DE LA INVESTIGACIÓN EN H ISTORIA
2. En búsqueda de la identidad de la historia
La polémica sobre la condición epistemológica de la historia continúa vi- gente en nuestro tiempo. Las transformaciones de los paradigmas teóricos y la aceleración de las innovaciones historiográficas han dado lugar a un “despertar epistemológico” que replantea el interrogante, siempre vigente, sobre qué es la historia. La necesidad de una historia “más pensada” ha sido ratificada por la comunidad internacional de historiadores3 y se revela en un notorio incremento de la bibliografía dedicada a tales especulaciones.
La reflexión acerca de la naturaleza del conocimiento histórico y su escri- tura puede ser abordada desde diversos niveles de inteligibilidad. Entre
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La preparación de este capítulo contó con el apoyo técnico de la Prof. Raquel Rodríguez. 2
Esta sección ha sido elaborada por Marta B. Duda. En las exposiciones del Taller partici- pó también Silvia Bustos.
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Esta afirmación se basa en los resultados de la encuesta internacional El Estado de la
Historia (l996-1998) organizada desde España por el Consejo Superior de Investigaciones
Científicas de la Universidad de Santiago de Compostela. Carlos Barros, El cambio de para-
ellos, la aporía de “la verdad en historia”, junto a la clásica dicotomía plan- teada entre la objetividad y la subjetividad, términos que condicionan los procedimientos y límites de los estudios históricos, constituye uno de los indicios más reveladores de las tendencias epistemológicas que definen a la disciplina. Consideramos que el análisis crítico focalizado en obras de auto- res que sostienen posiciones divergentes o bien tienden a la síntesis, permi- te obtener una visión actualizada sobre el desarrollo de la problemática pro- puesta.
La identidad de la historia constituye un tema de discusión que siempre ha estado vinculado a posiciones esgrimidas por el pensamiento filosófico y científico. En su largo itinerario, durante la etapa que media desde la defini- ción aristotélica de ciencia hasta el siglo XIX, la historiografía no accedió al reconocimiento de la categoría científica. En el contexto de la filosofía clási- ca, la historia fue definida como doxa, es decir, como un pseudoconocimien- to dedicado a la descripción de lo episódico, de los accidentes de la sustan- cia. La contingencia de su objeto de estudio, sumada a la ausencia de jui- cios universales que aseguraran la certeza de sus aseveraciones, impidió su ingreso en el campo de la episteme. Considerada como una sabiduría prác- tica, de indudable valor político, su necesidad fue invocada sobre todo en las obras de los retóricos. La ciencia y la filosofía medievales también inda- garon verdades absolutas, causas entendidas como primeros principios, y la historiografía continuó identificada con la búsqueda de las singularidades, de los hechos muchas veces impredecibles, cuya sucesión cronológica se presentaba en relatos con intencionalidad pragmática.
La situación de desplazamiento de la historiografía del campo epistemo- lógico se agravó en los comienzos del racionalismo moderno. El proyecto de la modernidad se concentró en el intento de entender y dominar el mundo con recursos científicos. Tanto el empirismo como el racionalismo cartesia- no perfeccionaron los métodos científicos y se ocuparon en descubrir las estructuras legales del universo. La historiografía no participó de la imagen de una ciencia triunfante que se equiparaba con la razón. Por el contrario, pensadores como Bacon, Descartes, Hobbes, Locke o Nicole, pusieron en entredicho la certidumbre de sus enunciados y expresaron un profundo es- cepticismo con respecto a su alcance como saber.
Es recién en el siglo XIX cuando aparece formulado el concepto de una ciencia histórica. El reto positivista de extender el método científico al estu- dio de las sociedades humanas fue recogido por grupos de historiadores quienes intentaron aplicar en sus investigaciones el rigor lógico y metodoló- gico de las ciencias empíricas, destacando las explicaciones causales y la
generalización por leyes. El intento, de relativa repercusión en sus comien- zos, fue reasumido por el cientificismo neopositivista del siglo XX. En cam- bio la postura epistemológica que se impuso en el siglo XIX, el llamado “si- glo de la historia”, fue la de la escuela metódica o crítico erudita, la cual sostuvo una idea de cientificidad débil, basada en el ejercicio de una severa crítica documental y en la consigna de una enunciada objetividad. Las prác- ticas historiográficas empalmaron con la teoría del idealismo neokantiano, que estableció un corte epistemológico entre las ciencias nomotéticas y las ciencias ideográficas. La distinción surgía tanto de la entidad del objeto de conocimiento: lo universal frente a lo particular, como de la diferencia en los procedimientos: la explicación frente a la comprensión. La historia fue defi- nida como una ciencia autónoma, de carácter ideográfico, poseedora de un método específico y de un objeto de conocimiento particular.
