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1. De trabajos y empleos: la desnaturalización de una actividad específicamente humana.

La noción contemporánea de trabajo/empleo (a continuación entraremos en las necesarias distinciones terminológicas) tiene un recorrido histórico relativamente breve. Y ciertamente circunscrito a las sociedades occidentales1. Si seguimos la senda del trabajo como trabajo asalariado, y no como categoría antropológica universal (Bouffartigue, 1996/1997), cabe plantear un recorrido histórico que nos mostrará, muy pronto, la falta de inocencia de las etiquetas y los nombres dados a estas actividades productivas desarrolladas por el ser humano2. El lenguaje nunca es inocente. Por eso parece prioritaria una aproximación, por breve que resulte, a la conformación histórica de esta noción de “trabajo”, distinta a “trabajo asalariado” (empleo) y que, en las sociedades modernas, introduce una serie de complicaciones conceptuales a la hora de manejar sus opuestos de “desempleo” o de “trabajo atípico” (con sus correlatos correctivos de “empleo decente”, “empleo de calidad”, etc.). El profesor Naredo (2001:13) expresa esta necesaria aproximación sociohistórica al concepto de trabajo: “Por lo común se olvida que la noción actual de trabajo no es una categoría antropológica ni, menos aún, un invariante de la naturaleza humana. Se trata, por el contrario, de una categoría profundamente histórica”. En el mismo sentido se expresa Georges Friedmann (1961/1978) en el capítulo

1 Por mor de la globalización, con lo que implica de proceso de expansión, más o menos contestada, más

o menos completa, de los valores y cosmovisiones propios de la civilización denominada “occidental”, y por centrar nuestro trabajo en la sociedad española, consideramos oportuno centrarnos en este ámbito de producción intelectual, más allá de que la propia noción de “trabajo”, tal y como se manejará en esta tesis, difiera de las visiones que ha recibido el concepto en otras culturas con otros sustratos sociohistóricos (Kohler y Martín Artiles -2005- para una revisión, somera, de estas distinciones).

2 El carácter mítico de la consideración del trabajo como algo natural y de la función igualmente natural,

humanizadora, de la técnica ya aparecen como punto de arranque de la reflexión de Blanch (2001) cuando vincula la “naturalidad” del trabajo con la “normalidad” del trabajo productivo (asalariado), que introduciría un elemento de carencia en las situaciones de desempleo, de ausencia de dicho trabajo asalariado. Volveremos sobre estas consideraciones más adelante, en todo caso.

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introductorio al clásico manual que firma con Naville. En dicho texto, tras reconocer el trabajo como rasgo específico de la especie humana (valga la redundancia), lanza la siguiente advertencia sobre los peligros de un exceso de abstracción en el estudio del trabajo:

“Conviene desconfiar de las definiciones metafísicas o muy generales del trabajo, desligadas de la historia, de la sociología y de la etnografía, sin referencia a la variedad de sus formas concretas de acuerdo con las sociedades, las culturas, las civilizaciones, sin consideración suficiente de la manera en que el trabajo es vivido y experimentado por quienes lo realizan” (Friedmann, 1961/1978:16)3.

Otros autores, desde muy distintas posiciones ideológicas (cristianismo, humanismo, marxismo), hablan del trabajo como categoría antropológica, rasgo propio de la naturaleza humana. Sería a través del trabajo como el ser humano alcanza su realización personal, como expresa su humanidad: el trabajo como esencia y condición (Méda, 1995/1998)4.

Cabe, por lo tanto, en ese sentido, distinguir el “trabajo”, como universal antropológico, actividad humana (específicamente humana, de transformación creativa del entorno), y el “empleo”, que no sería sino una de las concretas variantes que aquella actividad puede adoptar, por más que, durante la Modernidad, tiendan a confluir semánticamente, trabándose en una unión, en el plano performativo del lenguaje, difícil de desentrañar después. El trabajo pasa a ser el empleo, es decir, una actividad mercantilizada, salarial y contractual (Zubero, 1998). Estas tres características funcionan “como un trípode

ideológico sobre el que se sustenta la idea moderna de empleo” (Santamaría,

2011:27). De esta manera, el empleo es una actividad que se realiza en la esfera pública, demandada, definida y reconocida como útil por otros y como tal remunerada. Miguélez (2003:151) ofrece una valiosa aclaración terminológica al respecto:

3 En la misma línea, postulando el carácter histórico de la noción de trabajo, véase Sanchis (2004), Díaz-

Salazar (2003b) o Alonso (1999).

