• No se han encontrado resultados

o qué se puede aprender políticamente del uso incongruo de una metáfora

conceptual. (Fragmento)

Por Antoni Domènech, Universidad de Barcelona

E

1. La rebelión de las masas,

Madrid, El Arquero, pág. 33. que Ortega es completa- mente consciente del des- crédito en que los doctrina- rios han caído en la opinión pública intelectual francesa de la época queda subraya- do por su admisión de que, recordarlos, puede parecer una "impertinencia".

72

su desdén por “este grupo de doctrinarios”. ¿tenía, pues, derecho el lector francés de 1937 a esperar de Ortega una reviviscencia tardoliberal de la doctrina véteroliberal de las clases y la lucha de clases? Sí, pero no.

El núcleo de La rebelión de las masas (1929) –sin dispu- ta el ensayo español del siglo XX más célebre en todo el mundo– estaba ya contenido en el ensayo (de 1921) sobre la España inver-

tebrada. En él había desarrollado el filósofo madrileño su dialéctica de la

ejemplaridad y la docilidad. Para que una sociedad cualquiera funcione, es menester la presencia eficaz de un mecanismo, conforme al cual una mino- ría selecta se hace respetar por su ejemplaridad, y en consecuencia, manda sobre una mayoría que, admirada del ejemplo, se presta a una obediencia franca, con sumisa docilidad. ya allí Ortega había advertido contra

“una tosca sociología, nacida por generación espontánea y que desde hace mucho domina las opiniones circulantes, tergiversa estos con- ceptos de masa y minoría selecta, entendiendo por aquella el conjun- to de las clases económicamente inferiores, la plebe, y por esta las clases más elevadas socialmente.”

Ortega se apresura a corregir, matizándola, tamaña tosquedad sociológica: “En toda clase, en todo grupo que no padezcan graves anomalías, existe siempre una masa vulgar y una minoría sobresaliente. Claro es

que dentro de una sociedad saludable, las clases superiores, si lo son verdaderamente, contarán con una minoría más nutrida y más selec- ta que las clases inferiores. Pero esto no quiere decir que falte en

aquellas la masa. Precisamente lo que acarrea la decadencia social es que las clases próceres han degenerado y se han convertido casi ínte- gramente en clase vulgar.”2

Leída hoy, la España invertebrada puede resultar un libro hasta simpático, por- que se adivina que Ortega, no pretendiendo sino “un ensayo de ensayo inofensivo”, ha armado, con temas y motivos procedentes sobre todo de la sociología elitista de Max Scheler –y con excursiones históricas más o menos caprichosas–, un brillante, y a trechos, deslumbrante ataque contra la poca ejemplaridad de las “clases próceres” que en la historia de España han sido:

“Analícense las fuerzas diversas que actuaban en la política española durante todas esas centurias, y se advertirá claramente su atroz particu-

2. España invertebrada, Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente, 1967, pág. 127. (El énfasis añadi- do es mío, A.D.)

73

larismo. Em pezando por la Monarquía y siguiendo por la iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo (…): Monarquía e iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verda- deramente nacionales; han fomentado, generación tras

generación, una selección inversa en la raza española.

Sería curioso y científicamente fecundo hacer una his-

toria de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en la elección de las personas. Ella mostraría la increíble perversión de valo- raciones que los ha llevado casi indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables.”3

Parecida simpatía despertará tal vez hoy el Ortega decantado de súbito al republicanismo. que Ortega se desencantara –y se desdecantara– muy pronto de la ii República española (“República de trabajadores”) no es, sin embargo, sorprendente, habida cuenta de su conocido discurso en la funda- ción misma de la Liga para el Servicio de la República (1931), tan caracte- rístico del autor de La rebelión de las masas:

“La gran desdicha de la historia española ha sido la carencia de mino- rías egregias y el imperio imperturbado de las masas. Por lo mismo, de hoy en adelante, un imperativo debiera gobernar los espíritus y orientar las voluntades: el imperativo de selección.”

La rebelión de las masas de 1929, lo mismo que el discurso de 1931, hacen recordar de pronto que la España invertebrada no era sólo un ataque a las pervertidas clases próceres españolas, responsables de una “selección inversa de la raza española”, sino asimismo –y acaso sobre todo– una requi- sitoria contra un pueblo “mortalmente enfermo”:

“Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofobia u odio a los mejores.”4

Huelga decir que La rebelión de las masas está llena de cautelas también contra cualquier “sociología tosca” que identificara directamente a las masas y a las minorías selectas con clases sociales realmente existentes:

“Por ‘masa’ no se entiende especialmente al obrero; no designa aquí

3. España invertebrada, op. cit., págs. 68-69. (El énfasis añadido es mío, A.D.) 4. España invertebrada, op., cit., pág. 135.

