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ENCUENTRO SACRAMENTAL DE RECONCILIACION

MOMENTO PARA EL ARREPENTIMIENTO, LA CONVERSION Y LA CURACION

ENCUENTRO SACRAMENTAL DE RECONCILIACION

Según el plan de Dios, en el Sacramento de la Reconciliación, celebración penitencial de la Nueva Alianza, se realiza la parábola del Padre misericordioso que recibe con gozo, amor y ternura al hijo pródigo y se vive el encuentro con el Señor Resucitado que perdona y fortalece, lo mismo que un día pudieron experimentar la mujer pecadora, la Magdalena, Pedro y tantos otros.

Las parábolas de la misericordia, en el Capítulo 15 del Evangelio de San Lucas, subrayan todas un elemento común: la alegría que hay en el cielo por la vuelta de un pecador arrepentido.

La conversión y el perdón en el Sacramento de la Reconciliación confluyen con el gozo y la fiesta de] Padre de las misericordias, que no quiere ver a sus hijos heridos y maltrechos, y la emoción del hijo al sentirse abrazado por el amor del Padre.

La nueva liturgia del Sacramento de la Reconciliación, sin minimizar la necesidad de la confesión y de la penitencia, ha puesto de relieve la esencia del Sacramento que es reconciliación con el Padre y la Iglesia. Esta es la exigencia de la primera actitud fundamental de quien se acerca al Sacramento: volver al Padre que espera para recibirlo, proclamando su misericordia y la decisión de permanecer en "la casa paterna". Es la conversión que supone sentirse miserable y pecador y que es

posible por la esperanza cierta que se tiene de que el Padre está esperando para acogerme de nuevo.

Pero aquí está también la dificultad de experimentar una conversión evangélica esperanzadora para quien no haya vivido nunca una relación con Dios como Padre, o para quien se forme la imagen de un Dios lejano o juez severo sin entrañas de misericordia.

La conversión evangélica nace de una luz del Espíritu, que por una parte me hace ver mi pecado para rechazarlo (Jn 16,8) y por otra imprime en mi corazón una certeza de que Dios me ama tan entrañablemente que goza perdonándome y acogiéndome de nuevo. Por eso, no me acerco al Sacramento simplemente para quitarme una carga molesta o porque me haga sentir finalmente bien, sino para responder a ese amor del Padre que me invita a la reconciliación.

La certidumbre de este amor hace que mi arrepentimiento sea más profundo y más firme mi decisión de orientar mi vida de acuerdo con los designios del Padre misericordioso, y al mismo tiempo hace brotar en mí una actitud de fe expectante de que el encuentro con el Señor va a ser un toque que producirá perdón, curación, fortaleza.

La mayoría de los cristianos sólo piensan en el perdón, y lo obtienen, ciertamente, pero hemos de abrirnos a una acción más abundante del Señor que ya está sugerida en la nueva liturgia del Sacramento y de la que muchos cristianos de la R.C. pueden testificar. Es la acción liberadora y sanante del Señor, que viene a curar las raíces de las que brotan muchos de nuestros pecados y a fortalecer las áreas más débiles de nuestra personalidad.

No hay espacio para tratar aquí de la dimensión curativa de este sacramento, que exige una acción conjunta del sacerdote y del penitente para discernir con la ayuda del Espíritu Santo las raíces de nuestras dolencias y dar la respuesta que pide el Señor. Está comprobado que el Espíritu es la luz que ilumina áreas negativas y fuerza que ayuda a desbloquear los obstáculos que impiden el gozar de la plenitud de vida que Dios quiere damos. Hasta la barrera más firme y tenaz, como la de no poder perdonar, se derrumba ante la acción del Señor. La absolución, que lleva el perdón del Señor, y la oración de sanación, que clama por el toque curativo de su Espíritu, convierten al Sacramento de la Reconciliación en un encuentro gozoso y rejuvenecedor para el penitente, y también, no cabe duda, para la comunidad cristiana. El miembro que se siente perdonado y curado por el Señor se hace a su vez portador de la esperanza del perdón y de la curación.

LA EUCARISTIA

Si la Eucaristía es el rito cultual por excelencia de los cristianos, en el que se reúne la comunidad con su Señor Resucitado para adorar al Padre por la fuerza del Espíritu Santo, es también para cada uno de nosotros la gran invitación a un encuentro muy personal con Jesús, y por tanto momento privilegiado para abrirse al Espíritu y a sus carismas de adoración, de alabanza, de profecía para edificación en la fe, en el amor y en la unidad de toda la asamblea.

Es también el Sacramento en el que la curación interior -a veces también la física- y el robustecimiento de la fe, de la esperanza y del amor corren parejos a las

necesidades diarias de los hijos del Padre. La comunidad cristiana vivió esta realidad desde sus comienzos. Lo expresa San Lucas en el relato de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). La crucifixión y muerte del Maestro les había dejado tristes y desesperanzados y abandonaban la compañía de los discípulos de Jesús con una herida abierta en el alma, raíz de la congoja y desaliento que los dominaba. El forastero que encuentran, después de explicarles las Escrituras y encender sus corazones, se puso a la mesa con ellos, "tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron" & 24,30-31) y en ese momento El desapareció. No necesitaban ya más su presencia visible.

Fue éste un encuentro sacramental en fe, que sanó la memoria de los días pasados e iluminó sus mentes con la certidumbre de la presencia de Cristo resucitado y vivo, y les devolvió al seno de la comunidad de los discípulos reunidos para compartir con ellos el mismo gozo.

La experiencia de los discípulos de Emaús es la misma que se nos ofrece a nosotros en el encuentro eucarístico con el Señor. Nosotros también nos encontrarnos, por los diversos sucesos de nuestra vida, con oscuridad en los ojos, que nos impide reconocerle, y con tristeza y desaliento en el corazón, que nos llevan a centramos en nosotros mismos y a alejarnos de los hermanos. Pero El viene para darnos nueva luz, nueva esperanza y nuevo amor...

La liturgia de la Iglesia ha ido preparando a lo largo de los siglos los pasos, los signos, por los que podemos abrirnos a esta presencia transformante del Señor. Son los pasos de la conversión, de la escucha de la palabra de Dios, de la alabanza, de darse mutuamente el perdón y la paz del Señor hasta llegar a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo que dan vida.

Lo importante es vivir estos signos con sinceridad, y, sobre todo, en la fuerza del Espíritu Santo.

Nos apoyamos en el poder y en la luz del Espíritu, al celebrar los ritos de la reconciliación y del perdón fraterno, para prepararnos por esa conversión interior a los carismas de la alabanza y del amor. La experiencia de nuestras celebraciones eucarísticas nos muestra que cuanto más se siente uno perdonado y reconciliado con Dios y los hermanos, con tanta más fuerza brota el grito de alabanza al Señor. Al "¡Señor ten piedad!" hay con toda seguridad una respuesta misericordiosa del Padre, que es la mejor preparación para el “Gloria a Dios en lo cielos".