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El Tipo Devoto-Idealista

La cualidad psicológica específica del tipo idealista y la fuente principal de sus características diversas -y a veces apa- rentemente contradictorias- es la devoción ante un ideal. Con el fin de estudiar mejor este tipo, trataremos sus dos apectos por separado, es decir, el ideal en sí mismo y la devoción ins- pirada por él.

El ideal es a menudo concreto, representado por una “personalidad” que tiene o parece tener (subjetivamente es lo mismo) unas magníficas cualidades dignas de admiración. Una personalidad “ideal” puede ser de todos los tipos y cali- bres. En el nivel más alto encontramos al ideal de la quintae- sencia encarnado por Cristo y Buda; más abajo se encuentran genios y héroes, sobre los que Carlyle escribió tan elocuente- mente; y descendiendo a niveles sucesivos nos encontramos con atletas, estrellas de cine e incluso “grandes” criminales.

El otro tipo de ideales es impersonal. Su esencia es una idea, grande o pequeña, verdadera o falsa, que la imagi- nación y las emociones de sus admiradores han convertido en un ideal vivo, dinámico que debe realizarse a toda costa. Pue- de ser un ideal religioso, como por ejemplo comulgar con Dios o convertir a los “salvajes”; puede ser una de las muchas ideologías políticas por las que los hombres luchan y comba- ten con tanta violencia; y también puede ser un ideal intelec- tual, como un concepto filosófico o teológico.

les (o la combinación de ambos, como por ejemplo cuando una persona se convierte en el símbolo de una causa o ideo- logía), evocan en cierta forma una respuesta interna determi- nada y ejercen una fascinación específica, produciendo una actitud devota. A menudo esta devoción recibe el nombre de amor, pero en realidad posee un tono y una cualidad decidi- damente diferentes a los del amor, factor que justifica e inclu- so requiere la utilización de unos términos distintos para des- cribirlo. La devoción puede considerarse como una forma de amor, pero tiene una cualidad específica dinámica y agresiva. Implica el intento de “alcanzar” una aspiración. Presupone un sentimiento de admiración que puede convertirse en venera- ción. Pero la devoción, aparte de su lucha por llegar a las alturas, a menudo presenta al mismo tiempo un movimiento opuesto de descenso, es decir, el impulso para materializar el ideal. Si el ideal es una persona, la devoción por ella adquie- re la forma de una necesidad compulsiva de transformarse en su imagen, de convertirse en exponente, voz o réplica de este ideal en el mundo. En la Edad Media, por ejemplo, muchas personas con inclinaciones espirituales se dedicaron humilde y valientemente a “imitar a Cristo”.

Cuando el tipo idealista se dedica a una teoría o con- cepto, piensa que es su deber persuadir a otros para que lo adopten. La misma tendencia a expresar y a realizar el ideal se encuentra en los devotos de todo tipo de esquemas, cultos, “ismos” e ideologías. Este rasgo produce en sus exponentes unas características bien definidas que varían de acuerdo con los diferentes niveles de su ser. Con frecuencia, el tipo devo- cional tiene una actitud severa y ascética con respecto a su cuerpo que, en muchos devotos místicos y personas religio- sas, se transforma en odio, puesto que representa un obstácu- lo y un enemigo para sus ambiciones espirituales. En conse- cuencia, lo castigan y mortifican de la forma más drástica, a

veces hasta el punto de llegar a la completa inmolación. Otro tipo de devotos que, en teoría, no condenan el cuerpo, tam- poco dudan en imponerse grandes privaciones si así lo creen conveniente para la realización de sus ideales amados.

Es fácil imaginar que el tipo devocional es intensamen- te emocional. Normalmente, sus sentimientos son apasiona- dos y extravagantes. Ama a una persona o ideal hasta el pun- to de la veneración y se opone -y a menudo también odia- con la misma fuerza todo lo que va en su contra. En este sen- tido, tiende a exagerar o, tal como se dice popularmente, a

“ser más papista que el Papa”. Es probable que su odio y hos-

tilidad no sean compartidos por la persona a cuya causa se dedica, quien, probablemente, tiene una actitud más equili- brada y serena. El celo excesivo del devoto puede ser perju- dicial para esta persona, que puede encontrarse en dificulta- des al intentar mantener a su bienintencionado aunque impe- tuoso seguidor dentro de unos límites firmes.

