos de corazón y proponiendo la enmienda, si por ventura hemos caído en alguna falta. Es propiamente un diligente examen de conciencia que puede convertirse en meditación, con sólo considerar en cada parte qué cosas son las que mandan y prohíben los mandamientos; y en cuanto a los sentidos, para qué nos han sido dados, y cómo han usado de ellos Jesucristo y los santos. liste modo vale muchísimo para la pureza de conciencia, y es una excelente preparación para la confesión.

El tercer método es sobre una oración conocida, tomando cada palabra, y deteniéndonos en ella con el pensamiento, en tanto que nos ofrezca ideas y afectos. Este método de orar presta muy buenos servicios en las funciones largas de iglesia y cuando estamos fatigados o distraídos, y nos lleva a conocer la esencia íntima de la oración, su hermosura y elevado valor. Tanto más cuanto es una buena ayuda de costa para hacer bien la oración vocal.

Al que tenga tiempo y facilidad para meditar nada hay que recomendar más encarecidamente que el que procure dedicarse cuanto pueda al ejercicio de la oración mental. ¡Cuántas veces nos amonesta Dios en la sagrada Escritura a que consideremos su ley y apreciemos sus

beneficios! El Salvador estaba siempre, día y noche, dado a la meditación, y alabó en su discípula María la vida contemplativa, diciéndole que había elegido la mejor parte. Por sí misma, la meditación hace que la oración se prolongue, los afectos que en ella brotan excitan nuestro fervor y deseo, y así alcanza la oración una fuerza íntima, de que carece sin la meditación; con lo cual se acrecientan y suben de punto los efectos de la oración, a saber: el mérito, la satisfacción y la eficacia de ella. Convienen los grandes ascetas en que la oración mental es moralmente necesaria para alcanzar la perfección. Debe, pues, ante todo, emplearse con singular esmero en las casas religiosas, en especial en las de los religiosos de vida mixta y apostólica que tienen que vivir en continuo trato y comunicación con el mundo. La meditación, prescrita en cada orden por sus constituciones, hecha con diligencia, puede compensar una menos rigurosa clausura y austeridad exterior. ¿Cómo es posible llegar a ser apóstol, hombre de fe, si no se tienen presentes a la continua las verdades de la fe, meditándolas y rumiándolas detenidamente, arreglando su vida conforme a ellas y teniéndolas como principios fundamentales; si por medio de la oración fervorosa no se graban en el corazón para que sean el caudal de que nuestra vida se alimente? Sin este capital se vive siempre en estrecheces y sin salir de miseria, ni llegar nunca a vida más noble y provechosa. De manera muy diversa se forma y vigoriza el alma con la oración mental que con la vocal. En ésta es cierto que se ejercita la memoria, el entendimiento y la voluntad, pero en la meditación este ejercicio es incomparablemente más eficaz, más intenso y duradero. La eficacia de la meditación con- tinuada por largos años es la que ha de hacer de un hombre de poca virtud un verdadero siervo de Dios. Por eso dice un erran asceta que leer, orar vocalmente y oír sermones son cosa muy buena cara los principios, pero que la meditación debería ser nuestro libro, nuestra oración y nuestro sermón; de otra manera estaríamos siempre aprendiendo y nunca llevaríamos a alcanzar la sabiduría. Por eso, añade, entre los religiosos, sacerdotes y teólogos hay tan pocos contemplativos.

Debe, pues, ser nuestro más firme propósito meditar, si es posible. todos los días. En último término podrá cualquier lectura espiritual, acompañada de reflexiones y peticiones, servir de meditación. De todos modos, siempre deberíamos preferir la oración mental a la vocal, y aun en esta misma podemos, si es que no debe terminarse en tiempo fijo, meditar sus palabras y elevarnos a Dios más de lo íntimo del corazón. Magnífica escuela de oración mental son los Ejercicios de San Ignacio, cuya base

principal es la meditación: allí se aprende a meditar o se vuelve a aprender, si es que se ha perdido la costumbre.

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