John Muir:
Escritos sobre naturaleza
Volumen 1
Traducción de Ernesto Estrella Cózar y Carlos Estrella Cózar
Capitán Swing, Madrid, 2018 416 páginas, 22.00 €
cuando contaba once años, con el resto de su familia, Estados Unidos. Allí se deslomó en su juventud de sol a sol en una granja de Wisconsin, ya que su padre creía, fun- damentalmente, en dos cosas: en Dios y en el trabajo duro. Ni siquiera cuando se po- nían él o sus hermanos enfermos variaba la receta de trabajar diecisiete horas diarias. Eso no impidió a Muir frecuentes incursio- nes en los paisajes de la zona y entregar- se a la tarea de realizar curiosos inventos, como camas despertadoras que lanzaban del sueño al quehacer diario mediante un mecanismo de propulsión o alimentadores automáticos para el ganado. En los relatos de Muir no hallamos un atisbo de pereza –sus inventos de adolescente dan pista de ello–, hay algo ejemplarizante en su cons- tante desafío sobre sí mismo.
Influido por escritores como Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson, a quien conoció personalmente, no fue como ellos un filósofo de la naturaleza, pero sí un hom- bre en el que la teoría y la práctica resul- taron indisociables. Fue un aventurero que cruzó glaciares y despeñaderos, se enfren- tó a duras tormentas y se adentró sin mi- rar el calendario en una naturaleza salva- je. Sus lugares predilectos fueron California y Sierra Nevada. Y será en esas tierras, en una cabaña en el valle de Yosemite, donde se instaló y fue visitado por gente diversa a medida que su fama iba aumentando. El mismo Emerson acudió a su encuentro y, en 1903, en lo que algunos americanos lla- man «la acampada que cambió América», el poderoso Theodore Roosevelt y el austero montaraz caminaron durante tres días, en los que Muir le descubrió los bosques de secuoyas gigantes, los vertiginosos precipi- cios del Half Dome y el Capitán y las inmen- sas cascadas de Yosemite y el Centinela.
Probablemente imbuido del espíritu preser- vacionista de Muir, a lo largo de su presi- dencia, declaró cinco parques nacionales, cincuenta y cinco santuarios nacionales y refugios de vida silvestre y ciento cincuenta bosques nacionales. No ha habido otro pre- sidente que hiciera tanto por la conserva- ción del medio natural.
Este naturalista y explorador inspiró el ecologismo moderno y se le suele conside- rar el padre de los parques nacionales de Estados Unidos, por la fecundidad y efec- tividad de su activismo. Logró presionar al Congreso para que se creara el parque na- cional de Yosemite y ayudó a preservar el parque nacional de Las Secuoyas. Fue un enamorado de la naturaleza salvaje y vio, en lo natural, un reflejo de lo divino. Más que una conciencia darwinista que va del hom- bre al simio, Muir percibió el camino inver- so: retrató en sus escritos el lado humano de los animales, el hombre que subyace en el animal. Más de una vez incidió en la con- vicción de que todos somos iguales, al me- nos, en ciertos aspectos esenciales.
Fundó el Sierra Club, el grupo de pre- sión medioambiental más importante de Estados Unidos. Urgió a preservar la na- turaleza no sólo por lo que nos beneficia, sino por lo que es en sí misma, aunque su admiración por ella distase mucho de ser cándida: «Matar, ser devorado y devorar son actividades que ocurren en proporciones y cantidades armoniosas. Es nuestro derecho también el hacer uso recíproco los unos con los otros. Es normal que nos robemos, coci- nemos y consumamos hasta donde la salud de nuestros deseos y nuestras capacidades nos lo permitan». El engranaje alimenticio en el que estamos inmersos lo asume con una naturalidad casi inquietante y donde pone énfasis es en la imbricada relación de
dependencia que tenemos los unos con los otros.