Cuando los sentimientos del tipo devocional se dirigen hacia un ideal superior e impersonal, normalmente adoptan la forma de un idealismo ardiente y de un amor místico que le llevan hacia una unión con el ideal.

En el campo mental, este tipo tiende a mostrar más limitaciones que buenas cualidades, porque su inteligencia a menudo es dominada y activada por sus fuertes pasiones; por ello, le resulta fácil volverse mezquino, intolerante y crítico. Sus puntos de vista son intransigentes y rígidos y, siempre que adopta una opinión o teoría, es muy difícil hacerle cam- biar de parecer. A pesar de ello, cuando efectivamente cam- bia de opiniones y actitudes, salta hasta el extremo opuesto. Cuando su ídolo no consigue corresponder a sus esperanzas excesivas o cuando su teoría favorita es duramente repudiada,

cambia completamente de punto de vista y, derribando a su ídolo del pedestal al que él lo había subido, lo rompe a peda- zos. Entonces adopta una posición exactamente opuesta a la que tenía anteriormente, con la misma pasión y rigidez. Así, puede transformarse a sí mismo desde una ortodoxia religiosa hasta el ateísmo total, o desde un materialismo dogmático hasta un espiritualismo ferviente. Pero a pesar de todo, con todos sus excesos y sus límites, el tipo devocional siempre demuestra una sinceridad admirable. No hay consideración egoísta ni peligro que le persuada a transigir consigo mismo o con otras personas o a permanecer en silencio. Siempre dice valientemente la verdad o bien apoya lo que considera como

su verdad -y que, por tanto, lo es de forma subjetiva.

La personalidad del tipo devoto-idealista es a menudo desequilibrada y difícil de tratar. Por lo general carece de sen- tido del humor y de la proporción; tiende a ser utópico o maniaco y, en sus intentos por imponer a los otros sus puntos de vista, resulta demasiado entrometido llegando a veces al límite de la violencia y la crueldad. Un terrible ejemplo de este extremo es el de los inquisidores que torturaron y que- maron a los herejes con el fin de salvar sus almas.

Algunos de los ejemplos más desarrollados del tipo devocional son muy intuitivos, como los que siguen el cami- no del misticismo puro y que alcanzan cierto grado de unión con el Yo, con la consiguiente expansión de su conciencia y una percepción intuitiva de la realidad.

En su nivel más alto, las buenas cualidades de este tipo son tan remarcables como las limitaciones de sus repre- sentantes menos desarrollados. Junto con la sinceridad encon- tramos -entre otras cualidades- lealtad, veneración, abnega- ción, resistencia y audacia. Grandes santos, apóstoles, márti-

res y héroes religiosos fueron ejemplos altamente desarrolla- dos de este tipo.

Sería útil señalar aquí otra distinción y calificación. En algunos de los tipos psicológicos que estamos considerando, podemos distinguir un subtipo activo y uno pasivo. Esto ocu- rre en especial con el tipo devoto-idealista. Hay un subtipo bien definido que, por lo general, tiene una actitud pasiva con una psicología y unos atributos marcadamente femeni- nos. Podemos verlo con claridad en aquellos místicos ortodo- xos que sentían amor por Dios y lo expresaban en términos de matrimonio místico del alma con Cristo. Esta misma actitud es la que presentan muchos seguidores devotos que se reu- nen en torno a una personalidad dominante.

El subtipo activo presenta una imagen completamente diferente. Manifiesta los defectos y las virtudes de la agresivi- dad y la combatividad masculinas; era el caballero andante del pasado, siempre dispuesto a entrar en combate por una causa justa.

