Código del proyecto: BFF2003‐04830
EMERGENCIA DE NUEVAS FORMAS DE CONCEPTUALIZAR LA IDENTIDAD
3.1.2. Elementos prestados de las propuestas dramatúrgica y discursiva de la identidad
subrayar la dimensión relacional para posibilitar el propio desarrollo de la identidad, la figura del otro −o de lo otro− pasa a un primer plano, sin que esto constituya, necesariamente, algo negativo. En este sentido, al contrario que otros autores (Tajfel, 1972; 1978; Hall, 1996; Bauman, 1990; 1992) entendemos que esta relación no tiene que ser, necesariamente, extraña, hostil o antagónica (en esta misma línea véase, por ejemplo, Barth, 1969/1976). De este modo, cuando las condiciones de relación son razonablemente simétricas, existe la posibilidad de hablar de una identidad dialógica (Bajtin, 2000) y co‐construida9 a través de un proceso en el que todos los participantes negocian sus adscripciones identitarias.
(3) La identidad sólo puede ser estudiada a través de los artefactos y las disposiciones socioculturales que la hacen posible (Penuel y Wertsch, 1995; Wertsch et al., 1997; Bruner, 1990/2002; Blanco et al., 2003). Por ello, hemos atendido a la circulación de los discursos identitarios en el centro escolar objeto de nuestro estudio –su contexto de producción, distribución y consumo–, a través de las disposiciones legales que lo regulan, la forma de ubicar el mobiliario, las elecciones léxicas y el empleo de deícticos durante las interacciones en el aula, etc., sin dar por supuesto que los procesos de identificación deban ser, necesariamente, coherentes y compatibles entre sí (Holland y Lachicotte, 2007). En este último sentido, recuperamos la noción de hibridación, entendida como múltiples caras de la identidad (Goffman, 1971).
3.1.2. Elementos prestados de las propuestas dramatúrgica y discursiva de la identidad
A continuación expondremos algunos conceptos que, a la hora de estudiar los procesos de identidad‐alteridad, hemos tomado prestados de tres perspectivas dramatúrgicas y discursivas. Por un lado, las propuestas dramatúrgicas del sociólogo Erving Goffman (1971), interesado por cuestiones de la vida cotidiana y, la del filósofo y teórico literario Kenneth
9 Hablamos de posibilidad porque entendemos que la “dialogicidad” y la “co‐constructividad”, así como cualquier otra característica (en este caso de la identidad), no pueden ser dadas por supuestas. Si así lo hiciéramos, estaríamos diciendo que se trata de propiedades trascendentales, contradiciendo, precisamente, lo que hemos afirmado sobre una noción dinámica y no esencialista de la identidad como con la que estamos trabajando. De este modo, pensamos que en los casos en los que se da (y se sufre) una imposición identitaria resulta falaz hablar de diálogo y co‐construcción.
Burke (1945/1969), especializado en retórica y estética, autor del que ya hablamos en el Capítulo 1. Y, por otro, de la propuesta discursiva de Bucholtz y Hall (2005). Aunque en sentidos diferentes, todas ellas ofrecen conceptos y miradas de interés que nos pueden ayudar a responder nuestras preguntas de investigación.
Goffman, en relación con las múltiples caras de la identidad, defiende la idea de que la presentación que el individuo hace de sí mismo difiere en función de sus interlocutores, sus intenciones o su posición social. Este planteamiento, coincide con las visiones de otros pensadores como Émile Durkheim, quien establecía la distinción entre individualidad y personalidad social o, como George H. Mead, quien separaba el I y el Me. En su caso, Goffman diferencia entre el “actor”, conformado por el soporte material, físico, biológico y cognoscitivo y, el “personaje”, es decir, la imagen que un individuo tiene de sí mismo (Wolf, 2000). La identidad, así entendida, constituiría un logro intersubjetivo cuya emergencia se debe tanto al resultado de negociaciones interaccionales como a las presentaciones de carácter estratégico realizadas por el propio individuo. Un ejemplo de estas últimas son las estrategias de “crossing”, mediante las cuales los actores sociales deciden enfatizar ciertos rasgos, como puede ser la elección de una lengua, la pronunciación, las elecciones léxicas o la propia vestimenta para “pasar por” una persona miembro de una categoría social o nacional dada (Bucholtz, 1995; Rampton, 1995), con el objetivo de obtener un tratamiento distintivo en un contexto social específico. La propuesta teórica goffmaniana destaca la importancia del orden interaccional para la construcción de la identidad, y nos proporciona constructos de interés para el análisis como el de “footing”, el cual apela a la construcción de los diferentes estatus de participación y formatos de producción. Tal y como lo expresa el autor: “the alignment we take up to ourselves and the others present as expresed in the way we manage the production or reception of an utterance10” (Goffman, 1981, p.128). También son relevantes conceptos como “frontstage” y “backstage”, que definen las formas de participación que ocupan un lugar principal y secundario respectivamente. Como veremos, especialmente, en el Capítulo 7, tomaremos prestadas algunas de las propuestas de Goffman para el análisis de la interacción “cara a cara”.
