2. Los Siglos de Oro y “Piedra de sol”
2.4 San Juan de la Cruz y la soledad
La soledad empuja a deshacerse de ella misma. Este deseo permite establecer un encuentro con el “otro”, reencontrar un motivo que mantenga en este plano. El magnetismo provocado por otra persona es tal que cambiamos nuestra apariencia, nuestro pensamiento e inclusive nuestro des- tino. En “Piedra de sol” se enuncia:
todo se transfigura y es sagrado, es el centro del mundo cada cuarto, es la primera noche, el primer día, el mundo nace cuando dos se besan,
(Paz, 1995, p. 254)
La soledad y la comunión son parte de la dinámica de “Piedra de sol” porque el peregri- naje del poema es una búsqueda por esa unión (Sheridan, 2016). La soledad ha sido un impulso
Según Octavio Paz (1994c): “Góngora compara el discurso poético al transcurso de un río; pero el río corre entre
5
dos orillas mientas que el chorro verbal del poema fluye en el aire y en el aire desaparece. Es tiempo en su forma más pura” (p.577).
que tiene a la muerte como sombra, pero cuyo final puede ser la vida y la creación. Dos se besan y el destino se abre: un destino en el que dos comparten tiempo y espacio.
Lo anterior recuerda el interés de Paz por la relación de la poesía y la religión, como lo dice en “Poesía de soledad y poesía de comunión”, de 1943 (2014c); en ambas hay una soledad que lleva hacia el deseo del “otro”, hacia la comunión de palabras, sentidos y voces. En la reli- gión hay una intención de desaparecer el “yo” para la unificación con lo divino. La oración y la meditación son prácticas que en el ritual diluyen la identidad para establecer una conexión con el origen. Mientras en la poesía, el “yo” regresa al momento en el que los instintos gobiernan y la inocencia está más viva.
La unificación con lo divino y el regreso a la inocencia se deben a que la poesía y la reli- gión son la inmersión en la “experiencia de lo sagrado”, señala Paz en El arco y la lira (1972, p. 144). Y se observa que la mística es la búsqueda de la comunión entre lo divino y el hombre. Para Paz, es San Juan de la Cruz el poeta que representó esta unión, así como el deseo de la co- munión (2014c). Por otro lado, está Francisco de Quevedo (1580-1645), quien para Paz represen- tó la soledad del poeta por su moral y estoicismo. Quevedo es un poeta que aceptó que hay algo más grande que él. Pero en San Juan de la Cruz (1542-1591), esta aceptación va hacia el deseo de comunión. Enseguida, “Canción de gloria soberana”, de San Juan de la Cruz:
Unidme a Vos, Dios mío,
apartando de mí lo que esto impide, quitadme aqueste frío
que a vuestro amor despide,
(2013, p. 37)
Para Paz, San Juan de la Cruz es un poeta moderno porque es consciente de su inocencia, pero hasta ahí llega su revelación (2014c). Su poesía es una gran fuente para creyentes y para acercar a la mística, pero está delimitada por un genio que aceptó y abrazó algo superior a sí mismo: lo divino.
Lo absoluto, igual que la poesía mística, es incomprensible, es una experiencia que debe vivirse; si pudiera abarcarse con el pensamiento, dejaría de ser la totalidad, sería sólo otro pen- samiento. Pero lo que ha demostrado la mística es que, a pesar de que no es comprensible, es po- sible percibir la presencia del absoluto, en especial de noche, como en “Canta el alma que se huelga de conocer a Dios por fe”, de San Juan de la Cruz:
¡Que bien sé yo la fonte que emana y corre,
aunque es de noche!
(…)
Su origen no lo sé, pues no le tiene, mas sé que todo origen de ella viene,
aunque es de noche.
(2013, p. 28)
El origen del absoluto es desconocido, aun a pesar de que se esté ante su presencia, ya sea por el poema o por la oración en la celda del monasterio. Pero en “Piedra de sol”, no hay duda sobre el origen del absoluto; hay una presencia que es igual de absoluta, de la que también el
“yo” se disuelve y se pierde en el “otro”: “¡caer, volver, soñarme y que me sueñen / otros ojos futuros, otra vida, / otras nubes, morirme de otra muerte!” (Paz, 1995, p. 252).
La presencia que no está es la “otredad”; ésta es una ausencia que motiva el peregrinaje del poema para que fluya en su cauce por las corrientes caudalosas de otro sueño, de otro futuro, de otra vida y de otra muerte. Es preciso recuperar la imagen de río o agua que corre también en San Juan de la Cruz, en el mismo poema citado; arriba en “la fonte que emana y corre”, y abajo en: “Sé ser tan caudalosas sus corrientes, / que infiernos, cielos riegan, y las gentes, / aunque es
de noche” (2013, p. 29).
El caudal permite entender la imagen poética como una fuerza de la naturaleza. Puede ser tranquila o salvaje, pero no es posible detener el caudal por la fuerza, igual que la presencia del poema, el cuerpo está a merced de ella. También la imagen del cauce implica el movimiento constante entre verso y verso del poema que revela la presencia poética.
La soledad es una fuerza de la naturaleza que impulsa por sus corrientes a la búsqueda de lo que se desea, de lo que hace falta. Y al final, lo deseado puede ser divino y simple como un beso, pero ambos, dentro del poema, se convierten en vida y muerte, en la presencia absoluta que es el pan que alimenta: “Aquesta viva fuente que deseo, / en este pan de vida yo la veo, / aunque
es de noche.” (2013, p. 29).