Como en el caso de las mujeres, el vínculo de un pa dre con su hijo se ve influido por su propia experien cia infantil. En la niñez, un varón puede identificarse primero con su madre, identificándose con la capacidad de ella de tener y criar hijos. La madre le parece un ser todopoderoso: la fuente de toda gratificación, estimula ción y cuidado. En el deseo de volverse igualmente po deroso, el niño se identifica con ella. Muchos varones si mulan un embarazo con almohadones y exteriorizan tiernamente su capacidad para cuidar niños al jugar con muñecos. A través de este juego, desarrollan una iden tificación central con su madre. Mientras tanto, también están comenzando a identificarse con su padre. A par tir de esta interacción de fuerzas opuestas, se desarro lla la identidad del varón. Un niño pequeño debe inte grar su identificación materna central con su crecien te identificación con la conducta masculina. La solución de este dilema, la “paradoja de la masculinidad” (Bell, 1984), modelará tanto su identidad de género como su futura paternidad. Hay muchas resoluciones posibles, incluyendo dificultades con la identidad sexual o una firme negativa a reconocer cualquier atributo femenino, como en el complejo del “macho’7. Pero una resolución equilibrada hace posible la futura aceptación por par te del varón de su rol de mentor en la familia, así como la adquisición de la capacidad de identificarse con el em-
barazo de la mujer y colaborar como padre en la crian za de los hijos. El conflicto lleva a soluciones basadas en la adaptación, preparando al varón para su rol de padre afectuoso.
Los padres tradicionales de nuestro pasado a menu do han sido descritos como hombres ‘‘adustos”, ausen tes, que no manifestaban ninguna emoción ' Bell, 1984 ■. Fuera esto realmente cierto o no. en el pasado la ma yoría de los varones recordaba a su padre como una per sona poco afectuosa. 6Era ésta una observación real, o se trataba de un rol asignado? 0Los padres eran más afectuosos, en el pasado, de lo que se dice9 ^Sus así lla madas inclinaciones y conductas femeninas estaban me ramente encubiertas por una superficie adusta o distan te? ¿Ha habido siempre fuerzas afectivas ocultas en los hombres que hasta hace poco éstos no se permitían ex presar? ¿Podrían los padres del presente mostrar un vínculo positivo tan evidente con sus c.-posas emba razadas y con sus bebés si no hubieran percibido mo delos al respecto en sus propios padres, así como en sus madres? Lo más probable es que el modelo afecti vo de sus padres haya desempeñado algún papel, aun que de ninguna manera paralelo al de las madres. ¿Cambiará esto en el futuro, o este desequilibrio será perdurable?
La principal tarea de desarrollo del varón, en la gra dual consecución de la paternidad, es renunciar a su de seo de ser igual a la madre y tener hijos como ella. No todos los hombres lo aceptan. Algunos envidian la ca pacidad de tener hijos de las mujeres y nunca aceptan que ellos deben quedar excluidos de este proceso. In conscientemente, compiten con sus esposas, exhibiendo síntomas similares a la couuade de ciertas tribus pri mitivas (en las que los hombres manifiestan síntomas de embarazo y parto), o bien rehúyen estos deseos au sentándose durante el embarazo de su esposa.
Los hombres que pueden sublimar satisfactoriamen-
te estos deseos probablemente experimentarán una re novada creatividad o una mayor productividad profesio nal durante el embarazo de su mujer. La nueva cana lización de estos deseos puede convertirse incluso en el incentivo para elegir una carrera en una profesión vin culada con la atención a niños.