74

una clase social, sino una clase o modo de ser hombre que se da hoy en todas las clases sociales, que por lo mismo representa a nuestro tiempo, sobre el cual pre- domina e impera.”5

Los liberales doctrinarios à la Guizot (o para lo que aquí importa, à la tocqueville) sabían muy bien que la sociedad civil postrevolucionaria, aboliendo los derechos y los privi- legios exclusivos, digamos de superficie, no había cance- lado las diferencias profundas de clase: el problema de los viejos doctrinarios era más bien cómo contener, en la vida

político-estatal, las turbulencias procedentes de una

sociedad civil que, inundada por el submundo “inferior y terrible” –porosa, pues, en extremo a la “envidia democrá- tica”–, persistía sin embargo, y se quería que persistiera, en el mantenimiento de barreras de clase, dimanantes de las diferencias de propiedad. Así planteado, el problema se reducía a una cuestión de timonel que ha de gobernar la nave con tino y pulso firme por mar gruesa y levantisca. Lo que la antigua bohème dorée del 48 y sus numerosos vástagos, pasados al conservadurismo activo, cuando no a la reacción militante, acabaron objetando a los viejos liberales doctrinarios es que el problema era de mucho mayor calado, que no era (sólo) de timonel, sino y sobre todo de aguas: que un buen de timonel de verdad, antes de preocuparse del gobernalle, ha de hacerlo del estado y calidad de los mares, procurando que el bajel discurra tranquilamente de empopada, proa puesta a latitudes plá- cidas, dejadas atrás para siempre las aguas procelosas.

¡Écrassez l’infame! gritó nietzsche en patética –y falsaria–

emulación del grito ilustrado de Voltaire contra la cleriga- lla. Écrasser l’infâme puede significar en el fin de siècle la protesta contra toda contextura civil recibida, la pretensión de rejerarquizar la sociedad civil misma, de reinstituir algu- na suerte de esclavitud, o de castas, o más morigerada y dulcífluamente, como en el catoliquísimo Max Scheler, de “estamentos”.

Cuando, después de la apología del “grupo de doctrina- rios”, Ortega declara en su “Prólogo para franceses” que él no es “un viejo liberal”,6no sólo lo hace sinceramente, sino también veraz-

5. La rebelión de las masas, op, cit., pág. 170. O bien (en la pág. 66): "La división de la sociedad en masas y minorí- as excelentes no es, por tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coinci- dir con la jerarquización en clases superiores e inferio- res. Claro está que en las superiores, cuando llegan a serlo y mientras lo fueron de verdad, hay más verosimili- tud de hallar hombres que adoptan el 'gran vehículo', mientras las inferiores están normalmente constituidas por individuos sin calidad. Pero, en rigor, dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica. Así, en la vida intelectual, que por su misma esencia requiere y supone la cualificación, se advierte el progresivo triunfo de los seudointelectuales incualificados, incalificables y descalificados por su propia contextura. (…) En cambio, no es raro encontrar hoy entre los obreros, que antes podían valer como el ejem- plo más puro de esto que lla- mamos 'masa', almas egre- giamente disciplinadas" (el énfasis añadido es mío, A.D.). todo esto sin menos- cabo de que Ortega reconoz- ca más adelante (pág. 186) en el "obrero industrial" a "un tipo de hombre más crimino- so que los habituales".

75

mente: el Ortega de la España invertebrada y de La rebe-

lión de las masas es de corazón un liberal doctrinario,

pero severamente corregido por la herencia crítica, anti- doctrinaria –y antiliberal–, de la jeunesse dorée. Ortega

ha recibido esa herencia no sólo, claro está, pero sí de modo muy prepon- derante, de la elaboración sociológica e histórica que de ella ha hecho Max Scheler.

Se recordará que para Max Scheler la buena “axiología aristocrática” no necesariamente es adoptada siempre por las clases superiores. En particu- lar, la burguesía europea habría sido una clase extremadamente permeable a una “axiología democrática” procedente de los antiguos estratos sociales populares europeos. La clase obrera industrial contemporánea no era sino un hijo bastardo –reconocible como tal por su vulgaridad, su utilitarismo instru- mental, su aristofobia y su “espíritu de clase”– de la burguesía europea bajo- medieval y moderna. La burguesía, clase prócer por excelencia del mundo moderno y contemporáneo, había subvertido los valores que “toda clase superior que lo sea verdaderamente” ha de conservar y acrisolar, y entre éstos, y muy señaladamente, el valor de la excelencia y de la selección de, por, para y en la excelencia. y la clase obrera contemporánea traería consi- go, indeleble, el estigma originario del “tercer estado”.

