• No se han encontrado resultados

CAPÍTULO II. EL CORPUS TEÓRICO SUBYACENTE A LOS DIFERENTES

4. QUÉ OBSERVAR Y QUÉ MEDIR

4.2. Elitismo versus pluralismo Agencia y estructura

En su estudio sobre New Haven, Dahl intentó exponer un método que podía ser útil para probar la existencia de una elite dominante.

Dahl demostró que había defectos fundamentales en una buena parte de la bibliogra- fía sobre el poder de las elites, y quedaba claro que muchos de los estudios sobre elites del poder, y en particular los de C. W. Mills y Floyd Hunter, adolecían de una conceptualización inadecuada, asunciones cuestionables y una metodología causal.

El resultado es que muchos sociólogos se convencieron de que no había logrado de- mostrarse la existencia de elites, aunque, como W.J.M. McKenzie ha puntualizado: "The fact that the Power Elite School has not proved that there is a power elite in the U.S.A. does not prove that there is not a power elite in the U.S.A.» (Politics and Social Science, Har- mondsworth: Penguin Books, 1967, p. 229)

Sin embargo, los conceptos, las asunciones y los métodos de los pluralistas no han sido a penas sometidos a crítica. Algunas excepciones: (Bachrach & Baratz, 1962) (Kariel, 1966) (Anton, 1963) (Dahl & Anton, 1963)

El modelo pluralista es ampliamente aceptado como una aproximación bastante fi- dedigna al modo en el que se estructura el poder y se toman las decisiones, no solo en la política local y nacional americana, sino en los sistemas políticos de la mayoría de las socie- dades industrializadas en occidente. Pero en su artículo de 1969, Newton afirmaba: It is tíme that the new orthodoxy was questioned". (Newton, 1969)

Para Newton, una gran parte de la llamada bibliografía pluralista no es tanto pluralista como antielitista; los estudios representan una reacción contra los elitistas más que una op- ción positiva por el pluralismo y, en este sentido, se trata de trabajos de demolición cuyo principal interés es demostrar que los elitistas están equivocados, pero mucho menos precu- pados y bastante menos equipados para demostrar que los pluralistas tienen razón.

Antes de poder demostrar que un sistema político dado es más pluralista que elitista es necesario definir el término. Pero muchas veces ni siquiera se usa (H. Scoble, "Leadership, Hierarchies and Political Issues in a New England Town", en M. Janowitz, ed., Community Political Systems, Glencoe: Free Press, 1961, pp. 117-45):

- Dahl: pluralismo como modelo de toma de decisiones políticas.

- Polsby y Anton: pluralismo como tipo de sistema político y como método para estudiar los sistemas políticos.

- Dahl y muchos científicos sociales: pluralismo como sistema político en el que no hay uno sino muchos centros de poder. Pero este uso del término tiene dificultades porque, como ha dicho Shills, "all large-scale societies are pluralistic to some degree because they are all too complex to be governed from one center of power"

Tras analizar su bibliografía resulta evidente que se quiere decir algo más que mu- chos centros de poder cuando su usa el término. “Pluralism, in fact is the way in which they conceive of democracy in operation. Their pluralist model is inextricably linked with de- mocracy, for it is a model of the political system with all the social and poltical characteris- tics thought necessary to achieve democratic decision-making in modem industrial society".

Muchas de las ideas básicas del pluralismo y de la democracia pluralista se han dis- cutido y estudiado empíricamente en la bibliografía sobre el poder local y sobre la toma de decisiones a nivel local desde que Floyd Hunter publicó su Community Power Structure.

En muchos sentidos, el desarrollo del interés en la democracia pluralista se encuentra en la ruptura de lo que Schumpeter llamó “la doctrina clásica de la democracia" y de una creencia creciente en que la presencia de elites en el sistema político no impide que este sea democrático. En esta línea de argumentación puede llegar a decirse que una democracia plu- ralista es un sistema político en el que el poder está dividido entre varias elites. Como dice Rose (Rose, 1967, p. 282) "Pluralism is a theory of the power structure in which power is conceived of as dispersed and different elites are dominant in different issue areas".

Pero la democracia pluralista no consiste solo en una pluralidad de elites, sino en una pluralidad de elites competitivas. Schumpeter hace de la competición entre elites el rasgo distintivo de su teoría de la democracia y, de hecho, pone tanto énfasis en ello que niega mayor importancia a las otras características de la democracia.

