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LA RELACIÓN
M Á S TEMPRANA
Padres, bebés y el drama
del apego inicial
T. Berry Brazelton
Bertrand G. Cramer
Paidós
Psicología Profunda
ir *
Parte I
EL EMBARAZO: EL NACIMIENTO DEL VINCULO
La misma alma gobierna los dos cuer pos... las cosas que desea la madre a me nudo se encuentran impresas en los miem bros del niño que ella lleva en su vientre en el momento de sentir el deseo.
Le o n a r d o d a Vi n c i,
INTRODUCCION
Para todos los que se convierten en padres, en el mo mento del nacimiento se juntan tres bebés. El hijo ima ginario de sus sueños y fantasías y el feto invisible pero real, cuyos ritmos y personalidad particulares se han estado volviendo crecientemente evidentes desde hace varios meses, se fusionan con el recién nacido reai que ahora pueden ver, oír y, finalmente, tomar en sus bra zos. El vínculo con un recién nacido ícuvo papel en la relación se explorará en detalle en la segunda parte) se construye sobre relaciones previas con un hijo imagina rio v con el feto en desarrollo que ha tormadío parte del mundo de los padres durante nueve meses.
Con el fin de comprender las interacciones “más tem pranas” entre el progenitor y el hijo, debemos retroce der por un instante para examinar estas relaciones aún más tempranas. Las fuerzas, biológicas y ambientales, que llevan a hombres y mujeres a desear tener hijos, y las fantasías que estos deseos suscitan, pueden con siderarse como la prehistoria del vínculo. Más tarde, du rante el embarazo y los nueve meses de adaptación, física y psicológica, al feto en crecimiento, hay una pro gresión de etapas que se podrían describir como los al bores del vínculo. Como el impulso hacia la paternidad, las fantasías y la experiencia del embarazo son necesa
riamente diferentes en los hombres y en las mujeres, en el capítulo 3 trataremos los modos como se adapta el padre al hijo por nacer.
1. LA PREHISTORIA DEL VINCULO
El embarazo de cada mujer refleja toda su vida pre via a la concepción. Las experiencias con su propia ma dre y su propio padre, sus posteriores experiencias con el triángulo edípico y las fuerzas que la llevaron a adap tarse a éste con mayor o menor éxito y por último a se pararse de sus progenitores, todo esto influye en su adaptación a este nuevo rol. Ciertas necesidades insa tisfechas de la niñez v la adolescencia son parte del de- s e o ide quedar embarazada y, posteriormente, de adap tarse a la condición del embarazo. Tras examinar cómo se reflejan estas experiencias y necesidades tempranas en el deseo de tener un hijo, consideraremos las trans formaciones causadas por el embarazo mismo y la re acomodación de emociones y fantasías que tiene lugar a medida que la mujer desarrolla su nueva identidad como madre.
IDENTIDAD DE GENERO
Son muchas las fuerzas que actúan conjuntamente para producir un sentido de identidad para cada géne ro. La mayoría de las personas tiene una mezcla de es tos sentimientos, pero predomina una identidad central. Esta “identidad de género central” (la sensación
tiva de pertenecer a un sexo) parece desarrollarse des de el comienzo de la vida, bajo la influencia de fuerzas tanto biológicas como ambientales.
1. Influencias hormonales. Los cromosomas sexuales determinan la diferenciación del ovario y los testículos en el feto en desarrollo. Posteriormente, en ciertos momentos “críticos'’ del desarrollo fetal, altos niveles de andrógenos en circulación determinan la formación de genitales externos masculinos típicos. Un nivel domi nante de andrógenos le dará genitales externos mascu linos a un feto genéticamente femenino. El clítoris se agrandará en el nacimiento y parecerá un pene. Se des arrolla la bolsa testicular y el físico del bebé se mascu- Imiza.
John Monev y Anke Ehrhardt (1972) han demostra do también que la diferenciación sexual conductual y emocional puede verse influida en el útero del mismo modo. Las hormonas sexuales tienen una influencia, di recta soE nfefcerebro, afectando la formación de~imnon~ tantés neurotransmisores y fomentando el crecimiento de células nerviosas. Las hormonas sexuales a^tñrTpP hípotálamo, una zona del cerebro estrechamente rela cionada con la regulación de la conducta. Los animales, tanto machos como hembras, expuestos a altos niveles de andrógenos prenatales exhiben la conducta de apa reamiento, y otras conductas, características del macho. En los seres humanos, en cambio, si bien las hormonas intervienen en el desarrollo de los genitales externos y, posiblemente, en el desarrollo del cerebro, lo que deter mina la conducta es la interacción de esas fuerzas biológicas con los factores ambientales.
2. Sexo asisnado. En el nacimiento, al bebé se le asig na un sexo sobre la base de la apariencia de los geni tales externos. Esta asignación Cumple urTYol deteríTTF
nante en el desarrollo de la identidad de género. Mo- ney y Ehrhardt han demostrado esto de fórma ca tegórica en su estudio de niños nacidos con genitales ex ternos que difieren de su orientación sexual cro- mosómica (Money y Ehrhardt, 1972). Este es el caso de los fetos femeninos antes mencionados, que fueron ex puestos a influencias hormonales andrógenas y que mostraban genitales “masculinos” al nacer. Estos niños son criados como varones, y las percepciones y la con ducta de quienes los rodean determinan su convicción subjetiva de ser varones. Monpy v Ehrhardt probaron que para los dos años de edad, la identidad de género Eajpie~HacIo fijada en la mente del n in o.'
De manera similar, un feto genéticamente masculi no que es insensible a la influencia de los andrógenos durante la vida fetal tendrá una apariencia femenina al nacer, con una vagina y con las características exter nas de una mujer. Estos bebés serán criados como niñas. Desde el principio, los padres los tratarán como niñas, y crecerán considerándose niñas. Sólo cuando la puber tad o la infertilidad las lleve a buscar atención médi ca se descubrirá su verdadero sexo genético. Mientras tanto, habiéndose considerado ellas mismas como mu jeres, se habrán comportado como tales.
Estos “experimentos de la naturaleza” demuestran con cuánta potencia pueden las expectativas paternas, maternas y sociales basadas en el sexo asignado refor- zar las influencias hormonales intrauterinas. En el caso de estos niños, las prácticas de crianza se ven influidas por la apariencia de los genitales, y no lo son en abso luto por el sexo genético. Las presiones sociales, la asig nación de roles y la expectativa paterna y materna de terminan el sentido subjetivo de identidad de género y la consiguiente conducta de estos niños.
3. Diferencias conductuales innatas. Aunque muchos investigadores han tratado de distinguir diferencias conductuales congénitas entre varones y niñas recién nacidos, son pocas las diferencias comprobadas de for ma concluyente. Los~~varones récién nacidoFlTcTexñf beñ una mayor actividad motora que las niñas, pero la ca lidad de su conducta"motora puede ser diferenteTT^Pac- Tfvttfád“ mutriz del bebé' masculino parece "ser'más vigo rosa, pero de breve duración en cada acto motor, mien tras que la misma conducta motriz es más moderada y decae con mayor lentitud en las niñas. Si bien los va rones tienden a mostrar niveles más elevados de irri tabilidad, esto puede relacionarse con la mayor inciden cia de complicaciones prenatales y obstétricas en los va rones (Parmelee y Stern, 1972). Los varones recién na cidos parecen fijar la vista en objetos durante lapsos más breves pero más activos, mientras que las niñas recién nacidas muestran mayor lentitud en fijar la aten ción, pero prestan atención durante lapsos más prolon gados. Es posible que los bebés de sexo femenino sean más sensibles al tacto, el gusto y el olor, y que tengan más actividad y conducta orales (Maccoby y Jacklin, 1974; Korner, 1974). Aunque estas diferencias sexuales innatas son menos pronunciadas que las diferencias in dividuales no relacionadas con el sexo, pueden influir en la interacción temprana (Cramer, 1971).