La jerarquía en la sociedad civil misma, el “poder social”, no meramente el poder político-estatal, es tema tópico de la jeunesse dorée postdoctrinaria. y ecos de ella resuenan inconfundiblemente en Ortega:

“tal vez el poder social no depende normalmente del dinero, sino, viceversa, se reparte según se halla repartido el poder social, y va al guerrero en la sociedad belicosa, pero va al sacerdote en la teocráti- ca. El síntoma de un poder social auténtico es que cree jerarquías,

que sea él quien destaca al individuo en el cuerpo público. Pues bien:

en el siglo XVi, por mucho dinero que tuviese un judío, seguía siendo un infra-hombre, y en tiempo de César los ‘caballeros’, que eran los más ricos como clase, no ascendían a la cima de la sociedad. Parece lo más verosímil que sea el dinero un factor social secundario, incapaz por sí mismo de inspirar la gran arquitectura de la sociedad. Es una de las fuerzas principales que actúan en el equilibrio de todo edificio colectivo, pero no es la musa de su estilo tectónico. En cam- bio, si ceden los verdaderos y normales poderes históricos –ra za, reli- gión, política, ideas–, toda la energía social vacante es absorbida por él. (…) O de otro modo: el dinero no manda más que cuando no hay otro principio que mande.

6. La rebelión…, op. cit., pág. 39.

76

Así se explica esa nota común a todas las épocas sometidas al imperio crematístico que consiste en ser tiempos de transición. Muerta una constitución política y moral, se queda la sociedad sin motivo que jerar- quice a los hombres. Ahora bien: esto es imposible.

Contra la in genuidad igualitaria es preciso hacer notar que la jerarquización es el impulso esencial de la socialización. Donde hay cinco hombres en estado

normal se produce automáticamente una estructura jerarquizada. Cuál sea el principio de ésta es otra cuestión. Pero alguno tendrá que existir siempre. Si los normales faltan, un seudoprincipio se encarga de modelar la jerarquía y definir las clases.”7

y los liberales doctrinarios admirados por Ortega, y rescatados en el “Prólogo para franceses”, ¿cayeron en la trampa de la “ingenuidad igualitaria”? En cierto sentido, sí. Porque ellos querían una oligarquía isonómica, es decir, una sociedad civil compuesta de iguales ante la ley, pero en la que política- mente mandaran sólo los ricos, apoderados de la maquinaria burocrática monárquica.

En sus Memorias, Guizot se siente en el deber de rendir homenaje póstumo a su amigo, el banquero Casimir Perier, el ministro del gobierno de Luis Felipe de Orleans que no dudó en mandar al general Soult a Lión, en 1831, para reprimir duramente a unos obreros que ganaban 18 sous por 18 horas de jor- nada laboral, tras haber obtenido éstos pacíficamente de los fabricantes sederos un pequeño aumento de sueldo. no podía consentirse que los

canuts se hubieran consultado entre sí, se hubieran asociado de alguna

forma y hubieran hecho una pequeña presión sobre la patronal. Guizot evoca la iniciativa de mandar al general Soult a Lión (“para restablecer entre los fabricantes y los obreros esa entera libertad de las transacciones, que es con- dición absoluta de la seguridad, no menos que de la propiedad”), y alaba a Perier como hombre al que no impresionaban particularmente las agitaciones obreras, motivadas “por causas, las más veces pueriles”:

“Cuando se supo, el 16 de mayo (de 1832) por la mañana, que el señor Casimir Perier acababa de fallecer, un vivo movimiento de alar- ma estalló en las provincias, lo mismo que en París, entre los propie- tarios, los negociantes, los manufactureros, los magistrados, entre toda la población amiga del orden, a la que él tan bien había entendi- do y defendido.”8

7. "Los escaparates man- dan", artículo aparecido en el diario El Sol, reproducido luego en la edición que se está utilizando aquí de La

rebelión de las masas, op.

cit., pág. 312-313. El énfasis añadido es mío, A.D. 8. Citado por Henri Gui - llemin, La Première résu-

rrection de la République,

París, Ga lli mard, 1967, pág. 30.

77

Los amigos del orden no llegaban ni al 3% de la población adulta masculina: el censo electoral de 200 francos de la monarquía orleanista no daba voz polí- tica sino a 180.000 electores, sobre un total de 34 millones de franceses. En la nueva sociedad civil iso-

nómica postrevolucionaria se gozaba desde luego de

“libertad industrial” y de “libertad de trabajo”: por eso era vivamente rechazada cualquier posible interven- ción del gobierno en las relaciones capital-trabajo9y

aun, como se acaba de ver, cualquier asociación o consulta entre los trabajadores.10

Respecto de la isonomía civil, gentes nada sospe- chosas de subversión se permitían no pocas dudas. Léase por ejemplo la académica definición de “prole- tario” y de “burgués” firmada por Reynaud en la

Revue Ency clopédique (abril de 1832):