Pese a ser hijo de un fanático presbi- teriano que le inculcó como valor primor- dial la obediencia y sumisión a la Biblia y la desconfianza de cualquier otro libro o fuen- te de conocimiento, la relación de Muir con lo natural es resultado de la observación di- recta, de su trabajo en la granja y su va- gar por los campos y glaciares. Siguiendo los pasos de su admirado Humboldt, llegó a descubrir la bahía Glacier y lo que luego se ha denominado el «glaciar Muir». Así que, si bien cursó dos años de Química, Geología y Botánica en la Universidad de Wisconsin, su gran escuela fue la naturaleza y, quizá por ello, en Muir no hay rastro del puritano rechazo de lo salvaje, aunque sí cierta des- confianza de métodos y escuelas. Al con- trario, desde niño surge en él una simpatía que «crece, prospera y se propaga más lejos que las enseñanzas de Iglesias y escuelas, donde, a menudo, una doctrina miserable, cegadora y despiadada nos enseña que los animales no tienen mente, alma o derechos que debamos respetar, y que han sido crea- dos sólo para que el hombre los pueda do- mesticar, consentir, sacrificar o esclavizar».
Escritos sobre naturaleza recopila en
dos volúmenes gran parte de la obra de Muir. Su primer volumen incluye «La his- toria de mi niñez y juventud» (1913), en el que narra su relación con lo salvaje de la naturaleza y con lo salvaje de su propia niñez. Recibió de su padre habituales pali- zas, descritas sin juicio ni autocompasión,
más bien como inherentes a una educa- ción ruda y victoriana. También nos habla de la violencia ejercida por él y otros mu- chachos del entorno, niños cuyos juguetes fueron los animales mismos. En este relato dickensiano de una infancia y adolescencia arduamente trabajada sin queja ni descan- so, advertimos la determinación de su ca- rácter y su afición, robando horas de sueño a la noche, por la invención de artilugios técnicos de todo tipo. Una mente inquieta en un cuerpo fuerte que bien podría haber sucumbido al exceso de trabajo.
Le sigue el diario que mantuvo durante su primer largo viaje a Yosemite en el vera- no de 1869, titulado «Mi primer verano en la sierra» (1911). Lo hizo en compañía de un rebaño de ovejas y un pastor hacia los al- tos pastos de la sierra. Es un relato de ple- nitud, de gozo y de desafío ante la carestía de alimento. Y finaliza la selección de las obras narrativas «Stickeen» (1909), que es el testimonio de una aventura de nieve y de hielo que realizó Muir con la única compa- ñía de un perro. Un relato digno de la mejor narración de aventuras de un Stevenson o un Melville.
Se completa el volumen con tres ensa- yos, «Salvad la secuoya roja», «Lana sal- vaje» y «Los bosques americanos», en los explica por qué es importante preser- var y proteger los espacios naturales y nos exhorta a ello con un razonamiento que no ha perdido vigencia. Leer a Muir aumenta nuestra percepción de lo natural y eso es un regalo inestimable.
Con motivo de su noventa cumplea- ños, Emilio Lledó –galardonado, entre otros, con el Premio Nacional de Ensayo en 1992, el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2014 y el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2015– ha tenido la feliz idea de reeditar Imágenes y palabras. ¿Y por qué precisamente este libro y no cual- quier otro de los muchos que componen su abultada y brillante obra? La razón es que se trata de un trabajo esencial en el que el autor recopila lo más fundamental de sus preocupaciones y obsesiones: len- guaje, ética, arte, literatura, razón, liber- tad, felicidad, memoria… Algunas o mu- chas de éstas, consideradas el centro del humanismo, las podemos encontrar en tí-
tulos como Filosofía y lenguaje (1970),
La filosofía hoy (1975), Lenguaje e histo- ria (1978), La memoria del logos (1984), El epicureísmo (1984), El silencio de la escritura (1991), El surco del tiem- po (1992), Memoria de la ética (1994), Días y libros (1995) o Elogio de la infe- licidad (2005). Pero es que en Imágenes y palabras se halla una consistente reco-
pilación de todos sus grandes temas. Es, por tanto, un trabajo emblemático de este veterano filósofo sevillano, que estudió en las universidades de Madrid y Heidelberg Filosofía y Filología Clásica, y ha sido ca- tedrático de Historia de la Filosofía en las universidades de La Laguna, Barcelona y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid.