• No se han encontrado resultados

EL PRINCIPE QUE HA DE VENIR

In document El Principe Que Ha de Venir (página 90-136)

El Príncipe que ha de Venir

«¿QUÉ ES LO QUE TODA EUROPA está buscando?» —las palabras se citan en un editorial del diario Times, acerca del reciente hallazgo de la tumba de Agamenón.1 «¿Qué es lo que toda Europa está buscando? Es al REY DE LOS HOMBRES, a la gran cabeza de la raza helénica, el hombre a quien mil galeras y cien mil hombres se sometieron al simple reconocimiento de sus cualidades personales, y a quien obedecieron durante diez largos años... El hombre que pueda atrever- se a hacerse suyo el escudo de Agamenón, que está ahora vacante, es el verdadero emperador de Oriente, y la salida más fácil a las

presentes dificultades.»

La realización de este sueño será el cumplimento de la profecía. Cierto es que los movimientos populares caracterizan nuestra edad, más que el poder de las mentes individuales. Es la época del popu- lacho. La democracia, no el despotismo, es la meta a la que tiende la civilización. Pero la democracia en su pleno desarrollo es uno de los caminos más seguros para llegar al despotismo. Primero, la revolú- ción; después, el plebiscito; a continuación, el déspota. El César a menudo le debe su cetro al populacho. Además, un hombre de grandeza trascendente nunca deja de imprimir su marca sobre el tiempo en que vive.

Y el verdadero Rey de los hombres tiene que poseer una

extraordinaria combinación de grandes cualidades. Tiene que ser «un erudito, un estadista, un hombre de valentía inflexible y de empresa

irresistible, lleno de recursos, y listo a mirar a los ojos a un rival o a un enemigo».2 La oportunidad tiene, además, que sincronizar con su advenimiento. Pero la voz de la profecía es clara de que la HORA está llegando, y el HOMBRE.

En relación con este sueño o leyenda de la reaparición de Agamenón, es notable el hecho de que el lenguaje de la segunda visión de Daniel ha guiado a algunos a Grecia como el lugar preciso del que surgirá el Hombre de la profecía;3 y no hay duda de ningún tipo de que aparecerá dentro do los límites territoriales del antiguo Imperio Griego.

Habiendo predicho la formación de los cuatro reinos en que las conquistas de Alejandro quedaron divididas a su muerte, el ángel Gabriel —el intérprete divinamente señalado de la visión— procedió así a explicar los sucesos que han de tener lugar en los días por venir.

Y al fin del reinado de éstos, cuando las transgresiones lleguen a su colmo, se levantará un rey altivo de rostro y experto en intrigas. Y su poder se fortalecerá, mas no con fuerza propia; y causará grandes

2. ídem.

3. Que el Anticristo ha de surgir de la parte oriental del Imperio Romano, y, además de aquella parte que quedó bajo el gobierno de los sucesores de Alejandro, es cosa que queda más allá de toda duda en este capítulo. Pero, viendo que en el capítulo 11 se le menciona como luchando contra el rey del norte (esto es, el rey de Siria), y también contra el rey del sur (esto es, el rey de Egipto), es evidente que no surge ni de Egipto ni de Siria. Tiene que surgir entonces o de Grecia o de los dis- tritos inmediatamente contiguos a Constantinopla. Es cierto que si surgiera de estos últimos, o de cualquiera de los otros, sería considerado como de origen griego, ya que las cuatro zonas fueron parte del Imperio Griego; pero parece mucho más probable que sea Grecia misma el lugar de su surgimiento. Se le describe como creciendo mucho «hacia el sur y hacia el oriente, y hacia la tierra gloriosa»; esto es, hacia Egipto, Siria, y Palestina; descripción ésta que se ajustaría a la posición geo- gráfica de alguien que estuviera en Grecia.

«Además, un "cuerno pequeño" (símbolo no de lo que él es como individuo, sino de lo que es como monarca), es algo que es muy apropiado para alguien que surja de algún pequeño principado de los que abundaban por Grecia, y que aún tienen su memoria en el trono de los soberanos de Montenegro.» Newton, Ten Kingdoms, p. 193.

ruinas, y alcanzará éxitos en sus empresas, y destruirá a los fuertes y al pueblo de los santos. Con su sagacidad hará prosperar la intriga en su mano; y se ensoberbecerá en su corazón, y destruirá a muchos por sorpresa, y se levantará contra el Príncipe de los príncipes, pero será quebrantado, aunque no por mano humana.4