4. Actitudes de los padres. Desde el primer reconoci miento (o asignación) de la identidad sexual del bebé, los progenitores experimentan sentimientos diferentes hacia un bebé varón y hacia una niña. La madre sin duda verá partes de sí misma más fácilmente en una niña, y tenderá a erigir al varón en un complemento de ella misma. Los padres no pueden sino desear un hijo varón con el cual identificarse, y una niña hacia la cual albergar sentimientos más tiernos. Estas catalogaciones
inconscientes determinan, en cierta medida, la forma como los progenitores tratarán al bebé. Dado que nues tras culturas han fomentado durante mucho tiempo una conducta fuertemente estereotipada según el sexo, es casi inevitable que con un varón se juegue más vigo rosamente y a una niña se la cuide con más delicade
za. El padre tenderá, por ejemplo, a alzar en sus bra zos a un varón; la madre tenderá a proteger a su hija de ese tipo de juego. Nuestra conducta vocal también está determinada por nuestras propias experiencias pa sadas. Tendemos a hablarle con suavidad y dulzura a una niña, y a tratar de animar y estimular a un varón
con las mismas palabras. El ritmo de la interacción en tre progenitor e hijo probablemente será moderado y
lento con una niña, y tendrá altibajos más marcados e
intervalos más cortos con los varones. Hay crecientes pruebas de que las madres tienden a hablarles y a al zar más a las niñas que a los varones. Estas conduc tas diferenciales nos son inculcadas con tanta fuerza por el trato que todos recibimos por parte de nuestros pro pios padres que es poco probable que podamos cambiar las por medio de una determinación consciente. El modo de sentir de los progenitores la masculinidad y la femi nidad tendrá una poderosa influencia en la identidad de género y se transmitirá al bebé de maneras sutiles a través de cada interacción. La identificación con la con ducta de su madre hacia ella y la participación del pa dre en la conducta afectiva de una niñita pueden refor zar su deseo de convertirse en madre más adelante en su vida.
5. Sensaciones corporales e imágenes mentales. Las
sensaciones del bebé en desarrollo — especialmente en torno a los genitales— pueden influir el concepto psíqui co de pertenecer a un sexo o al otro. Dado que los ge nitales del varón están más expuestos y más accesibles
al tacto del niño mismo y de quien lo cuida, las expe riencias tempranas con la exploración, la masturbación v la valoración de los propios genitales pueden deter minar una mayor propensión al exhibicionismo y a la exteriorización de la sexualidad en el varón. La niña tie ne más tendencia a la intimidad, a la curiosidad por sus genitales y por el significado y el valor de éstos, y a in teriorizar la sensación. Estas diferencias en la experien cia sensual, basadas en diferencias en las característi cas sexuales del cuerpo, se profundizarán e incremen tarán en el curso de la vida y continuarán influyendo la identidad de género. A medida que crece, la niña hará preguntas recurrentes sobre la función prevista de sus genitales y sus pechos. Al llegar a la edad de la mens truación, estas preguntas volverán a cobrar importan cia. Sus órganos reproductores, no vistos ni puestos a prueba, se entrelazarán con sus fantasías sobre el em barazo. Robert Stoller afirma que estas fantasías son vi tales para el desarrollo de la identidad de la mujer y sostiene la validez del concepto de feminidad primaría (Stoller, 1976*. Según su punto de vista, una niña des arrolla una identidad femenina desde muy temprano en la primera infancia. Esta noción de la primacía de la identidad femenina ha alterado las teorías freudianas de la envidia del pene. Freud sostuvo que la niña pro curaba reemplazar lo que no tenía, el pene, usando su cuerpo para engendrar un bebé. Las mujeres necesita ban la prueba material de la integridad de sus cuerpos que provenía de dar a luz a un hijo. Un bebé saluda ble se convertía en una prueba tranquilizadora de que los órganos internos de la mujer eran productivos y sa nos, y resolvía su “inevitable” envidia del pene. Freud también señaló que las fantasías de una niñita en tor no a un bebé propio le permitían imaginarse a sí mis ma como una igual de su madre, todopoderosa y dado ra de vida. Estos supuestos de la teoría psicoanalítica
de los primeros tiempos se generaron en una sociedad sexista que no sólo segregaba la psicodinámica mascu lina de la femenina, sino que interpretaba la psicología femenina desde el punto de vista del anhelo de la mu jer de ser hombre. Hasta que la psicoanalista Helene Deutsch escribió The Psychology o f Wornen, en dos to mos, de hecho se le había prestado poca atención al de sarrollo de la psicología de la mujer. En la obra de Deutsch se sigue insistiendo en la envidia de la mujer hacia el varón dominante. Sólo hace relativamente poco tiempo, los analistas han comenzado a buscar una “iden tidad central femenina” en el desarrollo de las mujeres jóvenes que no esté determinada por la “envidia del pene”. Las sensaciones corporales y las imágenes men tales de la niña forman los primeros cimientos. Mucho más adelante, el trabajo psicológico efectuado durante el embarazo y los primeros contactos con el bebé com pletarán el proceso de esta identidad en evolución.
EL DESEO DE TENER UN HIJO
El deseo de una mujer de tener un hijo es producto de muchos motivos e impulsos diferentes. En cualquier mujer en particular sería imposible discernir todos y cada uno de los factores que intervienen. Pero con el fin de dar una idea de la fuerza y la complejidad de ese de seo, y de ayudar a comprender la turbulencia del em barazo, intentaremos identificar algunos de los más im portantes de estos factores. Entre ellos se cuentan la identificación, la satisfacción de diversas necesidades narcisistas y los intentos de recrear viejos lazos en la nueva relación con el hijo. 1
1. Identificación. Todas las mujeres han experimen
tado alguna forma de cuidado materno. Cuando una niña recibe cuidados, es probable que conciba la fantasía
de convertirse en la persona que cuida, en lugar de la que es cuidada. A medida que desarrolle su propia au tonomía, comenzará a asumir las posturas de las mu jeres cercanas a ella. Aprenderá por imitación cómo se
comportan las figuras maternas. Los que la rodean pro bablemente se deleiten con sus imitaciones, por lo que las reforzarán y fortalecerán su identificación incons ciente con la madre y las figuras maternales.
A principios de su segundo año de vida, la niña abra zará con ternura un muñeco o un animalito de jugue te. Sostendrá al “bebé’’ cerca de su pecho izquierdo, con aire solícito, como lo hacía su madre. Al tenerlo en sus brazos, lo mecerá con delicadeza, lo mirará con dulzu ra y con expresión receptiva, y le hablará con voz airu lladora, como si esperara que el muñeco le fuera a de volver la mirada y los arrullos. Cuando la niña deam bula con “su bebé1', se hace más alta. Su porte se vuel ve más adulto y sus pasos más seguros. Los pies de la niña generalmente están muy separados y se mueven en forma tentativa en las ocasiones en que está explo rando su mundo, pero cuando toma en brazos a su ama do juguete, se convierte en la persona adulta que está imitando. Sus gestos, sus ritmos, su conducta facial y vocal, no le podrían haber sido enseñados. Los ha ab sorbido por imitación, a través de sus propias experien cias de ser abrazada y mecida y a través de la identi ficación con su madre o con otras figuras maternas con las que ha estado en contacto. No es ninguna casuali dad que esta conducta se manifieste principalmente en su segundo año de vida, coincidiendo con su impulso ha cia la autonomía. A medida que su necesidad de inde pendencia se alterna con su deseo de ser tratada como un bebé, la niña representa cada uno de estos roles: el de la madre independiente y el del bebé desvalido. Cuando se le pregunta cómo se llama el “bebé” que tie ne en brazos, lo más probable es que le dé su propio
nombre. Al avanzar en su segundo y tercer año de vida, las palabras que utilice para referirse al bebé expre sarán las ambivalencias de su identidad en desarrollo: en cierto momento, el ‘'bebé bueno" que ella quiere ser, y en otro momento, el “bebé malo” que también quie re ser. A medida que evoluciona su identidad, el juego con el bebé pone en evidencia que la niña está incor porando partes importantes de su madre.