“Llamo ‘proletarios’ a los hombres que, produ- ciendo toda la riqueza de la nación, no pose- en para vivir sino el jornal asalariado de su tra- bajo –trabajo que depende de causas fuera de su alcance–. Llamo ‘burgueses’ a todos los hombres, a cuya voluntad está sometido y encadenado el destino del proletario.”11

En 1833, Guizot es ministro de educación, y hace promulgar la “ley Guizot” sobre la instrucción prima- ria. Él mismo de confesión protestante, deja no obs- tante la instrucción de las clases inferiores al clero católico. Buen liberal, sabe que el gobierno no puede interferir para nada en la “libertad industrial” para mejorar la suerte material de los proletarios. Pero sí está dispuesto a mejorar su alma:

“Para mejorar la condición de los hombres, es por lo pronto su alma lo que hay que depurar, afirmar y esclarecer.”

Remusat, su colaborador, dará instrucciones acla- ratorias sobre los propósitos de la ley en una cir-

9. Después de la Revolución de Julio (de 1830), que acabó con la dinastía borbónica, y dio paso al Rey-Ciudadno Luis Felipe de Orleans, los trabajadores, que habían hecho la Revolución, se sintieron animados a pedir una intervención de los poderes públi- cos a favor de sus modestas rei- vindicaciones laborales. Mediante una orden a la guardia nacional (de 15 de agosto de 1830, artículo 3º), el incombustible Lafayette respon- de: "no será admitida ninguna peti- ción que nos sea dirigida a fin de que intervengamos entre el amo y el obrero respecto de la fijación del salario, de la duración de la jorna- da laboral y de la contratación de los obreros, pues eso se opone a las leyes que han consagrado el principio de la libertad de la indus- tria." (Citado por Guillemin, La Première…, op. cit., pág. 25.) La única conquista verdaderamente importante de la Monarquía de Julio respecto de la monarquía bor- bónica de Carlos X fue bajar el censo electoral de 300 a 200 fran- cos, ampliar, pues, un tanto el cír- culo de los amigos del orden. 10. Los Códigos Civil (art. 1781) y Penal napoleónicos (arts. 414 y 415) aprobados en 1804 prohibían las asociaciones obreras y estable- cían una discriminación a favor de los "fabricantes" ante los tribuna- les. Con la monarquía orleanista, a partir de 1830, las asociaciones obreras siguen prohibidas; no así, en cambio, las asociaciones patro- nales.

11. Citado por Guillemin, La Pre -

78

cular dirigida a los maestros de escuela: “la fe en la Providencia”, “la santidad del deber”, “la docilidad a las leyes, al Príncipe, a todas las autoridades instituidas por Dios mismo”, “tales son los sentimientos que el maestro se esforzará en cultivar”. Guizot, pues, sí creía que en una sociedad civil isonómica era posible y deseable la jerarquía, la operación del mecanismo ejem plaridad/docilidad. Bastaba dar curso libre a la naturaleza:

“En todo, cuando el mundo se entrega a su curso natural, la desigualdad natural de los hombres se des- pliega libremente y cada uno ocupa el lugar que es capaz de ocupar”

Dejó redondamente dicho el catedrático Guizot en su

Historia de la civilización en Europa.12El Guizot ministro

de educación orleanista tendría que haber añadido que el curso natural en el que la desigualdad de los hombres se despliega libre- mente precisaba en cualquier caso de un pequeño sostén gubernamental a la cura clerical de las almas.

Pero, con todo, y en ese preciso sentido, se puede decir que Guizot no cayó en la “ingenua trampa igualitaria”: precisamente en la libre sociedad civil iso-

nómica eran naturalmente respetadas las clases y las jerarquías naturales,

por modo y manera que cada uno acabara decantándose a ocupar el sitio “natural” que le correspondía. Pero eso no le salvó de la ingenuidad tout

court: pronto, muy pronto, habría de verse que no bastaba con dar suelta al

“curso natural de las cosas” y dejar que se desplegara “libremente” la des- igualdad. ni siquiera con el pequeño correctivo artificial –político– de la buena educación católica de las clases inferiores.

Siendo ya presidente del Consejo de Ministros de la Monarquía orleanista, el 28 de mayo de 1846 –en vísperas, como quien dice, de la Revolución–, Guizot podía afirmar con confianza, más aún que ingenua, ridículamente temeraria:

“tranquilo sobre los principios, sobre los intereses morales que tan caros le son, tranquilo sobre su gran existencia moral, el país des- arrolla apaciblemente sus negocios cotidianos.”13

En lo tocante al curso natural de las cosas, las vacilaciones de Lamartine, el

12. Op. cit., pág. 117. 13. Citado por Guillemin, La

première…, op. cit., pág. 31.

no desaprovechará tocque - ville en sus memorias la oca- sión de alancear al cofrade caído en desgracia: "la sin- gular homogeneidad de posi- ción, de interés, y por consi- guiente, de puntos de vista,