No hace falta citar ejemplos típicos de individuos histó- ricos porque son fáciles de reconocer, pero podría ser intere- sante considerar brevemente a dos representantes muy importantes. El primero es Pablo de Tarso. El cambio total de sus sentimientos y acciones como resultado de su conversión, su ardiente devoción por Cristo, su celo apostólico militante, su firme valentía, su profunda sinceridad que a veces rayaba la intolerancia y su estilo intenso y austero son todo características del tipo que estamos examinando.

El segundo ejemplo no es un personaje histórico sino literario. Cuando un genio literario da vida a un tipo de carác- ter, en cierto sentido éste es más verdadero y real que cual-

quier personaje histórico, y presenta la esencia de la síntesis de muchos ejemplos sacados de la vida real. Este es el caso de Don Quijote. El fascinante libro de aventuras de Cervantes, con sus toques de humor y patetismo, nos permite compren- der y simpatizar con este tipo y, al mismo tiempo, constituye una descripción real del idealista por excelencia.

Hay dos religiones históricas en las que el tipo devo- cional ha encontrado su forma total de expresión en todos sus diversos aspectos y a todos los niveles. Se trata de la Cris- tiandad y el Islam. A través de los siglos, estas dos religiones han luchado cruelmente entre sí, especialmente durante las Cruzadas y en España, hecho que confirma su parecido y demuestra que la ley según la cual “los polos iguales se repe- len” es cierta, incluso en el campo de la psicología.

En arquitectura, el estilo gótico es una expresión de la aspiración del alma humana por llegar a Dios. Sus altísimas y finas agujas parecen ciertamente ser una corriente petrificada de plegarias e himnos de alabanza. En pintura, los santos en éxtasis y los ángeles en plena celebración de Fra Angélico son una manifestación completamente diferente de la misma cualidad.

El tipo devoto-idealista contribuye de forma dinámica al progreso y desarrollo espiritual de la humanidad. Su fun- ción esencial es la de elevar la experiencia interior, mediante un idealismo ardiente, hasta la cima de la conciencia, donde puede imaginar la belleza de los grandes principios transper- sonales. Entonces, impregna estos principios con su amor, devoción y entusiasmo, creando un ideal de vida. Y, final- mente, mantiene este ideal a toda costa, sacrificándolo todo con este fin, viviendo e incluso muriendo por ello.

En su entorno social, el tipo idealista es a menudo un elemento molesto pero puede actuar como un estímulo; posee la útil función de provocar e incitar a los individuos y comunidades hacia una acción nueva una vez que han llega- do a la monotonía y a la satisfacción consigo mismos, desper- tando en ellos el sentido de la responsabilidad y el deber, ani- mándolos y haciéndoles trabajar. No obstante, este tipo, espe- cialmente el subtipo activo, es intensamente individualista. A menudo se muestra así a nivel personal y, cuando se identifi- ca con un grupo o es absorbido por el mismo -como una secta, partido o nación-, su influencia en el grupo tiende también a hacerlo separatista y exclusivo.

Hay dos tipos de ocupaciones en las que este tipo nor- malmente se expresa, correspondientes a los subtipos arriba mencionados. Encontramos al subtipo introvertido o “femenino” en la vida monástica, ya sea en conventos o en monasterios, donde se entrega a la contemplación y a las visiones místicas. Encontramos al subtipo activo entre sacer- dotes, oradores, líderes agresivos y pioneros en los campos más diversos de la actividad humana.

Hay unas tareas psicosintéticas concretas a las que el tipo devoto-idealista debe enfrentarse y que a menudo encuentra muy difíciles tanto de entender como de llevar a cabo.

En primer lugar, el tipo idealista se presenta a sí mismo como psicológicamente integrado -lo cual, en cierto modo, es verdad. No presenta ninguna dualidad, ni conflicto, ni complicaciones internas. Su mente, sentimientos y acciones van coordinados y dirigidos hacia una única meta.

motivaciones normalmente parecen ser buenos; es sincera- mente devoto ante alguien o algo y pretende llevar a cabo su ideal honestamente y con gran abnegación. Así, él cree que está en lo correcto y por tanto no ve la necesidad de pararse y mejorarse a sí mismo. En cambio, se dedica enteramente a cambiar y mejorar las condiciones externas y a otras perso- nas.

