Sanchís Muñoz
Diplomático. Ex Embajador argentino en Japón yDirector del Instituto del Servicio Exterior. Profesor Universitario de Relaciones Internacionales y
de Historia.
La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, en noviembre, por con- senso, es decir sin una sola voz discordante en la comunidad internacional de 191 Estados miembros, la Resolución titulada “Recordación del Holocausto”. El texto fue copatrocinado por más de 90 países, inclusive la Argentina, y los co- patrocinadores incluyeron a Estados Unidos, Alemania, Rusia, China, Japón, Is- rael, y los demás países europeos y latinoamericanos, así como muchos africa- nos y asiáticos.
La Resolución, cuyos considerandos reafirman la Declaración Universal de
los Derechos Humanos, y los principios fundamentales de la Carta de las Na- ciones Unidas, y recuerdan el sexagésimo aniversario de la liberación de los
campos de concentración nazis, establece la fecha del 27 de enero (liberación de Auschwitz) como “Día Internacional de Conmemoración Anual de las Vícti- mas del Holocausto”. Insta a los miembros de las Naciones Unidas y también al Secretario General a elaborar programas educativos para inculcar las enseñan- zas del Holocausto, con el fin de prevenir actos de genocidio en el futuro, y re- chaza toda negación, parcial o total del Holocausto como hecho histórico.
La Resolución también condena sin reservas toda manifestación de intole- rancia religiosa, y la incitación, acoso o violencia contra personas o comunida- des sobre la base del origen étnico o las creencias religiosas.
Es la primera vez que la Asamblea General adopta una resolución propuesta por Israel y esto le da un significado especial al homenaje a las víctimas del Ho- locausto, estimadas en unos seis millones. Tiene además un valor de mucha trascendencia en esta época en que las alternativas de la política internacional, los conflictos regionales, y la supervivencia de prédicas y crímenes de discri- minación e intolerancia parecieran haber debilitado en la conciencia universal el sentido de horror por el hecho histórico sin igual del Holocausto, y el firme propósito de que no ocurriera nunca en el futuro un hecho similar.
Con su resolución, y las declaraciones vertidas durante el debate, la comuni- dad internacional expresó claramente su convicción de que el Holocausto es un
crimen que se extendió, más allá de sus víctimas directas, para afectar a toda la humanidad, y la reflexión sobre las responsabilidades debe ir mas allá que el mero repudio a la crueldad nazi.
Uno de los delegados intervinientes, acertadamente, expresó que el Holo- causto fue un genocidio diferente, un genocidio en el que la maldad se unió a una estructura altamente organizada, y se convirtió en un crimen de las más co- losales proporciones.
La satisfacción por tales expresiones de la comunidad internacional no deben hacernos olvidar que con anterioridad, durante y después del holocausto mu- chos países y grupos humanos cometieron y cometen atrocidades, formas de ge- nocidio (aunque ahora se use con ligereza de esta palabra, definida taxativa- mente en el instrumento internacional que la condena) y exterminio de oposi- tores. Lamentablemente también, y como sucede a menudo con instrumentos a los cuales sólo se les rinde un acatamiento formal, un número de países perte- necientes a las Naciones Unidas sigue predicando mensajes de odio, discrimi- nación y amenazas.
Por ello, quienes aman la libertad y creen en la defensa de la dignidad de la persona no deben considerar que la lucha finalizó con el derrumbe del siniestro sistema nazi. Cada generación debe continuar, o a veces emprender un comba- te que nunca cesa contra los predicadores del odio, y contra quienes disculpan cualquier violación de los derechos humanos si sirve a sus fines.
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Quizá convenga recordar algunos hechos, por desagradables que sean, para que los jóvenes puedan apreciar la magnitud de la masacre.
El sistema represivo nazi era un elemento inherente a su filosofía, negadora de toda garantía legal. Hermann Göring, quien declaró que “la ley y la voluntad del Führer son una sola cosa” fue encargado de la creación de los campos de concentración para los opositores del régimen.
