LA POBLACIÓN IBEROAMERICANA
Los 30 y 40 fueron una fase de grandes transformaciones en la sociedad sudamericana, obligadas a buscar nuevas fórmulas y frentes de producción diferentes que permitieran superar las limitaciones al
2. EL SECTOR SECUNDARIO: LA ACTIVIDAD INDUSTRIAL
El nuevo comercio con Inglaterra no facilito la acumulación de capital. Se utilizaron los metales preciosos para compensar la debilidad de las exportaciones frente a las importaciones y para pagar el nuevo consumo. Antes de 1825, los países no disponían de capital suficiente para renovar y poner en explotación las minas o tierras de modo rentable y que ofreciera compensación en el intercambio con Inglaterra. Los británicos tampoco aportaronprestamos a los gobiernos y particulares que permitieran inversiones productivas.
Faltaban capitales, carbón, principal combustible de la época para las posibles industrias, las co- municaciones terrestres eran difíciles, los mercados de trabajo no eran precisamente flexibles, era escaso el desarrollo científico y técnico y muy bajo el nivel educativo. No existía un mercado nacional articulado ni posibilidades de improvisarlo. En esas condiciones, no podía arrancar el proceso industrializador, y no lo hizo antes de los 60.
Aparte de la elaboración de productos artesanales para mercados locales o ferias anuales, había talleres rudimentarios en haciendas, comunidades y poblados para satisfacer las necesidades básicas de utensilios y alimentos de las sociedades rurales. La producción artesanal era propia de las ciudades y, se desarrollo a lo largo del siglo. Desde la época colonial, las industrias más importantes eran los obrajes, que desde el siglo XVII producían a gran escala y empleaban abundante mano de obra, a menudo esclava. Había obrajes de muy diverso tipo, aunque el tejido de lana fue el producto industrial más importante hasta mediados del XIX, cuando destacó la producción de tejidos de algodón, prosperas las fabricas mexicanas de patios y las brasileñas de algodón desde 1840.
Ciudades como Rio de Janeiro estaban llenas de talleres artesanos donde se producían muebles, herramientas, hilos, vestidos, cuerdas, sombreros, velas, encuadernaciones o jabón. Otras, como Buenos Aires, curaban y trabajaban el cuero con el que producían zapatos, sillas de montar, bridas, arneses, correas, bolsos, etc. y, desde 1850, industrias que lavaban la lana y elaboraban sebo o vino. Vinculadas a las extracciones de minerales hubo una fabricación de utensilios metálicos y algunas fundiciones. Pero hasta mediados del XIX las industrias nacionales por excelencia fueron las extractivas y las exportadoras de metales preciosos, mientras que el resto de la producción era
artesanal y procedía de talleres que utilizaban técnicas tradicionales.
La industria como sector productivo no representaba un ámbito de particular interés para la inversión. El abastecimiento de productos manufacturados desde el exterior resultaba satisfactorio para una población que registraba, a pesar de los aportes inmigrantes europeos de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, una escasa dinámica de crecimiento. Al no existir una demanda efectiva que permitiese el desarrollo de iniciativas locales de industrialización, solo una parte del sector agropecuario no relacionado con el comercio internacional y algunos pequeños capitales locales dedicados a transformaciones ligeras (alimentación, textiles, bebidas, tabaco, fundición de metales) aún con limitaciones, producían para el reducido mercado interior.
A pesar de estas perspectivas poco satisfactorias, en algunos países (Argentina y Brasil) el desarrollo de la actividad industrial había alcanzado un nivel significativo durante las primeras décadas del siglo XX. En 1929 el aporte de la industria al PIB significaba para Colombia un poco más del 6% y para Chile casi 8, en Brasil 14 y Argentina el 23.
Las razones de este desarrollo manufacturero se encuentran en la existencia en estos países de una serie de factores concurrentes. En primer lugar, el rápido desarrollo de la infraestructura de transporte (especialmente ferrocarriles) había permitido no solo la integración de los mercados regionales y nacionales y una mayor movilidad de la mano de obra, sino también la creación de nuevas industrias de repuestos y reparaciones para su mantenimiento. Además, la ampliación de las exportaciones y la necesidad de disminuir costos en los países compradores facilitó la acumulación de excedentes, el aumento de los ingresos y la conformación de una industria elemental dirigida al comercio internacional.
