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El vuelo de los “Esquemas para una oda tropical”

Octavio Paz conoció a Carlos Pellicer en el bachillerato cuando fue su maestro en el Antiguo Co- legio de San Idelfonso. En “Tránsito y permanencia” (1991), prólogo a la poesía mexicana en sus

Obras completas, Paz comenta que los poemas de Pellicer fueron los primeros poemas modernos

que escuchó. Y en “Émula de la llama” (1957) dice que su poesía se distinguió por tener un gran entusiasmo: “Pellicer es el poeta de la mañana, no del amanecer. Con él no nace el mundo; con él brilla. Apenas roza las cosas, las cambia, las metamorfosea…” (1994b, p. 58).

El vuelo, es decir, la capacidad de levantar por medio del canto la atmósfera viva de la naturaleza, y la metamorfosis, la cual es la transformación de lo natural por la magia, son ele- mentos integrales del canto en Pellicer. Su poesía estaba influenciada por sus viajes en América del Sur; no le interesó la política ni la sociedad, sino la naturaleza y la relación mágica de la poe-

sía con ella. A pesar de que no tenía ningún interés por el drama de la sociedad, Paz lo consideró como “nuestro primer poeta realmente moderno” (1994b), porque no es ajeno a la ciudad y por- que su contemplación del mundo lo hace ser partícipe de la estética moderna. Los antiguos prehispánicos no contemplaban su arquitectura y su escultura, la vivían. La naturaleza no era un escape del bullicio de la ciudad, era parte de ella, como el árbol, el jaguar y el venado. Vivían de ella y giraban con ella, su relación era analógica y participaban de su mito.

En cambio, la racionalidad kantiana contiene una estética que contempla al arte: lo piensa y lo siente. Es un momento especial, diferente al cotidiano en el que se sirve el té o se lavan los platos. El arte requiere de una atención para poder disfrutarlo, no se puede realizar en cualquier momento o en cualquier lugar. Sin ningún ambiente que propicie la apreciación de la obra, no se disfruta ni se experimenta como se debiera.

En la poesía de Pellicer, la naturaleza se convierte en algo nuevo que se aleja de un paisa- je que sólo enverdece. La naturaleza de Pellicer lleva consigo los elementos originales del mun- do (Paz, 1994b), como animales y plantas que conforman una mitología; pero en esta naturaleza, a diferencia de los antepasados, el ser humano está consciente de su relación con el mito. El poema y el mito les dan relevancia a los símbolos, les dan un cuerpo y una presencia que se transfigura por la palabra y sobre su significado ordinario. Pellicer eleva las palabras y las men- tes hacia la profundidad de un cosmos abierto en “Esquemas para una oda tropical”: “Vendrá del Sur, del Este y del Oeste, / del Norte avión, del Centro que culmina / la pirámide trunca de mi vida” (1981, p. 216)

En “Esquemas para una oda tropical”, de 1933, el poema conduce por un espacio que se abre con los cuatro puntos cardinales, pero que se coordina con la vida. La objetividad y la subje-

tividad se diluyen en el interior cuando este espacio, o la idea de él, traspasa las direcciones ordi- narias y se adentra como una presencia espacial.

“Piedra de sol” es considerado un poema de tiempo, pero también tiene un elemento es- pacial. La piedra de sol que es el calendario azteca representa las cuatro eras, así como los cuatro puntos cardinales. Lo que pasa, sucede en un espacio y una dirección. El tiempo del poema de Paz sucede y pasa en diferentes lugares (Cuarenta años de escribir poesía, 2014a); y aunque ese espacio sea la profundidad del mismo “ser”, cada momento permite que la naturaleza interior se eleva y se transfigure; es un instante que reposa en ambos poemas.

La esbeltez de ese día

será la fuga de la danza de ella, la voluntad medida en el instante del reposo estatuario,

agua de la sed rota en el cántaro. (Pellicer, 1981, p. 217)

El instante permanece, pero vuela, condición que cambia y se transforma, como el agua, como la forma de un cántaro roto que no puede conservar el agua en sí mismo. La voluntad y el cambio van de la mano, como la vida y la muerte o lo evidente y lo oculto. Se dan la espalda, pero caminan juntos, como el amor en “Piedra de sol”, el cual se manifiesta en dos voluntades

que se encaran frente a frente: “…si dos se besan / el mundo cambia, encarnan los deseos, / el pensamiento encarna, brotan alas” (Paz, 1995, p. 255).

Los dos poemas alzan el vuelo, pero para no perderse, cada uno tiene un centro al cual recurrir. En “Esquemas para una oda tropical” su centro es la voz:

Así mi voz al centro de las cuatro voces fundamentales

tendría sobre sus hombros el peso de las aves del paraíso. La palabra oceanía

se podría bañar en buches de oro y en la espuma flotante que se quiebra, oírse, espuma a espuma, gigantesca. (Pellicer, 1981, p. 217)

La palabra es el elemento mágico que la voz alza, chocan entre sí y con otras palabras tan grandes como ella misma. La dirección es hacia arriba, a levantar, a transformar y crear una pre- sencia mayor. Pero en “Piedra de sol”, el centro está otra dirección. El poema gira en sí mismo, adentrándose en su propia profundidad, su punto cardinal es su “ser”, es un poema que no termi- na, sino que continúa. Es como un instante que permanece, al mismo tiempo que sucede.

Parece que en “Esquemas para una oda tropical”, a diferencia de “Piedra de sol”, el espa- cio y el tiempo hacen de la naturaleza un elemento mágico, porque dentro de ella persiste una semilla que por medio de la palabra se abre y germina donde el tiempo se detiene.

La tierra, el agua, el aire, el fuego, al Sur, al Norte, al Este, y al Oeste concentran las semillas esenciales el cielo de sorpresas

la desnudez intacta de las horas y el ruido de las vastas soledades. (Pellicer, 1981, p. 219)

La palabra es una naturaleza salvaje, pero Pellicer no busca domarla en su poesía, sino que ella se consume en su propio mundo mágico de metamorfosis y transformaciones. La palabra configura la naturaleza cuando crea tótems dentro de ella en “Esquemas para una oda tropical”:

La oda tropical a cuatro voces podrá llegar, palabra por palabra, a beber en mis labios,

a amarrarse en mis brazos, a golpear en mi pecho, a sentarse en mis piernas,

a darme la salud hasta matarme y a esparcirme en sí misma, a que yo sea a vuelta de palabras, palmera y antílope,

ceiba y caimán, helecho y ave-lira, (1981, p. 219)

En un poema las palabras son como su río, su materia por el cual su magia se traslada. Cada palabra es un paso que asoma un nuevo campo abierto, así como un instante. “Piedra de sol” es como un cauce que no escapa, está en sí mismo, mientras que “Esquemas para una oda tropical” es un poema que da la impresión de querer escapar y volar. El poema de Pellicer busca que las palabras creen eco hacia los cielos, al mismo tiempo que crean mitos, dioses y desastres naturales para que así puedan resonar como un grito en la profundidad de la existencia.

Entonces seré un grito, un solo grito claro que dirija en mi voz las propias voces y alce de monte a monte

la voz del mar que arrastra las ciudades. (1981, p. 220)