A los cinco o seis años, es posible que la niña comien ce en ocasiones a negar este rol maternal. Puede em pezar a identiñcarse con ciertas conductas más mascu linas, a repudiar todo deseo de jugar con muñecas o con un “bebé" y a preferir jugar con cochecitos o trepar. En nuestra sociedad actual, con su tendencia hacia el tra tamiento unisexual de los niños pequeños, es posible que nos encontremos con niñas que sólo usan pantalo nes o que, delante de otras personas, caminan con el porte “a lo macho” que suelen adoptar los niños pe queños, Pero el juego maternal suele reaparecer cuan do la niña está sola con otras niñas o con su madre.
2. El de veo de ser completa y omnipotente. Entre ios motivos narcisistas que fomentan el deseo de tener un hijo se cuentan el deseo de conservar una imagen idea lizada de una misma como persona completa y omnipo tente, el deseo de duplicarse o reflejarse y el deseo de cumplir los propios ideales. Usamos el término “narci- sista” para referirnos a esta actividad de desarrollar y mantener una autoimagen, y también al grado de em peño en dar esa imagen. La actividad narcisista se ex presa en la vida psíquica a través de fantasías, entre las cuales está la fantasía de ser completo y omnipoten te. Uno de los postulados básicos de la teoría psicoa- nalítica del narcisismo es que existe una tendencia a gratificar estas fantasías de integridad y omnipotencia, y que sobre la base de esta gratificación se construye
el sentido definitivo de sí-mismo de un ser humano. Esta tendencia estará en continua interacción con otras ten dencias opuestas, como el deseo de relaciones con obje tos, en las que éstos representan esencialmente lo que no es el sí-mismo y lo que está separado de éste. La ne cesidad de ser omnipotente también está en conflicto con los impulsos sexuales, con la necesidad de recibir estímulo por parte de otros y con el reconocimiento de la realidad, dado que necesitamos a otros para satisfa cer nuestras necesidades y que constantemente nos' vemos obligados a afrontar nuestras insuficiencias y el hecho de ser incompletos. Estas fuerzas opuestas crean conflictos que sólo pueden resolverse por la vía de la transigencia. Los tipos de transigencia en cuestión ven drán determinados por las opciones en materia de em peño, de objetos de amor, de intereses y de búsquedas. De este modo, el_ conflicto es_una fuerza fundamental para^rdesarrollo, ai crear oporhimdad -'a encon trar nuevas relaciones, nuevas fumEa- _ .aovas so luciones (ya sean normales o patológicas
El deseo de ser completa es satisfecho tanto por medio del embarazo como de un hijo. E n a lgunas mujeres pre domina el deseo de estar emharaTÉñmudembarazo" ofre-" ce una oportunidad de ser plena, de ser completa, de experimentar su cuerpo como potente y productivo. El embarazo contrarresta la sensación de vacío y la preocupación de que el cuerpo sea incompleto. Este de seo del embarazo se advierte ya en el juego de los niños de corta edad. Niñas y varones procuran simular un em barazo abultando su abdomen con una almohada o ha ciendo sobresalir su vientre. El dolor de barriga, la re tención fecal o ciertas dificultades eíTl^ím ición gás- TroTrTtésEnal pueden ser una parte inconsciente pero co- ñectadalT esta identificación con el rol adulto del em barazo.
ET deseo narcisista de completarse una misma a
través de un hijo es más diferenciado: la madre contem plará al hijo deseado ante todo como una extensión de su propio sí-mismo, como un apéndice a su cuerpo; la niña realza su imagen corporal, dándole una dimensión adicional que puede ser exhibida con orgullo.
3. El deseo de fusión y unidad con otro. Junto con el deseo de ser completa está la fantasía de la simbiosis, de la fusión de una misma y el hijo. Y junto con este deseo de unidad con el hijo está el deseo de volver a la unidad con la propia madre de una. Este deseo es una fase vital del desarrollo normal, una fantasía fundamen tal para el mantenimiento de la autoestima y una par te importante de la vida amorosa adulta. La oportuni dad de gratificar esas fantasías de simbiosis durante el embarazo lo convierte en un período propicio para soñar y para solazarse con fantasías de unión. Después del parto, el desarrollo y el mantenimiento de actitudes ma ternales de vínculo dependen de que la mujer recobre estas fantasías de unidad con su propia madre. El fu turo hijo encierra la promesa de una relación estrecha, del cumplimiento de las fantasías infantiles. 4
4. El deseo de reflejarse en el hijo. Reflejarse es una dimensión fundamental del narcisismo, del desarrollo y mantenimiento de una autoimagen sana. Uno tiende a amar su propia imagen reproducida. El deseo de una mujer de tener un hijo seguramente incluirá la esperan za de que ella habrá de duplicarse. Esta esperanza man tiene viva una sensación de inmortalidad: el hijo repre senta una promesa de continuación, una encarnación de estos valores. Se ve al hijo como el siguiente eslabón de una larga cadena que une a cada progenitor con sus pro pios padres y antepasados. La fuerza de esta filiación crea infinitas expectativas: el hijo será portador de los rasgos de la familia, del apellido de la familia; es
sible que asuma una profesión que caracteriza a la fa milia, o el nombre de un antepasado famoso. Los nu merosos rituales en torno al nacimiento, como el bau tismo y otras tradiciones, fortalecen este poderoso y ne cesario sentimiento de identidad entre los hijos y sus familias.
El término “reflejar” se ha empleado por lo general para describir una función vital de la madre: la de pro porcionarle al bebé una imagen de su propio sí-mismo. Los bebes ven en el rostro de su madre jyggeíectos_jig' _st^ propía" conducta^ aimendiendoasi algo sobre ellos
mismos (Winnicott. 1958b Aquí usamos la palabra “re flejar” para referirnos al sueño de la mujer de tener un bebé que corresponda a su ideal a la perfección, que du plique el sí-mismo ideal de ella y que le haga saber lo satisfactoria que es como madre. Todo temor de tener un bebé imperfecto amenaza esta autoimagen y debe ser repudiado, fb deseo de tener un hijo incluye eí deseo de ver reflejadas en el hijo las marcas de la propia crea tividad y de la capacidad de la mujer de ser madre. 5
5, Cumplimiento de ideales y oportunidades perdidos.
Los progenitores imaginan que su futuro hijo tendrá éxi to en todo aquello en que ellos fracasaron. Por más jóve nes que sean, en el momento en que conciben un hijo los progenitores afrontan limitaciones y la necesidad de transigir. Saben que no pueden concretar todos los sueños de poder, belleza y fuerza que acariciaron en su niñez. Los adultos jóvenes deben afrontar el reconoci miento de que son mortales, tienen opciones y capaci dades limitades y están comprometidos con una carre ra y una elección de vida particulares.