La importancia de un sistema político pluralista no reside en el número de elites o en su naturaleza competitiva, sino en la medida en que las elites son responsables y responden ante las no-elites. La premisa pluralista es que las no-elites podrán mantener su control sobre las elites si y solo si las elites compiten las unas con las otras para conseguir el apoyo de las no-elites y si y solo si existe una amplia gama de grupos organizados que expresen y protejan una gran variedad de demandas de la sociedad.

Una deficiencia importante de muchos estudios 'pluralistas' es que se contentan con examinar el número de elites, pero muy raramente examinan la relación entre las elites y las no-elites.

Dahl expone así su argumentación: "Polítical power is pluralistic in the sense that there exist many different sets of leaders, each set has somewhat different objectíves from the others, each has access to its own political resources, each is relatively independent of the others. There does not exist a single set of all powerful leaders who are wholly agreed on their major goals. Ordinarily, the making of government policies requires a coalition of different sets of leaders who have divergent goals. In this situation, it is probably easier for leaders to be effective in a negative way, by blocking other leaders, than in a positive way, by achieving their own goals" (Dahl, 1967, pp. 188-9)

Aunque cada grupo de un sistema pluralista, considerado por separado, puede ser oligárquico, la democracia pluralista está a salvo porque cada oligarquía tiene que competir

con otras. El resultado final no es una democracia perfecta, sino un sistema que elimina los peores abusos e injusticias y fuerza las soluciones de compromiso a los problemas políticos de manera que se de satisfacción a todos los grupos interesados.

Dahl formula su teoría de la 'poliarquía' o 'democracia pluralista' como una solución razonable y practicable a los problemas de la relación entre los líderes políticos y los ciuda- danos en las sociedades industriales, y dice que "The fundamental axiom in the theory and practice of America pluralism is, I believe, this: Instead of a single center of sovereign power there must be multiple centers of power, none of which is or can be wholly sovereign ... Because constant negociations among different centers of power are necessary in order to make decisions, citizens and leaders wilt perfect the precious art of dealing peacefully with their conflict, and not merely to the benefit of one partisan, but to the mutual benefit of all the parties to a conflict." (Dahl, 1967, p. 24)

Uno de los principios fundamentales de la argumentación que hace Dahl es que son muy pocos los ciudadanos que carecen totalmente de recursos políticos y que, aunque esos recursos no están uniformemente distribuidos, las desigualdades no son acumulativas. Sin embargo, importantes recursos políticos como el tiempo, el dinero, el estatus, las habilidades políticas y el desempeño de puestos políticos no solamente están distribuidos de manera desigual sino que esa desigualdad es acumulativa. Lo que es más, no solo es acumulativa, sino que las desigualdades se alimentan unas a otras de manera que se acumula en progresión geométrica. El resultado final de este proceso no es necesariamente una única elite de poder, pero sí tiende a producir un pequeño número de personas que son constantemente más po- derosas que otras.

La argumentación contra Dahl se ve reforzada cuando se tiene en cuenta que los no-votantes, que no usan su fuente de influencia indirecta, son precisamente las personas que tienen menos o ninguno de los otros recursos. La mayoría de no-votantes no están for- malmente privados del poder que les confiere el voto, pero el hecho es que una importante proporción de trabajadores manuales de las sociedades occidentales se sienten políticamente impotentes, son apáticos políticamente y son reticentes o incapaces de usar sus fuentes di- rectas o indirectas de influencia política.

La argumentación de Dahl sobre la influencia directa e indirecta asume que los re- sultados de las elecciones tienen una influencia indirecta sobre los representantes electos. Es

evidente que las elecciones pueden tener un impacto enorme en los líderes políticos, pero tampoco conviene sobreestimar ese impacto por dos razones que incluso Dahl tiene que mencionar, y por otras dos que no menciona:

- Dahl dice que la influencia indirecta es difícil de observar y medir.

- Dice también que es casi imposible decir con confianza qué es lo que unas elecciones reflejan acerca de las preferencias de las mayorías o las minorías.

- Además, en algunos casos los líderes políticos se pueden permitir el ignorar el poder de voto de ciertos colectivos sociales.

