El campo de la salud no escapa a la ideología, aunque esta no traduzca una división política. Más sutilmente, numerosos periodistas hablan de su trabajo como si tuviera que ver con una misión de promoción de la cultura científica y técnica. De mejorar la relación entre el público y la ciencia. Aunque esta confusión entre informador y misionero no es privativa del periodismo científico, al menos plantea la cuestión de la «objetividad» del periodista, de su identidad crítica, de su siempre posible servidumbre respecto a los diversos componentes del sector que abarca. En los Estados modernos no deja de crecer la información de los ciudadanos a propósito de las enfermedades y de los modos de tratamiento. La educación terapéutica de los pacientes y de su entorno está integrada en todo plan de atención razonado. De la calidad de esa información dependen los resultados en términos de comprensión de las enfermedades y de observancia de los tratamientos. Numerosos medios contribuyen a esta evolución: la prensa (especializada o no), páginas de Internet, programas de radio o de televisión. El gran público tiende espontáneamente a creer lo que ha sido escrito o dicho por figuras «de autoridad».
El mundo de la sanidad y el de la investigación, a los que afecta ese inmenso tema que es la depresión, están profundamente divididos. El «falso» diálogo entre «personas de la palabra» y «personas de la carne» –como se designa a veces a los que se interesan por la biología del cerebro– continúa de año en año y constituye una fuente inagotable de artículos y de emisiones. El diálogo entre «personas de la palabra» que pertenecen a grupos disidentes es más imposoble aún, a veces. En febrero de 2005, en la Mutualidad de París, un grupo de psicoanalistas que se oponían a las conclusiones de un informe sobre la eficacia comparada de diversas técnicas psicoterapéuticas, obligó a un ministro de Sanidad «ventrílocuo» a decir a propósito de ese informe: «¡Ustedes no oirán hablar más de él!». Triste éxito para una comunidad cuyo trabajo es escuchar y, si es posible, oír. Cuando los expertos en una disciplina, que por esencia trabajan sobre el malentendido que hay detrás de todo intercambio verbal, consideran una victoria la desaparición de una investigación, por muy discutible que sea, ¿cómo sorprenderse de que los periodistas de radio o de televisión tengan dificultades para organizar debates
Para acercarse a soluciones, para resolver un problema complejo, a saber: comprender mejor, tratar mejor, prevenir mejor la depresión-enfermedad, habría que ampliar las perspectivas, explicar, transmitir. Habría que actuar con los diversos agentes para clarificar la complejidad de los mecanismos. La mayor parte del tiempo, ese proceso se remplaza por una guerra de psiquiatras. Los que debaten dicen frases «de impacto», fórmulas agresivas, se cortan la palabra. Se intercambian expresiones asesinas a falta de hacerlo con las ideas. Se trata de golpear fuerte para marcar las mentes y todo tema es materia de combate: la genética, el psicoanálisis, el cognitivismo, los medicamentos, las medicinas suaves… Los periodistas animadores se ven impotentes para evitar un deslizamiento insidioso del debate de ideas al pugilato verbal.
A priori, el lector no es un especialista. No distingue el trabajo del periodista del del cronista y entra pasivamente en la cadena de comunicación sin estar en condiciones de analizarla. Una vigilancia acrecentada le permitiría sin duda descubrir las sucesivas influencias, los efectos de moda. A un discurso de desposesión, «Es una enfermedad, no puedo hacer nada, únicamente tengo que tomar antidepresivos durante toda mi vida», le sucede en los medios un contradiscurso de higiene y antimedicamento: «Los antidepresivos existentes son ineficaces y peligrosos; meditemos, llevemos una vida higiénica y esperemos al nuevo tratamiento milagroso». Se pone en marcha una subpsiquiatría. Sin duda, conviene sustituir una creencia verdaderamente excesiva en los antidepresivos por otra nueva creencia. Régis Debray, que sostiene que «la opinión es el grado más bajo del saber», podría tener razón.
Las cuestiones que conciernen a los trastornos del humor son complejas. Es difícil, con la mejor buena fe del mundo, explicar a los pacientes deprimidos y a su entorno los límites de la enfermedad, las ventajas y los inconvenientes de las diversas formas de tratamiento. Los pacientes afectados de depresión, por su estado de enfermedad, se encuentran sin esperanza de mejoría, sin verdadera voluntad. Leer en la primera página del periódico que el antidepresivo con el que se les trata no es más activo que un placebo, pero presenta más inconvenientes que este, no constituye verdaderamente una ayuda para vivir. Criticar políticamente, socialmente, económicamente la industria farmacéutica es una cosa. Lanzar el descrédito sobre los medicamentos que esta industria descubre y comercializa es otra. Los medicamentos psicotrópicos, descubiertos a partir de los años 50, han revolucionado los tratamientos de la esquizofrenia, de los trastornos bipolares, de la ansiedad… y de la depresión. Existen en el campo de los ensayos terapéuticos una lógica de tipo científico y unas técnicas de análisis matemáticas cada vez más complejas. Criticarlas es una cosa. Faltar al rigor o transformar datos científicamente establecidos es una manipulación de la opinión.