En la visión del capítulo 7, el último gran monarca de los gentiles fue representado tan sólo como un blasfemo y un perseguidor: «Y

hablará palabras contra el Altísimo, y tratará duramente a los santos del Altísimo»; pero aquí, además, se le describe también como gene-

ral y como diplomático. Habiendo así obtenido un puesto reconocido en la profecía, se alude a él en la siguiente visión como «el Príncipe

que ha de venir»,5 un personaje bien conocido, cuya venida ya había sido predicha antes; y la mención de él a Daniel en la cuarta y última visión es tan explícita, que teniendo en cuenta la importancia vital de establecer la personalidad de este «rey» exponemos aquí el pasaje en toda su longitud:

Y el rey hará lo que quiera, y se ensoberbecerá, y se engreirá por encima de todos los dioses; y proferirá cosas inauditas contra el Dios de los dioses, y prosperará, hasta que sea colmada la ira; porque lo determinado se cumplirá. No respetará ni aun al Dios de sus padres, ni al deseo de las mujeres; no respetará a dios alguno, porque sobre todos se exaltará a sí mismo. Mas honrará en su lugar al dios de las fortalezas, dios que sus padres no conocieron; lo honrará con oro y plata, con piedras preciosas y con cosas, de gran precio. Con ese Dios extraño combatirá las fortalezas más

inexpugnables, y colmará de honores a los que le reconozcan, y les repartirá la tierra como recompensa. Pero al tiempo del fin, el rey del sur contenderá con él; y el rey del norte se levantará contra él como una tempestad, con carros y gente de a caballo, y muchas naves; y entrará por las tierras, las invadirá como un torrente y las pasará. Entrará en la tierra gloriosa, y muchas caerán; mas estas escaparán de su mano1. Edom y Moab y la mayoría de los hijos de

4. Dn. 8:23-25.

Amón. Extenderá su mano contra las tierras, y no escapará el país de Egipto. Y se apoderará de los tesoros de oro y plata, y de todas las cosas preciosas de Egipto; y los de Libia y de Etiopía le seguirán. Pero noticias del oriente y del norte lo atemorizarán, y saldrá con gran ira para destruir y matar a muchos. Y plantará las tiendas de su palacio entre los mares y el monte glorioso y santo; mas llegará a su fin, y no tendrá quien le ayude. En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo, y será tiempo de angustia, cual nunca lo hubo hasta entonces, desde que existen las naciones; pero en aquel tiempo serán salvados todos los que de tu pueblo se hallen inscritos en el libro.6

6. Dn. 11:36-45; 12:1. Me siento inclinado a creer que todo el pasaje desde el versículo 5 de Daniel 11 recibirá un cumplimiento futuro, y no tengo ningún tipo de dudas por lo que respecta al pasaje que empieza con el versículo 21. Ver especialmente el versículo 31. Pero la futura aplicación del texto citado aquí no puede ponerse en duda. Aunque el capítulo se refiere en parte a Antíoco Epífanes, «hay características que no tienen ninguna correspondencia en Antíoco, pero que reaparecen en el relato que nos da Pablo acerca del Anticristo que ha de venir». Cito del doctor Pusey. Añade él (Daniel, p. 93): «La imagen del Anticristo del Antiguo Testamento se funde en el perfil del Anticristo mismo... Tan sólo una característica antirreligiosa del Anticristo fue cierta de Antíoco "y proferirá cosas inauditas contra el Dios de los dioses". La blasfemia en contra de Dios es una característica esencial de cualquier poder o individuo opuesto a Dios. Pertenece tanto a Voltaire como a Antíoco, todas las demás características no le pertenecen... Las características del rey Infiel son: 1) exaltación propia por encima de todos los dioses; "se engreirá por encima de todos los dioses"; 2) desprecio por toda religión; 3) blasfemia contra el verdadero Dios; 4) apostasía del Dios de sus padres; 5) despreciar el deseo de las mujeres; 6) rendir honor a un dios que sus padres no conocieron. De todas estas, tan sólo una, en todo, concuerda con Antíoco.» Este pasaje entero es valioso, y los argumentos son concluyentes. Una observación en la página 90 sugiere que el doctor Pusey identifica a este rey con la segunda «Bestia» de Ap. 13, y este punto de vista es mantenido por otros con el argumento de que en la profecía una «Bestia» significa poder real. Esto es generalmente verdad, pero la segunda Bestia de Ap. 13 es llamada expresamente «el falso profeta» (Ap. 19:20); y el pasaje demuestra que él está inmediatamente relacionado con la primera Bestia, y que no reclama ninguna posición independiente de él. Las dificultades que afronta la posición de que él es un rey aparte son insuperables.

