La eficacia del psicoanálisis se pone a veces en duda, particularmente en el tratamiento de la depresión. El análisis científico de sus mecanismos de acción lo considera insuficiente, aunque cada vez más analistas se interesan por el problema de la prueba. Sin entrar en detalles experimentales complejos de esos trabajos de investigación, es útil reflexionar más concretamente sobre algunos aspectos del trabajo analítico.
Acudir a un psicoanalista para un trabajo llamado «cara a cara», o para emprender un psicoanálisis e ir al menos dos veces a la semana a tumbarse en un diván para decir lo que le viene a uno a la mente, constituyen dos proyectos muy diferentes.
Fundamentalmente, el psicoanálisis es un método en el sentido etimológico:
presupone la existencia de una dimensión inconsciente del psiquismo. Plantea como hipótesis que un trabajo verbal permite hacer evolucionar favorablemente esa parte inconsciente. Para los analistas es un axioma admitir que no es posible abordar el inconsciente más que en sus manifestaciones lingüísticas.
Muchas de las personas que han experimentado el psicoanálisis dan testimonio gustosamente de los efectos benéficos sobre su nueva calidad de vida de esos años pasados «en análisis». Otras, y son numerosas, no han llegado a «cambiar» después de una o de varias tentativas de análisis. Estas, atrapadas en redes que limitan sus capacidades para hablar y pensar libremente, se han resistido al trabajo verbal. No han podido, según la bonita fórmula propuesta por Francesca Champignoux, «bailar con su inconsciente». Sus mecanismos de defensa no se han modificado.
El psicoanálisis no trata la fase aguda de la depresión-enfermedad. Ya lo escribió Freud. Por otra parte, nunca se ha demostrado científicamente que pueda ser un tratamiento preventivo de las recidivas depresivas. Aún no se han superado las dificultades metodológicas ligadas a las técnicas de evaluación. Sin embargo, numerosos pacientes que han sufrido una depresión inicial se consideran satisfechos, después de algunos años, de los resultados de una cura analítica.
Otros fracasan, y esos fracasos pueden explicarlos dos razones principales:
– Algunas personas deprimidas consultan con psicoanalistas cuando están inmersas en la enfermedad. Su cerebro, ralentizado, nublado, sobrecargado de negatividad, es entonces incapaz de producir el pensamiento necesario para el análisis. Como el pensamiento siempre se basa en cierto tipo de relación con el lenguaje, el juego del análisis consiste en «desplegar» las palabras, «abrirlas» de otra manera. Es justamente ese juego de análisis lo que la ralentización depresiva impide y congela literalmente. La persona deprimida no consigue ya pensar libremente; su pensamiento está cautivo, es automático, negativo.
– No todos los sujetos humanos que sufren una depresión o más globalmente una patología neurótica responden al análisis. Sin duda, para beneficiarse de un análisis hay que cumplir varias condiciones: es deseable un interés claro por el ejercicio del discurso. Y una relación amorosa con el lenguaje, sus juegos, sus trampas y sus límites.
El niño grita hasta obtener lo que le falta. Poco a poco, debe inscribir sus carencias en el lenguaje. Pero ese lenguaje de la vida, el de la comunicación y del saber común, compartible, el de la psicología, por ejemplo, no es verdaderamente el que interesa al
analista. Con ese lenguaje de lo cotidiano, el analista no puede hacer nada, y el relato, sesión tras sesión, de las descripciones dolorosas de la vida no le permite en absoluto al paciente tomar conciencia de los mecanismos subyacentes que le hacen sufrir. El analista se interesa por otra cosa. Está atento a lo que no se dice nunca, a lo que no se oye nunca, a lo inaudito, al fallo, al lapsus, al error, a lo que muy específicamente surge del inconsciente. A muchos pacientes a quienes se ha recomendado, al principio del tratamiento, «decir todo lo que les viene a la mente», les cuesta entrar en el descubrimiento de otro sí-mismo. Temen, con razón, ese descubrimiento. Limitan sus palabras a un discurso psicológico aprendido, a lo ya dicho, para no revelarse. Les resulta imposible aceptar oírse a sí mismos verbalizar el material reprimido más inverosímil, el más alejado de su yo consciente. Expresar el ser es una pretensión del lenguaje. Aunque limitada, la expresión verbal es la única que permite que aflore.
Las pulsiones van acompañadas de vergüenza y de desagrado, la verbalización ataca frontalmente el pudor y la moral. Algunos se mantienen en la negación, se sumen en análisis interminables e improductivos, o simplemente abandonan. El análisis no puede llegar a su término, los mecanismos de defensa no cambian, la depresión volverá.
Aceptar el método analítico supone mantenerse sesión tras sesión en la idea del deseo más que en su satisfacción. Hay que intentar curar una carencia que no tiene razón de ser. No está al alcance de todos, mientras que existe un enorme deseo de ceder al placer de lo cotidiano, de tolerar un nivel elevado de frustración. Es difícil confiar en el trabajo de la palabra incluso cuando se perciben los límites impuestos por ese lenguaje.
Afortunadamente, los que respetan las reglas del juego se descubren de otra manera. Han sido «hablados» durante años por su familia, su entorno: se les ha dicho lo que eran y lo que debían ser. Descubren un avance posible hacia otra cosa diferente, singular, autónoma. Es decir, que cuando el sujeto deprimido se encierra en sí mismo, se repliega, el volver a hacer suyo el lenguaje, aceptar de nuevo la metáfora, disfrutar con el intercambio de las palabras testimonia un nuevo acuerdo con el exterior.
Gracias a la escucha benévola de su analista, perciben que pueden ser valorados como sujeto, sea cual sea, y no como persona simplemente normal, conforme a las instrucciones de la sociedad.
Centrados al principio en sí mismos y en sus sufrimientos, limitados a sí mismos, acceden a los horizontes nuevos que las palabras pronunciadas por asociación libre hacen nacer. Sus sufrimientos producían síntomas; ellos se habitúan a producir palabras. Ese cambio fundamental, progresivo, lento y doloroso, se hace a través de la relación que el analizador (el paciente) entabla, y luego mantiene, con su psicoanalista. Permaneciendo
transformarse, de mejorar lo que él es. Ese cambio de naturaleza no se opera sino por medio de la relación con el analista.
El paciente ignora y quiere ignorar que a esta voluntad positiva se opone diametralmente un gozo inconsciente en no modificar nada, y satisface a «algo» más que a sí mismo. A algo que él no quiere o no puede soltar. Es en el vínculo con el analista donde se deciden las posibilidades de cambio. Al cabo de los meses, las asociaciones de pensamientos del paciente, en lugar de estar centradas en él mismo, ceden su sitio a lo que concierne a la persona del analista y al entorno, la familia, las relaciones.
Los psicoanalistas discrepan sobre la manera correcta de conducir esa transferencia, pero todos están de acuerdo en la idea de que el fracaso o el éxito del análisis se decide en ese vínculo.