ca los cuerpos y las luchas reales de las mujeres. Por ejemplo, es imposible leer una sola página de Catharine MacKinnon sin encontrar alguna referen- cia a un tema concreto ligado a un cambio jurídico o institucional. Si uno no está de acuerdo con sus propuestas –y muchas feministas no lo están–, los textos nos desafían a que busquemos otro modo de lidiar con algunos de los problemas que la autora propone, siempre de manera realista.
En algunos casos, las feministas no están de acuerdo sobre qué es lo que marcha mal, o sobre qué es necesario hacer para que las cosas marchen mejor; pero todas ellas están de acuerdo en un punto, a saber: que con fre- cuencia las circunstancias de las mujeres son injustas, y que es imperioso que las leyes y la acción política hagan algo para remediar esa injusticia. MacKinnon piensa que la subordinación y la jerarquía son fenómenos endé- micos de nuestra cultura, pero también ha puesto mucho empeño en la posi- bilidad de lograr cambios legislativos en las leyes de violación, acoso sexual y en la legislación internacional sobre derechos humanos; incluso demuestra un cauteloso optimismo sobre estas posibilidades. también nancy Chodorow –quien en su libro The Reproduction of Mothering pinta un panorama som- brío sobre la reproducción de las categorías opresivas de género en la crian- za de los niños– argumenta que esta situación podría cambiar. Si los hom- bres y las mujeres observaran las desastrosas consecuencias de sus com- portamientos habituales, dice, tal vez podrían decidir hacer las cosas de manera diferente y, por cierto, los cambios legislativos e institucionales serí- an de gran ayuda para que se lograran cambios importantes.
Este tipo de teoría feminista aún se practica en muchas partes del mundo. En la india, por ejemplo, las feministas académicas se han lanzado hacia luchas concretas, de modo que su modo de teorizar está estrechamente relaciona- do con compromisos como la alfabetización de las mujeres, la reforma de las leyes agrarias desiguales, o cambios en la ley de violación (todavía hoy en la india enarbolan las mismas banderas que levantaron los miembros de la pri- mera generación de feministas norteamericanas), y se esfuerzan por lograr el reconocimiento social de los problemas del acoso sexual y la violencia doméstica. Esas feministas saben que viven insertas en una realidad feroz- mente injusta, y día a día se enfrentan con esos problemas, tanto en sus tra- bajos teóricos como en sus actividades extraacadémicas.
Sin embargo, desde hace un tiempo las cosas están cambiando en los EE.uu. Se puede observar una tendencia nueva y harto preocupante. no se trata simplemente de que el feminismo preste poca atención a las luchas de
las mujeres fuera de los EEuu (esta fue ya una característica poco alenta- dora, incluso, en los mejores trabajos del periodo inicial). En la academia nor- teamericana hay algo todavía más pérfido que el provincianismo. Se trata de un viraje casi completo desde las condiciones materiales de la vida hacia una política de tipo verbal y simbólica, que tiene una conexión débil con la situa- ción real de las mujeres reales.
Las pensadoras feministas que lucen este nuevo estilo simbólico parecen creer que la forma de hacer política feminista es usar las palabras de una manera subversiva en publicaciones académicas caracterizadas por una ele- vada oscuridad y un grado de abstracción arrogante. Creen que estos gestos simbólicos son, en sí mismos, una forma de resistencia política, y que no hace falta mezclarse con cosas tan desagradables como las legislaturas o los movimientos sociales para actuar de manera contundente. Aún más, este nuevo feminismo instruye a sus miembros en esa jerga, sugiriendo que hay muy pocas posibilidades para el cambio social a gran escala, e incluso, acaso, ninguna posibilidad. todas seríamos, en mayor o menor medida, pri- sioneras de las estructuras de poder que han definido nuestra identidad como mujeres; jamás podremos cambiarlas de un modo más o menos significativo, nunca lograremos escapar de ellas. Sólo podríamos encontrar espacios den- tro de las estructuras de poder para remedarlos, para burlarnos de ellos, para transgredirlos lingüísticamente. De modo que la política verbal simbólica se presenta, al mismo tiempo, como un modo de política real y como la única política real posible.
Estos movimientos son deudores de la reciente explosión del movimiento postmoderno francés. Muchas feministas jóvenes –sean cuales fueren sus conexiones concretas con algún que otro pensador francés– han recibido la influencia de una idea típicamente francesa: el intelectual hace política cuan- do habla de una manera provocativa, y este, y no otro, sería el modo de acción política significativa. Para bien o para mal, muchas de ellas toman de los escritos de Michel Foucault la idea fatalista de que somos prisioneras de una estructura de poder omnipresente, y que los movimientos que proponen reformas concretas son, por lo general, funcionales al poder o a formas de poder nuevas y solapadas. Estas pensadoras, por lo tanto, comparten la idea de que las feministas intelectuales todavía pueden hacer un uso subversivo de las palabras. Dado que ya se no esperan cambios mayores y duraderos, el modo de practicar la resistencia es reconstruir las categorías verbales, al margen de los sujetos que han sido constituidos por dichas categorías.