El futuro hijo representa, pues, una oportunidad de superar esta serie de transigencias y limitaciones. El hijo imaginario entraña el ideal del yo del progenitor. Será un dechado de perfección. Llevará adelante la
dua búsqueda de omnipotencia. El futuro hijo es no sólo una extensión del cuerpo de la madre, sino una exten sión de lo que Kohut (1977) denominó la outoimagen
grandiosa de ella. El hijo de fantasía, por lo tanto, debe
ser perfecto; debe concretar todo el potencial latente en los progenitores.
Las pruebas de estos deseos abundan, tanto en la ex periencia cotidiana como en los consultorios de los psi quiatras de niños. Los progenitores ponen mucho afán en el aspecto físico del hijo, en su desempeño motor v, más tarde, en su rendimiento escolar. Los valores que han sido altamente preciados por los progenitores pue den convertirse en una “obligación’’ para el hijo. Cuan to más han fracasado los padres, tanto más han de pre sionar al hijo para que tenga éxito. Si la madre desea ser más independiente, su niño tendrá que ser autónomo. Si el padre cree ser una persona poco instrui da, su hijo tendrá que ir a la Universidad de Harvard. Por más oculto y grandioso que sea el deseo, el futuro hijo tendrá la misión de cumplirlo. La contrapartida de esta grandiosidad es el inevitable temor de que el bebé resulte un fracaso. Este temor, también, debe ser repri mido, porque amenaza confirmar una vez más los fra casos de los propios progenitores.
Así como es fácil advertir que estos deseos narcisis- tas pueden interferir más adelante el desarro llo ^ e f niño, es vital entender que también son indispensables. Estos deseos preparan a la madre para el vínculo: ella debe ver a su hijo como algo único, como un potencial redentor de esperanzas perdidas y como un ser con ple no poder para cumplir sus deseos. ¿De qué otro modo podría desarrollar el sentimiento de que su bebé es la cosa más preciosa en su vida, digna de toda su atención? ¿De qué otro modo podría desarrollar lo que Winnicott ha denominado la “preocupación maternal primaria”, compuesta de un estado de absoluto altruismo y
denigración que en otras circunstancias resultaría total mente inaceptable?
La madre puede dejar de lado por completo sus pro pias necesidades narcisistas después del parto porque
ahora están depositadas en el bebé. Puede desatender
las en ella misma, porque su hijo las gratificará todas más adelante. Las madres pueden tolerar el tremendo egoísmo de los bebés porque, al cuidarlos, están satis faciendo en forma vicaria sus propias necesidades y de seos egoístas. Cuanto más logre darse la madre a su fu turo hijo, tanto más cumplirá sus propios deseos y ex pectativas de ser una persona adulta plena.
La naturaleza les da a las madres nueve meses para albergar dudas, temores y ambivalencia en tomo al hijo que vendrá. Estos sentimientos aparecen contrarresta dos por la importante fantasía del hijo perfecto. Cuan do llegue el momento, el bebé le ofrecerá a la madre la certeza de que ella puede crear, que su cuerpo funcio na bien y que sus ideales y esperanzas incumplidos por fin se harán realidad. Esta esperanza contribuye a man tener a las madres en un estado de ilusión anticipante positiva durante el embarazo y a protegerlas del ago bio de la duda y la ansiedad. 6
6. El deseo de renovar viejas relaciones. El deseo de
tener un hijo también incluye el deseo de un nuevo com pañero con el cual revivir viejas relaciones. Un hijo en cierra la promesa de renovar viejos lazos, los amores de la niñez, por lo que se le adjudicarán atributos de cier tas personas importantes en el pasado del progenitor. Este potencial se pone claramente en evidencia cuan do el hijo parece ser un sustituto de un progenitor, her mano o amigo fallecidos. Es fascinante comprobar con qn¿ frpnjLipqniu las mujeres quedan embarazadaiT'Trás Haber perdido a un familiar cercano_(Tloddington! 1979X Los hijos-" siem p re! levan en sí el potencial de
var viejas relaciones. En la cuarta parte del libro, ve remos de qué modo esto afecta la interacción tempra na. La expectativa de recobrar vínculos pasados es un incentivo para tener un hijo. Al hijo de fantasía se le adjudican poderes mágicos: el poder de reparar las vie jas separaciones, de negar el paso del tiempo y el do lor de la muerte y la desaparición.
Un nuevo hijo nunca es un total desconocido. Los pa dres ven en cada futuro bebé una posibilidad de revi vir vínculos que pueden haber estado inactivos duran te años, una nueva oportunidad de concretarlos.
Los sentimientos contenidos en estas relaciones pre vias se pondrán en juego una vez más, en un esfuerzo por resolverlos.
En una situación de análisis, diríamos que el futu ro Kiio es uñ"objeto de transferencia, es decir, que los sentimientos y relaciones inconscientes de los padres serán transferidos al hijo. El proceso de la transferen cia* en sí mismo, tiene efectos curativos. precisamente porque revive viejos lazos perdidos. En este "sentido, podríamos describir al futuro hijo como un reparador, por cuanto encierra la promesa de recrear relaciones in activas que fueron gratificantes en el pasado. 7
7. La oportunidad tanto de reemplazar como de sepa rarse de la propia madre. En su deseo de tener un hijo,
la mujer experimenta una singular forma de doble iden
tificación. Se identificará simultáneamente con su pro
pia madre y con su feto, y así representará y elaborará los roles y atributos tanto de la madre como del bebé, sobre la base de experiencias pasadas con su madre y
ella misma como bebé. Al tener un hijo, concretará el
sueño largamente acariciado de volverse igual a su pro pia madre, haciendo propios los atributos mágicos y en vidiados de la creatividad. Ahora estará a la altura de su todopoderosa madre, trastrocando su sometimiento
a ella y su sensación de inferioridad en la rivalidad edípica. Ahora puede convertirse en la Madre Univer sal y concretar su potencial creativo, mientras que su madre de la vida real probablemente estará lamentan do la pérdida de su propia capacidad de tener hijos. Si bien esto puede provocar un sentimiento de culpa, tanj- bién aporta una fuente de renovada autoestima. El de seo de tener un hijo también puede incluir un deseo de restaurar imágenes de la madre, a la que la mujer sien te haber dañado debido a su envidia. Una mujer pue de soñar con ofrecerle su nuevo hijo a su madre, como muestra de gratitud. El resurgimiento de la relación con su propia madre es un proceso -muy intenso durante eT embarazo. Se puede revelar en los sueños, en los temo res, y en un acercamiento a la madre. Podría surgir una nueva relación. En los casos en que esta relación se forjó con muchos conflictos, es posible que esta evolución que de frenada y que el conflicto se intensifique.
Los anhelos y fantasías que acabamos de describir no agotan la diversidad de fuerzas y presiones sociales que se entrelazan en el deseo de tener un hijo. Pero espe ramos que sean suficientes para indicar el poder y la complejidad de este deseo. Las identificaciones, las sa nas necesidades narcisistas, el afán de recrear viejas re laciones, son todos factores que contribuyen a darle vi gor a la capacidad de la mujer de ser madre y cuidar a su hijo. Al reacomodar los sueños y las emociones de la madre, estos factores preparan las condiciones para el vínculo con el bebé.
2. LOS ALBORES DEL VINCULO
EL TRABAJO DEL EMBARAZO
Los nueve meses de embarazo brindan a los futuros padres la oportunidad de prepararse tanto psicológica como físicamente. La preparación psicológica, tanto inconsciente como consciente, está estrechamente en trelazada con las etapas físicas del embarazo de cada mujer. Después de nueve meses, casi todos los proge nitores tienen la sensación de estar completos y lis tos. Cuando este lapso se ve reducido, como en el caso de un parto prematuro, los progenitores se sienten des prevenidos e incompletos. Cuando existen complicacio nes físicas, éstas ponen en peligro la adaptación psi cológica.
