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2. Antecedentes, problema y objetivos

3.6. El progreso técnico y la caída del humanismo

Los cambios que irían surgiendo según el desarrollo de nuevos modelos económi- cos y sociales, influirían fuertemente la cultura occidental, y por tanto de concebir la felicidad, y que llevarían a legitimar nuevos valores en desmedro de otros. En este proceso, la educación se vería puesta en tela de juicio, pues los valores que perse- guían las artes liberales no tendrían mayor cabida en la nueva sociedad que emergía de las manos de los avances técnicos y económicos.

Era necesario que los campesinos que comenzaban a inmigrar a las ciudades apren- dieran oficios útiles para la fábrica. La felicidad habría que alcanzarla uno mismo a fuerza de trabajo duro y constante, trabajo que sería realizado en esas fábricas a cam- bio de un salario pobre y en pésimas condiciones de vida. La felicidad comenzaba a estar más cerca, cuando se tenía como comprarla. A finales del siglo XIX, el sistema educativo comienza a ser puesto en tela de juicio, pues las artes liberales no preparan para el trabajo y tampoco consideran los intereses de los estudiantes. De acuerdo a da Silva (2001), surgen dos modelos nuevos que se opondrían al modelo humanista: el

3.6. El progreso técnico y la caída del humanismo. 34 tecnocrático y el progresista. Es en este escenario que surgiría a comienzos del siglo XX la noción de Curriculum, como campo de estudio en sí mismo. El libro de Bobitt, The Curriculum, en EE.UU. sería publicado en un momento crucial en el que “las di- ferentes fuerzas económicas, políticas y culturales procuraban moldear los objetivos y las formas de educación de las masas” (da Silva, 2001).

Si el trivium y el qudrivium hacían referencia a los caminos, el curriculum hacía referencia a la progresión en el camino. El modelo que proponía Bobbitt estaba di- rectamente inspirado de la economía y la cadena de producción, la cual era asociada con la generación de progreso en el mundo moderno. Por contra, la otra propuesta que estaba en competencia y que perdería de cierta forma frente a la técnica, era la que defendía Dewey y que levantaba una crítica a la educación humanista, basada en la idea de que no consideraba los intereses de los niños y jóvenes. (da Silva, 2001)

En este mismo periodo, la educación comienza a ser estudiada por nuevas discipli- nas, como la sociologia de mano de É. Durkheim (1922), que comienza a considerar cuál debiera ser el sentido (función) de la educación y para lo cual señala que, (nues- tra traducción)

La educación es la acción que las generaciones adultas ejercen sobre aquellos que aún no están listos para la vida social. Ella tiene por objeto impulsar y desarrollar en los niños una serie de estados físicos, intelectuales y morales que le son exigidos por la sociedad política en su conjunto y el medio especial, al que está particularmente destinado.1

Así para Durkheim, la educación consiste en la socialización metódica de las nue- vas generaciones, que suscitaría el desarrollo de los niños y jóvenes, en diversos as- pectos: el físico, el intelectual y el moral. Para Durkheim la pedagogía consiste en teorías que son maneras de concebir la educación, y no las maneras de practicarla, es la forma de pensar sobre las cosas en educación. (ibid. p.19) A diferencia de lo que ocurría en EE. UU. en la concepción que de socialización sugería Durkheim, se articulaba sin contradicción los intereses individuales y el mantenimiento del orden social, actor y sistema como la dos caras de la misma moneda. Consideraba además que las representaciones colectivas se encontraban a un nivel epistemológico más alto que las individuales (Houssaye, 2003).

En este contexto la felicidad estaba transformándose: no en cuanto a la finalidad, que parecía ser para todo ser humano, sino que en las formas reales y concretas en las

que debería lograrse. El curriculum técnico de Bobbitt (1918) usaba como analogía la fábrica de acero para comprender los procesos escolares. Habían insumos que debían estar en el proceso y mediante diversas etapas dar forma a las barras. Era necesario, al mismo tiempo, llevar un control de los resultados. En esta concepción los estudiantes entraban para ser formados en la escuela. Esta noción ganaría terreno en EE.UU., en detrimento de la posición que sostenía Dewey y otros educadores en Europa. Los acontecimientos sociales del siglo XX, las guerras y el establecimiento del modelo capitalista, harían del modelo curricular de Bobitt casi un universal.

Sostenemos que la felicidad en este periodo deja de ser parte de la formación escolar y pasa a ser parte de las ganancias laborales y del trabajo y participación en los procesos productivos. El valor de la educación para un futuro laboral y por tanto una futura felicidad forma parte de la escuela. El modelo técnico necesariamente asumiría un conjunto de ideas que nos llevan a pensar que esa felicidad a la que apuntaban las artes liberales: la formación del hombre libre, ya no tiene cabida en esta nueva sociedad. Pareciera que ahora la educación sería la clave para lograr adquirir la felicidad.

Es el cambio de paradigma social de la ilustración a la modernidad, que reem- plaza las nociones de felicidad y educación, en un proceso circular y dinámico que claramente desemboca en nuestra cultura actual.