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la elegancia, el honor, los mercados y el orden

Adolfo Gilly

los dos se lían a golpes, los otros jugadores los separan (o se arma un zafa- rrancho de aquellos para ira y regocijo de los espectadores), el árbitro expulsa a ambos y el juego continúa.

nada más que, como es bien sabido, el de blanco se llamaba zinedine zidane, nacido en Marsella hace treinta y cuatro años de padres inmigra- dos de la Kabilia argelina, el otro Marco Materazzi, de treinta y tres años de edad, defensor del equipo del Milan con fama de rudo, y el incidente se pro- dujo durante el partido final de la Copa del Mundo 2006, cuando apenas fal- taban diez minutos para que concluyera el tiempo complementario y, estan- do Francia e italia empatados uno a uno, se fueran a penales.

zidane, a quien en Francia llaman zizú, fue expulsado y, en efecto, la serie de penales dio a italia la victoria y el campeonato mundial del 2006. El gol francés lo había hecho zidane en el primer tiempo, casi al inicio, con un tiro penal estrellado contra la cara inferior del travesaño que tocó tierra atrás de la raya de gol, una carambola inatajable (un penal “a la Panenka”, lo lla- man en Francia). El gol italiano del empate lo había marcado Materazzi pocos minutos después. Como en una ópera clásica, los protagonistas de la trama que conduciría al dramático desenlace desde el acto primero apa- recían en el proscenio.

A la hora de los premios zidane no salió a recibir la medalla del vicecam- peonato ni el trofeo como mejor jugador del Mundial que el jurado le había otorgado. Entretanto los italianos y su público festejaban interminablemen- te la victoria y saludaban reverentes a su trofeo, la Copa de Oro.

Para completar el cuadro, este campeonato mundial del 2006 era también el retiro definitivo de zidane de los campos de juego, este partido final por la Copa era su último partido y, cuando apenas faltaban diez minutos, su carrera se cerraba con una tarjeta roja y una expulsión en lugar de la apo- teosis prometida.

La elegancia

A lo largo del Mundial, y sobre todo en vísperas del partido con italia por el título, zidane había sido llevado a las estrellas. Jugador de la Juventus de turín en la segunda mitad de los años noventa y del Real Madrid en los años recientes, considerado el sucesor de Pelé y de Maradona, Francia lo trataba como a un héroe nacional, heredero del grande de años atrás, Michel Platini. Héroe nacional un poco atípico, es verdad, pues sus rasgos físicos de kabil –entre los cuales entra la elegancia del porte- indican el reciente origen colonial de su linaje. Pero algo similar sucede con toda la selección francesa, donde la piel oscura y el manejo corporal de al menos

ocho de sus jugadores denota que sus ancestros eran oriundos de las ex colonias (para gran indignación del fascista Jean-Marie Le Pen, quien afir- ma que un equipo así no puede representar a Francia).

no importa. Ditirambo e hipérbole fueron la nota dominante en cualquiera de los ejercicios de estilo literario o periodístico que exaltaron en esos días la figura de zidane, “los arabescos” de sus juegos que durante doce años en la selección francesa “encantaron el césped de las canchas”.

“Es su invariable parquedad, tanto en la victoria como en la derrota, lo que más me impresiona”, declaraba el escritor inglés Percy Kemp en vísperas del último partido: “la sobriedad en la conducta de zidane cuando acaba de mandar la pelota al fondo de la red nos resulta preciosa” […] “zidane, más que a Francia, pertenece al fut- bol; más que del futbol, es patrimonio del género humano”.

Mathilde Monier, coreógrafa, declaraba:

“Con zidane, el nivel técnico se supera en modo tal que, sin duda, está directamente en una relación táctil con la pelota. Es elegante, zen, como si el mundo del futbol no le concerniera. Es el Fred Astaire del futbol. Su talento es total y su gracia inexplicable para la mirada de un bailarín. El ego desaparece tras el gesto absoluto, engagé. Esto viene de él mismo, no de lo que él representa. Esto viene del corazón”. […] “A diferencia de muchos jugadores, zidane no tiene la agresividad propia de este deporte. no trata de lograr goles sino armonía. Como en un partitura musical, da la nota precisa”.

