Cavallero
Abogado. Coordinador del National Council
of La Raza (NCLR) Washington.
Acaso pocas ciudades europeas presenten contrastes tan difíciles de conciliar como Viena. Los acontecimientos políticos y las manifestaciones sociales y cul- turales que en ella tuvieron lugar durante el siglo XX la convierten en una me- trópolis compleja, con múltiples interrogantes.
La sofisticación de los vieneses ha sido una constante histórica, con sus tra- dicionales cafés, la afición por los periódicos, una devoción sin límites por la ópera, la sobriedad y elegancia en el vestir y las interminables veladas de waltz. Un mundo que inspiró a compositores como Mozart, Beethoven y Schubert. También al padre del psicoanálisis. Sigmund Freud desarrolló en Viena sus es- tudios –en su momento escandalosos– sobre las neurosis e histerias y el mundo por entonces inexplorado de los sueños.
Por otra parte, esa innegable sofisticación no logró inmunizar a la ciudad con- tra el avance totalitario de las décadas de 1930 y ’40. Entonces, Viena se rindió por completo a los “encantos” del nazismo, y sus habitantes sucumbieron a las manifestaciones antisemitas más grotescas.
Paul Hoffman, periodista norteamericano de origen vienés, equiparaba su ciudad natal con un gigantesco museo al aire libre: “La capital austríaca exhibe
todo aquello que fue hace ya mucho tiempo”.
Al recorrer la espectacular avenida Ringstrasse –que encierra el casco histó- rico y enmarca un repertorio interminable de palacios–, a uno lo invade una fuerte sensación de melancolía. Parece que el presente vienés fuera simplemen- te una ilimitada y eterna reedición del pasado.
El final de la guerra dejó a Viena en ruinas: entre 1943 y 1945, cuarenta mil viviendas fueron destruidas –incluyendo hitos urbanos, como el edificio de la Opera y la Catedral de San Esteban–, además de causar casi diez mil víctimas. Sin embargo, ese capítulo quedó cerrado hace tiempo, y su geografía urbana ha recuperado su armonía distintiva. En la actualidad, Viena es una de las capita- les más atractivas del continente.
162 / Nuestra Memoria
Una presencia incómoda
Al preguntarle unos periodistas a Simon Wiesenthal por qué había decidido ra- dicarse en Viena tras la Segunda Guerra Mundial, el legendario “cazador de nazis” respondió cándidamente que una parte de su sociedad era “responsable” de la Shoá. De este modo, su vida entre los vieneses constituía una declaración de alto contenido emocional y político.
Wiesenthal se convirtió en un “recordatorio humano”, rodeándose de quie- nes estaban empeñados en olvidar. Hasta su muerte, ocurrida en septiembre pa- sado, a los 96 años, se dedicó a la búsqueda obsesiva de los perpetradores de la
Shoá. Hasta el mismo final de su vida resistió las reiteradas invitaciones para
emigrar, incluso aquellas llegadas desde Israel. En última instancia, lo sorpren- dente no resultó su compromiso con dicha empresa, sino que escogiera dar esa batalla en un medio tan poco dispuesto a acompañarlo.
Wiesenthal había nacido en 1908, en Buczacz (hoy, parte del territorio ucra- niano). Sobrevivió el exterminio nazi y fue rescatado por los aliados del campo de Mauthausen. Posteriormente fue transferido a un centro de recuperación, en la base aliada de Lidz. Una vez concluida la guerra, echó raíces en Austria, cuando el país empezaba a transitar, de forma errática, la realidad de la posgue- rra. Detrás quedaban siete años como provincia satélite del Tercer Reich; por de- lante, una década bajo la ocupación de las cuatro potencias aliadas victoriosas.
Con el paso de los años, su enorme capacidad para convocar a la prensa y ge- nerar polémicas, anuncios y revelaciones inesperadas (según sus detractores, motivado por un marcado egocentrismo) sacudieron ese impenetrable muro de silencio construido en torno al pasado. Al mismo tiempo, el viejo “cazador de nazis” se convertía en una presencia incómoda, recuperando imágenes de la vida nacional desvanecidas del ideario colectivo.