En el proceso psicológico del embarazo pueden mani festarse confusión o ansiedad. En este período son fre cuentes el retraimiento emocional o la regresión a una actitud más dependiente respecto a otras personas de la familia. La perspectiva de asumir la responsabilidad de un nuevo bebé crea una sensación de urgencia. El futuro progenitor necesita retraerse o experimentar una regresión con el fin de reorganizarse. La ansiedad que sienten ambos progenitores puede retrotraerlos a las disputas y los sentimientos ambivalentes de otras adap taciones anteriores. Esta movilización de sentimientos viejos y nuevos suministra la energía necesaria paraba enorme tarea de adaptarse a un nuevo hijo.
Tanto los futuros padres como quienes los atienden deben comprender la fuerza y la ambivalencia de los sentimientos que acompañan al embarazo. Las consul tas prenatales, ya sea con tocólogos, enfermeras, pedia tras o, en ciertos casos, con psiquiatras, deben posibi litar la expresión de un amplio espectro de sentimien tos positivos y negativos. De acuerdo con la experien cia de los autores, el embarazo —al igual que muchas otras fases críticas de la vida— es percibido de mane ra diferente por los psiquiatras y por los pediatras. A los primeros se los consulta en casos de crisis y suce sos complicados, por lo que están alertas ante posibles problemas neuróticos o psicóticos durante el embarazo. Los segundos tenderán a prestar más atención a la sor prendente capacidad de la madre para reacomodar toda su vida en función del bienestar de su hijo. Consideran do las etapas del embarazo desde nuestro punto de vis ta doble, esperamos esclarecer este admirable período y también rastrear dentro de él el nacimiento del ape go paren tal.
El proceso del embarazo puede contemplarse como tres tareas separadas," cada una de ellas asociada^con una etapa del desarroIIo_ffsieo d e lle tp.Tln laprim era etapa, los progenitores se adaptan a la “noticia” del em barazo, que va acompañada por cambios en el cuerpo de la madre, pero no aún por pruebas de la existencia real del feto. En la segunda etapa, los progenitores co mienzan a reconocer al feto como a un ser que a su de bido tiempo quedará separado de la madre. Este recono cimiento se confirma en el momento de la percepción de los primeros movimientos fetales por la madre, cuando el feto anuncia por primera vez su presencia física. Por último, en la tercera etapa, los progenitores empiezan a experimentar al futuro hijo como a un individuo, y el feto contribuye a su propia individuación por medio de movimientos, ritmos y niveles de activiclad distintivos.
PRIMERA ETAPA: ACEPTACION DE LA NOTICIA
“¡Voy a tener un hijo!”
En el pasado, tras la falta de un período menstrual, la mujer esperaba tener la confirmación de que estaba embarazada a partir de su propio cuerpo. Ciertos cam bios en el color y la sensación de los pezones, las “náu seas matinales” o la fatiga le daban gradualmente más certeza al hecho del embarazo. Hoy en día, los padres suelen recibir la “noticia” por parte de un médico, tras un análisis de embarazo, o incluso por una reacción química en un test de embarazo casero.
Como quiera y cuando quiera que reciban la noticia, los padres sabrán que han entrado en una nueva fase de sus vidas. Sus sentimientos de dependencia respec to de sus propios padres deben ceder el puesto a la res ponsabilidad. La relación de “uno con uno” que tienen entre ellos deberá evolucionar para convertirse en un triángulo.
En un primer momento, ambos progenitores suelen sentirse eufóricos. Pero casi de inmediato la euforia es reemplazada por la toma de conciencia de la futura res ponsabilidad. Cuando el embarazo ha sido planeado, es posible que esta toma de conciencia ya haya sido enca rada hasta cierto punto, pero la realidad del embara zo requiere un nuevo nivel de adaptación; muy pronto ya no habrá posibilidad de volverse atrás.
Ahora comienza en serio “el proceso” del embarazo. La perspectiva de convertirse en padres retrotrae a los adultos a su propia infancia. Ningún adulto recuerda la niñez como un período absolutamente placentero. Los conflictos del crecimiento se movilizan cada vez que un adolescente o un adulto joven enfrenta una crisis y, en el embarazo, estos conflictos vuelven a ponerse al des cubierto. Lapmimera fantasía de la mayor parte de los
futuros padres es la de evitar los conflictos de su pro pia infancia v convertirse en progenitores perfectosTT^o seré^como mi madre.” “MÍ padre se esforzó, pero hizo todo mal.” “¡Por cierto que espero hacerlo mejor que ellos!” ;,Qué_es 1^. que los futuros padres desean hacer mejor? ¿.Proteger a su hijo deHInTnTmdo imperfecto, o He Tos aspectoFnhgltivos que perciben en ellos mismosT Ca segunda alternativa es la más probable! Cmno señalamos anteriormente, todos los progenitores espe ran ser capaces de proteger al nuevo hijo de sus pro pios sentimientos de inadecuación o de los fracasos per cibidos en sus propias vidas. Con esta esperanza mágica de poder superar sus propias inadecuaciones, los padres se consideran a sí mismos completamente propicios y positivos, listos para crear al hijo perfecto. Detrás de esta fantasía hay también ambivalencia. En un momen to dado todos los progenitores empiezan a preguntarse por qué se prestaron a someterse a semejante adapta ción. “¿Deseo realmente convertirme en madre, en pa dre? Si no lo deseo, ¿habré perjudicado ya a este bebé? ¿Puedo perjudicar a un bebé aún no nacido con mis te mores y mis sentimientos negativos?” Especialmente en el caso de la mujer embarazada, la profundidad de la inquietud implícita en esta adaptación la torna tan vul nerable que su pensamiento mágico sobre la posibilidad de perjudicar a su feto se vuelve muy real. Todas las mujeres embarazadas temen la posibilidad de tener un hijo defectuoso. No sólo imaginan todas las aberracio nes posibles, sino que al despertar ensayan lo que harían si su hijo naciera con algún defecto. Todo peli gro para el feto sobre el que puedan haber leído u oído hablar será recordado en algún momento durante el em barazo. El bombardeo de información actualmente exis tente sobre los efectos de ciertas drogas y comidas, del tabaco, el alcohol o la contaminación ambiental sobre el feto en desarrollo no hace sino exacerbar los temores
que umversalmente acosan a las mujeres embarazadas. Para sobreponerse a estos temores y a su ambivalen cia subyacente, la futura madre tiene que movilizar más y más defensas. Debe comenzar a idealizar a su hijo, a representárselo como un bebé perfecto y plenamente deseado. La tarea de sobreponerse a las fuerzas nega tivas intensifica los deseos positivos respecto al hijo y los de ser un progenitor perfecto,
Mientras se debate a través de este tumulto de emo ciones ambivalentes, la mujer embarazada estará par ticularmente dispuesta a recibir el apoyo de otras per sonas. Aceptará de buen grado la ayuda de un médico, una enfermera o una amiga que sea una madre expe rimentada. La futura madre suele desarrollar una fuer te transferencia hacia cualquier profesional que la res palde en este período. Anhela comprender sus podero sas emociones y recibir cuidados maternos mientras se prepara para ser madre. Los profesionales o miembros de la familia que puedan aceptar esta dependencia pa sajera por parte de la futura madre sin sentirse abru mados estarán contribuyendo a dar principio a una fa milia más sólida.