4 En el repaso de esta autora, el trabajo, para las corrientes cristianas, humanistas y marxistas,

presentaría “una esencia, un carácter antropológico, que se constituye en creatividad, inventiva y lucha contra la necesidad, que le confiere su doble dimensión de sufrimiento y de realización personal” (Méda, 1995/1998:20).

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“Por trabajo entendemos la actividad por la que los seres humanos realizan tareas tendentes a hacer frente a sus necesidades, o a las de otros, en términos de bienes y servicios (…) Por empleo entendemos las condiciones sociales en las que el trabajo se realiza, partiendo de la base de que trabajar, para una gran mayoría, se ha convertido en una actividad absolutamente necesaria no solo para gozar de un cierto bienestar, sino sencillamente para poder vivir. Dichas condiciones son: el intercambio contractual a que el trabajo –en este caso el trabajo llamado productivo- da lugar, principalmente el salario supuestamente “digno” y seguro por día, semana o mes, el horario de trabajo socialmente reconocido, los

subsidios cuando no se encuentra empleo (por ejemplo el de paro), la remuneración en el postempleo (la jubilación)”.

Serrano (2005:220), por su parte, habla del empleo como “intercambio políticamente regulado” y Maruani (2000:10-11) también plantea la necesidad de no tomar por sinónimos empleo y trabajo, vinculando el primero al mercado de trabajo y a la traducción de la actividad laboral en estatus sociales. En línea análoga se encuentran Kohler y Martín Artiles (2005:17), quienes se refieren al empleo como “…una modalidad de trabajo desarrollada en el marco de una relación contractual de intercambio mercantil, de naturaleza jurídica, establecida, pública y voluntariamente entre la persona contratada y la persona/organización contratante”. Esa voluntariedad es puesta en entredicho en la definición clásica de Friedmann (1961/1978), cuando propone reservar el término “trabajo” para aplicarlo a aquellos actos que cuentan con una cierta imposición, exterior (ya sea la necesidad económica, la fuerza física, la “persuasión moral” o cualesquiera otro elemento coercitivo de naturaleza ajena al individuo) o interior (ideales, vocación, etc.), que no debe confundirse, no obstante, con falta de satisfacción ante la actividad desarrollada (la cual puede orientarse, instrumentalmente, a la consecución de otros fines más deseables para el individuo)5.

A partir de las definiciones anteriores, observamos una serie de rasgos definitorios de la categoría de empleo, categoría invisibilizada (por naturalizada, por camuflada bajo un halo de aproblematización) en la Modernidad, en las

5 Una revisión, casi a modo de glosario, también pertinente, puede encontrarse en el “manual” de Recio

(1997), o en las muchas obras que sobre este hecho social fundamental que es el trabajo se han producido en la Sociología (disciplinariamente vinculada al trabajo desde sus orígenes como ciencia), siendo objeto de interés recurrente en la tradición sociológica española como atestigua la abundancia de referencias bibliográficas pertinentes sobre la materia.

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denominadas sociedades del trabajo, bajo el genérico nombre, precisamente, de “trabajo”. Así, el carácter contractual (la voluntariedad del contrato viene a sustituir a formas más explícitas de coerción para forzar a los individuos al trabajo), la fijación de condiciones concretas de trabajo y la adquisición de cierto tipo de derechos sociales a partir de la naturaleza de este vínculo salarial concreto (la retribución como elemento distintivo, de acuerdo con Prieto -2000-, o Bauman -1998/2011), definirían un tipo de actividad particular, que no debe confundirse con la más rica noción de “trabajo”, que se ve limitada a su componente más instrumental: el trabajo queda reducido a trabajo productivo, generador de riqueza, que se puede comprar y vender como cualquier otra mercancía (Méda, 1995/1998). Relaciones de intercambio comercial mediadas por el cálculo económico (Blanch, 2001; Rolle, 2005b), en las que el propio individuo se cosifica (y es cosificado), deviene mercancía, siendo, a partir de ahí, tratado como tal. Esta es la “doble verdad” del trabajo, a la que aluden García López, Lago, Meseguer y Riesco (2005): el trabajo como actividad y, al tiempo, como relación social más allá de los límites de dicha actividad6.