“El hombre más cool del mundo”, escribía The New York Times. “El mejor jugador del mundo desde hace veinte años”, declaraba Marcelo Lippi, el entrenador del equipo italiano que luego sería campeón del mundo. En este delirio de superlativos que precedió al último partido de zidane (este “hombre discreto, poco locuaz, desconfiado”, con esa “aura de miste- rio, unida a su trayectoria excepcional, a su talento tan personal, donde la gracia cuenta más que la fuerza”, escribía Le Monde en la víspera de la final), aparecieron algunas voces, si no alternativas, al menos levemente disonantes. tal vez la más sutil fue la de una escritora, Geneviève Brisac, que según ella dice poco entiende de fútbol. En el periódico Libération del 9 de julio declaró:

“Siempre he sentido miedo por zidane. no por Platini, ni por

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Lizarazu, ni por Ronaldo. Pero por zidane, sí. Desde hace casi diez años me dura esta preocupación, diez años de adoración colectiva, diez años en los cuales el mismo número diez ha alcanzado un pres- tigio, una gloria inigualada, impreso en todas las playeras y todas las banderas, número diez héroe de los comedores y los patios de recreo de las escuelas. Me preocupa.”

“Mis amigos especialistas de futbol, en su lenguaje a menudo oscuro para los no profesionales, tratan de tranquilizarme. zidane es mayor de edad, y las muecas de dolor que me parece leer en su rostro, los relámpagos de asco que adivino en sus ojos verdes, ellos dicen que los invento. Él es el Dios de los franceses, su modelo, el hermano grande de los niños, de Marsella a Roubaix. un ícono de esta Francia que cambia y que gana. uno para todos, todos para uno: nuestro D´Artagnan.

“En cuanto a mí, pienso que las multitudes son veleidosas y que los calla- dos pueden ser buenos chivos emisarios. Lo que me hace temblar es el silencio de zinedine zidane. Ese silencio, que es llamado arrogancia y que yo encuentro elegante. La elegancia siempre ha sido peligrosa.

“Cállate, nunca entendiste nada de futbol, me dicen mis amigos especialistas del juego. yo seco los vasos durante las pausas, tengo mucho que hacer como para ponerme a discutir”. (Decía la canción de Edit Piaf: “Moi j’essuie les verres au fond du café / J’ai bien trop

à faire pour pouvoir rêver”)

Esta pieza de ironía melancólica, en la víspera misma del Gran Juego, quedó semioculta y solitaria tras el Gran Coro del Ditirambo, en el cual Le

Monde, ese ilustre periódico conservador con discreto atuendo liberal e ilu-

minista, ocupó un lugar inusitado dado su apego a la expresión decorosa: “Está en todas partes”, escribía Eric Collier en el artículo de fondo de ese domingo 9 de julio, sobre un inmenso perfil de zidane en toda la primera página de la sección deportiva: “En las risas de los niños, en el corazón de las mujeres, en los sueños de los hombres. Está en las páginas de publicidad y en las primeras páginas de los periódicos franceses, por supuesto, pero también italianos, estadounidenses, chinos, todos los cua- les cantan sus glorias”. En vísperas de su partida, “la gran escena de los adioses se desenvuelve en torno suyo en todas partes. todavía no nos ha dejado y ya aparece la nostalgia: nos faltarán sus elegancias, sus pasos de baile y su sutileza de hombre y de futbolista, también su humildad y su delicadeza”.

El honor

Llegó el domingo 9 de julio en Berlín, Alemania. En los noventa minutos reglamentarios del Gran Juego, además de anotar un penal de fantasía, como dibujado en una verde mesa de billar, zidane hizo todos los juegos malabares que una pelota permite: la sacó intacta pegada a su empeine de entre tres defensas; la ablandó con un pie y la hizo aparecer detrás del otro; la escondió entre sus piernas y la lateral y de golpe la lanzó al otro extre- mo a caer sobre el pie de un compañero que venía a la carrera; la tomó de cabeza entre dos defensas a una altura inverosímil para proyectarla como bala sobre un arco donde Buffon, el portero italiano, voló como ave de presa y alcanzó a desviarla con una mano en la que fue la mejor atajada del torneo (y el Cabezazo-Otro de zidane en ese juego); soportó y eludió hasta donde pudo patadas, empujones, zancadillas, codazos, agarradas, insultos por lo bajo y por lo alto que son la ración ineludible de los grandes, Maradona, Pelé o zidane, en las copas mundiales, sobre todo si se enfren- tan con el juego cerrado, “cínico” según ellos mismos, de los italianos. no es difícil imaginar cómo puede haber ido subiendo la tensión interior durante esos noventa minutos jugados entre extrema destreza desde aden- tro y extrema rudeza desde afuera. Si a esto se agrega que el partido ter- mina en empate y el destino se decide en la media hora adicional de un largo y tenso torneo mundial y que de él, zidane, se espera todo o casi todo, tendremos una imagen más real del costo anímico que puede impo- ner a alguno el que los demás, por claros o turbios motivos, anden creyén- dolo, creándolo o declarándolo, fuera de la leyenda y en este mundo real, único héroe a la altura del arte.

Entonces, cuando faltaban diez minutos para que todo terminara, zidane dio media vuelta y tumbó a Materazzi de un cabezazo en el pecho: tarjeta roja, expulsión, final de una carrera en los vestuarios y no en la gran esce- na del estadio. qué había pasado, tal vez con precisión nunca se sepa y tampoco es demasiado importante.

Según zidane, en su conferencia de prensa por televisión tres días más tarde –ese 12 de julio a las ocho de la noche uno caminaba por las calles de París y veía a la gente parada en las puertas de los cafés para escuchar las explicaciones de zidane-, Materazzi “dijo palabras muy duras, palabras más duras que los gestos, palabras que me herían en lo más profundo y que se referían a mi madre y mi hermana”. Pero no precisó cuáles palabras, pues decirlas en público es repetir la ofensa y, al mismo tiempo, sacarla del misterio y volverla trivial, como cualquier insulto en un partido entre profe- sionales del deporte. Aceptó “ofrecer disculpas a los niños” por el mal ejem-

plo de su gesto “imperdonable”. Pero, agregó, “no me arrepiento de nada”. (“Non, je ne regrette rien”, como dice el refrán de otra canción inolvidable de Edith Piaf). “nunca hay que dejarse pisotear”, dijo también a los niños. Esa noche Canal Plus registró su record histórico de audiencia: entre las 19:45 y las 20 horas, el programa tuvo 3.8 millones de espectadores y monopolizó un 25 por ciento del total de televidentes.

Para entonces, Marco Materazzi, el malo de esta película, ya había dado en italia su versión a la Gazzetta dello Sport: “Lo retuve por la casaca sólo algunos segundos. Se volvió hacia mí, me habló burlándose, me miró de arriba abajo con suprema arrogancia y me dijo: ‘Si de veras quieres mi casaca, después te la regalo’. Sí, es verdad, le contesté con un insulto”. Pero tampoco dijo las palabras precisas, salvo que nunca había menciona- do a la madre. “Siempre admiré a zidane. Era mi héroe”, agregó.

Entonces, insultos hubo. En qué idioma, francés o italiano, es cuestión per- tinente para saber cómo sonaron esas palabras que no conocemos. Fue por supuesto en italiano, porque para bien insultar hay que hacerlo en la propia lengua y hasta en el habla del barrio propio; y además porque zidane, habiendo jugado cinco años en italia, sin duda habla y entiende bien el italiano; y, siendo futbolista, sabe medir el peso y la densidad de cada uno de sus vocablos y la frecuencia de los insultos entre jugadores que es la rutina de cada partido. Según el tono y la ocasión, “vaffanculo” puede querer decir tantas cosas diferentes como matices tiene la voz humana, más todavía si el acento viene del barrio. ¿Cómo explicarlo con una simple repetición del contenido?

Ahora bien, las dos versiones, por cuanto parcas, resultan coincidentes. Materazzi lo retuvo a la mala, tal vez por enésima ocasión. zidane volteó y lo humilló ferozmente con una mirada, un gesto y una frase arrogante, para el otro más dolorosa que un insulto: “Si de veras quieres mi casaca, des- pués te la regalo”. Dicho lo cual le dio la espalda y siguió su camino. ¿qué podía hacer el otro? Herido en su orgullo por su héroe, con el cual se habían hostigado durante ciento diez minutos, respondió con el único pobre recurso que su situación le sugería: irle atrás, diciéndole groserías, no importa cuáles porque da lo mismo. Sintiendo que su paciencia estaba col- mada, que su tensión interna lo iba a hacer estallar o que ya le habían lle- nado los zapatos de piedritas, zinedine zidane, en lugar de liarse a puñe- tazos como se hace en el barrio, sacó de su repertorio el gesto más teatral para el gran escenario y sus muchos millones de espectadores: un cabe- zazo en pleno pecho, un puño crispado y una mirada aquilina sobre el que iba cayendo. El árbitro de camisa roja alzando una tarjeta roja en su mano derecha y señalando con el índice de su brazo izquierdo extendido la direc-

ción de los vestuarios, parecía un final de ópera preparado y muchas veces ensayado para el Mundial de 2006 y para la carrera de zidane.

El debate

El primer comentario que los telespectadores escuchamos en Francia fue una exclamación del locutor: “!Oh, no zinedine, no zinedine, eso no!”, dicha desde Berlin en tono dolorido y plañidero. En ese mismo instante, a este espectador le brotó una diferente: “¡’ta madre, qué cabezazo le metió!”, que denotaba sorpresa y regocijo ante el inesperado giro del Gran Juego. Me atrevo a pensar que entre ambos extremos oscilaron en ese momento todas las reacciones, desde las oficiales y circunspectas hasta las popula- res, admirativas, iracundas o divertidas según el gusto, el ánimo, la nación o el color de cada uno.

La primera reacción de la prensa fue negativa: una acción “imperdonable”, como el mismo zidane diría después, casi un sacrilegio. Al segundo día comenzó un viraje: atenuantes para zidane; dudas en Francia sobre “el papel oscuro” de Materazzi, conocido desde siempre como un violento; y gestos de comprensión, perdón y consuelo por parte del presidente Jacques Chirac, francés, y del presidente Abdelaziz Bouteflika, argelino. La carta de éste al futbolista merece mención:

“Aunque la voz de la razón y la del respeto de las reglas deportivas nos hace tomar nota de la tarjeta roja, le hacemos llegar por otra parte la expresión de nuestra comprensión y, al mismo tiempo, la de nues- tra invariable estima y nuestra admiración. […] Frente a algo que sólo puede haber sido una gran agresión, usted reaccionó ante todo como hombre de honor, antes de sufrir el veredicto sin parpadear”.

El presidente Bouteflika hizo pública esta carta el martes, después de que el lunes la prensa de Argel se había expresado en tono crítico moderado. Pero el corresponsal de Le Monde registró en las calles una reacción inme- diata favorable a zidane en la noche misma del domingo: “Es una cuestión de nif, de honor. Cualquiera habría hecho lo mismo si alguien insulta a su madre o a su hermana”. A esta voz de la calle se acomodó la prensa arge- lina: “muchos, al menos en Argelia, habrán lamentado que zidane haya centrado su cabezazo en el pecho de Materazzi; habría debido hacerlo unos cuantos centímetros más arriba, en plena cara” (no era tan sencillo, anotemos, pues el otro mide casi dos metros de altura). uno de los perió- dicos en árabe vio en la acción de zidane una expresión de orgullo por “sus

raíces argelinas y musulmanas”. Así, pues, presidente y prensa corrigieron su línea moralista y se acomodaron según la reacción de la calle.

En Francia todo fue más retórico, pero también la calle y los cafés dieron el tono a los letrados. Como anotó después The Times de Londres, zidane, aunque nunca se excusó de su acción, “sigue siendo un héroe para los filó- sofos y los fans”. Comenzó así, a partir del martes 11, el episodio siguien- te, el regreso del panegírico. Vale la pena registrarlo.

François Weyergans escribió ese martes en Le Monde que, en el momen- to de la tarjeta roja, fue visible “una especie de pulsión autodestructiva ante la cual me inclino con respeto”. El mismo día, en Libération, Pierre Marcelle apuntaba:

“En ese preciso instante del impacto del cráneo del divino calvo sobre el tórax transalpino, nos recorrió un escalofrío delicioso, pro- longado por la infinitamente telegénica caída del agredido. La caída del ángel tampoco estuvo mal. Desde ese mismo segundo, el hom- bre cuya beatificación galopaba más veloz que la de Wojtila, esca- paba a su destino de patrimonio viviente de la humanidad futbolísti- ca. […] Su trasgresión suicida, al derribar su propio ídolo, proclamó a su modo que Dios no existe”.

Boris Cyrulnik, psiquiatra, psicoanalista y prolífico autor, sostuvo en Le

Nouvel Observateur (13 julio 2006) que la pasión colectiva por zidane safis-

face la necesidad de los pueblos de tener “héroes de los tiempos de paz”, diferentes de los “héroes de los tiempos de guerra, adulados porque con su grandeza reparan la humillación colectiva, predestinados al sacrificio”. Los héroes de los tiempos de paz, continúa, “cumplen también una función de reparación narcisista: sus hazañas o su generosidad, con las cuales nos identificamos, se derraman sobre nosotros. Estos héroes no están destina- dos a un fin trágico, aunque se los sacrifica un poco. zidane, al cerrar su carrera con un cabezazo, representa un pequeño sacrificio. Muere un poco. ya está, terminó su carrera de semidios, desciende del Parnaso y vuelve a convertirse en humano. Pero seguiremos amándolo porque nos ofreció un ritual magnífico en el cual todos hemos amado, vibrado, temblado, espera- do, llorado juntos”.

En L´Equipe, Makis Chamalidis, psicólogo deportivo en tenis y futbol, en una entrevista ese mismo 13 de julio da unas curiosas respuestas propias de su oficio, no sin comentar de paso que había cierta “puesta en escena” en torno al tema. “¿Cuál fue el mensaje de zidane?”, pregunta el periodis- ta. Responde el psicólogo: “no soy un dios. Soy tan frágil como cualquiera.

Por otra parte, hay cierto narcisismo en su explicación del tiro penal a la Panenka. quería dejar una huella. Es un personaje de mitología, como Aquiles o Héctor, que buscaban la inmortalidad. Prefiere una vida más corta pero intensa antes que una vida más larga y más carente de sentido.” […]