CAPÍTULO II: BASES TEÓRICAS
2.1. Oralidad y Escritura
2.3.2. El rol del traductor y la competencia traductora
Si tomamos en cuenta las características propias del ser humano, podemos confirmar que el hombre es el único ser viviente que utiliza la comunicación como medio para transmitir ideas, conceptos, historias, etc. Es capaz de crear y construir civilizaciones y culturas, y por tal razón, el hombre tiene acciones innatas que se han ido moldeando con la evolución de su cultura. Ésta le ha entregado diferentes formas de manifestarse, mucho más variadas que el resto de seres vivientes. El hombre también es capaz de representarse a través de la palabra oral y escrita, y de esta manera es como nos relacionamos con el resto de la humanidad. La palabra nos fusiona como seres humanos y nos posibilita el relacionarnos.
Basándose en este esquema, podemos decir que el rol del traductor es fundamental en el proceso de comunicación entre culturas distantes y diferentes, ya que es él, y no otro, el llamado a poner orden en esta gran Torre de Babel; este personaje transparente y medio oculto al cual podemos decidir no ver, pero en todo caso, constituye una presencia real en el texto traducido. Esto implica que el traductor, un escritor de segundo plano, hace que su presencia en la lectura de un texto traducido sea invisible. Sin embargo, cabe mencionar que existen peculiaridades estilísticas del traductor que de alguna manera se ven reflejadas en el texto de llegada. Es por tal razón que el traductor no sólo tiene a su cargo la creación de un texto que sea comprendido en una cultura distinta a la cual fue creado el texto original, sino que también tiene el rol de convertirse en un mediador lingüístico y cultural (Hurtado Albir, 2007:28).
Es importante recordar que el proceso de traducción es, como Levý lo menciona, un
“proceso de toma de decisiones” (López y Minett, 2006:19), las cuales se dividen en dos
tipos: la diversidad de interpretaciones del texto de partida y la diversidad de posibilidades de expresión en el texto de llegada. La suma de una y otra serán el aporte enriquecedor del traductor, el cual tiene como papel fundamental tomar las decisiones correctas que abran y cierren posibilidades y que permitan tener una relación de equilibrio entre interpretación y creación. Por lo tanto, éste se convierte en ese eslabón que conecta al texto de partida con los lectores del texto de llegada, y esta tarea lo coloca en una posición bastante curiosa que es actuar como un lector normal que va descubriendo, indagando y desenmascarando lo que el texto original presupone, para luego, a través de su dominio lingüístico y cultural, plasmar su contenido en el texto meta, muchas veces compensando aquellos espacios o vacíos que como traductor tendrá que rellenar.
Una de las cosas que se le pide al traductor es que dote al texto de llegada de un mínimo de aceptabilidad, y lo mejor que puede hacer, es ceder para establecer una relación empática con el texto y colaborar con él para que la traducción acabe teniendo el mejor desenlace posible. Lo que verdaderamente caracteriza el papel del traductor es su manejo inteligente de las complejas relaciones entre dos culturas, dos mundos distantes en pensamiento y sensibilidad, y cómo las empata de manera delicada y muchas veces imperceptible en el texto de llegada: la traducción.
Para esto debemos tomar en cuenta que el traductor debe cumplir con los siguientes tres pilares de la competencia en su propia lengua: el conocimiento de las normas, la presencia constante de modelos de escritura y la capacidad de lectura crítica (López y Minett, 2006:22). Los dos primeros pilares aseguran que el traductor saque el mayor provecho de los recursos lingüísticos, y el tercero, es una cualidad que el traductor tiene que desarrollar por cuanto resulta útil en la etapa final de corrección. Asimismo, el traductor debe contar con una competencia de expresión en la lengua de llegada, ya que el hecho de que sea considerado bilingüe no es suficiente para identificarlo como traductor.
Como Hurtado Albir menciona (2007:30), el traductor debe contar con conocimientos lingüísticos y extralingüísticos, es decir, que debe conocer a fondo tanto la cultura de
partida como la de llegada, el tema del texto original, el contexto social y cultural que lo rodea. El conocer y manejar dos lenguas y contar con un conocimiento enciclopédico pueden ser características que nos guíen a determinar que una persona está en la capacidad de ser un traductor, pero la práctica profesional demuestra que no es así. Es necesario que el traductor vaya desarrollando la “habilidad de transferencia”. Esto quiere decir que tenga
la capacidad de comprender y producir textos nuevos, cambiar los códigos lingüísticos, ajustarse al estilo deseado en el texto meta, etc. Además de la habilidad de transferencia, el traductor debe dominar otros tipos de estrategias como la comprensión y reformulación ya que éstas le permitirán resolver problemas a nivel lingüístico y extralingüístico que encuentre en el proceso de traducción. Todas estas características, denominadas por Hurtado Albir como la competencia traductora, hacen que una persona bilingüe se diferencie de un traductor.