Algunos trabajos, en este proceso de mercantilización de las actividades, pasan a convertirse en empleos, mientras que otros no se consideran como tal y, progresivamente, dejan de ser considerados “trabajos” (la falta de remuneración excluiría de la definición de “trabajo”, a decir de Friedmann - 1961/1978-, a buena parte de las actividades que responden a obligaciones sociales o familiares). Esta distinción, siguiendo a Prieto (2007), no tiene nada de inocente ni de casual. Este autor destaca el interesado manejo de esta distinción empleo/trabajo en las estadísticas oficiales, que toman como trabajo exclusivamente aquel que es remunerado monetariamente, es decir, una definición basada en el discurso de la economía de mercado, tal y como lo manejan los Estados y los economistas, frente a la perspectiva que defiende la necesidad de un enfoque sociológico que capte la diversidad de actividades que caen bajo el paraguas de la categoría trabajo, que no empleo. No en vano Mingione (1991/1994) reivindica la necesidad de desarrollar una sociología de la vida económica que trascienda el paradigma del mercado, ampliando el

6 Desde este punto, la misión de la Sociología del Trabajo sería, precisamente, desvelar esa parte

“oculta”, escondida, del trabajo, la relación social que, bajo formas de dominación o violencia de uno u otro tipo, subyace al mismo. Idea esta, de des-cubrimiento, que alimentaría las posiciones de partida del trabajo de Castillo (2005c).

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concepto de trabajo más allá de la distinción, arbitraria e ideológicamente interesada, entre trabajo y empleo. En la misma línea podemos encontrar a Bouffartigue (1996/1997), para quien debe distinguirse el trabajo, como trabajo asalariado, del trabajo como categoría antropológica universal, y diferencia, para ello, tres sentidos del valor del trabajo: el registro económico (el del valor de intercambio del trabajo), el registro topológico (del lugar que ocupa el trabajo en el sistema de distribución social de las actividades y de los grupos) y el registro simbólico (de los significados sociales y sentidos personales atribuidos al trabajo). Como veremos en el capítulo siguiente, el empleo, como forma salarial del trabajo, configura unos tipos concretos de trabajadores y, con ello, de estatus sociales y relaciones de jerarquía.

“¿Qué hay detrás de esta definición “estadística” del empleo o incluso del trabajo? Dos ideas muy simples: a) que, como sostienen la mayoría de los economistas, no hay más economía que la de mercado; y b) que es esa economía y sus derivados (el mercado de trabajo monetariamente retribuido) la única que interesa a los Estados. Es decir, que detrás de la definición que ofrecen del empleo o del trabajo los Estados con sus estadísticas, se halla la voz de los portavoces de la ciencia económica en su formulación hegemónica” (Prieto, 2007:5).

La insistencia con la que Prieto vincula “Estado” y “estadística” no parece casual, y apunta, en la resolución de su argumento, a la subordinación de lo “social” al imperio de la economía, subordinación que, como veremos después, caracteriza para muchos autores a nuestra actual sociedad (Bilbao, 1998, 1999b).

Así, el centro del análisis del trabajo pasa a ser el salario, y el hecho salarial subsume, absorbe, la noción general de trabajo, en un recorrido que es descrito en la obra de Castel (1995/1997), en un proceso de evolución de la relación salarial que configura una forma concreta de sociedad definida, no en vano, como “salarial”, que va marginando sistemáticamente a todos aquellos que no se integren en el mercado laboral (operando, de este modo, el paro como fuente primordial de exclusión). Un recorrido similar al que plantea el autor francés es el expuesto por Prieto (2007) cuando postula la existencia de tres etapas históricas en el desarrollo de la noción de empleo:

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“La primera sería aquella en la que tuvo lugar la “invención” de la categoría y del concepto de trabajo (y de trabajador) como una categoría que había de ocupar una posición central en el orden social moderno y que podría situarse en los siglos XVIII y XIX (europeos). Una segunda en la que se produce la consolidación/”reforma” de ese significado y de esa centralidad y que abarcaría desde la transición del siglo XIX al XX hasta los años 70 del siglo pasado: es la etapa del empleo. Y una tercera, la actual, en la que la centralidad anterior es cuestionada por diversas vías y en la que la claridad y la distinción de la categoría y del concepto de empleo y su posición en el ordenamiento social y en las identidades sociales se vuelven complejas y borrosas” (Prieto, 2007:20-21).

