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El verbalismo del paradigma ambientalista

13. El descuido de la sensibilidad valorativa básica y la capacidad de trascendencia del anthropos

13.1 El verbalismo del paradigma ambientalista

Es al respecto muy elocuente la recomendación que expone la “Agenda 21” en su capítulo 36:3:

Declara que “Tanto la educación académica como la no- académica, son indispensables para modificar las actitudes de las personas(...)” [capítulo 36.3].

En su capítulo 36.8, recomienda también: “(...) Es necesario sensibilizar al público sobre los problemas del medio ambiente y el desarrollo, hacerlo participar en la solución y fomentar un sentido de responsabilidad personal respecto del medio ambiente (...)”. Asimismo, en su capítulo 36.9, recomienda dar “(...) preferencia a la responsabilidad y el control locales para las actividades tendientes a aumentar la conciencia del público”.

Por su parte, la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, de 1,992, emitió la Agenda al fomento de la educación, capacitación y la toma de conciencia, en la cual establece tres áreas de programas: la reorientación de la educación hacia el desarrollo sostenible, el aumento de la conciencia del público, y el fomento a la capacitación.

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Estos pronunciamientos internacionales también suelen incluir recomendaciones que van más allá del quehacer pedagógico verbal; la Carta de Belgrado de 1,975 por ejemplo, recomendaba que por vía de la educación, se generaran nuevos conocimientos teóricos y prácticos, valores y actitudes para conseguir el mejoramiento ambiental. La Declaración de

Tibilisi de 1,977, recomienda a los estados miembros,

incorporar actividades ambientales a sus sistemas educativos. Empero, estos floridos pronunciamientos internacionales de las cumbres, no son el paradigma educativo; el paradigma de la educación ambiental es la metodología que los educadores de nuevo cuño, ejercen en aplicación de aquellos pronunciamientos; es lo que vemos a diario en las universidades, y colegios, y en la educación no-escolarizada: 1: la educación ambiental, es una de las líneas formativas, al lado de la educación vial, y otras. 2: esa línea se reduce, en el mejor de los casos, a sugerencias verbales y sólo dentro del programa curricular (aun en los paseítos por los eco-sistemas y fábricas). La educación, fuera de este verbalismo, no compromete la vida del educando fuera del programa curricular o radial.

Pero lo interesante es que aquél fundamento que reclamo, es básico no solamente para que dicho hombre sea educado en el respeto por su medio natural, sino también, en el respeto por su medio social, por la dignidad del otro, y puede ser sensibilizado en la defensa de los derechos del otro, en el respeto por las normas de la vida civilizada, su apego por el patrimonio histórico, su participación en la identidad nacional… …Todos esos aspectos incluyen un espectro de líneas formativas: educación ambiental, educación en los derechos humanos, educación cívica, educación vial, educación nutricional, etc.

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Todas estas líneas formativas son en los hechos, cada cual, un comportamiento estanco independiente, y son además, superficiales: son esto último, porque no inciden en el perfil axiológico de la persona: de ahí que esas disciplinas educativas se limitan a inculcarle al educando lo que debe hacer (distribución de los residuos sólidos, respetar los valores patrios, las señales del tránsito, la dignidad de la persona, evitar el exceso de consumo de carne…); y en esto descuidan el trasfondo de su personalidad. Nunca el educador en estas áreas se pregunta: ¿podrá mi educando interoiorizar estas pautas que le inculco?; ¿por qué será que, a pesar de estas modalidades de educación impartidas, no han decrecido los índices de degradación moral del ser humano, no ha decrecido la devastación antrópica del medio ambiente natural, ni se ha frenado el irrespeto por los derechos humanos? Los maestros aplican mecánicamente estas disciplinas, sin preocuparles si el educando estará preparado para interiorizarlas, y si el ambiente social predispone a esta interiorización. No aplican la “investigación-acción”: la labor del maestro es meramente rutinaria de aplicación de pautas didácticas.

Y es que estas líneas educativas susodichas, no educan: solamente instruyen; las visitas a los museos, los paseos por las áreas reservadas en la educación formal, los medios de comunicación masiva de la educación no-escolarizada, instruyen, mas no educan: esas prácticas, lo que conllevan es, el propósito de hacerle entender al educando; empero, educarlo no es eso: educarlo es, conmover su afectividad, y esta conmoción afectiva sólo se logra cuando se le hace tomar un partido a favor o en contra de algo; esto implica comparación de lo axiológicamente positivo con lo axiológicamente negativo: para apreciar lo “bueno”, hemos de rechazar lo “malo”. Pues bien: todo ello, aun efectuándose, es infructuoso, estéril, si es que el educando carece de la capacidad de trascender

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desinteresadamente hacia lo otro; esto es, si su capacidad de estimativa, si su conciencia valorativa, están aprisionadas por el cerco de los intereses mezquinos del ego zoológico.

Ninguna de esas disciplinas “educativas” educan: solamente instruyen; y para educar, debieran de despertar y fomentar la

sensibilidad valorativa del educando. Cómo hacerlo: fomentando la comparación entre el valor positivo y su correspondiente valor negativo: despertando y fomentando, a la vez que la atracción por lo “bueno”, el rechazo ante lo “malo”. Pero es esto la formación en valores: es la formación que aun siendo especializada –o en el ambiente, o en los valores patrios, o en las reglas del tránsito…– cala hondo en el perfil valorativo del zoo humano; es aquello que despierta en éste su vocación de trascendencia, sacándolo de su ensimismamiento.

La educación no debe de esperar a que ese trasfondo de la personalidad se transforme sin su concurso, no debe de aspirar a encontrar un anthropos yacente ya predispuesto para ser impregnado por la intervención educativa.

Se desprende de estas consideraciones, que esa transformación básica del perfil valorativo del anthropos, no puede ser anterior a la intervención especializada de estas disciplinas educativas: ha de ser paralela a la formación especializada. Así, en la medida en que el maestro le haga repudiar a su educando, la desobediencia de las reglas del tráfico, estará fomentando su apreciación positiva del respeto y del orden: estará apreciando algo que se halla fuera de la muralla de sus intereses mezquinos. De esta manera, esa transformación básica, sin preceder ni suceder en el tiempo a la educación especializada, es a la vez fundamento y télos de la misma. En tal sentido, el paradigma educativo en cuestión, desatiende la sensibilidad valorativa del educando.

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