Durante este período, muchas mujeres tienden tam bién a replegarse en sí mismas. El reequilibrio de hor monas y otros procesos físicos va acompañado de ajus tes emocionales, y se requiere mucho tiempo y energía para alcanzar una nueva estabilidad. La mujer puede pasar días soñando despierta y noches luchando con sueños fuertemente ambivalentes. Cuando este traba jo interior se realiza en forma satisfactoria, a su debi do tiempo la futura madre podrá contemplar con expec tativas positivas su nuevo rol. Pero tal vez gaste mu cha de su propia energía y de la de su familia en la ta rea. Durante este proceso, es muy probable que se dis tancie un tanto de sus relaciones previas. Hasta pue de culpar inconscientemente a su marido y a otras per
sonas por su condición, aun experimentando simul táneamente una sensación de júbilo. De vez en cuando, quizá sienta que ha sido obligada a asumir este rol. Es- tos sentimientos pueden representar un intento de com partir o trasladar la responsabilidad correspondiente a la abrumadora adaptación que está efectuando, y tam bién pueden constituir una reacción realista frente a ciertas condiciones sociales y económicas.
La tarea más inmediata de_la muier es aceptar el “cuerpo" extraño” ahora"implantado dentro de ella. Fs posible que perciba al embrión como una intrusión por parte de su compañero, y que quiera, temporalmente, apartarse del hombre que la ha dejado embarazada. Así como su cuerpo va disminuyendo sus defensas contra este “cuerpo extraño” y pasa a aceptarlo y albergarlo, también la madre debe llegar a experimentar al futu ro hijo como una parte benigna de ella misma.
Muchas veces, en un esfuerzo por aceptar su nueva condición, la mujer se vuelca hacia su propia madre o su suegra. Pero también en este caso es muy posible que se sienta ambivalente. Las náuseas matinales y otros síntomas fisiológicos pueden expresar el lado negativo de la ambivalencia de la mujer, mientras que conscien temente ella puede estar adaptándose con entusiasmo a su rol. Todas las mujeres embarazadas enfrentan esta ambivalencia, lo que las sorprende y decepciona. Sus sentimientos de desvalimiento o inadecuación pueden incluso manifestarse en un deseo de tener un aborto es pontáneo. Si bien la desilusión y los sentimientos de cul pa que acompañan un aborto o una hemorragia que hace temer un aborto desmienten la ambivalencia, ésta siem pre está presente. No es sino en forma gradual que el impulso hacia la maternidad, con todos los poderosos componentes que vimos anteriormente, transforma esta ambivalencia en un incentivo para el trabajo del emba razo, en la anticipación y la energía positivas de los últi mos meses.
SEGUNDA PARTE: LOS PRIMEROS INDICIOS DE UN SER SEPARADO
En algún momento durante el quinto mes de emba razo, la madre siente los primeros movimientos leves de su futuro hijo. Estas sensaciones delicadas, como de li geros golpecitos, se transformarán gradualmente en una vigorosa actividad. Después de la confirmación del em barazo, el momento de la percepción de los primeros mo vimientos fetales es el siguiente acontecimiento decisP vo para los futuros padres. También esta noticia~s§rá entusiastamente compartida con el marido, la familia y los amigos.
Hasta este momento, la madre y el futuro hijo son una sola persona. H asfcTeste primer asomo de~vida, la ffra- dre puede acariciar la imñgerTnarcisista de una toTál, jusión con su hijo. Ahora, desde el punto de vista”psi-
cológico, el bebé ha empezado a adquirir autonomía. Se puede decir que aquí es donde empieza el vínculo más temprano, puesto que ahora hay un ser separado. y~pór lo tanto la posibilidad de una relación. La percepción de los primeros m ovimientos fetales es la primera"aporta
ción del futuro hiló aHa'relación." “ '—
Cuando la madre comienza a reconocer la vida de su feto, inconscientemente se pondrá en su lugar: se iden tificará con él. Sus fantasías estarán basadas en la re lación infantil con su propia madre. Dinorah Pines hizo un informe sobre un caso que ilustra vividamente esta fantasía de dos caras. Una de sus pacientes tuvo una serie de sueños en los que se iba volviendo progresiva mente más joven a medida que avanzaba su embara zo; poco antes del parto, soñó que era bebé y estaba ma-¡ mando, “con lo cual combinó la representación de ella' misma como la madre y como el hijo recién nacido” (Pi nes, 1981). El nuevo carácter concreto del bebé, comple
mentado por las ecografías y los cambios corporales ah'- ra visibles en la "madre, aporta tanto una nueva reali dad como nuevas fantasías al embarazo. La madre pue'- de identificarse con el feto ahora perceptible, y también revivir sus propios deseos de fusión y simbiosis con su madre. Este “'retorno al útero"’ fantaseado posibilita una nueva elaboración de necesidades de dependencia y de seos simbióticos insatisfechos. Es como si, a través de la mediación de su hijo aún no nacido, la futura madre pudiera “reinsertarse” en los aspectos gratificantes de sus relaciones tempranas con su madre, reabastecién dose y revitalizándose ella misma. Curiosamente, esto se asemeja a la actitud de los niños que empiezan a ca minar. cuando se refugian por un momento en los bra zos de su madre y encuentran en ese contacto nuevas energías para proseguir su desarrollo hacia la indivi duación (Mahler y otros, 1975). Fines señala que el em barazo brinda a las madres una nueva oportunidad para élafmrar* los Toñílictos” de la separación, promoviendo una nueva fase en su proceso de desvinculación (indi viduación) de las relaciones simbióticas originales fFi nes, 198D.
Esta tendencia regresiva también puede activar con flictos y relaciones patológicas. Se lo puede experimen tar como una amenaza a la identidad, dado que vuel ve a despertar fuertes sentimientos de fusión entre la futura madre y su propia madre. Si la necesidad de de pendencia de la futura madre es demasiado grande y está insatisfecha (como sucede, por ejemplo, en el caso de algunas madres adolescentes), la mujer percibirá a su feto —y más tarde a su hijo— como a un rival, y tal vez lo trate como a un hermano envidiado. En este caso, la maternidad le parecerá una pesada carga y hasta una frustración de sus propias necesidades. Cuando las co sas marchan bien, en cambio, esta regresión a una iden tificación simbiótica con el bebé dará lugar a una reno
vada energía psíquica y constituirá una fuente de co nocimiento empático de lo que es un bebé.
El reconocimiento del rol del padre ayuda a la ma- dre a ver al bebé como un ser separado de ella misma. Si tiene presente que su embarazo es resultado de un acto por parte del padre, tanto como de ella, e idealmen te del deseo del padre de tener un hijo, la madre evi tará caer en la ilusión de que ella sola produjo el bebé. Cu anda una mujer elige convertirse en progenitor úni- -Ca, v en especial cuando opta por la inseminación arti
ficial, estas cuestiones pueden quedar oscurecidas. Una mujer que usa a un hombre simplemente para que la fertilice, o que recurre a un banco de esperma, tendrá más tendencia a albergar la ilusión de que el bebé es resultado de su propia creatividad omnipotente. Sus te mores y dudas, así como sus esperanzas, se verán in tensificados.
Reconocer el rol del padre no sólo ayuda a la futu ra madre en la tarea de separarse del feto y de diferen ciarlo de sus fantasías, sino que también le da la tran quilidad de que no será la única responsable de cual quier éxito o fracaso. Esto puede amortiguar sus temo res de ser inadecuada y su ansiedad respecto de su nue vo rol. Si la relación con el padre ha estado marcada por el resentimiento y el conflicto, esto puede proyectarse al futuro hijo. Pero si la relación es sólida, si el padre asume su responsabilidad como coautor y no rehuye su rol, la madre tendrá una mejor oportunidad de recono cer que el hijo es un ser separado, con un potencial de crecimiento independiente. Como veremos más adelan- ’fe r e l deseo de tener un* hijo también encierra muchas promesas para el padre, reforzando así su propio ape go con el futuro vástago.