La crónica del salariado realizada por Castel7 correspondería, esencialmente, con las dos primeras etapas descritas por Prieto, y el declive del concepto trabajo y de su posición central que se indica en la tercera fase de este relato dibujaría el escenario de precariedad en el que se desenvuelven los

empleos contemporáneos. Esta noción, la de precariedad (o empleo precario o

“cuasiempleo”), alimentará buena parte de nuestra reflexión en este trabajo, por cuanto se enfrenta a las nociones “estándar” en el imaginario colectivo de distintas generaciones de trabajadores, constituyéndose, de manera incipiente, en noción propia, autónoma, para designar una nueva realidad laboral de nuestro tiempo.

2. Huellas del trabajo: pinceladas históricas en torno a una noción ambivalente.

Desde esa perspectiva, con las debidas cautelas que se deben adoptar siempre que se realiza un ejercicio que implique categorías lingüísticas, nunca neutras u objetivas, procedemos a desarrollar un breve recorrido histórico que nos sirva para ir recogiendo “sedimentos” que hayan contribuido a formar la imagen contemporánea del trabajo, ahora que parecería estar difuminándose, evaporándose, ante nuestros ojos. En su ejercicio de “repensamiento” de la noción de trabajo, el filósofo chileno-argentino Martin Hopenhayn destaca de

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forma recurrente esta idea de “mosaico”, que toma, como buena parte de su reflexión, de Dominique Méda (1995/1998). De este modo, afirma que

“en la vida contemporánea conviven sedimentos de diversas visiones del trabajo, incorporados en diversos estadios históricos, bajo múltiples cosmovisiones y según diferentes patrones tecnológicos y productivos (…) Así, hay algo en nosotros del concepto grecorromano del trabajo, del concepto cristiano, del calvinista, del economicista-hedonista, del concepto crítico nacido de Marx y de aquél elaborado por la psicosociología industrial, de los futurólogos entusiastas y de los apocalípticos” (Hopenhayn, 2001:219 y 247).

Visiones que son permanentemente re-creadas, re-interpretadas, generando una síntesis conflictiva y siempre provisional en torno a los significados (que tienen efectos prácticos, siempre) del trabajo.

Seguiremos “el rastro o la huella del trabajo en sus distintas repeticiones históricas” (López Calle, 2000:139) y descubriremos, muy pronto, lo inaprehensible del concepto8, que se muestra, más que como un sedimento (o un fósil a conservar), como una representación fluida (líquida), volátil, que se escapa entre nuestras manos. Quizás la noción más oportuna sea la de “metamorfosis”, tal y como es manejada por Castel (1995/1997). Metamorfosis como metáfora de un cambio social (o de una dinámica), en el que las formas nuevas, procediendo de formas conocidas y documentadas, son esencialmente distintas, novedosas, y van incorporando continuas reinterpretaciones de valores y visiones previas, que aquí sintetizaremos.

En lo que seguramente resulte un exceso de simplicidad descriptiva, adoptaremos la propuesta de Beck (1999/2000), que plantea una revisión histórica de tres períodos que constituirían diferentes modelos en relación al trabajo y a la libertad: la polis griega y la Roma clásica, en las que el trabajo estaba fuera de la sociedad, a la que sólo pertenecían quienes no tenían que dedicarse a trabajo alguno; la democracia laboral moderna, en la que el trabajo se presenta como valor integrador, nuclear de estas sociedades, elemento clave para el orden de las mismas y de los individuos que las componen, que

8 Para revisiones más exhaustivas, remitimos al magnífico trabajo que constituye la tesis doctoral de Elsa

Santamaría, publicada como monografía en 2011. Véase, especialmente, para un recorrido histórico, el capítulo primero.