La difusión de una manufactura moderna, dejó progresivamente de lado su especialización en transformaciones elementales para orientarse hacia las parcelas del mercado interno no controladas por los capitales extranjeros. Comienza así la fusión de pequeñas y medianas industrias en sociedades anónimas, que le otorgaban un control casi monopólico de especialización. Esto se implantó en Argentina, Brasil, Uruguay y Chile, fue imitado por otros países (Colombia, Venezuela y Perú).
La importancia de las actividades de transformación en estos países llevo a que las ayudas dirigidas a la agro exportación, los gobiernos considerasen necesaria la aplicación de medidas proteccionistas para ayudar a potenciar un sector económico que espontáneamente había alcanzado desarrollo en los 30. Así, antes de la depresión del 1929 y que hundiría las economías nacionales, se perfilan las bases de un nuevo estilo de desarrollo junto con la industrialización.
Hasta los 50, el proceso de sustitución de importaciones había afectado solo a países que el deterioro económico agragrario, el nivel de industrialización y la flexibilidad de sus estructuras sociales permitieron el desplazamiento económico desde el tradicional hasta el nuevo grupo social empresariado industrial. En el resto del continente no pudo abandonar el modelo agroexportador, al no existir ni la madurez política ni las condiciones sociales para un cambio económico y social.
Con distinto grado de desarrollo, en los 40, la industrialización de productos ligeros arrojaba resultados interesantes en los países más desarrollados del área, en aspectos de producción y de estabilidad, al brindar una oferta de trabajo que absorbiera el desempleo. El concepto de industrialización con desarrollo interior comenzó a difundirse en el continente. Hacia 1945, aun con distintas modalidades y diferentes grados de éxito, la industrialización sustitutiva de importaciones fue implantándose siguiendo denominadores: alta participación del Estado a través de políticas económicas inductivas del desarrollo, modernización de las formas de vida y de con sumo siguiendo los patrones de las sociedades más avanzadas, ampliación de las capas asalariadas y grandes mejoras en las condiciones de vida de la población en general.
industrias extractivas, las manufactureras de metal-mecánica, textiles, de productos sofisticados o simples, etc., En una región tan diversa concurren sectores de ciencias y tecnologías variados, en los procesos de transformación, las instalaciones utilizadas, sus materiales, mantenimiento, deterioro y vida útil.
Una de las más importantes es la industria petrolera, con aprox. el 10,8% de las reservas totales del mundo. En esta industria Venezuela destaca en el puesto 3 de los países con mayores reservas del mundo. También existen importantes reservas en países como Brasil y Ecuador.
Son Brasil, México, Argentina y Chile, los países que presentando un mayor desarrollo industrial con respecto a la región. En muchos países el desarrollo industrial se ve apoyado y en dependencia del capital extranjero.
2.1. Evolución de la industria en Iberoamérica
La década de 1930, situada bajo la autarquía, se considera un punto de inflexión para el desarrollo latinoamericano. Resulta desproporcionada el contraste entre el antes y el después de la crisis, aunque hay aspectos rescatables, como la aceleración en la industrialización por sustitución de importaciones y políticas públicas comprometidas con el crecimiento económico. Antes de 1930 no se podía hablar de industrialización y que ésta coincidió con la profunda crisis de las economías capitalistas y la paralización del comercio intencional. La estabilidad de los sistemas políticos fue esencial para dar confianza a los inversores y facilitar el desarrollo industrial.
Desde la independencia hasta 1870 se observan indicios en algunos países de transformaciones hacia una industria moderna. Entre 1870 y 1914 nacieron en la mayoría de los países diferentes industrias, coincidiendo con la presión de las exportaciones. Se crearon las principales infraestructuras (ferrocarril, carreteras, puertos, telégrafo, teléfono…), y se modernizaron los aparatos estatales al ritmo de crecimiento de la demanda de bienes de consumo y de capital.
El aumento de la población, sobre todo en las ciudades, propicio la demanda de bienes, a lo que con- tribuyeron también los nuevos inmigrantes. Hubo un aumento del consumo de productos alimentarios, que provenían de las zonas rurales de cada país y que estimuló el desarrollo y la especialización de otras zonas, como las dedicadas a la producción de vino en Argentina y Chile, o la dedicada al azúcar en Morelos (México). Muchos inmigrantes contribuyeron a la creación de pequeñas fábricas en Argentina, Brasil, México, Chile o Perú. Pero los mercados urbanos fueron abastecidos de manufacturas por los comerciantes británicos, seguidos de los estadounidenses, franceses y alemanes. Aumentó el consumo de tejidos, (algodón), y se importaron productos cerámicos, fármacos, papel, ferretería etc., incluso automóviles y aviones a comienzos del siglo XX.