El^comienzo de los movimientos fetales y el recono- cimiento de que el bebé, es una realidad intensiñcan~éT autocuestionamiento de la madreé Pueden alternarse eñ
ella períodos de depresión y de júbilo, de manera ím- predecible. Sus fantasías en torno al bebé se vuelven más específicas. Durante este período, tal vez comien ce a soñar con el varoncito perfecto o con la niña per fecta. Es posible que su preferencia por uno u otro sexo se empiece a poner de manifiesto, o que reprima sus ver daderos deseos por temor a poner en peligro al feto. La creencia tradicional en el “mal de ojo" y los rituales su persticiosos que rodean al embarazo son expresiones del deseo universal de tener un hijo perfecto y del temor asociado de que la madre pueda hacer algo que perju dique al feto. Tan preocupadas están las futuras madres por sus propios conflictos que hasta las mujeres inte ligentes suelen mostrarse sorprendidas y gratificadas cuando se les dice que todas las mujeres tienen apren siones durante el embarazo.
El ensayo relativo a la posibilidad de tener un bebé anormal continúa durante este período. Cuando nazca el niño, la mujer ya se habrá preocupado por todas las clases de problemas que puede presentar su hijo. Habrá ensavado en sus sueños y fantasías lo que debe hacer si tiene un bebé con el síndrome de Down, o con paráli sis cerebral, o con cualquiera de las anomalías de las que ha oído hablar ya sea en su propia familia o en la de su mando. Por lo tanto, un bebé prematuro o con pro blemas significa no tanto una sorpresa para la madre, como una decepción por su falta de éxito en todo el es fuerzo que ha realizado durante el embarazo. La ma dre va habrá ensayado y hasta movilizado fuerzas que la ayuden a luchar contra el problema, pero aún debe afrontar el dolor de perder al bebé “perfecto” con el que soñó como recompensa por su trabajo.
La amniocentesis diagnóstica y las ecografías para visqflhyar a n m oH,íeñ eñ u n efecto complejo sobre esté trabajo de adaptarse a un bebé y a un nuevo_rol. Aun- "quelas madres, y los padres, dicen estar ansiosos por
saber cuál es el sexo del hijo ^el que puede determinar se mediante la amniocentesis), una cantidad sorpren dente de ellos (alrededor del 40 por ciento) no desean que se les informe al respecto. La curiosidad v el asom bro de la embarazada al ver a su hijo en una pantalla al tercer mes de embarazo van acompañados tanto de admiración como del temor de mirar con demasiada pro fundidad debajo de la superficie. El trabajo de adaptar se a sus sentimientos ambivalentes y sus temores res pecto al feto apenas ha comenzado. La mujer todavía no está preparada para ver al bebé como una realidad. Mu chas futuras madres primerizas que observan la pan talla en la que se están viendo los movimientos fetales expresan emociones mezcladas. Ven al feto como inade cuado, temible o incompleto. Desvían la vista de la pan talla como si lo que allí se ve fuera demasiado atemo- rizador o impresionante. “¿Eso es un bebé de verdad9” “Parece tan diminuto y desvalido.” Les resulta increíble la afirmación tranquilizadora del tocólogo de que el feto es normal, y necesitan escucharla una y otra vez. Has ta que ellas mismas sienten el movimiento del feto en el quinto mes, es probable que esta criatura vaga y es casamente visualizada les parezca irreal, vulnerable y temible. Estos sentimientos son un reflejo del conflicto' d é la madre con su propia ambivalencia. Ella necesita más tiempo para prepararse para el bebé.
Elizabeth Keller, colaboradora en Desarrollo Infantil del Centro Médico del Hospital de Niños de Boston, com paró a un grupo de madres y padres a quienes se les informó el sexo de su hijo tras una amniocentesis o eco- grafía, con otros futuros progenitores que no supieron cuál era el sexo de su bebé hasta el momento del na cimiento. Se podría suponer que el vínculo con el recién nacido y su temprana personificación resultarán forta lecidos por el conocimiento previo de su sexo. Pues no es así. A los padres que sabían cuál era el sexo de su
hijo Jpfi- más tiempo personificar y reconocer la individualida^^eTTeBF^ésHñ^S'^enráKmaen^. Al pa recer, podría haber un sistema protector en funciona miento que protege a los padres y al hijo de un víncu lo demasiado temprano. El proceso de crear un víncu lo con un bebé individual lleva tiempo y los intentos tempranos de consolidarlo pueden ser rechazados. Una vez más, esto apunta al problema de adaptarse a un bebé prematuro, para el cual este proceso ha sido abre viado.
TERCERA ETAPA' EL APRENDIZAJE SOBRE EL FUTURO BEBE
Durante los últimos meses del embarazo, los padres ven al feto como crecientemente separado y real. En este período se suele elegir nombres, reestructurar la casa para alojar al bebé y hacer planes relativos a los per misos de trabajo y al cuidado del niño. Mientras con sideran posibles nombres, eligen ropas de bebé o pin tan la habitación para el niño, los padres comienzan a personificar al feto. Durante este mismo período, eí: feto también está cumpliéndo su rol. A medida que el_jno- vimienfcTy ios niveles de actividad fetales empiezan a adoptar ciclos y patrones, la madre puede reconocerlos" ,y preverlos. Su respuesta se puede considerar como una Tormá de interacción muy temprana. La madre comen
zará a interpretar estas patrones, adjudicándole!» fu turo hijo un temperamento, umCpersonalidad y a veces hasta un sexo (Sadovsky, 1981). Una madre con hijos mayores comparará la conducta de este feto con la de los anteriores. Catalogará estas características percibi das como “tranquilo”, “agresivo”, “como una bailarina”, “como un jugador de fútbol”, etcétera, dándoles signifi cado en el proceso. Es como si la madre necesitara per
sonificar al feto de modo que éste no sea un descono- cido en el m om entooe'liacerr"
Muchas de las observaciones de las mujeres embara- zndpsTaHiFavés Tde^TblT'sIglosestán siendo confirmadas por las modernas ecografías"~Para comprender la rica variedad de actividad fetal a la que están respondiendo los progenitores cuando le adjudican una personalidad individual a su hijo aún no nacido, examinaremos bre vemente lo que ahora se sabe sobre el desarrollo fetal, 1. Movimientos fetales;. Todo el repertorio de movi- mientos del bebé recién nacidcTse puede ver antes del' ñacimneñfo, en el feto (Milani Comparetti, 1981). Uña' gran parte^dir desarrollo motor tiene lugar durante el embarazo, preparando la adaptación posterior al naci miento. Por ejemplo, ahora se sabe que hay movimien tos respiratorios ya a las 13 o 14 semanas. Estos mo vimientos respiratorios irregulares y rápidos se asocian con una actividad “electrocortical” de alta frecuencia y bajo voltaje en el cerebro (Boddy y otros, 19741 Los mo vimientos fetales han sido objeto de especial atención, i porque se los puede estudiar mediante métodos no in vasores y porque tienen valor diagnóstico. Como ejem plo extremo, una marcada disminución y un cese de los movimientos fetales indican la inminente muerte fetal. Los movimientos fetales resultan afectados por diversos agentes: alcohol, tabaco, sedantes, estrés emocional ma terno.
