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La oscuridad en “Canto a un dios mineral”

Jorge Cuesta (1903-1942) es una figura de gran importancia en la juventud de Octavio Paz; él le enseñó el relieve que tiene la crítica en la literatura, la cual no sólo es una reseña sino una “inte- ligencia” que amplía la visualización y el pensamiento de la obra. El arte no se comenta para eti- quetarlo y guardarlo, sino para reinterpretar y revelar el “ser” ante el arte.

Por el otro lado, Jorge Cuesta, junto con Xavier Villaurrutia (“Contemporáneos”, 1978), participaron como “padrinos” de una “ceremonia de iniciación” en la que Paz fue examinado por el grupo de Contemporáneos. Pero la iniciación más profunda fue cuando tuvieron su primera conversación en 1935 (Paz, 1994b); Cuesta habló de ésta en su ensayo “El clasicismo mexicano” (1934). En dicho escrito, Cuesta comenta el carácter universal y occidental de nuestra literatura. Esa conversación y ese ensayo fueron la chispa que despertó el interés de Paz por el pensamiento crítico, rasgo distintivo que marcaría toda su obra.

Otro elemento que comenta Paz de Cuesta en “Tránsito y permanencia” (1994b) es que tenía una preferencia por la “revelación” en la poesía, es decir, una predilección por ver una cla- ridad en los objetos, en lugar de una obscuridad predominante sobre los símbolos. Este gusto por la claridad tal vez proviene de su carrera profesional de químico. La ciencia tiene una marcada tendencia hacia la objetividad y claridad de los conceptos para entender la naturaleza. Por eso, el misterio y la oscuridad son elementos que le fascinan a la mente inquieta del científico. Él tiene la necesidad de revelar lo que está detrás de la existencia y de la naturaleza, mientras que el poe- ta crea mitos con las palabras. Paz también menciona en dicho ensayo que el fin de Cuesta se

debió a que la oscuridad le fascinaba, lo poseyó y lo destruyó. ¿Qué oscuridad? ¿Cuál fue la es- finge que nunca pudo descifrar? Tal vez su poesía pueda mostrar mayor claridad.

“Canto a un dios mineral”, escrito en 1938, es un poema extenso que tiene la particulari- dad de poseer una sustancia etérea. Su título confunde porque no es un canto a un mito divino, sino a un mito vivo en nuestro presente. El dios mineral implica cierta solidez, el cual al mismo tiempo se disipa durante el poema. El título del poema hace recordar el comentario del propio Cuesta sobre Orozco en “El materialismo de Orozco” (2005, p.553), cuando dice que no se refie- re a las creencias religiosas del pintor, sino a darle materialidad al elemento base de su arte; así también el poeta hace hincapié al sentido físico de la palabra.

La palabra canta y traspasa, no es un elemento que se pueda ver, pero es tan físico como una roca; mas la palabra puede llegar más hondo y formar ondas más grandes. En “Canto a un dios mineral” se lee: “La mirada a los aires se transporta, / pero es también vuelta hacia dentro, absorta / al ser a quien rechaza” (Cuesta, 2003, p. 78)

La materia dentro del poema se traspasa hacia el interior, la cual crea vida y muerte, acep- tación o rechazo. La vuelta hacia dentro no es sólo para admirar un paisaje interior, sino para en- contrarse con la cruda presencia de la soledad y de lo inesperado. Se supone que el tiempo debe de pasar, pero esta materia incorpórea altera la percepción del momento:

Capto la seña de una mano, y veo que hay una libertad en mi deseo; ni dura ni reposa;

como el agua la espuma prisionera de la masa ondulosa.

(Cuesta, 2003, p. 74)

El tiempo está contenido, es una tormenta llena de nubes a punto de soltar la inmensidad atrapada. ¿De qué estamos hechos? Nuestra forma nos contiene pero, ¿qué es lo que contiene? Aun en la soledad, el interior está lleno de esta materia que no cesa de crear una densidad. El poema de Cuesta dice: “Por dentro la ilusión no se rehace; / por dentro el ser sigue su ruina y yace / como si fuera nada.” (2003, p. 77).

La lucha transfigurada del interior es como un relato clásico que nos recuerda la ejecu- ción del minotauro y al laberinto es nuestro interior. El ser humano ha transfigurado lo que está dentro de él, le ha dado nombre, símbolo y sentido. Ha hecho ficción de lo que está en su inte- rior: “La transparencia a sí misma regresa, / y expulsa a la ficción, aunque no cesa; / pues la me- moria oprime” (2003, p. 77), dice el poema de Cuesta.

La ficción propia permanece por la memoria. Así como en “Piedra de sol”, “Canto a un dios mineral” no traza un paisaje exterior, sino que está dentro de sí. Canta a un espacio en el que el tiempo se detiene, y aunque exista lo que no perdura, la memoria hace que ello permanezca reguardado en los espacios recónditos del “ser”:

Cuevas innúmeras y endurecidas, vastos depósitos de breves vidas, guardan impenetrable

la materia sin luz y sin sonido… (Cuesta, 2003, p. 78)

“Piedra de sol” es un poema que conduce a un interior, un conjunto de instantes que la memoria resguarda como una galería de una mente. Las experiencias se mezclan, las imágenes del pasado se intercalan y la presencia de la mujer se hace plural. El poema es una oda a la com- plejidad del “ser”, mientras que el “Canto a un dios mineral” recuerda lo tangible del interior que resuena y se perturba ante el exterior. Por dentro, se puede ser como un estanque pacífico que duerme entre laureles y recibe la calidez de la luz del sol, mas cuando capta la “señal de una mano” o “a otra vida oye ser”, el estanque tiembla y resuena. La soledad, el deseo y el llamado demuestran que somos seres con vida que anhelan y se lanzan hacia una realidad tan compleja como la interior:

A otra vida oye ser, y en un instante la lejana se une al titubeante

latido de la entraña;

al instinto un amor llama a su objeto; y afuera en vano un porvenir completo la considera extraña.

La aventura es una apuesta que puede terminar en el rechazo. No hay ninguna certeza, ni ninguna posibilidad que no sea factible; es como una esfinge de mil significados que muchos es- tán dispuestos a ignorar, pero otros no tienen más remedio que lanzarse a la oscuridad. Unos lle- gan a puerto porque la luz se cristalizó en un ser, como un faro que alumbra a una embarcación sin estrellas. El tiempo asegura que existe sólo una eternidad, la muerte: “Oh, eternidad, la muer- te es la medida, / compás y azar de cada frágil vida” (Cuesta, 2003, p. 80).

La oscuridad es una soledad, pero también es la extrañeza del “otro”, la “otredad” tan presente en el poema de Paz; en Cuesta esta oscuridad se abre y puede abarcarlo todo. El poema es oscuro porque hace hincapié en la soledad y el rechazo; en lo tangible del interior demostró una gran sensibilidad. El poema dio luz a la debilidad que está presente en cada individuo, en el “yo” que casi nunca se atreve a “ser” por miedo al rechazo, a la negación y al silencio.

Ése es el fruto que del tiempo es dueño; en él la entraña su pavor, su sueño y su labor termina.

El sabor que destila la tiniebla

es el propio sentido, que otros puebla y el futuro domina.