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logran su identidad a través del trabajo (los ciudadanos son aquellos que trabajan); y un tercer modelo, todavía por definir, de sociedad más allá de la sociedad laboral9.

En las sociedades primitivas, las analizadas por la Antropología Económica10, el trabajo no podía diferenciarse del resto de actividades cotidianas. No ocupaba una esfera independiente. En línea con los postulados de Polanyi, el trabajo estaría “incrustado” en la sociedad, tal y como destacan Prieto (2000) o Kohler y Martín Artiles (2005), no estructurando en modo alguno el conjunto de la sociedad (Naredo, 2001), y, consecuentemente, no era objeto de valoración específica (multitud de lenguas antiguas ni siquiera tenían términos específicos para estas actividades). En muchas sociedades, el trabajo fue considerado, en el mejor de los casos, una actividad más, nada deseable ni positivamente cargada en lo simbólico. Las actividades directamente vinculadas con la producción material, siempre necesarias a lo largo de la historia de la Humanidad, fueron después separadas (divididas, alienadas) del conjunto de actividades humanas, resultando objeto de desprecio por parte de los antiguos griegos y romanos, tradicionales referentes de la construcción cultural de Occidente. No debemos obviar el origen etimológico del término “trabajo”, derivado del latín “tripalium”, que designaba a un instrumento de tortura (Machado, 2001/2007; Tezanos, 2001; Sanchis, 2004; Kohler y Martín Artiles, 2005). Coerción, esfuerzo físico, cansancio, malestar… El trabajo, orientado a la subsistencia y a la satisfacción de las necesidades más inmediatas, era considerado una actividad servil, inferior, “envilecida” (Jaccard, 1960/1971:12), propia de esclavos (Veblen, 1899/2004; Gorz, 1991/1995;

9 Una secuencia histórica similar es la expuesta por el profesor Naredo (1997, 2001), que lleva a cabo un

recorrido por la noción de trabajo desde las sociedades primitivas hasta el siglo XVIII, cuando se habría asentado la actual definición de este concepto. Para una revisión de la genealogía del trabajo, véase también López Calle (2000), que describe una secuencia evolutiva del proletario al obrero, y de este al asalariado, a través de distintas cesuras, momentos de crisis social (no sólo económicas). También puede encontrarse un repaso histórico relativamente exhaustivo en Gorz (1991/1995), que sigue un hilo argumental esencialmente weberiano para referirse a un progresivo proceso de racionalización de la vida social, que, como ya temiera Polanyi (1944/1989, 1977/2009), acabaría incluyendo la esfera productiva, introduciendo el trabajo bajo la égida de la economía. Prieto (2000) también lleva a cabo una revisión histórica del lugar social del trabajo, y del trabajador, en los órdenes sociales precedentes: las sociedades primitivas, el mundo clásico griego y romano y la sociedad del Antiguo Régimen. Por último, para referencias antropológicas en torno al trabajo, véase, por ejemplo, la reflexión de Méda (1995/1998).

10 Para una introducción a la materia, véase, por ejemplo, Johnson y Earle (2000/2003) o Moreno Feliu

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Prieto, 2000; Naredo, 2001), absolutamente indeseable, llevándose a cabo, así, por parte de los que no tenían elección o poder decisorio (los obligados a trabajar, como destaca el manifiesto antilaboriosidad del Grupo Krisis, 1999/2002).

En la Grecia clásica, por lo tanto, el trabajo manual era completamente desprestigiado: sólo quien estaba liberado de la necesidad de trabajar podía ser considerado plenamente hombre, ciudadano (Beck, 1999/2000; Hopenhayn, 2001). Esta visión del trabajo como castigo, o maldición, tan presente en el pensamiento grecolatino (Jaccard, 1960/1971)11, también aparece en la Biblia (“ganarás el pan con el sudor de tu frente”, le dijo Dios a Adán tras expulsarle del Paraíso), estando a la base de una valoración negativa del trabajo en la tradición judeocristiana (Naredo, 1997, 2001; Prieto, 2000; Tezanos, 2001), como bien apunta Sanchis (1988:135): “…parece que el trabajo propiamente dicho sólo puede ser una obligación desagradable, fuente