La feminista norteamericana que mayor influencia ha tenido en este tipo de desarrollos intelectuales ha sido Judith Butler. Para muchas académicas jóvenes, Judith Butler es la definición misma del feminismo. Butler tuvo una formación filosófica, y con frecuencia se la considera la más grande pensa- dora en temas de género, poder y cuerpo, aunque quienes así la juzgan son mayormente teóricos literarios, y no los filósofos profesionales. Si bien nos preguntamos qué ha sido de la política feminista al viejo estilo y de las reali- dades materiales con las cuales esa política estaba comprometida, es nece- sario que nos detengamos a analizar la obra y la influencia de Butler, exami- nando los argumentos que han logrado que tantas feministas adopten una posición muy similar a una especie de quietismo y retirada.
ii.
Es difícil captar las ideas de Butler, porque es complicado encontrarlas. Butler es una persona muy inteligente. En las discusiones públicas demuestra que es capaz de hablar claramente y capta muy rápidamente lo que otros le dicen. Sin embargo, el estilo de su escritura es tedioso y oscuro. Está lleno de alusiones a otros pensadores pertenecientes a tradiciones teóricas de un amplísimo espectro. Además de Foucault y recientemente Freud, el trabajo de Butler se apoya fundamentalmente en el pensamiento de Louis Althusser, en la teórica francesa lesbiana Monique Wittin, en el antropólogo norteame- ricano Gayle Ruben, en Jacques Lacan, en J. L. Austin y en el filósofo del len- guaje norteamericano Saul Kripke. Lo mínimo que cabe decir es que las figu- ras de todo este variado repertorio no siempre son congruentes entre sí, de modo que un problema inicial que presenta la lectura de Butler es la estupe- facción derivada de que sus argumentos apelan a demasiados conceptos y doctrinas heteróclitamente inconsistentes, sin que resulte posible encontrar explicación o aclaración alguna sobre la posible manera de evitar unas con- tradicciones que resultan evidentes.
Otro problema es el estilo informal que Butler utiliza para referirse a esos autores. Las ideas de los pensadores citados nunca se describen con el deta- lle suficiente para el no iniciado (si alguien no está familiarizado con el con- cepto althusseriano de “interpelación”, terminará perdido en muchos de los capítulos); pero tampoco explica con precisión a los iniciados de qué modo hay que entender sus complejas ideas. Por supuesto que muchos escritos académicos tienen un estilo alusivo, de una u otra manera, porque presumen el conocimiento previo de ciertas doctrinas y posiciones. Pero en las dos
grandes tradiciones filosóficas –en la continental y en la anglosajona–, cuan- do un académico escribe para una audiencia de especialistas, reconoce que las figuras que menciona son complicadas y pueden ser interpretadas de diferentes maneras. Por eso se asume sin tardanza la responsabilidad de adherir a una determinada interpretación, entre otras que compiten con ella, y argumentar por qué se hace y por qué la interpretación propuesta es mejor. nada similar se encuentra en los escritos de Butler. Simplemente no se con- sideran otras interpretaciones, incluso cuando realiza disquisiciones muy dis- cutibles –sobre Foucault y Freud, por ejemplo– que no serían aceptadas por muchos especialistas. nos es posible concluir, entonces, que el modo alusi- vo de sus escritos no soportaría el debate de una audiencia de especialistas, ansiosa por discutir los detalles de una posición académica esotérica. Sus escritos son demasiado endebles para satisfacer a un público de ese tipo. y también es evidente que sus escritos no están dirigidos a un público no aca- démico dispuesto a enfrentarse con las injusticias actuales, porque ese tipo de público terminaría confundido con el espeso caldo de la prosa de Butler, con su aire de complicidad grupal y con la hiperbólica tasa de citas onomás- ticas de sus elucubraciones.
Entonces, ¿a quién le habla Butler? Pareciera que se dirige a un grupo de feministas académicas jóvenes, que no son estudiantes de filosofía, pero que se preocupan por lo que han dicho realmente Althusser, Freud y Kripke; aun- que tampoco son forasteras que demuestren un interés en recibir información certera sobre la naturaleza de los proyectos o en ser convencidas de que los mismos son dignos de tener en cuenta. Su audiencia, podríamos imaginar, es extraordinariamente dócil. Es un público servil ante la voz oracular de los tex- tos de Butler, un público fascinado por su pátina de alta abstracción concep- tual; el lector imaginario es muy poco escrutador, y no exige argumentos ni definiciones claras de los términos.
Pero lo más raro es que ese lector implícito no se preocupa demasiado por saber cuáles son las posiciones finales de Butler sobre muchos temas; por- que gran parte de las frases contenidas en los libros de Butler –especial- mente las que están cerca del final de los capítulos– son preguntas. Algunas veces, la respuesta que se espera ante la cuestión planteada es evidente. Pero en otras ocasiones las cosas permanecen mucho más imprecisas. Muchas de las frases no interrogativas comienzan con un “se considera…”, o “se podría sugerir…”, de manera que Butler nunca termina de decirle al lec- tor si ella está de acuerdo con el punto de vista que está describiendo. Las
herramientas de su actividad son la mistificación y la jerarquía, una mistifica- ción que elude toda crítica puesto que hace muy pocas propuestas claras y definidas.
tomemos dos ejemplos muy representativos:
“¿qué significado tendría, para la agencia de un sujeto, presuponer su pro- pia subordinación? La acción de presuponer, ¿es igual a la de reinstalar el poder, o existe una discontinuidad entre el poder presupuesto y el poder reinstalado? Consideremos que en todo acto en el cual un sujeto reproduce las condiciones de su propia subordinación este sujeto ejemplifica una vul- nerabilidad temporal que pertenece a esas condiciones; y más específica- mente, la vulnerabilidad proviene de las exigencias de renovación de tales situaciones.”
y:
“Estas cuestiones no podrán ser resueltas aquí, pero indican una dirección del pensamiento que quizás sea anterior a las cuestiones de la consciencia, esto es, a los problemas que preocupaban a Spinoza, nietzsche y reciente- mente a Giorgio Agamben. ¿Cómo debemos entender el deseo, considerado como un deseo constitutivo? Si la consciencia y la interpelación se reinter- pretan de esa manera, entonces podríamos añadir otra pregunta: ¿de qué manera ese deseo resulta explotado no sólo por la ley en singular, sino por todo tipo de leyes, de leyes de tal cariz que tengamos que rendirnos a la sub- ordinación en pos de mantener algún sentido de 'existencia' social?” ¿Por qué esa opción butleriana por un estilo literario escurril y exasperante? Por supuesto que su estilo no es absolutamente novedoso. En algunos ámbi- tos de la tradición filosófica continental –aunque de ninguna manera en el grueso de esa tradición– existe una desafortunada tendencia a considerar que el filósofo no es un argumentador entre pares, sino una estrella que fas- cina, y con frecuencia a causa de su hermetismo. Cuando las ideas se expo- nen de manera clara, finalmente siempre pueden ser separadas de su autor: se las puede tomar y desarrollar como si fueran propias. Pero cuando son misteriosas (es decir, cuando no se afirman de modo decidido), todo depen- de de la autoridad original. Se aprecia a un pensador porque tiene un caris- ma grandilocuente, y logra que permanezcamos en suspenso, ansiosos ante la próxima entrega. ¿qué quiere decir Butler cuando afirma que sigue “la dirección del pensamiento”? ¿qué significado tiene, para la agencia de un sujeto, presuponer su propia subordinación? ¡que lo diga, por favor! Hasta donde puedo ver, no hay ni habrá ninguna respuesta a esta cuestión. Da la
impresión de que se trata de una mente con una capacidad computacional tan honda, que le fuera imposible expresar algo claramente: no queda sino esperar con ansia que su profundidad finalmente acierte con la claridad. De esta manera, la oscuridad crea un halo de importancia. Pero también sirve para otro propósito que está relacionado. intimida al lector y lo induce a con- ceder que, puesto que no alcanza entender de qué se trata, tiene que haber algo significativo, algún vericueto del pensamiento. Pero, de hecho, sólo son nociones familiares e incluso repetidas, usadas de una manera muy simple y casual, a fin de sumar una nueva dimensión al pensamiento. Cuando los amendrentados lectores de los textos de Butler sean capaces de atreverse a pensar así, descubrirán que las ideas contenidas en sus textos son escasas. Si se tradujeran las ideas de Butler a un lenguaje claro y conciso, sería posi- ble descubrir que, si no van acompañadas con un gran número de distincio- nes y argumentos y adiciones, no llegan demasiado lejos ni son especial- mente nuevas. La oscuridad llena el vacío que queda, dada la ausencia de un pensamiento verdaderamente profundo y bien argumentado.