El paradigma neokantiano fue descartado por la perspectiva cientificista, que comenzó a imponerse en el transcurso del siglo XX proponiendo la unidad científica y la consiguiente homologación de la historia con las cien- cias sociales. La progresiva imposición de un modelo científico fuerte, cuyos enunciados programáticos procuraron barrer las fronteras entre la historia y la ciencia, se produjo en el contexto de las críticas al relativismo y los avan- ces del neopositivismo, el cual reforzó los objetivos de la ciencia unificada con el discutido modelo nomológico, o modelo de cobertura legal, propuesto por Hempel. El encauzamiento más notorio de la historiografía hacia la afir- mación de su validez científica se registró en la segunda posguerra con las revolucionarias realizaciones de las “nuevas historias”, si bien no todas las tendencias asimilaron los criterios de cientificidad de manera uniforme. Con el transcurso del tiempo, el modelo teórico de la historia científica se fue atenuando junto a la flexibilización del concepto de ciencia, que adquirió un perfil más complejo, subjetivo y relativo, circunstancia que fue propicia para que los historiadores señalaran las peculiaridades distintivas de su discipli- na.
La irrupción del criticismo posmoderno y el impacto del idealismo lingüís- tico colocaron en una situación de crisis al modelo de la historia científica agudizando los debates teóricos. A partir del último cuarto del siglo XX, en el contexto de la crisis del racionalismo y de la deconstrucción de la unidad científica, se produjo el viraje hacia la narración. En una reacción consciente con respecto al cientificismo de la etapa precedente, la teoría de la historia se aproximó a la teoría literaria, originando una visión estetizante que centró la atención en las prácticas discursivas y en el valor performativo del lengua-
je. Una novedosa “poética de la historia”4, o teoría formal de la historiogra- fía, estableció la relación entre historia y ficción. La historia fue vista como un acto configurante impuesto sobre los eventos del pasado, como un dis- curso creador de significados que apelaba a construcciones y formas equi- valentes a las de la narrativa ficcional.
Las posiciones se polarizaron en una discusión que continúa abierta. Frente a la alternativa entre una historia definida como práctica científica o una historia narrativa, las respuestas de los historiadores han sido contra- puestas, lo cual ha creado un estado de tensión en el que prevalecen dudas e interrogantes.
Un elemento clave en los debates sobre el conocimiento histórico es el de la realidad referencial conectada con el dilema de la objetividad vs. sub- jetividad. En la medida en que el avance de las posturas idealistas sostiene la imposibilidad de distinguir entre la imagen del pasado y el pasado mismo, la realidad objetiva cede su lugar a la representación subjetiva de la reali- dad. La historiografía pasa a ser una construcción hermenéutica más cerca- na al arte que al conocimiento referencial, explicativo y demostrable que caracteriza a la ciencia. La factibilidad de lograr un conocimiento cierto, el propósito mismo de verdad, enunciado primario y fundador de la historiogra- fía, se convierte así en un eje fundamental de las especulaciones.
Es esta la perspectiva que hemos adoptado como punto de partida, en el presente curso, para ahondar el complejo problema de la entidad disciplinar de la historia. Con el objetivo de lograr una visión de conjunto, actualizada y crítica, se ha procedido al análisis comparativo de obras significativas que representan un amplio espectro de opiniones, que van desde el más neto realismo cientificista hasta el nominalismo radicalizado propio del narrati- vismo metafórico.5 El reconocimiento de los diversos lineamientos permite aclarar posiciones, establecer coherencias entre los conceptos, y sobre todo, facilitar la búsqueda de consensos que parece caracterizar, en una tendencia superadora, la actual etapa de crisis y transición teórica.
El esclarecimiento de la identidad de la historia, abordado en este semi- nario, forma parte de los objetivos explícitos del proyecto de investigación en curso sobre Las nuevas formas de hacer historia subsidiado por la SE- CYT.
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Cfr. White (1973). 5
En esta primera aproximación práctica se ha trabajado con las siguientes obras: Appleby y otros (1998); Ankersmit (1994); Carr (1984); Certeau (1993); Duby y Lardreau (1980); Schaff (1974); Suárez (1977); Veyne (1984).
3. Herramientas metodológicas para analizar el discurso narrativo de la