Uno de los elementos que contribuyó a fomentar en los austríacos esa condi- ción de “víctimas del nacionalsocialismo” (cuando la unión al Reich alemán fue apoyada masivamente) surgió de una olvidada declaración política. Emitida sobre fines de 1943, la “Declaración de Moscú” aludía a Austria como una víc- tima de la opresión alemana. A su vez, condicionaba el tratamiento que los alia- dos darían al país en la posguerra a los esfuerzos que los mismos austríacos hi- cieran por “liberarse” del Tercer Reich. Según Hoffman, este documento fue posteriormente manipulado y convertido en una especie de salvoconducto que permitiría a Austria reingresar en la comunidad internacional.
Tan pronto concluyó la guerra, las relaciones entre los antiguos aliados (Es- tados Unidos, Francia y el Reino Unido, por un lado, y la Unión Soviética, por el otro) se deterioraron de manera irreversible. Al poco tiempo, el mundo de posguerra daba paso a la “Guerra Fría”.
viético, Austria adquirió un valor geoestratégico crucial en el tablero global. Washington, Londres y París decidieron anclarla políticamente en Occidente. La realidad de una inminente confrontación con la Unión Soviética no dejaba espacio para “otras consideraciones”. Al mismo tiempo, las cuentas pendientes de un conflicto ya superado debían hacerse a un lado. Había nacido la confron- tación entre los dos bloques.
Tropezando con el pasado
En la actualidad, uno de los puntos de mayor interés en la ciudad es la Judenplatz, en el sector histórico. En 2000, allí se construyó el memorial de la Shoá. Tras largas marchas y contramarchas, éste fue inaugurado oficialmente en un mo- mento político muy delicado para el país: la coalición gobernante se había inte- grado nada menos que con la participación del Partido de la Libertad como socio minoritario. Esta agrupación política se caracterizaba por una fuerte retó- rica antieuropeísta y antiinmigrante y estaba integrada por nacionalistas, revi- sionistas históricos y otras voces del neonazismo local.
Por entonces, su líder –y artífice de la llegada al poder– era el mediático Jorg Haider. Precisamente, Haider construyó su ascenso político sobre el final de la década de 1990, cuando Austria trataba de reparar su dañada imagen interna- cional en la era post-Waldheim.
Haider surgió, entonces, como un hábil e incansable manipulador de la opi- nión pública. Oriundo de la región de Carintia, de aspecto atlético y jovial, pro- yectó su imagen al plano nacional con una seguidilla de comentarios disparata- dos. La prensa local, y luego los medios del exterior, amplificaron estas decla- raciones estridentes sobre la “excelente política laboral del nazismo” o los im- portantes “servicios prestados” por tantos austríacos a las tropas del Tercer
Reich.
Haider también dirigió sus ataques a un conocido dirigente judío local, ju- gando con palabras y expresiones (“barra de jabón”) que en ese contexto evoca- ban el genocidio nazi. Curiosamente, la batería de ataques e insultos terminó por posicionarlo como un referente indiscutido de la derecha local. Lejos de margi- narlo de la vida política, lo catapultó internacionalmente. Con un Haider forta- lecido y su partido sentado cómodamente a la mesa del gabinete nacional, Aus- tria se disponía a rememorar la Shoá.
Mucho se ha escrito acerca del memorial. También sobre el controvertido pro- ceso que transcurrió desde la gestación de la idea hasta la construcción de la obra. La misma corresponde a la artista británica Rachel Whiteread. Consiste en una biblioteca cerrada (su doble puerta de ingreso está sellada), cuyas paredes exteriores exhiben estantes completos de libros invertidos, simbolizando acaso un conocimiento inalcanzable o perdido para siempre.
En cambio, poco se ha analizado la relación existente entre el memorial y la ciudad. Resulta sorprendente para quien recorre la zona cómo esta construcción sólida, maciza, que se interpone en el camino, puede eventualmente ver debili- tado su mensaje. Al haber sido levantada en una plaza, encajonada por enormes edificios que se cierran sobre ella, lleva a preguntarnos si acaso el paso del tiem- po lo convertirá en un mero accidente urbano cuando sus numerosos críticos y opositores pierdan interés o la misma inclemencia del tiempo lo vuelva menos conspicuo, erosionándolo y volviéndolo una pieza más de la realidad citadina.
