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El Tipo Científico

Hay algo en el tipo científico que lo distingue de todos los demás. Es una cualidad que, cuando se expresa de forma genuina y completa, se considera que es esencialmente moderna y un claro producto de la civilización occidental desde el Renacimiento.

Ello no significa que Europa creara este tipo y que nadie perteneciera al mismo antes de esa época o en algún otro lugar; significa que antaño, en otras civilizaciones, no existían esas divisiones y distinciones tan marcadas entre las diversas ramas del conocimiento. Los antiguos perseguían la verdad con un interés tan apasionado como el nuestro, pero lo hacían con todo su ser, combinando el uso de todas sus facultades: intuición e inteligencia, devoción e imaginación. No existían líneas de demarcación -sin hablar de conflictos- que dividieran entre sí la religión, la filosofía, la ciencia y el arte. En nuestra cultura moderna, iniciada en el siglo XV, estos cuatro campos de interés humano cesaron de estar aso- ciados entre sí, desarrollándose cada vez más en ramas sepa- radas del conocimiento. Siempre que tuvieron que enfrentar- se, se produjeron grandes conflictos. Entre la religión y la ciencia se desarrolló un antagonismo particular. Es suficiente con que recordemos la condena que la Iglesia impuso a Gali- leo porque se atrevió a afirmar que la tierra se movía en el espacio, o las recientes controversias surgidas hace unas pocas décadas sobre la enseñanza de la teoría de la Evolu- ción en las escuelas.

Este desarrollo produjo un tipo psicológico bien deli- neado y enfocado en una sola dirección: el hombre cuyo ide- al y cuya tarea principal es la búsqueda desinteresada de conocimientos concretos y objetivos. Este hombre no se preo- cupa por la metafísica, por la naturaleza esencial del ser o por el significado de la existencia. No le interesan la moral, ni la estética, ni cualquier otro tipo de valores. Unicamente le inte- resa el aspecto de las cosas, la forma en que nuestros cinco sentidos las perciben -directamente o mediante instrumentos de observación-, sus interacciones y cambios y las leyes que las gobiernan. Si recordamos esto, será fácil definir las carac- terísticas particulares que el tipo científico presenta en sus diversos aspectos.

Se muestra tan alerta y tan intensamente interesado en el mundo exterior como el tipo activo-práctico, pero las moti- vaciones que despiertan el interés de uno y otro son comple- tamente diferentes. La motivación del tipo activo es hacer un buen uso de las cosas, mientras que el tipo científico se inte- resa en los fenómenos per se, para conocer la estructura y el funcionamiento del mecanismo cósmico tanto en su visión más general como en los pequeños detalles.

En sus emociones, el tipo científico parece ser frío, insensible e incluso inhumano y cruel. A menudo mues- tra una curiosa incapacidad para sentir y expresar ternura o sensibilidad humana y, al tener esta falta de sensibilidad ele- mental, da muestras de la indiferencia y frialdad del vivisec- tor. No obstante, si lo estudiamos con más atención, nos encontramos que en muchos casos ello se debe al hecho de que toda su capacidad de sentir y de devoción, todo su amor -que puede ser grande- están dirigidos hacia objetos imperso-

nales. Ama la verdad con pasión; desea el conocimiento por

encima de todas las cosas y se siente intensamente atado a

ideas y teorías. Por ello, invierte los procesos que existen en la mayoría de hombres y mujeres. En ellos, la mente se altera o distorsiona debido a reacciones emocionales y sentimientos personales, mientras que en el tipo científico las emociones y los sentimientos se impersonalizan y se dirigen hacia fines puramente intelectuales.

Es obvio que el reino mental es el entorno natural del tipo científico. Su mente incansable está siempre alerta, inves- tigando, planteando preguntas, resolviendo problemas, bus- cando, examinando, experimentando, demostrando y descu- briendo. Tiene una gran capacidad de fijar la atención de for- ma continuada y de concentración mental. Posee una perse- verancia incansable en sus investigaciones, una precisión meticulosa y una capacidad admirable de examinar datos, descubrir leyes y concebir teorías para clasificar los hechos en sistemas coherentes.

En general, el tipo científico no es intuitivo, o quizá su intuición se vea sofocada por la excesiva actividad de la men- te. Pero en algunos de los representantes de la ciencia más dotados, la intuición es viva y activa y revela las grandes leyes de la naturaleza, los principios fundamentales del pen- samiento y las ideas universales que se ocultan bajo el mundo material.

Los defectos de este tipo -que se expresa en una perso- nalidad dominada por una mente concreta- son una perspecti- va materialista y un enfoque analítico que, juntos, le conducen a la ilusión y a la absurda suposición de que tiene poder para conocer el organismo vivo diseccionando un cuerpo muerto. Además, a menudo encontramos en él crítica destructiva, orgu- llo mental, arrogancia, una fijación exagerada y pedante en los detalles y una marcada falta de comprensión psicológica que

pueden parecer increíbles en un ser humano inteligente. Cuando se trata de una persona espiritualmente des- pierta -cuando la luz del Yo ilumina la mente científica-, la imagen es completamente diferente. Entonces, las cualidades preeminentes son una humildad verdadera surgida de una comprensión del misterio de la vida, comprensión que va cre- ciendo al ritmo de los progresos que se producen en el cono- cimiento humano; una honestidad absoluta y una amplitud mental que le predisponen a admitir sus errores, a abandonar una teoría cuando un hecho la invalida; una objetividad e imparcialidad casi sobrehumanas; un desinterés noble y una independencia interna y externa que le llevan a separarse de sus ídolos, partidismos y autoridades externas. Es valien- te, independiente y casi un asceta, y sabe cómo sacrificarse. Puede dedicar toda su vida -tal y como hicieron los Curie- al descubrimiento y producción de un nuevo y precioso ele- mento químico, sometiéndose a todo tipo de fatigas e inco- modidades físicas frente al escepticismo y la hostilidad gene- ral del mundo. Mientras que la mayoría de personas se comprometen en la búsqueda febril del éxito mundano y de la riqueza, un astrónomo puede dedicar su vida a medir las distancias y las características de las estrellas en el espacio.

No es necesario aportar ejemplos en particular del tipo científico porque todos los científicos verdaderos pertenecen a él por definición. Sin embargo, debemos recordar que muchas personas que no han hecho una carrera científica pueden pertenecer a este tipo desde un punto de vista psico- lógico. Además, resulta fácil encontrar el tipo científico no sólo en estado puro, sino también en combinación con otras características. Sólo haré referencia a un gran hombre que no fue científico pero que presentaba algunas de las característi- cas de este tipo en su grado más alto y en sus aspectos más admirables: Emmanuel Kant. En sus dos libros principales, la

Crítica de la razón pura y la Crítica de la razón práctica, nos

hace una interesante demostración de cómo la fuerza de dis- criminación de la mente puede volverse hacia sí misma para indicar con claridad su propio campo de acción y para deli- mitarse con exactitud como un órgano de conocimento sepa- rado e independiente. A este respecto, Kant realizó una útil interpretación. Y, sin embargo, la mente no necesita funcionar de una forma tan separada e independiente; como ya hemos visto, su función es más bien la de interpretar y, luego, comu- nicar el conocimento adquirido de forma directa a través de la intuición.

Otro filósofo perteneciente a este tipo, aunque llegó a unas conclusiones bastante diferentes a las de Kant, fue Des- cartes. Su insistencia en unas distinciones claras, en las defini- ciones y en una investigación metódica de la verdad demues- tra el carácter verdadero de la mente francesa. También la cultura francesa es un ejemplo del tipo que estamos conside- rando y, muy en especial, la lengua francesa, con su estructu- ra lógica y bastante rígida y su capacidad de expresarse de forma clara, precisa, casi cristalina. Esta cualidad significa que el lenguaje está perfectamente adaptado para comunicar los descubrimientos y resultados de las investigaciones científicas con facilidad y exactitud.

Las ocupaciones adecuadas para este tipo pueden divi- dirse en dos clases: las que van dirigidas a la conquista de nuevos conocimientos y las que tienen por objeto la transmi- sión y distribución de conocimientos ya existentes. A las pri- meras pertenecen los auténticos científicos y algunos tipos de filósofos; a las segundas pertenecen los profesores de ciencias y filosofía y muchos maestros, en el sentido estricto de la palabra, en oposición a educadores, cuya misión es la de formar el carácter.

La función esencial del tipo científico es, en primer lugar, describir los fenómenos de forma objetiva a medida que son percibidos directamente por nuestros cinco sentidos e indirectamente mediante instrumentos; registrar sus transfor- maciones a través de la observación y la experimentación así como las leyes que los rigen; y, finalmente, averiguar y mos- trar la forma en que el hombre puede utilizar estos conoci- mientos para dominar todos estos fenómenos, con el fin de obtener el máximo beneficio o de utilizar al máximo todas las fuerzas y energías del universo. Debemos observar que, cuan- do hablamos de ciencia, nuestras mentes van de forma espontánea hacia las ciencias naturales: física, química o matemáticas. Pero hay otras ciencias, como la filología, en las que el espíritu de investigación y la capacidad de análisis y clasificación tienen también un amplio campo de acción.

Es interesante observar que, para obtener el conoci- miento científico, la mente tiene que realizar dos funciones distintas e incluso opuestas. Primeramente tiene que analizar y por tanto distinguir y discriminar entre las diversas impre- siones del mundo exterior, dividir los objetos en sus partes constituyentes y pretender llegar a sus componentes más pequeños y simples. Los ejemplos más evidentes de este pro- ceso son el análisis químico y la anatomía. Esta última trata con un organismo extremadamente complicado y lo diseccio- na, separando primero sus órganos principales, luego los diversos tejidos y partes que constituyen cada órgano y, final- mente, estudiando al microscopio las simples células que componen cada tejido.

En segundo lugar, la mente debe cumplir una función de coordinación y de síntesis, volviendo a reunir las impresio- nes y los hechos en un todo coherente. La primera y más sim-

ple de estas funciones de síntesis se realiza de forma incons- ciente en cada momento de la vida. Después de observar un cierto número de perros, por ejemplo, resumimos todas las características que éstos tienen en común con el fin de llegar al concepto general de “perro”. Mediante procesos similares que extendemos a otros animales, formamos los conceptos incluso más generales de “cuadrúpedo”, “mamífero” y “ani- mal”. De forma parecida, a partir de la observación de una sucesión de hechos, conceptos y leyes, la mente científica construye teorías que pretenden aclarar, o al menos relacio- nar, grandes grupos de fenómenos, acontecimientos y aspec- tos cada vez más extensivos de la realidad, hasta que final- mente llega a una síntesis global. A menudo la mente científi- ca se detiene ahí, creyendo que ha alcanzado el último nivel. Pero hay otro paso posterior al que la mente, o quizás la mente en cooperación con la intuición, puede llegar. Se trata del proceso de cambiar de las leyes subsidiarias a las leyes superiores de Inteligencia de la Mente Universal; de los hechos de la creación a los principios creativos a partir de los que se originan; o bien, utilizando una expresión oriental, del “campo de la conciencia” y del conocimiento al pensador mismo; en una palabra, de la materia al espíritu.

A otro nivel, tenemos una estricta analogía con la esca- la de Platón de la belleza, escala por la que el tipo creativo- artístico asciende desde la belleza de los objetos materiales hasta los principios y orígenes de la armonía y la belleza mis- ma. En el caso de la ciencia, la escalera sube hasta las alturas del conocimiento y de la verdad, procedente del aspecto con- creto de los fenómenos, pasando por los diversos grados de conceptos e ideas, llegando hasta las leyes y principios y, finalmente, hasta la verdad de la realidad misma.

var a cabo sus funciones principales son las de científico y filósofo. El modo apasionado en que estas personas se enfrentan al misterio que los rodea, sus esfuerzos ingeniosos e incansables por resolver un enigma tras otro, constituyen uno de los aspectos más fascinantes de la historia humana. En algunos casos, el interés combinado de una aventura y un problema a resolver lo convierten en una fascinante historia de detectives. El Profesor A. S. Eddington ilustró muy bien esta analogía en su libro Estrellas y átomos. Al relatar la histo- ria de la variable estrella Algol, Eddington afirma que se trata verdaderamente de una historia de detectives que podría titu- larse “La palabra perdida y la pista engañosa”, y que la histo- ria de la estrella compañera, Sirio, podría llamarse “El mensaje sin sentido”.

De todas formas, no todos los que pertenencen al tipo científico tienen la capacidad, oportunidad o el deseo de lle- gar a ser unos auténticos científicos o filósofos. Sin embargo, tienen a disposición de sus capacidades una tarea más humil- de pero valiosa y necesaria: la de difundir los conocimientos existentes por medio de la enseñanza en diversos tipos de escuelas, desde la elemental hasta la universidad, y también por medio de la escritura, desde los artículos más populares en los periódicos hasta la investigación bibliográfica y libros de texto generales. Otras ocupaciones que ofrecen un amplio campo de actividad para este tipo son las aplicaciones técni- cas y prácticas de las ciencias. Por ello, muchos doctores, cirujanos, ingenieros e inventores pertenecen a este tipo.

La primera y más directa tarea psicosintética del tipo científico es la de controlar y sublimar su deseo de conoci- mientos. Este deseo tan poderoso -que, a menudo, se pierde en un mar de detalles infinitos y de poca importancia o dege- nera en una curiosidad inútil o dañina- puede destinarse al

cumplimiento de la importante función de revelar. Como con todas las tendencias, es cuestión de elevar el nivel de expre- sión y de poseer la concentración, persistencia y dedicación espiritual necesarias.

Luego hay la tarea de crear una relación fructífera entre esta tendencia y el resto de cualidades humanas. La más importante de estas relaciones es la que existe entre el inte- lecto y el amor, entre los dos principios a los que los griegos llamaron Logos y Eros. Una conciencia puramente objetiva tiende a ser fría, estéril e inhumana y, lo que es incluso peor, se presta a ser utilizada, ya sea de forma individual o colecti- va, con fines egoístas o destructivos. Las armas espantosa- mente crueles ideadas y utilizadas ampliamente en las guerras más recientes son el terrible resultado de los conocimientos aplicados, imposibles de templar con el amor, la compasión y la buena voluntad. Por otra parte, al describir al tipo amoroso ya hemos visto las consecuencias poco afortunadas del amor ciego y sin inteligencia. Por ello, el control mutuo, el equili- brio entre el intelecto y el amor y una cooperación adecuada entre ambos resultan esenciales tanto para una vida individual armoniosa como para una acción correcta en la relación con otros. Lo mismo es válido para la vida de un grupo, como una comunidad o una nación, tanto dentro de sus propias fronteras como en relación a otros grupos. El tipo científico necesita integrarse con las cualidades desarrolladas por los tipos amoroso y creativo. La mente científica, preocupada por las medidas cuantitativas y las relaciones objetivas, debe culti- var la apreciación de las cualidades subjetivas, la compren- sión de las experiencias internas del hombre, y el dominio de la intuición y la síntesis. Sólo esta combinación proporciona un conocimiento completo e inclusivo y puede permitirnos llegar a una identificación con la verdad que nos hace libres.

El Tipo