Poco después de la ascensión de Hitler al poder, ya el 22 de marzo de 1933, se abrió el primer campo de concentración en Dachau con 5.000 internados que comprendían a líderes de la oposición social demócrata, comunista, católicos, liberales e independientes, académicos y escritores. Crecientemente fueron in- corporándose en esos campos a judíos, comunidad que desde sus principios el nazismo había decidido eliminar, o bien por la deportación, o bien, como pron- to se advirtió, por el exterminio. A finales de 1933 ya se habían establecido casi 100 campos de diferentes dimensiones y sólo en el pogromo de 1938, 20.000 judí- os alemanes fueron internados por la Gestapo. La persecución contra los judíos fue adquiriendo volumen con la proximidad de la guerra y en 1938, además de otras leyes raciales discriminatorias, se decretó que todos los judíos debían lle-
var como segundo nombre el de Israel si eran hombres o Sara si eran mujeres, obviamente para distinguirlos con facilidad.
Con el estallido de la guerra, por un lado aumentó la demanda de trabajado- res y las autoridades nazis recurrieron a los prisiones y campos para incremen- tar el número de la población laboral. En agosto de 1944 se calcula que había más de siete millones y medio de trabajadores forzados de distinto origen.
Por otro lado, de 1940 a 1942 se establecieron algunos de los principales cam- pos que ya no eran de concentración sino de exterminio, especialmente para cumplir tal propósito con poblaciones de los países ocupados, y particularmen- te con los judíos. El 7 de octubre de 1939 el Reichsfürer Heinrich Himmler fue designado Comisionado del Reich para la Consolidación de la Nacionalidad Alemana, a cargo de los centros de exterminio. Göring impartió a su subordina- do Heidrych instrucciones para la “Solución Final”, o sea, la eliminación masi- va de la comunidad judía, el 31 de julio de 1941, lo que se ratificó en la Confe- rencia de Wannsee el 20 de enero de 1942. Si bien los principales destinatarios de esa política eran los judíos también se incluían los eslavos, gitanos, muchos prisioneros de guerra y otras categorías.
Bajo el decreto denominado “Noche y niebla”, disposición claramente terro- rista, ciudadanos prominentes de países ocupados fueron secretamente secues- trados por la Gestapo y enviados a los campos. Y millones de personas de esas poblaciones marcadas fueron arrancadas de sus hogares, de sus ciudades, y de sus países, para integrar el ominoso contingente de los internados en los cam- pos de la muerte
Los campos estaban bajo la administración de la SS y custodiados por escua- drones especiales de ese tristemente famoso servicio denominados “Unidades de la calavera”. Algunos de esos campos, cuyos nombres han pasado a la memo- ria de la infamia de la humanidad, eran los de Auschwitz-Birkenau (Oswieczim), Buchenwald, Sobibor, Maidanek, Treblinka, Bergen-Belsen, y Orianenburg. Las condiciones generales eran degradantes y brutales. En muchas ocasiones los prisioneros eran usados para experimentos médicos en los que resultaban mu- tilados, inválidos o asesinados. Las condiciones de alojamiento, alimentación y trabajos forzados eran tan rigurosas que pocos sobrevivían a un periodo relati- vamente corto, y las torturas, violaciones y sevicias eran habituales. Se estable- cieron crematorios para disponer mas rápidamente de los restos. Hacia fines de la guerra, cuando no se contaba con disponibilidad de comida y combustible, miles murieron de inanición y enfermedades.
Estos centros, situados especialmente en territorio polaco, fueron estableci- dos con el propósito fundamental y explícito del asesinato en masa de grupos humanos determinados, especialmente los judíos. La eliminación de estas po- blaciones se explicaba en la psicología nazi como parte de su plan para el desa- rrollo y supremacía de la “raza aria superior”. Las víctimas eran en su mayoría
transportadas en trenes de carga y aquellos que no eran aptos para pesados tra- bajos manuales eran asesinados sin demora. Al principio se utilizaban fusila- mientos masivos pero luego se generalizó el uso de gas venenoso (en particular el “Zyklon B” producido por la industria alemana) en cámaras usualmente dis- frazadas como recintos para baños. Ese proceso de eliminación no distinguía niños, mujeres ni hombres. Los cadáveres eran incinerados en el terreno o en crematorios y previamente se despojaba a las víctimas de equipaje, ropa o cal- zado y todo objeto de valor incluso las prótesis dentales
El mas notorio de esos campos fue el de Auschwitz, en Cracovia, cuyo co- mandante, sometido a juicio, confesó que en él se habían eliminado a dos millo- nes y medio de personas aunque luego alegó que “sólo habían sido un millón”. El complejo constaba de 3 campos principales de unos 40 km2y 39 campos su-
plementarios en Silesia. Los primeros prisioneros arribaron en julio de 1940 y fue evacuado y cerrado al ser liberado el 27 de enero de 1945. En 1946 se fundó el museo del Estado en Oswiecim y se ha convertido en un centro de peregri- naje, recogimiento y homenaje a las víctimas.