En última instancia, Viena es una ciudad en la cual las capas de historia se superponen unas a las otras, cubriendo por igual grandes proezas, sostenidas lu- chas y también una buena dosis de tragedias e infamias. Quizá la clave radique en desarrollar proyectos educativos que aseguren la perdurabilidad de las ense- ñanzas dejadas por el siglo XX.
Kreisky y después
Bruno Kreisky fue una de las figuras políticas austríacas más interesantes de la posguerra. De origen judío, procedente de una familia oriunda de Moravia, ag- nóstico y fuerte exponente del socialismo centroeuropeo.
Desde Viena, gobernó como canciller un país que literalmente vio extinguir- se a su población judía. A comienzos de 1938, 170.000 judíos vivían en la capi- tal, integrantes de una comunidad con altos índices de integración y también de conversión al catolicismo. Sobre finales de ese mismo año, la presencia judía en Viena cayó drásticamente a 64.000 personas, como resultado del acelerado pro- ceso de expulsión implementado. Seis años después, al ingresar en la ciudad las tropas rusas –tras arduos combates con los últimos vestigios del Tercer Reich–, entre los sobrevivientes se contaban alrededor de doscientos residentes judíos. Por todo ello, no deja de ser sorprendente la elección de Kreisky como can- ciller, cuando las secuelas de la guerra –y la misma experiencia de la Shoá– es- taban aún tan frescas.
Kreisky se mantuvo en el poder durante trece años, entre 1970 y 1983. Su administración despojó a Viena de esa condición provinciana a que la había re- ducido su asociación como satélite de la Alemania hitlerista. También debió despojarse de los grises años vividos bajo la ocupación aliada, que habrían de culminar con la recuperación de la soberanía, en 1955.
El “Kaiser Bruno” –como lo apodaron sus connacionales– fue el promotor de la Viena actual: una capital cosmopolita, altamente integrada a Europa, conec- tada al mundo, frecuentada por funcionarios internacionales, hombres de nego- cios y viajeros y centro predilecto del turismo continental. Su visión quedó plas- mada a través de los varios organismos internacionales que aceptaron su pro- puesta –tras intensos cabildeos en los foros mundiales–, radicándose en Viena.
Viena o los dilemas del pasado / 165
En última instancia, Kreisky buscaba “amarrar” a Austria de manera definiti- va a la comunidad internacional. Quería convertir la experiencia del Anschluss de 1938 en una aberración histórica, algo que nunca debió haber ocurrido.
Sin embargo, a mediados de los ’80, ese sueño sufrió un fuerte cimbronazo. La llegada a la Presidencia del país de Kurt Waldheim (acusado por su partici- pación en la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial) conmovió todo el sistema político de esa tranquila “nación-isla”. El escándalo en torno al pasado del mandatario austríaco tiñó toda su administración.
A Austria le tomaría tiempo sanear su imagen y reestablecer sus lazos con la comunidad internacional. Finalmente, tras años de zozobra, la normalidad re- gresó a la vida del país.
Sin embargo, el pasado reciente de los austríacos ha demostrado transitar un sueño muy liviano. Sus caprichosos e imprevisibles giros pueden, en cualquier momento, alterar el ritmo de esta apacible ex capital imperial. Mientras tanto, Viena continúa dirimiendo los dilemas de su propio pasado.
1De Gaulle Anthonioz, Geneviève. La travesía de la noche. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000, pág. 26.