A pesar de todas sus cualidades, los tipos idealistas son a menudo causa de problemas y, con frecuencia, los resulta- dos de sus esfuerzos demuestran que son destructivos o al menos inadaptables, discordantes y, por tanto, inútiles. La razón de ello es que su síntesis es demasiado limitada, incom- pleta y desproporcionada; excluye algunos de los aspectos vitales y naturales de la naturaleza humana y carece de gene- rosidad y de auténtica comprensión. Por ejemplo, una cosa que les resulta difícil de entender y que suelen negar de for- ma indignante es que su devoción tiende a estar desprovista de amor verdadero. Un análisis preciso revela que lo que ellos “aman” es a menudo su imagen subjetiva del ideal, tanto si es una persona, una idea o algún tipo de trabajo filantrópi- co, tal y como se refleja en sus mentes y no como es en reali- dad. Esto lo demuestra su comportamiento y reacción interna ante algunas situaciones, como por ejemplo cuando la perso- na que veneran no satisface sus esperanzas o cuando descu- bren desequilibrios y limitaciones en su ideal.

Es bastante distinto del tipo amoroso y hay una clara forma de distinguir entre uno y otro, a pesar de su parecido superficial. Cuando el tipo amoroso descubre que la persona amada tiene defectos que previamente ignoraba o que se comporta negativamente, resulta agraviado por este descubri- miento pero no presenta ningún tipo de reacción contra la persona. Tiende a excusarla y a defenderla e inmediatamente

procede a amarla con mayor intensidad que antes. Ante una situación similar, el tipo devoto reacciona con resentimiento. Cuando la persona idealizada no consigue cumplir con las esperanzas del devoto -esperanzas que suelen ser poco razo- nables e inalcanzables-, éste se siente ofendido personalmen- te y no quiere perdonarle ni ayudarle; su instinto es el de volverse en contra de lo que le ha causado tal desilusión. (Es cierto que a veces encontramos una actitud y una reacción mixta en el mismo individuo; ello se debe a la existencia de tipos mixtos y al hecho de que la combinación de los tipos amoroso y devoto no es, afortunadamente, poco frecuente.)

De todo ello podemos fácilmente deducir lo que el tipo devoto tendría que hacer para conseguir la armonía y la síntesis verdadera y para utilizar sus excelentes fuerzas y cua- lidades con buenos propósitos. Su primera misión es la de transformar su devoción en amor real, o al menos impregnar- la de amor y sabiduría, de forma que pueda librarse de su actitud exclusiva y su exceso de combatividad. Además, debe- ría ser más impersonal y objetivo con el fin de aceptar la ver- dad de que hay muchos ideales que, intrínsecamente, valen la pena. Debe desarrollar una visión inclusiva de todos ellos -en la proporción adecuada-, que gradualmente sustituirá sus

imágenes y conceptos de un solo ideal favorito. Ello requiere

una abertura mental gradual -adquiriendo una cierta medida del auténtico espíritu científico- y, especialmente, el desarro- llo de ese amor inclusivo y capacidad para ver el elemento de verdad que existe en todos los diversos puntos de vista opuestos, lo cual constituye la base de la sabiduría verdadera. Una expansión de este tipo incluye el desarrollo de una tole- rancia y humildad intelectual, tanto en comparación con otros como en relación al gran misterio universal, del cual ni las mentes más originales y talentosas pueden captar más de una fracción infinitesimal.

Otra forma de desarrollo y expansión de este tipo es la sublimación del deseo y la ambición y su dedicación a objeti- vos superiores, ideales y medios. Esta dirección, en relación a la mencionada anteriormente, le resulta relativamente fácil de seguir a este tipo porque, en cierto sentido, es la línea de menor resistencia o, en otras palabras, es la forma natural y espontánea de crecimiento interior, su “ascenso específico hacia el Yo”.

El Tipo