EL DESEO DE TENER UN HIJO EN LOS HOMBRES
El deseo de un hombre de tener un hijo, fundado en primer lugar, como dijimos, en el anhelo del varón de ser como su madre, fue descrito por Freud en la histo ria del pequeño Hans, un niño de cinco años que ima ginaba que él también podía tener un hijo de su padre. También intervienen otros factores determinantes, si milares a los que mencionamos al referirnos a las mu jeres. El deseo narcisista de ser completo y omnipoten te por la vía de producir un hijo e identificarse con él es universal, al igual que el deseo de reproducir (refle jar) la propia imagen de uno. Esta es sin duda una razón por la que los padres tienden a preferir tener un hijo varón. En la India, el término mismo con que se desig na al hijo varón, putra, significa “el que libera del in fierno llamado p u f (Kakar, 1982). En el Mahabarata, uno de los textos sagrados fundamentales de la India, se dice que el padre mismo nace como el hijo, y que al colocar su propia simiente en el útero, ha concebido su propio yo. Este deseo de reproducir el propio sexo es más fuerte en los hombres que en las mujeres; podría reve lar una mayor necesidad en los hombres de reforzar y confirmar su identidad masculina, constantemente amenazada. De acuerdo con la experiencia de uno de los autores de este libro (BC), casi todos los niños deriva dos a psicoterapia para la evaluación de conductas transgenéricas son varones.
Para el padre, el hijo varón tiene más probabilida des que la hija de convertirse en el portador de sus am biciones insatisfechas. Los padres tienden a interesar se más por los logros de sus hijos varones, en el pro greso de éstos en los dominios del desarrollo motor, las capacidades cognitivas y el rendimiento escolar. Un varón con frecuencia tiene la misión de aplacar las du das del padre respecto de su autoimagen masculina. Es por esto por lo que los padres se ponen tan ansiosos cuando advierten signos de debilidad, inseguridad y fal ta de empuje en sus hijos varones. Estas debilidades pa recen reflejar, de forma amplificada y socialmente visi ble, la propia inseguridad del padre. Un factor que quiza contribuya a esta fuerte identificación es el sentimien to profundamente arraigado del hombre de que él pue de influir en la identificación masculina de su hijo varón, pero no en el destino de su hija.
La mujer, como hemos visto, anhela tener un hijo para aplacar sus dudas respecto de su propia fertilidad y su capacidad reproductora.
El sentimiento equivalente, en el hombre, se expre sa de forma de dudas respecto a su potencia y su ca pacidad de dejar embarazada a su esposa. De ahí la ne cesidad del padre de criar a un varón que muestre to dos los signos de una futura hombría. Si bien estos es tereotipos sexuales están cambiando, el deseo de los pa dres de duplicar su masculinidad y su poder en sus hi jos sigue siendo fuerte.
Los padres, como las madres, también necesitan re novar viejas relaciones con personas importantes de su pasado, y esperan que sus hijos les proporcionen este vínculo. Los padres desean asegurar la continuidad de su linaje, “nuestro único camino a la inmortalidad", dijo Freud en La interpretación de los sueños (Freud, 1955). Freud mismo les puso a sus hijos los nombres de hom bres a los que él estimaba: maestros queridos y figuras
históricas admiradas. La práctica de ponerle al hijo el nombre de pila que el padre heredó a su vez de su pro pio padre es un testimonio del fuerte impulso a man tener la filiación y a encontrar en el hijo los preciados atributos de los antecesores de uno.
El deseo del hombre de tener un hijo también se ve influido por su vieja rivalidad edípica; tener un hijo no sólo le brinda un modo de igualarse a su propio padre, sino que criarlo le da la oportunidad de hacer las co sas mejor que el padre. Todo nuevo padre está resuel to a ser un padre mejor. Hoy en día, suele recurrir a la abundante bibliografía existente sobre la crianza in fantil para adquirir los conocimientos técnicos necesa rios acerca de cómo ser padre, con la esperanza de que esta información en tom o a la paternidad ha de reno var totalmente y superar los métodos pasados.
Todos los hilos aquí descritos se entretejen para for mar el incentivo de tener un hijo, suscitando nuevos conflictos y a la vez ofreciendo soluciones a conflictos an teriores. El embarazo de la esposa es una ocasión im portante para la consolidación de la identidad de un hombre. Con él aparecen toda la ansiedad y el autocues- tionamiento que acosan a las madres. Cada etapa del embarazo es un nuevo desafío para los hombres, como lo es para las mujeres.