El tema de las profecías de Daniel es Judá y Jerusalén, pero las visiones apocalípticas del discípulo amado poseen un campo de visión más amplio. En algunas ocasiones se presentan las mismas escenas, pero se desarrollan en una escala más amplia. Aparecen los mismos actores, pero en relación con mayores intereses y con eventos de mayor magnitud. En Daniel, el Mesías se menciona tan sólo en relación al pueblo terreno, y es en la misma relación también que el falso Mesías aparece en el escenario. En el Apocalipsis el Cordero aparece como Salvador de una innumerable multitud «de

todas naciones, tribus, pueblos y lenguas»,7 y se ve a la Bestia como el perseguidor de todos los que invocan el nombre de Cristo en la tierra. Además, las visiones de Juan incluyen un cielo abierto, mientras que los vislumbres que se le concedieron a Daniel de «eventos del porvenir» están limitados a la tierra.

El intento de determinar el significado de cada detalle de la visión constituye ignorancia de las lecciones que se deberían derivar de las profecías mesiánicas cumplidas en la primera venida.8 Las Escrituras antiguas enseñaban al judío piadoso a esperar a un Cristo personal, no un sistema ni una dinastía, sino una persona. Ellas le capacitaban, además, a anticipar los hechos principales de Su aparición. Por ejem- plo, la pregunta de Herodes «¿dónde había de nacer el Cristo?» recibió la pronta y segura respuesta: «En Belén de Judea».9 Pero poder asignar su puesto y significado a cada pasaje de la mezclada visión de sufrimiento y de gloria estaba más allá del poder de incluso los profetas inspirados.10 Así pues, sucede lo mismo con las profecías acerca del Anticristo. Ciertamente que el caso resulta más claro, porque mientras que aquellos «que aguardaban la redención» en Is- rael tenían que recoger las profecías mesiánicas de Escrituras que parecían al lector descuidado que se referían a los sufrimientos de los

7. Ap. 7:9.

8. Una observación similar se aplica al rechazo de reconocer las principales características del carácter y de la historia del Anticristo. La profecía cumplida es nuestra sola guía segura en el estudio de la que no se ha cumplido.

9. Mt. 2:4. Cp. Miq. 5:2.

antiguos profetas hebreos o a las glorias de sus reyes, las prediccio- nes del Anticristo son tan delineadas y definidas como si las afirma- ciones fueran históricas en lugar de profeticas.11

Y, a pesar de ello, la tarea del expositor está fraguada de dificul- tades. Si el libro de Daniel pudiera ser leído por el mismo, no surgiría ninguna cuestión acerca de ello, «El Príncipe que ha de venir» es allí presentado como el caudillo del Imperio Romano restaurado del futuro, y como perseguidor de los santos. No hay una sola afirmación con respecto a él que suscite la más mínima dificultad. Pero algunas de las afirmaciones de Juan parecen inconsistentes con las profecías anteriores. Según las visiones de Daniel la soberanía del Anticristo parece estar confinada a los diez reinos, y su curso parece estar limitado a la duración de la semana septuagésima. ¿Cómo, pues, se puede reconciliar esto con la afirmación de Juan de que se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. Y le adorarán todos los moradores de la tierra.12 Además, ¿es increíble que un hom- bre dotado de vastos poderes sobrenaturales así, y ocupando un puesto así maravilloso en la profecía, quede restringido a los estrechos límites de la tierra romana?

Si se presentan otros puntos como objeciones a la verdad de las Escrituras es suficiente con señalar que las profecías acerca de Cristo estaban fraguadas de dificultades similares. Tales profecías son como las piezas desordenadas de un elaborado e intrincado mosaico.

Colocar cada pieza donde le corresponde desafiaría nuestro ingenio más desarrollado. Descubrir los trazos principales es todo a lo que podemos aspirar; o, si se nos pide más, es suficiente con mostrar que ninguna de sus partes es inconsistente con el resto.

11. El escéptico religioso puede rehusar aceptar su significado literal, y el escéptico profano, al rechazar las imaginativas interpretaciones del piadoso, puede despachar las profecías mismas como increíbles; pero ello es tan sólo una prueba más de que su claridad es demasiado pronunciada para admitir la fe a medias depositada sobre otras Escrituras.

12. Ap. 13:7, 8. En la mejor variante del versículo 7, aparecen las mismas cuatro palabras que en 7:9: «naciones, tribus, pueblos y lenguas».

Y estos resultados recompensarán al estudioso de las visiones apoca- lípticas de Daniel y de Juan, si tan sólo las enfoca sin el estorbo de los distorsionados puntos de vista que prevalecen con respecto a la carrera del Anticristo.