Mientras que el planteamiento goffmaniano estaría centrado en el individuo, la propuesta de Burke se centra sobre las posibles combinaciones de los casos que, según el
10 La alineación que adoptamos hacia nosotros mismos y hacia otros que están presentes, se expresa en la manera de gestionar la producción o recepción de un enunciado.
autor, configuran la acción humana (Acto, Escenario, Agente, Agencialidad o Instrumento y Propósito)11. La péntada dramatúrgica burkeana añade la posibilidad de analizar la identidad desde múltiples perspectivas, combinaciones o “juegos de ratios”, que incluyen no sólo al agente, sino también a los cuatro elementos restantes de la péntada. Esta propuesta nos ayudará en el análisis del libro de texto de Ciencias Sociales que veremos en el Capítulo 6.
A pesar de que la propuesta teórica de Burke no se encuentra trabada necesariamente al discurso, pues todas las dimensiones de la actividad estarían implicadas en su modelo, en esta tesis doctoral nos interesa destacar, sin embargo, la manifestación discursiva de la misma. De esta manera, aquí asumimos que la participación discursiva o, más bien, en universos discursivos, juega un papel central en la construcción de la identidad. No obstante, advertimos una vez más que la concepción de discurso que manejamos desborda la manifestación lingüística. En este sentido, en nuestro análisis hemos atendido no sólo a las situaciones de interacción “cara a cara”, como las entrevistas o las observaciones en el aula, a partir de las cuales el discurso se actualiza, sino también, a su dimensión institucional, a través de la cual la práctica discursiva en la interacción queda previamente estructurada. Al colocar los aspectos discursivo‐interaccionales en el centro de nuestra mirada, se vuelven relevantes conceptos como el de “membresía” (Antaki y Widdicombe, 1998), el cual pone en evidencia las relaciones entre la identidad individual y la pertenencia a grupos sociales. De esta forma, las categorizaciones sociales juegan un papel central en los procesos de inclusión o exclusión que observaremos a lo largo de toda la tesis.
Otro aspecto que nos parece interesante a la hora de tratar la manifestación discursiva de la identidad, y que retomamos de la propuesta de Bucholtz y Hall (2005, p. 592), es la posibilidad de establecer distintos niveles o dimensiones de análisis. De esta forma, puede resultarnos útil la distinción entre (a) “macro categorías identitarias”, que hacen referencia a categorías sociodemográficas, como, por ejemplo, la edad, el género o la clase social; (b) “posiciones locales o específicamente culturales” como las marcas prosódicas y léxicas atribuibles a un grupo dado; y (c) “posiciones temporales o específicas de una interacción y roles adoptados por los participantes”, como, por ejemplo, “líder”, “evaluador” o “bromista”. Aceptar estas dimensiones conlleva, asimismo, el reconocimiento de que el estudio de las identidades, debe estar ligado al contexto en que éstas son construidas (impuestas, consumidas, negociadas, etc.), a partir del contacto social. En este sentido, en la interpretación de la información recogida/producida en el centro educativo resulta fundamental tener en
cuenta el momento del ciclo vital en el que se encuentran los estudiantes y ponerlo en relación tanto con los posicionamientos locales y temporales específicos de la interacción en el aula, como con una perspectiva histórico‐genealógica que contextualice los datos dentro del contexto institucional que los posibilita (Lemke, 2000; Wortham, 2006).
3.1.3. La configuración identitaria durante el tránsito a la vida adulta
Como indican numerosos estudios, los procesos de configuración identitaria cobran especial importancia durante las etapas de tránsito a la vida adulta (véase, por ejemplo, Erikson, 1965; 1968; Kimmel y Weiner, 1998; Harter, 1999; Moreno y del Barrio, 2000; Coleman y Hendry, 2003). En una sociedad “modernizada”, como en la que se contextualizan los datos etnográficos que iremos analizando a lo largo de esta tesis, dicha etapa se identifica con la adolescencia. En ella, la elaboración de un proyecto identitario personal no sólo es posible sino que, además, se encuentra en plena efervescencia. Los adolescentes prueban con diferentes argumentos cambiando, estratégicamente o no, elementos tales como sus elecciones léxicas y su vestimenta, destacando algunos de sus rasgos más que otros, dependiendo de los interlocutores, de los propósitos, de los instrumentos disponibles y del escenario para comprobar sus efectos sobre los demás. La adolescencia constituye un momento clave para la experimentación personal fuera y dentro de los grupos existentes. En este sentido, en relación con la formación de la identidad, nos parece interesante recuperar aquí la integración que William Penuel y James Wertsch (1995) realizan de las propuestas, por un lado, elaboradas por el psicólogo estadounidense Erik Erikson y, por otro, las propuestas del psicólogo ruso Lev Vygotski. Si bien ambos autores trabajaron desde perspectivas diferentes, poniendo el foco de atención sobre aspectos distintos (el primero más interesado en definir la identidad en términos de elección individual, mientras que el segundo otorgaba mayor importancia al papel determinante de las fuerzas culturales, históricas y contextos institucionales en la formación de las funciones psicológicas individuales), ninguno pasó por alto el otro polo de la formación identitaria.
Penuel y Wertsch (op. cit.) proponen una aproximación que parte de la acción mediada como unidad de análisis para el estudio de la formación de la identidad. Esta perspectiva se basa en cuatro puntos básicos, que integran las propuestas de Vygotski y Erikson: (1) empleo de un método genético, es decir, el estudio de la identidad en contextos de actividad a partir de los cuales ésta se va formando en la acción; (2) reconocimiento de la centralidad de los