L O S S E N T I M I E N T O S D E L P A D R E D U R A N T E E L E M B A R A Z O Cuando el hombre se entera de que su esposa está embarazada, lo asalta una multitud de emociones dis tintas, algunas jubilosas, otras de ansiedad, muchas conflictivas. Tanto la fuerza como la índole de estas emociones tomarán por sorpresa a la mayoría de los pa dres.
Una de las primeras reacciones del futuro padre es
una sensación de exclusión. Pese a que, cuando el hijo es deseado, tanto el marido como la mujer comparten la euforia de la noticia a amigos y familiares, el futu ro padre pronto se sentirá desplazado. La mujer no sólo empieza a centrar su atención —su energía y su inte rés— en el niño no nacido, sino que también se convier te en el centro de atención de otras personas. Todos se interesan por su estado de ánimo y su salud; a nadie le importan los del marido. Quienes rodean a una mu jer embarazada se ven impulsados a cuidarla, y ella es pera recibir la misma solícita atención por parte del ma rido.
Esta sensación de exclusión se complica por el sen timiento de responsabilidad del padre respecto del em barazo. El hombre se siente desplazado, pero al mismo tiempo piensa que él es el único que tiene la culpa. Cual quier cosa que experimenta su mujer, náuseas o fatiga, le parece que es culpa de él. El padre asume la respon sabilidad a un grado irracional.
Ahora que los padres intervienen más en los planes relativos al hijo y participan en las consultas prenata les con el tocólogo y el pediatra, por ejemplo, desde tem prano se establece una competencia entre los futuros progenitores. La competencia por el rol de mentor se agrega a la competencia entre cada uno de ellos con el bebé por el otro. Esta clase de competencia puede ser alarmante, a menos que ambos progenitores compren dan que es una parte natural, y también necesaria, de su apego creciente con el futuro hijo. Estos sentimien tos no sólo propician el vínculo con el futuro hijo sino que también pueden fortalecer, y no debilitar, el víncu lo entre los progenitores.
En tanto la mujer embarazada comienza a hacer sus adaptaciones internas, a deslizarse en el mundo de fan tasía que describimos, el futuro padre tiene que efectuar su propia adaptación. ¿Será un buen protector? ¿Podrá
sacrificar parte del tiempo de su trabajo para ser un pa dre solícito, así como un apoyo firme y fiable para su esposa? Todas estas dudas, esta conmoción, surgen en cuanto se conoce la noticia del embarazo y contribuyen a preparar al padre para su nueva identidad.
Mientras que las mujeres no pueden huir del hecho del embarazo, los futuros padres tienen más libertad en cuanto al grado en que se comprometerán con el mis mo. Pueden optar por retraerse, haciendo caso omiso de lo que está ocurriendo, mientras que las mujeres tienen que someterse al proceso físico del embarazo. Algunos padres pueden sentirse tan conmocionados por el em barazo que preferirán distanciarse de este hecho, lanzándose a las aventuras extramatrimoniales o cayen do en el alcoholismo o la impotencia sexual. Este tipo de conducta puede deberse al resurgimiento de conflic tos bisexuales. También refleja otro factor importante: la sensación del hombre de verse desplazado. Un futu ro padre puede percibir al hijo que ha de nacer como a un rival que lo despoja de su mujer, tal como su pa dre o un hermano lo despojaron de su madre en la in fancia. Dado que, como señalamos antes, un varón se identifica primero con su propia madre y luego debe re pudiar esta identificación, es muy probable que estos sentimientos se reaviven. Por todas estas razones, los hombres tienden a sentirse ambivalentes hacia el futu ro hijo.