Los movimientos fetales evolucionan en intensidad y forma durante el embarazo. * Alrededor de las 6-7 se manas se observan movimientos circulares suaves del cuerpo. Estos movimientos se vuelven más complejos con el tiempo.
* G r a c i a s a la s e c o g r a f í a s , e s t a c r o n o lo g ía e s o b je t o d e c o n t in u o s a ju s t e s .
Alrededor de las 13-14 semanas hay movimientos de flexión y extensión, de abrir y cerrar las manos, de tra gar, y movimientos respiratorios. Los estímulos mecáni cos producen una respuesta de sobresalto, y se puede demostrar la capacidad del feto para habituarse a los estímulos.
Alrededor de las 15 semanas, el feto suele chuparse el dedo.
Entre las 16 y las 20 semanas, las madres perciben por primera vez los movimientos fetales.
Alrededor de las 20-21 semanas, se pueden ver mo vimientos segméntales aislados de los dedos, pies y párpados.
Alrededor de las 26-28 semanas, un estímulo sonoro suscitará una respuesta de sobresalto o la rotación de tronco y cabeza, y un aumento de la frecuencia cardíaca áTnrmruberi.o v Tniari. 1981
Puede haber aranaes variaciones Ge un tet a n otro. Miéntras que los registros efectuados muestran que la cantidad media de movimientos fetales aumenta desde unos 200 en la semana 20 hasta un máximo de 575 en la semana 32 (y luego a una media de 282 en el par to), la cantidad de movimientos en un feto particular puede oscilar entre 50 y 956.
Los informes de las madres coinciden con las medi ciones objetivas de los movimientos fetales en el 80 al 90 por ciento de los casos.
Los movimientos fetales son afectados por diversos estímulos, aumentando como consecuencia de laf expo sició n "^ un sonido~~v también dé~uña~~estimulación lumíñicaT El noventa por ciento dejo s f e t o s se mueve durante la exposición al ultrasonuJÓTEl tacto y la pre sión sobffe el abdomen" ele la madre también provocan un aumento de movimientos.
2 . Ciclos de actividad. Ixís estados de conciencia observables en el recién nacido —quietud, alerta, sueño, sueño activo, etcétera (véase la tercera parte)— también pueden observarse en el feto. Estos estados parecen ocu rrir en ciclos. Durante el sueño materno, hace más de veinte años se observó un ciclo rítmico de descanso-ac tividad de 40-60 minutos (Sterman, 1967). Más recien temente se advirtió un ciclo rítmico de descanso-activi dad de 40-80 minutos, tanto en madres despiertas como dormidas (Granat y otros, 1979). También se ha cons tatado un marcado ritmo circadiano en los movimien tos fetales (Roberts y otros, 1977). No se comprobó que esta periodicidad en la actividad fetal guarde relación con la edad gestacional, con el sexo del feto, con el peso al nacer ni con los resultados de tests de la conducta neonatal como el índice de Apgar. Parece vincularse, en cambio, con las propiedades fisiológicas intrínsecas del "Teto, y~resul tari a afectada por la actividad d éla madre.
En los últimos meses del embarazo, toda mujerípuír- de decir a qué horas del día su feto estará activo. La mayoría de las mujeres predice que los picos de movi miento fetal ocurrirán en momentos de inactividad para ellas. Aunque esta asociación ha sido atribuida al he cho de que las madres están más atentas durante sus períodos de descanso, hay razones para creer que la ob servación es correcta. El feto puede comenzar a “ adap tarse” al descanso-actividad de la madre por vía de una recíproca actividad-inactividad. Cuando la madre está activa, el feto permanecerá quieto. Cuando ella está quieta, el feto empezará a “trepar” las paredes uterinas. Se piensa que el ácido láctico de la actividad muscular, que se eleva al máximo cuando la madre descansa des pués de haber estado en actividad, estimula los movi mientos fetales.
El hecho de que pueda predecir los movimientos del feto y su adaptación a los ritmos de la madre son una
nueva prueba para ella de la existencia de su hijo como persona: como una persona que puede '‘adaptarse a ella”, así como a las presiones de su vida.
Cuando se les pide que lleven un registro del descan so y la actividad del feto, las madres pueden hacer pre
dicciones sumamente certeras tras dos o tres días de prestarles una atención consciente a estos ciclos. Esos ciclos organizados v regulares dominan la conducta~fe- tal. Las~Hiferencias entre los estados de actividad eñ~eh feto se van volviendo cada vez más evidentes para la madre. En el último trimestre de embarazo, las muje res pueden determinar cuándo su bebé está (1) profun
damente dormido (quieto y esencialmente no receptivo
a estímulos externos, como máximo con una sacudida ocasional de una extremidad). (2) ligeramente dormido (quieto, pero con arranques de movimientos repetitivos de las extremidades, hipo y , ocasionalmente, empujes
más lentos de los brazos o piernas, o del tronco), (3) ac
tivamente despierto (“trepando” la pared uterina, con
súbitos empujes y movimiento vigoroso) y (4) alerta pero
quieto (al parecer esperando y receptivo a estímulos ex
ternos, con movimientos más suaves y más dirigidos, a
menudo en respuesta a acontecimientos externos).
3. Respuestas a estímulos. De las especies cuyos
miembros no pueden valerse por si mismns en el mo- m entoden acer (especies altricias), la humana es la úni- ca en la que todos los sistemas sensoriales están en con diciones^ de '“funcionar antes del oacimientcMGo tt.fi eb, 1ÍV/1) El tejido nervioso inmaduro funciona jmtes)de ha- ber presencia de receptores de terminaciones nerviosas: que se complete la mielinización. La estimu lación al parecer influye en la maduración de los órga nos sensoriales. Esta maduración parece acelerarse o re tardarse por una mayor estimulación o por la falta de estimulación, respectivamente.
En un tiempo tan temprano como son los 49 días tras la fertilización, el feto apartará la cabeza cuando se lo estimule tocándole la cara, cerca de la boca. En algún momento entre los 90 y los 120 días, comienzan a apa recer los así llamados “reflejos de enderezamiento”, con los que el feto intenta mantener en equilibrio la cabe za. Alrededor de ios seis meses, el feto puede respon der a una estimulación auditiva. En esta época, se han registrado cambios en la frecuencia cardíaca fetal en respuesta a la estimulación sonora.
En el tercer trimestre, hay respuestas evocadas dis continuas de la corteza fetal que pueden medirse me diante técnicas no invasivas (Rosen y Rosen, 1975). La aplicación de electrodos directamente al cuero cabellu do del feto tras la ruptura de las membranas muestra una rica gama de respuestas a estímulos sonoros, tácti les y visuales. Un modo de evaluar el bienestar fetal con siste en observar si el feto es o no capaz de habituar se a estos estímulos; si continúa respondiendo sin mos trar ningún cambio, puede haber estrés fetal (Hon y Quilligan, 1967). Basándonos en Ia; información facili tada por las madres r.onflrmaRaXtravés de la observa ción de la conducta fetal mediante las ecografías, llega mos a la convicción de que en el último trimestre el feto respóncfe~en forma fiable a la estimulación visuaL am ditiva y cínestésica (Brazelton, 1981a).
Cuando se arroja una luz brillante sobre el abdomen de lam adre en la línea de visión del feto, éste se so bresalta. Si se utiliza una luz mas suave'en la mismaj posición, el feto se vuelve de forma activa pero suave hacia ella. Un sonido fuerte cerca del abdomen también provocará un sobresalto, mientras que si el sonido es suave, el feto se volverá hacia él. Cuando se envían estímulos mientras el feto está en un estado de quie tud semejante al sueño, las respuestas son menos pre decibles, más apagadas, y el feto se habitúa a ellos con