- Finalmente, tal como señalan Sayre y Kauffman (Sayre & Kauffman, 1960), el control popular sobre algunas `islas de poder' es en gran parte ritualista, ya que los cargos elegidos no siempre tienen ellos mismos control sobre las políticas, que son realmente con- troladas por los cargos permanentes.

Otro punto fundamental en la argumentación de Dahl a favor del pluralismo es que todos los grupos tienen acceso al sistema político, y que todos los grupos tienen al menos un recurso político que pueden usar para alcanzar al menos algunos de sus fines, o al menos forzar una solución de compromiso a un problema político. Pero en el caso de New Haven, algunos grupos dependen de la buena voluntad del estrato político para dar a conocer algún problema al público en general. La dificultad estriba en que ese estrato político parece tener algún poder para decidir qué se convierte en un problema público y qué no. Dahl dice “In- deed, a political íssue can hardly be said to exist unless and until it commands the attention of a significant segment of the political stratum” (Dahl, 1961, p. 92) (Who Governs?, p. 92) y dice también “As long as a matter is not a salient public issue -and whether it is or not depends partly on how the political stratum handles it - the question is substantially deter- mined within the political stratum itself .” (Dahl, 1961, p. 321)

La táctica a seguir para cualquier grupo es, entonces, llegar hasta el estrato político, y Dahl dice en varías ocasiones que en efecto ese estrato es fácilmente permeable, pero en otro punto sugiere que la pertenencia a ese estrato está reservada a ciertos grupos socioeco- nómicos; "First, there exists a social threshold beyond which low standing is a severe han- dicap in gaining high influence over key governmental decisions; this threshold occurs ap- proximately at the fine dividing white collar from blue collar occupations” (Dahl, 1961, pp. 229-230)

"Thus money and influence have a certain interdependence. The poor man ís not likely to gain high influence; but if he does, somehow along the way he is not longer a poor man” (Dahl, 1961, p. 215)

Hay métodos para superar este handicap, como utilizar los medios de comunicación, pero esta estrategia está también vetada para algunos grupos. "What is essentially correct, however, is that the amount of time and space devoted by the mass media to views openly hostile to the prevailing ideology is negligible. An American who wishes to find criticism of the basic social, economic and polítical structure can indeed find them; but he will have to search outside the mass media. And, naturally, the number who are strongly motivated enough to do so is relatívely small. Hence the general effect of the mass media, is to reinforce the existing institutions and ideology" (Dahl, 1967, p. 337)

Aparte de los que están organizados pero se les niega el acceso a los mecanismos de la democracia pluralista, están los que no están organizados y, a pesar de su gran número, tienen relativamente poco peso en el proceso de negociación política.

Es una costumbre en los pluralistas considerar la actividad de los grupos organizados y pasar por alto el segmento de la población que no está organizada. Una gran parte de la población americana está fuera de la competición entre grupos. De acuerdo con Schattschneider “The business and upper class bias of the pressure system shows up every- where ... large areas of the population appear to be wholly outside the system of private organization ... The vice of the groupist theory is that it conceals the most significant aspects of the system. The flaw in the pluralist heaven is that the heavenly chorus sings with a strong upper class accent.” (Schattschneider, 1960, pp. 31-35)

Dahl reconoce que los grupos que forman parte del sistema pluralista no son ellos mismos necesariamente democráticos y que pueden ser oligárquicos de hecho, pero no cree que eso constituya un dato particularmente significtivo porque la competición entre diferen- tes oligarquías es suficiente para que sigan existiendo diferentes centros de poder y, por tanto, se pueda seguir hablando de un sistema pluralista. Si fuera esto solo lo que fallara dejando incólumes los demás elementos de la democracia pluralista no habría por que preo- cuparse, pero ya hemos dejado claro que eso no es así. Por otra parte tampoco está nada claro que las oligarquías de New Haven compitan entre sí. Antes de 1953 estas oligarquías forma-

ban lo que Dahl llama "petty sovereignties", que no competían porque raramente se inmis- cuían en el terreno de las otras. El cambio al gobierno de una coalición centrada en el ejecu- tivo del alcalde Lee tampoco parece que incrementara la competitividad entre las oligarquías.