James Herzog señaló que los futuros padres se podían clasificar en dos grupos (Herzog, 1982). Los de un grupo reconocían sus sentimientos respecto a la lle gada del primer hijo mostrándose comprensivos y solíci tos con sus esposas. El otro grupo estaba compuesto por futuros padres que demostraban tener poca conciencia de sus sentimientos. Los hombres “solidarios” se sentían impulsados, hacia el final del primer trimestre del em barazo, a alimentar — en su fantasía— a la madre y al
feto. Imaginaban el hecho de hacer el amor como una forma de nutrir a su esposa embarazada y, de algún modo, también al feto en crecimiento. Los hombres me nos solidarios se quejaban de que sus necesidades se xuales no estaban siendo satisfechas. Decían cosas como: “Tengo una constante avidez sexual”, con lo que delataban su propio deseo de ser alimentados, en com petencia con el feto. Los futuros padres se dividían, pues, entre los que nutrían a sus esposas y los que se sentían decepcionados por no ser nutridos ellos mismos y estaban celosos de su mujer y del hijo.
Cuando el embarazo entra en el segundo trimestre, el futuro padre tiende a mostrar una mayor preocupa ción por su propio cuerpo. Su identificación inconscien te con la esposa se intensifica, dando a veces lugar a fantasías bisexuales y hermafroditas. Este cambio le vuelve a brindar una oportunidad de reorganizar los fac tores que intervienen en su identidad masculina (Gur- witt, 1976).
En muchas culturas del Tercer Mundo, esta mayor identificación con la esposa embarazada se expresa en el síndrome de la couvade mencionado anteriormente. Los hombres simulan el proceso del parto, pasando por sus diversas fases y manifestaciones. Quienes los ro dean los tratan como si estuvieran sufriendo; los atien den. A través de este ‘juego”, los hombres escenifican su envidia hacia la mujer procreadora y su decepción por ser dejados de lado. Al asumir el dolor deí traba jo de parto de la mujer, participan en el proceso que
ella atraviesa y se considera que la están protegien do. En el mundo desarrollado se encuentran formas más benignas de esta identificación, como diversos do lores y dolencias. Los futuros padres padecen más náuseas, vómitos, trastornos gastrointestinales y dolo res de muelas que los hombres que no están esperan do un hijo.
Estos trastornos y síntomas demuestran de forma convincente que el deseo del hombre de estar embara zado, de ser como la madre y la esposa, resurge duran te el embarazo de su mujer. Cuando adopta la forma de dolores y síntomas, esto se debe a que su identificación está inconscientemente cargada de conflicto y no pue de expresarse. Al repudiar su lado femenino, los hom bres se sienten enojados por el embarazo. Una vez que resuelven estos conflictos, pueden sentir una identifica ción empática con sus esposas embarazadas.
En la última etapa del embarazo, los futuros padres tienden a resolver su relación con sus propios padres. Así como las mujeres tienden a reincidir en sus relacio nes tempranas con sus madres, los padres necesitan vol carse hacia sus propios padres (en su fantasía o en la realidad) para fortalecer su incipiente rol paternal. Esta atadura de nuevos roles a viejos modelos de la infan cia es un tema que vuelve a surgir a medida que se de sarrolla la identidad paternal durante el embarazo. Un hombre que disfruta de un vínculo sólido con su padre
está protegido contra el temor de volverse demasiado pa recido al padre.
En el tercer trimestre del embarazo, los padres, como las madres, se preocupan con ansiedad por la salud del futuro hijo. Ellos también tienen dudas en cuanto a que su hijo haya estado adecuadamente protegido contra su ambivalencia, su rivalidad y su resentimiento. Sienten ansiedad respecto a la normalidad e integridad del fu turo bebé y necesitan ser tranquilizados. Un padre que “huye” al final del embarazo lo hará ya sea en la rea lidad (abandonando a la familia) o, con mayor frecuen cia, mostrando simplemente una indiferencia emocio nal o una falta de participación. Esta huida es una de fensa contra sus sentimientos hostiles hacia la esposa — por cuanto percibe que ella prefiere al bebé— o con tra temores no resueltos de identificación con ella.
Muchos padres confiesan haber tenido estos sentí* mientas: E n t o n c e s m e p u s e a p e n s a r c u e r e a l m e n t e p o d í a e s t a r a l b e r g a n d o u n r e n c o r s e c r e t o h a c i a la n i ñ a . A n t e s d e q u e n a c i e r a , y o s o l í a h a c e r c h i s t e s b a s t a n t e s á d i c o s a c e r c a d e d e f e c t o s c o n g é n í t o s y a b u s o s c o n t r a n i ñ o s , h a s t a q u e m i e s p o s a m e p r e g u n t ó p o r q u é lo h a c i a . M e di c u e n t a d e q u e e r a m i m o d o d e l i b e r a r m e , p o r m e d i o d e l h u m o r , d e l a s f a n t a s í a s q u e m e a c o s a b a n y q u e n o p o d í a v e r b a l i z a r de n i n g u n a o t r a m a n e r a . B á s i c a m e n t e , h e l l e g a d o a c o m p r e n d e r q u e se t r a t a b a d e s e n t i m i e n t o s b a s t a n t e p r i m i t i v o s c o n t r a l a n i ñ a p o r h a b e r m e d e s p l a z a d o . P a r a u n h o m b r e , t e n e r u n h i j o e n t r a ñ a v e r s e p r i v a d o d e c i e r t a s e n s a c i ó n d e ¿ e r e s p e c i a l , y s i g n i f i c a q u e d a r r e l e g a do e n c u a n t o c e n t r o d e a t e n c i ó n ( B e l l , 1 9 8 4 ' .
La llegada de un nuevo miembro de la familia, el bebé, obliga al padre a aceptar la transición que va de una relación dual a otra triangular. Esto le despierta sentimientos de ser el tercero excluido, como todos ex perimentamos en la infancia frente a la intimidad en tre nuestros padres o al nacimiento de un hermanito.
EL PADRE “AUSENTE"
Pese a que ha habido grandes avances en la parti cipación de los padres durante el embarazo y el parto, las fuerzas que históricamente los han excluido de es tos procesos signen siendo poderosas. Están basadas en el reconocimiento cultural de la natural ambivalencia del padre, así como en las propias dudas profundas de éste acerca de su capacidad de ser protector y mentor. En forma gradual, estamos comprobando que esos fac tores pueden modificarse a través de programas que fo menten la participación del padre durante el embara zo y el parto, incluyendo instrucción sobre el alumbra miento, clases de Lamaze, consultas prenatales y pro gramas de apoyo familiar (Samaraweera y Cath, 1982).
Con todo, debemos reconocer que los persistentes ves tigios de la sensación de exclusión que aún experimen ta el padre tienen profundas raíces en prácticas históri cas y transculturales generalizadas. La actitud de “guardabarreras” que asumen incluso las madres que trabajan sigue teniendo el efecto de mantener a los pa dres a distancia.
En sólo el 4 por ciento de las culturas estudiadas exis te una visible “relación estrecha y regular” entre padre e hijo (West y Konner, 1982). En muchas culturas se ob serva una estricta separación entre hombres y mujeres durante el parto y en los días siguientes al alumbra miento; en el 79 por ciento de las sociedades del mun do, el padre no duerme con la madre y el bebé duran te el período de lactancia (Hahn y Paige, 1980).
En nuestra propia sociedad, además del hecho de que la mayoría de las madres trabaja fuera de su casa, los grupos de educación para el parto y el personal médi co son también importantes agentes de cambio. Pueden tener una fuerte influencia futura destinada a determi nar los nuevos modelos de paternidad, promover una participación más activa y fortalecer la propensión a cuidar de los hijos en el hombre.
EL ROL DEL PADRE EN CUANTO A
RESPALDAR A S U ESPOSA EMBARAZADA
El proceso del embarazo, el parto y el vínculo tem