Estas visiones no son una historia, sino un drama. En el capítulo 12 del Apocalipsis vemos a la mujer en sus dolores. En el capítulo 21 es manifestada en su gloria final. Los capítulos intermedios permiten breves vislumbres de eventos que llenan el intervalo. Es con los capítulos 13 y 17 que tenemos que tratar especialmente en relación con el tema que nos ocupa, y es evidente que la última visión desa- rrolla eventos que cronológicamente vienen los primeros. La falsa iglesia y la verdadera son tipificadas bajo emblemas relacionados. Jerusalén, la Esposa, tiene su contrapartida en Babilonia, la Ramera. En el mismo sentido en que la Nueva Jerusalén es la Iglesia judía, así Babilonia es la apostasía de Roma. La ciudad celestial es la madre de los redimidos desde hace siglos:13 la ciudad terrena es la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.14 Las víctimas que han perecido en las persecuciones de la anticristiana Roma Papal están estimadas en cincuenta millones de seres humanos; pero incluso este abrumador registro no será la medida de su condenación. La sangre de los «santos, apóstoles y profetas» —los mártires muertos mucho antes de que surgiera el papado, e incluso de los tiempos premesiá- nicos, será demandada de ella cuando llegue el día de la venganza.15

13. Gá. 4:26.

14. Ap. 17:6.

15. Ap. 18:20. Así también en 17:6, los santos (los degollados de la época del Antiguo Testamento) se distinguen de los mártires de Jesús. Lucas 11:50,51 expone los principios de los juicios de Dios.

16. En las Escrituras la Iglesia de esta dispensación queda simbolizada como el Cuerpo de Cristo, nunca como la Esposa. Desde la clausura del ministerio de Juan el Bautista no se menciona nunca a la Esposa hasta que aparece en el Apocalipsis (Jn. 3:29; Ap. 21:2-9). En Efesios 5:33 el sentido del «por lo demás» es «sin embargo» o «empero», y depende del hecho de que la Iglesia es el Cuerpo, no la Esposa. La relación terrena se reajusta con una norma celeste. El hombre y la mujer

no son un cuerpo, pero Cristo y Su Iglesia son un cuerpo, por lo que el hombre

Ya que es tan sólo en sus aspectos judíos que la Iglesia es simboli- zada como la Esposa,16 así es que en este tiempo cuando se ha vuelto a reanudar esta relación normal por parte del pueblo del pacto, que la iglesia apóstata de la cristiandad, en el desarrollo total de su iniqui- dad viene a aparecer como la Ramera.17

La visión indica, además, de una manera clara, un avivamiento marcado de su influencia. Se la ve entronizada sobre la Bestia de diez cuernos, y ella misma vestida con ropas reales y adornadas con oro y costosas piedras. La infame grandeza de la Roma papal en tiempos ya pasados habrá de ser sobrepasada por el esplendor de su gloria en negros días aún por venir cuando, habiendo atraído a su seno, puede que a todo lo que usurpa el nombre de Cristo sobre la tierra,18 reclamará como a sumiso vasallo al gran último monarca del mundo gentil.

Por lo que respecta a la duración de este período de los triunfos finales de Roma, las Escrituras guardan silencio; pero la crisis que la lleva a su final queda señalada de una manera definida: «y los diez

cuernos que viste, y la bestia, éstos aborrecerán a la ramera, y la dejarán desolada y desnuda; y comerán sus carnes, y la quemarán con fuego».19

Uno de los puntos de la descripción angélica de la Bestia en relación a la Ramera demanda una atención particular. Las siete cabezas tienen un doble simbolismo. Cuando se contemplan en relación con la Ramera, son «siete montes, sobre los cuales se sienta la mujer»; pero en su especial relación con la Bestia tienen un significado distinto.

17. Esto, según yo creo, es el elemento de verdad que existe en la posición de Auberlen y otros, que la mujer del capítulo 17 es la misma que la del capítulo 12: «¡Cómo se ha convertido en ramera la ciudad fiel!» (Is. 1:21).

18. «Mé inclino a pensar que el juicio (18:2) y la fornicación espiritual (18:3) aunque hallando su culminación en Roma, no se queda restringida a ella, sino que comprende a toda la iglesia apóstata, griega, romana, e incluso protestante, en tanto que ha sido seducida de mi primer amor hacia Cristo, y ha dado sus afectos a la pompa mundana y a los ídolos.» A. R. Fausset, Commentary.

19. Ap. 17:16, ver p. 149 (nota).

El ángel añade «y son siete reyes»; esto es, «reinos», siendo la palabra utilizada «conforme a su significado profético estricta, y a la analogía de aquella porción de la profecía que está aquí

especialmente a la vista».20

En el séptimo capítulo de Daniel, la Bestia se identifica con el Imperio Romano. En Apocalipsis 13 es también identificado con el león, el oso y el leopardo, los tres primeros «reinos» de la visión de Daniel. Pero aquí se ve cómo el heredero y representante, no sola- mente de éstos, sino de todos los grandes poderes mundiales que se han puesto en oposición a Dios y a Su pueblo. Las siete cabezas tipi- fican a estos poderes. «Cinco han caído, y uno es.» Egipto, Nínive, Babilonia, Persia y Grecia habían caído; y Roma sujetaba entonces el

In document El Principe Que Ha de Venir (página 90-136)

Documento similar