El año pasado Butler ganó el primer premio en el Concurso de los Peores Escritos, organizado por la Revista Philosophy and Literature, premio que le valió la siguiente frase:
“Pasar de una descripción estructuralista, en la cual se entiende que el capi- tal estructura las relaciones sociales de un modo relativamente homogéneo, a modos de considerar la hegemonía, en los cuales las relaciones de poder están sujetas a repetición, convergencia y rearticulación, permite introducir la temporalidad cuando se piensa el concepto de estructura, y marca una deri- va que va desde una teoría de tipo althusseriano, que toma las totalidades estructurales como objetos teóricos, hasta una teoría, en la cual la idea de una posibilidad contingente de la estructura inaugura una renovación de la cuestión de la hegemonía, anclada en los lugares y estrategias contingentes de la rearticulación del poder.”
Por cierto, Butler bien podría haber escrito lo siguiente: “las visiones marxis- tas, centradas en el capital como la fuerza central que estructura las relacio- nes sociales, describe el accionar de esa fuerza como uniforme en cualquier lugar. En contraste, la visión althusseriana, centrada en el poder, cree que el accionar de esa fuerza es multiforme y cambiante a través del tiempo.” Pero ella prefiere la verborrea que consume mucho esfuerzo del lector que esté dispuesto a descifrarla, dejándole exánime y sin energía en punto a evaluar la verdad de las afirmaciones. Al anunciar el Premio, el editor de la revista
observó que “es probablemente ansiedad que provoca la oscuridad de sus escritos lo que llevó al Profesor Warren Hedges, de la universidad del Sur de Oregón, a alabar a Butler como 'posiblemente una de las diez personas más inteligentes del planeta'”. (Dicho sea de pasada, esa pésima forma de escri- bir no es, de ningún modo, ubicua en el grupo de la “teoría no convencional” en el que se sitúa Butler. David Halperin, por ejemplo, escribe con claridad filosófica y precisión histórica sobre las relaciones entre Foucault y Kant, o sobre la homosexualidad griega.)
Butler se ha ganado prestigio en el mundo literario por ser filósofa, y muchos de sus admiradores asocian su modo de escribir con la profundidad filosófi- ca. Pero sería útil preguntarnos si realmente está inserta en alguna tradición filosófica, o si pertenece a las tradiciones conectadas pero antagonistas de la sofística y la retórica. Desde Sócrates, siempre se ha hecho una distinción entre el oficio de la filosofía y el de la sofística y la retórica. La filosofía es un discurso entre iguales que intercambian argumentos y contraargumentos, sin recurrir a la prestidigitación obscurantista. En este sentido, dice Sócrates, la filosofía muestra un respeto por el alma, mientras que los métodos manipu- ladores de los otros sólo muestran falta de respeto. una tarde, francamente agobiada con Butler, me sumergí en el borrador de un trabajo de disertación de un estudiante que exponía la posición de Hume respecto de la identidad personal. De repente, mi espíritu revivió y pensé con cierto placer y un poqui- to de orgullo: ¡vaya si escribe claro! ¡y Hume!, qué espíritu claro y gracioso: que forma tan amable de respetar la inteligencia de sus lectores, aún a costa de exponer sus propias incertidumbres.
iii.
La idea principal de Butler –que introdujo por vez primera en Gender Trouble, en 1989, y repitió a lo largo de sus libros– es que el género es un artificio social. nuestras ideas sobre lo que son los hombres y las mujeres no refle- jan algo que exista ahí fuera, en la naturaleza. Por el contrario, derivan de usos insertos en las relaciones sociales de poder.
Esta noción, por supuesto, no es nueva. La desnaturalización del género ya estuvo presente en Platón; John Stuart Mill le dio un gran impulso a esa idea cuando, en The Subjection of Women, afirmó que “lo que ahora llamamos la naturaleza de las mujeres es algo eminentemente artificial.” Mill sabía que las consignas sobre “la naturaleza de las mujeres” derivaban y recibían soporte de las jerarquías de poder: lo femenino es cualquier cosa que pueda servir
para sujetarlas o, con sus propias palabras, “esclavizar sus mentes.” Dentro de la familia y del régimen feudal, la retórica de la “naturaleza en sí misma” sirve a la causa de la esclavitud. “La sujeción de las mujeres por parte de los hombres es una práctica universal, y todo lo que se aleje de ello de inmedia- to se presenta como lo anti-natural… Pero, ¿es que alguna vez hubo una dominación que no pareciera natural ante los ojos de los dominadores? y no podemos decir que Mill haya sido el primer constructivista social. ideas parecidas sobre la ira, la codicia y la envidia, y sobre otras características