Resistir: el caso de
Geneviève de Gaulle
Anthonioz
Lic. María
Gabriela
Vasquez
Historiadora. Docente de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina.La vida de Geneviève de Gaulle Anthonioz ha sido un ejemplo de resistencia a la opresión y la degradación de las personas. Por su formación, valores e idea- les se opuso, desde el primer momento, al nazismo y participó activamente en la Resistencia francesa. Más tarde, fue arrestada y conducida al campo de Ra- vensbrück, donde también luchó para preservar su humanidad y la de sus com- pañeras y para evitar ser convertidas en objetos sin valor. Tras la guerra, conti- nuó defendiendo los derechos humanos y combatió con firmeza la pobreza y la exclusión social. Así, toda su vida fue un ejemplo de resistencia activa al tota- litarismo y sus expresiones concentracionarias, y también, de oposición a la marginación social. En pocas palabras, esta mujer se dedicó siempre, con pa- sión, tenacidad y valor, a la defensa de la dignidad humana.
Había nacido en el seno de una familia católica de clase media, el 25 de oc- tubre de 1920, en Saint-Jean de Valériscle, Francia. Hija mayor de Germaine Gourdon y Xavier de Gaulle y, a la vez, sobrina del general Charles de Gaulle, fue criada en los valores de la solidaridad y la ayuda al prójimo. Su niñez trans- currió en la región minera del Sarre, donde su padre se desempeñaba como in- geniero y fue educada en un internado de monjas.
Dos acontecimientos dolorosos marcaron su vida y templaron y fortalecieron su carácter desde muy temprano. Primero, la muerte de su madre. “Una niñita
de cuatro años y medio entraba de golpe en la desdicha”, escribió más tarde.
Luego, la de su hermana menor. “En 1938, justo después de los ‘acuerdos de
Munich’, la que nos abandonó fue mi hermana. No tenía ni diecisiete años.”1
Resistir I
En 1939 comenzó sus estudios de Historia en la Universidad de Rennes; sin embargo, éstos se vieron interrumpidos al poco tiempo debido al estallido de
168 / Nuestra Memoria
2Ibíd., pp. 38 y 39.
3Eck, Hélène. “Mujeres del desastre. ¿Ciudadanas por el desastre? Las francesas bajo el Régi- men de Vichy (1940-1944)”, en Duby, Georges y Perrot, Michelle. Historia de las mujeres en Occidente. Madrid, Taurus, 1993. Tomo IX, pág. 245.
4“Sisters in resistance. Their stories. Geneviève de Gaulle”, en www.pbs.org/independentlens/ sistersinresistance/gen.html. Septiembre de 2005. Traducción propia.
5De Gaulle Anthonioz, G., op. cit., pág. 64.
la Segunda Guerra Mundial y la invasión de Francia por los nazis, al año si- guiente.
A pesar de que Geneviève escribió sobre aquellos años difíciles recién en 1998 –es decir, después de más de cincuenta años–, los recuerdos de aquel tiem- po continuaban todavía vívidos en su memoria:
“El 17 de junio de 1940 habíamos escuchado juntos la alocución del mariscal Pétain transmitida por radio; la oímos con indignación y estu- por. ¿Cómo aceptar casi sin luchar esa cobarde derrota? Roger [su her-
mano] tenía diecisiete años, yo diecinueve. Al día siguiente estábamos en
las rutas de Bretaña con muchos otros refugiados.” 2
Humillación y furia en el corazón eran los sentimientos de Geneviève –según escribió–, que eran compartidos por muchos otros hombres y mujeres franceses que se unieron a distintos grupos –tras el llamamiento que había hecho su tío Charles desde Londres– para luchar por la liberación del país y resistir con todas sus fuerzas al régimen opresor.
La resistencia era secreta y silenciosa y se disimulaba bajo el aspecto de una vida cotidiana común. Todas las acciones –entre ellas, alojar, guiar, aprovisio- nar, ocultar y pasar información– eran igualmente peligrosas.3 Geneviève era
consciente de tal peligro; sin embargo, consideraba que el camino de la resis- tencia era el camino del honor, según sus propias palabras.
Esta joven de 20 años trabajó en distintos grupos clandestinos y después se unió a la red “Defensa de Francia”, que publicaba un periódico con el mismo nombre. Ella no sólo escribía artículos, sino que, además, ayudaba a distribuir los escritos afuera de las estaciones del subterráneo.
El 20 de julio de 1943 fue a misa a la Catedral de Notre-Dame y, a la salida, en la calle Bonaparte, la arrestaron y condujeron a las oficinas de la Gestapo, donde fue interrogada.4“(...) personalmente, no fui torturada, sólo arrojada al
piso y golpeada a puñetazos y patadas.” 5Pero esos golpes en la cabeza y los
oídos casi la dejaron sorda.
Posteriormente fue trasladada a la prisión de Fresnes, donde permaneció va- rios meses. A principios de 1944 fue transferida al campo de Royallieu, cerca de Compiègne, donde se encontró con centenares de mujeres que provenían de
Resistir: el caso de Geneviève de Gaulle Anthonioz / 169
6Ibíd., pág. 56. 7Ibíd., pág. 20. 8Ibíd., pág. 64.
todos los rincones de Francia. “Casi todas arrestadas por resistencia, pero con
motivos bastante distintos, unidas en la negativa de aceptar la derrota y el na- zismo.” 6En efecto, junto a ella se encontraban mujeres de diferentes edades,
formación, ideologías y condiciones sociales que habían formado parte de redes de información, habían alojado aviadores aliados o familias judías o participa- do en sabotajes o atentados. Estas acciones, que muchas no dudaron en llevar a cabo para luchar contra un régimen que las oprimía y esclavizaba, ponían de manifiesto su valor, coraje y entereza en aquellos tiempos difíciles.
Resistir II
El 2 de febrero de 1944 llegó a Ravensbrück el tren de carga que transportaba a Geneviève junto a otras muchas mujeres cansadas en extremo luego de tres días de viaje, hambrientas y sedientas, y sin saber bien adónde llegaban y qué les es- peraba. Seguramente ésta fue la etapa más dura y difícil de su vida, debido a que conoció el costado más oscuro y siniestro de la humanidad. “Al entrar en el
campo, fue como si Dios se hubiera quedado afuera”, escribió.7En efecto, estas
mujeres entraban en el Infierno, en un mundo donde el sufrimiento y la muerte lo cubrían todo.
Los días transcurrían en forma monótona, regidos por las sirenas que inicia- ban la jornada laboral y también la concluían. Geneviève trabajó arduamente, de sol a sol, cargando vagones de carbón, y más tarde, lo hizo en un taller de ropa. Ambos trabajos eran penosos, ya que las condiciones eran inhumanas y los gol- pes y maltratos de las guardias de las SS, constantes.
Ella tenía la certeza de que la destrucción del alma era el programa del campo de concentración. “(...) destrucción gradual de lo que constituye un ser huma-
no, su dignidad, su relación con los demás, sus derechos más elementales. Somos ‘Stücke’, es decir, pedazos; cualquier guardiana e incluso policías del campo, las jefas de barraca –detenidas como nosotras– pueden insultarnos im- punemente, golpearnos, pisotearnos, matarnos, sólo será un gusano menos. Yo vi, sufrí ese avasallamiento.” 8
Muchas encontraron una manera de oponerse a ese programa de destrucción y lucharon como pudieron para seguir siendo seres humanos. Fueron pequeños grandes actos en medio de tanto horror y miseria los que les permitieron conser- var su dignidad. Así, por ejemplo, la lectura que, aunque estaba prohibida, se lle- vaba a cabo en silencio y en secreto constituía un acto de rebeldía y resistencia que les permitía, por unos instantes, evadirse y viajar en el tiempo y el espacio.
9Ibíd., pág. 42. 10Ibíd., pp. 12 y 13.
11Todorov, Tzvetan. Frente al límite. México, Siglo XXI, 1993.
“Durante unas horas –escribió Geneviève–, había tenido en mis manos Moby
Dick en alemán, una antología de la poesía francesa y Salammbô de Flaubert.
Y aquí estoy bajo el cielo de Africa, al pie de la muralla de Cartago. La guerra de Amilcar me parece tan presente como la de hoy. Ya no hay tiempo, ya no hay frontera entre el sueño, o la pesadilla, y la realidad. Puedo salir de mi celda, re- correr las distancias y los siglos.” 9
A principios de octubre de 1944, todo empezó a cambiar para Geneviève, aunque no lograba explicarse la razón de tales modificaciones. El comandante