Desde 1870, los mercados urbanos locales demandaron bienes y servicios que fueron atendidos por un creciente número de empresas locales. Si no crecieron, o no fueron más numerosas, fue debido a las limitaciones de los mercados nacionales y a la competencia de las importaciones, que se veían favorecidas en igual medida que las exportaciones por los precios cada vez más competitivos.
El desarrollo de los mercados nacionales estimulo el crecimiento de las antiguas industrias artesanales y la creación de otras nuevas, para satisfacer la demanda de algunos productos (tabaco, muebles, cerillas, pinturas, zapatos, cueros, etc.). Aunque este crecimiento no fue ni intenso ni regular, puede considerarse el arranque definitivo, antes del siglo XX, de este tipo de industrias, que no requerían grandes inversiones ni elevada especialización. Se desarrolló una industria textil mecanizada, integrada por pequeñas fábricas que abastecían de tejidos de algodón o de lana a las clases populares, particularmente en México y Brasil.
Las víctimas de esta nueva situación fueron los artesanos rurales, que no se incorporaron a la economía de mercado, por no haberse producido previamente los necesarios cambios en la de subsistencia. La mayor parte de la población campesina carecía de poder adquisitivo, el propietario no realizaba grandes inversiones, no le interesaba convertir en asalariados a sus campesinos, y prefirió cederles una parte de su propiedad y mantenerlos endeudados, ya que era el propietario el que les facilitaba a crédito los productos que necesitaban.
Es difícil establecer una tipología de los empresarios iberoamericanos. Puede afirmarse que su procedencia y su carácter eran muy heterogéneos y que, en general, fueron mal vistos por las oligarquías. En Argentina, en 1914, dos tercios de los industriales eran extranjeros y las tres cuartas partes de los propietarios de haciendas eran nacionales. Los nativos tenían gran presencia los sectores
artesanales.
El nacimiento de las nuevas industrias se vio condicionado por las inversiones de capital, tanto de origen extranjero como de los modestos capitalistas, en su mayor parte emigrantes, financiados por bancos de su nacionalidad, o a través de préstamos institucionales que raramente llegaban. Las grandes empresas extranjeras, con un volumen de operaciones a gran escala y controlando los fletes transoceánicos, absorbieron hasta tal punto las economías iberoamericanas que impidieron la formación de un capitalismo nacional.
La CEPAL (Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina), interpretó el período de
la Gran Depresión como el tránsito de un modelo de crecimiento basado en las exportaciones de productos primarios a otro orientado hacia el mercado interior a través de la industrialización por sustitución de importaciones. Las tendencias al cambio de modelo se intensificaron por la caída de los precios internacionales de las materias primas y por el deterioro de los términos de intercambio. A pesar de estas limitaciones iniciales, entre la IIGM y hasta los 50, en aquellos países donde existían las precondiciones para una industrialización, mano de obra, capitales y políticas especiales de apoyo, muchas inversiones de origen nacional, con apoyo de sus respectivos gobiernos, fueron canalizadas hacia el sector manufacturero, hacia la producción de bienes ligeros. Argentina y Brasil fueron los países que asumieron el crecimiento industrial, transformándose hacia mediados de siglo en los ejemplos de las modernas sociedades sudamericanas en evolución. En el resto del continente, donde las situaciones de partida eran diferentes, se dieron dos tendencias opuestas: en algunas áreas, la incipiente actividad manufacturera se estancó, (Uruguay), y, en otras, no se pudo llegar a la pro- moción de ninguna diversificación de la economía, permaneciendo el sector agroexportador tradicional como sostén del crecimiento, aún en niveles mínimos y a la espera de cambios en el panorama internacional.
2.2. La industrialización sustitutiva La industrialización sustitutiva produjo resultados durante muchos años. Gracias a la misma se construyó una extensa base industrial, se innovó tecnológicamente y se lograron importantes tasas de crecimiento económico. Más aún el crecimiento per cápita entre 1947 y 1973 fue de 73%.
Los 50 inauguro en Sudamérica un periodo de gran expansión económica cuya bonanza se extendió