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Cabe hacer alguna consideración sobre la actitud del resto del mundo cuando sucedían los horrores descriptos y matanzas contra otras poblaciones, pero es- pecíficamente en lo que se refiere al hecho del Holocausto.
Ciertamente los nazis buscaron ocultar, incluso de la propia población ale- mana, los horrores de sus intenciones y prácticas, y procuraron no dejar por es- crito, en forma explícita o cruda, referencias a ellos. Utilizaban a menudo en su documentación términos eufemísticos que escondían significados de terribles consecuencias. Muchos colaboraron o aprobaron esas políticas, pero millones de alemanes, y nacionales de otros países ocupados no supieron – u optaron por no querer enterarse– de esos crímenes. Por supuesto cometidos en el contexto de un régimen totalitario que castigaba con la muerte hasta la sospecha de críti- ca u oposición.
En el resto del mundo, tanto en ambientes judios como en los que no lo eran, se sabía de las políticas discriminatorias y brutales de los nazis, y se procuraba aunar esfuerzos a favor de los perseguidos y desplazados, pero pocos llegaban a imaginar la magnitud y crueldad del proceso que se desarrollaba. Los primeros informes concretos sobre los campos llegaron al Consejo Mundial Judío de Lausana en agosto de 1942 y provocaban estupor o incredulidad.
Cabe recordar que incluso los militares que los liberaron quedaron atónitos ante lo que vieron. Los países aliados (EE.UU. y Gran Bretaña) celebraron una reunión al respecto en las Bermudas, en abril de 1943, pero no decidieron me- didas concretas. Las Cancillerías, incluso de países aliados, mostraban, en algu-
Las víctimas del Holocausto honradas por las Naciones Unidas / 179
nos casos políticas de ribetes ciertamente no simpatizantes con los padecimien- tos de las poblaciones judías. Casi ningún país recibió generosamente a los re- fugiados que huían de Europa, y la Argentina, a pesar de las críticas que se le han formulado, en ocasiones justificadas, recibió un número de refugiados, que, proporcionalmente a su población de entonces, es de los más altos.
El Presidente Roosevelt de los EE.UU. formuló enérgicas amenazas de juicio a los jerarcas nazis, que estos desoyeron. Recién con los juicios de Nüremberg después de la guerra, y posteriormente, se reunió una enorme masa documental y de testimonios que hace imposible negar la verdad histórica. Se condenó a los jerarcas nazis, y a sus organizaciones (entre ellas, la SS) así como a militares, médicos, auxiliares y otros cómplices, alemanes, y de otros países, y un núme- ro fueron ejecutados, pero para principios de 1951 todos los industriales ale- manes condenados por su participación en la construcción y provisión de ma- terial para los campos habían salido liberados.
Para compensar el peso terrible de estos asentimientos o despreocupación está la conducta de miles, sino decenas de miles de no-judíos que arriesgaron sus vidas y las de sus familias para proteger, esconder y facilitar la huída de pró- jimos judíos, muchas veces en forma anónima. Esos ejemplos, de ciudadanos comunes, diplomáticos, religiosos y funcionarios de diversos países, incluso alemanes, prueban que los imperativos morales movieron la conducta de mu- chos, aún en los climas más siniestros de miedo y odio.
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Sea bienvenida la Resolución de la Asamblea. Pero confiemos en que no quede en sus hermosas palabras. Debe ser útil para que se muestre que no tienen asi- dero alguno las demenciales expresiones que niegan la existencia o gravedad de la masacre. Y es necesario, como expresa la Resolución, que se eduque a todos los pueblos sin excepción, y a las nuevas generaciones, sobre los peligros del odio, el fanatismo, el racismo y la discriminación, y se ayude así a prevenir en el futuro barbaries como el Holocausto.
* Conferencia pronunciada en el “XLIV Congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacio- nal”, Rio de Janeiro, Julio de 2005.
1Encyclopedia Judaica. Tomo 15. Israel, Keter, 1972, pág. 1.371.