Algunas citas de Dahl hablan por sí solas: "In the apolítical strata, citizens rarely go beyond voting and many do not even vote. Individuals in the political stratum exert a good deal of steady direct and active influence on government policy; in fact, some individuals have a quite extraordínary amount of influence ... (p. 91). Although political issues are some- times generated by individuals in the apolitical strata who begin to articulate demands for government action, this occurs only rarely ... (p. 92). We shall discover that in each of a number of key sectors of public policy, a few persons have great direct influence on the choíces that are made; most citizens, by contrast seem to have rather little direct influence. Yet it would be unwise to underestimate the extent to which voters may exert indirect influ- ence on the decisions of leaders by means of elections ... (p. 101) most citizens use their resources scarcely at all. To begin with, a large proportion of the adult population of New Haven does not even vote ... (p. 276). Yet the direct influence of the electorate on key deci- sions ínvolving redevelopment has been negtigible compared with the direct influence of a few leaders. In origins, conception and execution, it is not too much to say that urban rede- velopment has been the direct product of a small handful of leaders ... (p. 115). If one analises the way in which influence in these three issue areas is distributed among citizens of New Haven, one finds that only a small number of persons have much direct influence in the sense that they successfully initiate or veto proposals for policies ... (p. 163) there exist a social threshold beyond which low standing is a severe handicap in gaining high influence over key govemment decisions, this threshold occurs approximately at the line dividing white- coilar from blue-collar occupations ... (p. 229-30). Thus the fact that a large number of citi- zens do not believe in the political norms actually applied, particularly extending political liberties to unpopular individuals and groups, has slight effect on the outcome. The beliefs of ordinary citizens become relevant only when professionals engage in an intensive appeal to the populace. Even then, the actual outcome of the appeal does not necessarily reflect majority attitudes at all accurately. There are not always known; they are guessed at in a variety of inaccurate ways, and thay have to be filtered through the tighter mesh of the po- litical stratum and the professionals before they can become public policy (p. 324).”

Es interesante comparar a la luz de estas citas a Hunter y a Dahl. Una de las diferen- cias fundamentales entre los dos es la manera en la que interpretan y valoran los datos. Hun- ter es sumamente crítico y piensa que la ciudad que estudia, Atlanta, está muy lejos del ideal democrático. Dahl es mucho menos crítico con New Haven y piensa que su política no es muy diferente a lo que deberían ser las expectativas de cualquier hombre razonable respecto a la democracia en funcionamiento.

Las diferencias entre Hunter y Dahl no están en lo que dicen haber encontrado sino en lo que esperaban encontrar. El debate no es tanto entre científicos sociales como entre ideólogos. Dahl diría que Hunter no es realista; Hunter diría que Dahl es complaciente.

SEGUNDA PARTE.

EL ANÁLISIS DE REDES SOCIALES Y SU CONTRIBUCIÓN AL ES-

TUDIO EMPÍRICO DEL PODER.

PLANTEAMIENTO

La importancia de las categorías de la teoría de la acción como fundamento de la teorización acerca del poder lleva al estancamiento del debate entre acción (agency) y estructura y lo conduce, como hemos visto, a un callejón sin salida. Hay razones de peso que contribuyen a que desde hace ya tiempo se haya establecido la idea de que, por un lado, no hay modo de escapar a ese debate y, por otro, no hay modo de superarlo, con el siguiente corolario: que se puede, en el fondo, prescindir de una adecuada conceptualización del poder y, por tanto, desplazar el estudio del poder (dado que no es posible llegar a un acuerdo sobre a qué exac- tamente debería orientarse ese estudio) a favor de otros fenómenos cuya identificación y caracterización resulta más obvia o menos discutida.

Una de las razones que explican este estado de cosas es que, en el centro del debate entre acción y estructura está el problema de la voluntad y de la autodeterminación del indi- viduo. Por una parte, la afirmación del libre arbitrio de los individuos como dato de la reali- dad y de la voluntad como categoría analítica desemboca inevitablemente en la definición de toda relación como relación intersubjetiva y del poder, como tipo específico de relación, como un fenómeno que no puede verificarse más que en la conciencia del individuo y se explica en última instancia a partir de las bases cognitivas y psicológicas que le constituyen como tal. Por lo tanto, cuando se afirma que el poder es un concepto relacional, lo que se sugiere es que el poder se explica no a través de las relaciones que vinculan a los individuos, sino a través de la percepción que tienen los individuos de las relaciones que les vinculan.